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I- Balance de Octubre Los avances de la economía planificada Miré al futuro, tan lejos como alcanza el ojo humano. Vi la Visión del mundo, y todas las maravillas que serían. Alfred Tennyson La Revolución Rusa de 1917 fue uno de los acontecimientos más grandes de la historia. Por primera vez, si dejamos aparte el episodio heroico de la Comuna de París, millones de obreros y campesinos oprimidos tomaron el poder político en sus propias manos, barriendo la dominación despótica de los capitalistas y los terratenientes, y empezaron la creación de un orden socialista mundial. Destruyendo el viejo régimen zarista que había dominado durante mil años, conquistaron una sexta parte de la superficie del planeta. El ancien régime fue sustituido por el gobierno de un nuevo sistema estatal democrático: el Sóviet de Diputados Obreros, Soldados y Campesinos. Marcaba el inicio de la revolución mundial, inspirando los sueños y aspiraciones de millones de personas en todo el mundo que habían soportado la pesadilla de la Primera Guerra Mundial. A pesar del terrible atraso de Rusia, la nueva República Socialista Soviética representaba una amenaza decisiva para el orden capitalista mundial. Sembró el pánico en los círculos burgueses, que correctamente la consideraban como una amenaza para su poder y sus privilegios, pero se consolaban con la noción de que el régimen bolchevique sólo iba a durar unas cuantas semanas. Las relaciones de propiedad nacionalizada que surgieron de la revolución, cimientos de un sistema social totalmente nuevo, entraban en conflicto directo con la forma capitalista de sociedad. A pesar del surgimiento del estalinismo, este antagonismo fundamental se mantuvo hasta el colapso de la Unión Soviética. Incluso en el momento actual, los acontecimientos en Rusia siguen conjurando la política mundial, cual fantasma de Banquo que ensombrece continuamente los festejos de la clase capitalista. Para poder apreciar en su totalidad el alcance de estos logros, es necesario recordar el punto de partida. En su afán por desacreditar las ideas del auténtico socialismo, los voceros del "libre mercado" se olvidan convenientemente de unos pocos detalles. En 1917, la Rusia zarista era en la práctica mucho más atrasada que la India actual. Estaba muy por detrás de Occidente. Era la tierra bárbara del arado medieval de madera, utilizado por campesinos que sólo hacía dos generaciones que habían conseguido emanciparse de la servidumbre. Rusia había sido dominada por el despotismo zarista durante siglos. La clase obrera industrial era una pequeña minoría, menos de cuatro millones de un total de 150 millones de habitantes. El 70% de la población no sabía leer ni escribir. El capitalismo ruso era extremadamente débil y se apoyaba en las muletas del capital extranjero: los franceses, británicos, alemanes, belgas y otras potencias occidentales controlaban el 90% de las minas rusas, el 50% de su industria química, más del 40% de la metalúrgica y el 42% de las acciones bancarias. La Revolución de Octubre intento transformar todo esto, mostrando una salida a los trabajadores de todos los países y preparando el camino para la revolución socialista mundial. A pesar de los enormes obstáculos y problemas, la economía planificada revolucionó las fuerzas productivas en la URSS y sentó las bases para una economía moderna. El periodo entre las dos guerras mundiales vio el desarrollo de la industria pesada en una serie de Planes Quinquenales y puso los cimientos para el desarrollo de los años de la posguerra. En 1936 Trotsky escribió: "El mérito imperecedero del régimen de los sóviets estriba en la lucha tan ruda, y generalmente eficaz, contra una barbarie secular (...) El régimen soviético está pasando por una fase preparatoria en la que importa, asimila, se apodera de las conquistas técnicas y culturales de Occidente" (L. Trotsky, La Revolución Traicionada, p. 61). Desde entonces, la economía soviética avanzó con botas de siete leguas. En los cincuenta años que van de 1913 (el punto álgido de la producción de preguerra) a 1963, a pesar de dos guerras mundiales, la intervención extranjera y la guerra civil, entre otras calamidades, la producción industrial total creció más de 52 veces. La cifra correspondiente para los EEUU fue menos de seis veces, mientras que Gran Bretaña a duras penas duplicó su producción. En otras palabras, en unas pocas décadas, gracias a la economía planificada, la Unión Soviética se transformó de una economía agrícola atrasada en la segunda potencia más importante del globo, con una poderosa base industrial, un alto nivel cultural y más científicos que EEUU y Japón juntos. Desde un punto de vista marxista, la función de la técnica es economizar trabajo humano. En el periodo de cincuenta años que va de 1913 a 1963, el crecimiento de la productividad del trabajo en la industria, el índice clave del desarrollo económico, creció un 73% en Gran Bretaña y el 332% en los EEUU. En la URSS, la productividad del trabajo en el mismo periodo creció en un 1.310%, aunque partía de una base muy inferior. Los periodos de tremendo avance económico en Rusia coincidieron en general con periodos de crisis o estancamiento en el Occidente capitalista. Las zancadas adelante de la industria soviética en los años 30 coincidieron con la gran crisis y depresión en el mundo capitalista, acompañada por paro masivo y pobreza crónica. Entre 1929 y 1933 la producción industrial americana cayó un 48,7%. La American National Research League estimaba el numero de parados en marzo de 1933 en 17.920.000. En Alemania había más de seis. Estas comparaciones por sí solas nos muestran gráficamente la superioridad de la economía planificada sobre la anarquía de la producción capitalista. En la antigua URSS, en una población que creció un 15 por ciento, el número de técnicos se multiplicó por 55; el número de estudiantes a tiempo completo, por seis; el número de libros publicados, por 13; las camas de hospital casi por diez; los niños atendidos en guarderías, por 1.385. El número de médicos por 100.000 habitantes era de 205, comparado con 170 en Italia y Austria, 150 en EEUU, 144 en Alemania Occidental, 110 en Gran Bretaña, Francia y Holanda y 101 en Suecia. La esperanza de vida se duplicó y la mortalidad infantil se redujo a una novena parte. Entre 1955 y 1959, el suelo urbano edificado (estatal y cooperativo) más que se duplicó, mientras que el sector privado se multiplicó por tres. En 1972, el número de médicos había aumentado desde 135.000 a 484.000 y el número de camas de hospital de 791.000 a 2.224.000. A pesar del duro golpe que representó para la agricultura la colectivización forzosa de Stalin en los años 30, del que nunca se recuperó completamente, también hubo progreso en este terreno, permitiendo a Rusia alimentar adecuadamente a su población. Un avance económico de estas características, en un espacio de tiempo tan breve, no tiene ningún parangón en ninguna parte del mundo. Estos logros contrastan brutalmente con la situación extrema de las masas en la India, Pakistán y el resto del Tercer Mundo. Este avance de la economía soviética es todavía más increíble dado el atraso crónico que caracterizaba su punto de partida. La vieja economía zarista, un país semifeudal con algunos islotes de economía moderna, principalmente en manos de capital extranjero, quedó hecha añicos en la Primera Guerra Mundial. Después de ella hubo dos revoluciones, la guerra civil, el bloqueo imperialista y la intervención extranjera y una hambruna en la que murieron seis millones de personas. A esto hay que añadir los millones de trabajadores, campesinos, técnicos y científicos que murieron, primero en el periodo de colectivización forzosa y luego en las grandes purgas de los años 30. La planificación burocrática empujó la economía hacia adelante, pero a un coste tres veces mayor comparado con la revolución industrial en Occidente. El peso muerto de la mala gestión, el despilfarro, la corrupción y la burocracia asfixiaba la economía hasta llegar a detenerla completamente. La Segunda Guerra Mundial en Europa fue un nuevo testimonio de los logros de la economía planificada. En realidad, la guerra había quedado reducida a una batalla titánica entre la URSS y la Alemania nazi, con Gran Bretaña y los EEUU como meros espectadores. El coste para la URSS se calcula en 27 millones de muertos. Un millón de personas murió solamente en el asedio de Leningrado. Vastas extensiones de Rusia fueron anexionadas por Hitler o completamente destruidas por la política de tierra quemada de los nazis. Casi el 50% del espacio urbano edificado en el territorio ocupado (1,2 millones de casas) fue destruido, así como 3,5 millones de viviendas en las zonas rurales. "Muchas ciudades están en ruinas. Miles de pueblos fueron arrasados. La gente vivía en agujeros en el suelo. Gran parte de las fábricas, presas, puentes, construidos con gran esfuerzo en el periodo del primer Plan Quinquenal, ahora tenían que ser reconstruidos", declaraba el historiador Alec Nove (An Economic History of the USSR, p. 292). En el periodo de la posguerra, sin ningún Plan Marshall de ayuda, la URSS hizo avances colosales en todos los frentes. Gracias a la economía nacionalizada y a la planificación, la Unión Soviética rápidamente reconstruyó sus industrias devastadas, con tasas de crecimiento de más del 10%. Junto con EEUU, la URSS surgió de la guerra como superpotencia mundial. "La historia del mundo no conoce nada parecido", declara Alec Nove. Ya en 1953, la URSS había construido un stock de 1,3 millones de máquinas-herramientas de todo tipo, el doble de las que tenía antes de la guerra. Entre 1945 y 1960, la producción de acero pasó de 12,25 a 65 millones de toneladas; la de petróleo, de 19,4 a 148; y la de carbón, de 149,3 a 513. Entre 1945 y 1964, el ingreso nacional soviético creció un 570%, comparado con el 55% en los EEUU. No olvidemos que EEUU salió de la guerra con todas sus industrias intactas y dos tercios del oro del mundo en sus cajas fuertes. De hecho, se había beneficiado enormemente del esfuerzo de guerra, y como resultado fueron capaces de imponer su dominación en todo el mundo capitalista. Antes de la guerra, la Unión Soviética aún se encontraba muy por detrás no sólo de EEUU, sino también de Gran Bretaña y Europa. Sorprendentemente, a mediados de los años 80 la URSS había superado a Gran Bretaña y a la mayoría de las demás economías capitalistas, con la excepción de los EEUU. Por lo menos en términos absolutos, la URSS ocupaba la primera posición en sectores clave de la producción: acero, hierro, carbón, petróleo, gas, cemento, tractores, algodón, muchas herramientas de acero... La Massachussets Cambridge Engineering Research Association describía la industria del gas natural soviética, que duplicó su producción en menos de diez años, como una "espectacular historia de éxito" (Financial Times, 1/11/85). Incluso en el campo de los ordenadores, donde en los años 70 se decía que Rusia estaba diez años por detrás de Occidente, el diferencial se había reducido hasta el punto de que los expertos occidentales reconocieron que sólo era de unos 2 ó 3 años. La prueba más espectacular de la superioridad de la economía planificada, donde se gestionaba bien, era el programa espacial soviético. Desde 1957, Rusia había estado a la cabeza de la carrera espacial. Mientras los americanos aterrizaban en la Luna, los rusos estaban construyendo una estación espacial que les llevaría a los confines más remotos del sistema solar. Como resultado secundario, la Unión Soviética estaba vendiendo cohetes Protón, baratos y fiables, en el mercado mundial a precios 10 millones de dólares más baratos que el programa espacial europeo Ariadne. Todavía en 1940, dos tercios de la población vivían en condiciones de atraso rural. Ahora, toda la situación ha cambiado. Dos tercios viven en las ciudades y sólo un tercio en el campo; en otras palabras, hemos visto los mismos procesos que vimos en Occidente en los últimos 50 años, es decir, el desarrollo de la industria, provocando un enorme fortalecimiento del proletariado a costa del campesinado y las capas medias de la sociedad. Sin embargo, en la URSS, este proceso de proletarización se ha llevado hasta extremos impensables, con la concentración de la fuerza de trabajo en enormes plantas industriales de 100.000 trabajadores o más. El proletariado soviético actual, lejos de ser atrasado y débil, es la clase obrera más poderosa del planeta. La situación de la educación se ha transformado completamente. Este fue uno de los logros históricos más importantes de la Revolución de Octubre. En la URSS, uno de cada tres trabajadores era cualificado, y una gran proporción de hijos de trabajadores tenían acceso a la universidad. El número total de estudiantes de educación técnica, media y superior se cuadruplicó entre 1940 y 1964. En 1970 había 4,6 millones de estudiantes, con 257.000 ingenieros titulados. En comparación, en los EEUU había 50.000 graduados en este campo. En Rusia se gastaba cuatro veces más en educación por habitante que en Gran Bretaña. Un simple vistazo superficial a los datos indica la superioridad de la economía planificada sobre las necias excusas de los dirigentes reformistas de Occidente, que han aceptado la necesidad de recortar drásticamente el gasto en educación, sanidad y los gastos sociales en general. El crecimiento de la economía conllevó una mejora sostenida del nivel de vida. La inmensa mayoría de los rusos en el periodo anterior tenían televisores, frigoríficos y lavadoras. Todo esto se consiguió sin paro ni inflación. Los alquileres estaban fijados alrededor del 6% de los ingresos mensuales y aumentaron por última vez en 1928. Un pequeño piso en Moscú, hasta hace poco, costaba unas 2.000 ptas. al mes, incluyendo gas, electricidad, teléfono y agua caliente. El kilo de pan costaba unas 40 ptas. y, al igual que el azúcar y la mayor parte de los productos alimentarios, aumentó de precio por última vez en 1955. Los precios de la carne y los derivados de la leche habían aumentado por última vez en 1962. Con el movimiento hacia el capitalismo en los años 80, esta situación ha cambiado radicalmente, desde el recorte de los subsidios a la abolición de los controles de precios. En 1993, la inflación llegó al 2.600%, y si bien desde entonces ha disminuido, sigue siendo muy alta. Las ventajas colosales creadas por una sociedad que había abolido el capitalismo y el feudalismo fueron evidenciadas, al menos en líneas generales, por este crecimiento sin precedentes. Sin embargo, los avances de la economía soviética en los primeros sesenta años fueron extremadamente desiguales y contradictorios. Estaban lejos de la visión idílica pintada por los amigos de la URSS. Sin duda, un régimen de democracia obrera hubiese sobrepasado largamente lo conseguido bajo el estalinismo, con toda su corrupción y mala gestión. En este desarrollo contradictorio de la economía soviética reside la clave para comprender el colapso del estalinismo a finales de los años 80 y el movimiento hacia la restauración capitalista. Las leyes del desarrollo del capitalismo como sistema socioeconómico fueron analizadas brillantemente por Marx en los tres volúmenes de El Capital. Sin embargo, el desarrollo de la economía planificada y nacionalizada, que es el requisito previo para la construcción del socialismo, se da de una manera totalmente diferente. Las leyes del capitalismo se expresan en el juego ciego de las fuerzas del mercado, a través de las cuales el crecimiento de las fuerzas productivas es automático. La ley del valor, expresada a través del mecanismo de la oferta y la demanda, redistribuye los recursos de un sector a otro. No hay planificación ni intervención consciente. Este no puede ser el caso cuando el Estado centraliza la economía en sus manos. El Estado obrero juega el mismo papel respecto al conjunto de la economía, que un capitalista individual en el marco de una sola fábrica. Por eso, las acciones del gobierno soviético en las últimas siete décadas han jugado un papel decisivo, para bien o para mal, en el desarrollo económico. "No hay ningún otro gobierno en el mundo", señaló Trotsky, "que tenga concentrado hasta ese punto el destino de todo el país... El carácter centralizado de la economía nacional hace que el poder estatal se convierta en un factor enormemente significativo". En estas condiciones, la política del régimen era decisiva. El callejón sin salida de la gestión burocrática fue lo que llevó los fuegos artificiales del avance económico a un parón súbito. A diferencia del desarrollo del capitalismo, que se basa en el mercado para la distribución de los recursos, una economía nacionalizada necesita una planificación y dirección conscientes. Esto no lo pueden hacer con éxito un puñado de burócratas en Moscú, ni siquiera si fueran Marx, Engels, Lenin y Trotsky; requiere la participación de las masas en la gestión de la industria y el Estado. Sólo un régimen de democracia obrera sería capaz de canalizar el talento y la iniciativa de la sociedad. Un régimen de despilfarro burocrático inevitablemente llevaría a un frenazo de la economía a medida que se hacía más sofisticada y avanzada tecnológicamente. Hacia los años 70, la economía soviética había llegado a un completo impasse. Pero las razones para ello son el tema de un capítulo posterior. Baste con decir que, a pesar de la asfixia burocrática del estalinismo, los éxitos de la economía planificada se demostraron no en las páginas de El Capital, sino en un terreno industrial que abarcaba una sexta parte de la superficie de la tierra; no en el lenguaje de la dialéctica, sino en el del acero, el cemento y la electricidad. Como explicó Trotsky: "Aun en el caso de que la URSS, por culpa de sus dirigentes, sucumbiera a los golpes del exterior —cosa que esperamos firmemente no ver— quedaría, como prenda del porvenir, el hecho indestructible de que la revolución proletaria fue lo único que permitió a un país atrasado obtener en menos de veinte años resultados sin precedentes en la historia". (L. Trotsky, La Revolución Traicionada, p. 53). ¿Fue la Revolución de Octubre un golpe de Estado? En el intento de desacreditar a los bolcheviques no se han escatimado falsificaciones del registro histórico. El truco más común es el de describir la Revolución de Octubre como un golpe de Estado sangriento, es decir, un movimiento dirigido por una pequeña minoría utilizando métodos conspirativos a espaldas de la mayoría. Los bolcheviques, se nos dice, arrebataron el poder al gobierno provisional que surgió de la Revolución de Febrero y que, supuestamente, representaba la voluntad democrática del pueblo. Si la "conspiración" de Lenin no hubiese prosperado, sigue la historia, Rusia hubiese entrado en el camino de la democracia parlamentaria occidental y vivido felizmente por el resto de sus días. Este cuento de hadas se ha repetido tantas veces, que muchos lo han aceptado acríticamente. Y al igual que todos los cuentos de hadas, su objetivo es el de adormecer los sentidos.... pero sólo convencen a niños muy pequeños. La primera cosa que se nos ocurre es: si el gobierno provisional realmente representaba a la aplastante mayoría y los bolcheviques sólo eran un grupo insignificante de conspiradores, ¿cómo consiguieron derrocarlo? Después de todo, el gobierno provisional tenía, por lo menos sobre el papel, toda la fuerza del aparato del Estado, el ejército, la policía y los cosacos, mientras que los bolcheviques eran un pequeño partido que al inicio de la Revolución de Febrero sólo tenía unos 8.000 miembros en toda Rusia. ¿Cómo fue posible que esta minoría minúscula venciese a un Estado tan poderoso? Si aceptamos el argumento de que fue un golpe de Estado, entonces tenemos que asumir que Lenin y Trotsky poseían poderes mágicos. ¡Esto es precisamente lo que pasa en los cuentos de hadas! Por desgracia no pasa en la vida real, o en la historia. En realidad, la teoría conspirativa de la historia no explica nada. Simplemente da por supuesto lo que tiene que demostrar. Un método de razonamiento tan superficial, que imagina que cada huelga está provocada por "agitadores" y no por el descontento acumulado en una fábrica, es típica de la mentalidad policíaca. Pero cuando la defienden seriamente supuestos académicos como explicación para grandes acontecimientos históricos, uno sólo se puede rascar la cabeza atónito o suponer que hay algún motivo más. El motivo del policía que trata de atribuir una huelga a las actividades de agitadores invisibles está bastante claro. Y este modo de razonamiento no es realmente diferente. La idea central es que la clase obrera es incapaz de entender sus propios intereses (que, por supuesto, son idénticos a los de los empresarios). Por lo tanto, si se ponen en movimiento para tomar su destino en sus propias manos, la única explicación posible es que han sido manipulados por demagogos sin escrúpulos. Este argumento, que por cierto se puede utilizar contra la democracia en general, también pierde de vista la cuestión central. ¿Cómo pudieron Lenin y Trotsky "engañar" a la mayoría decisiva de la sociedad de tal manera que, en el breve espacio de nueve meses, el Partido Bolchevique pasó de ser una minoría insignificante a ganar la mayoría en los sóviets, los únicos órganos realmente representativos de la sociedad, y tomar el poder? Sólo porque la bancarrota completa del Gobierno Provisional burgués quedó al descubierto. Sólo porque fue incapaz de resolver ni una sola de las tareas de la revolución democrático-burguesa. Y eso se puede demostrar muy fácilmente con un solo hecho: el Partido Bolchevique tomó el poder en octubre con un programa de "pan, paz y tierra". Esta es la demostración más clara de que el Gobierno Provisional había sido incapaz de asegurar ni una sola de las necesidades más candentes del pueblo ruso. Esto, y sólo esto, explica el éxito de los bolcheviques en octubre. Lo más sorprendente de 1917 es precisamente la participación activa de las masas en cada una de las etapas. Este fenómeno, de hecho, es la esencia de una revolución. En periodos normales, la mayoría de las personas están dispuestos a aceptar que las decisiones más importantes que afectan a sus vidas las tomen otra gente, "los que saben —políticos, funcionarios, jueces, "expertos"— pero en los momentos críticos, la gente normal y corriente empieza a cuestionarlo todo. Ya no se conforman con dejar que sean otros los que decidan por ellos. Quieren pensar y actuar por sí mismos. Esto es precisamente una revolución. Y se pueden ver elementos de este proceso en cada huelga. Los trabajadores empiezan a participar activamente, hablar, juzgar, criticar —en una palabra, decidir su propio destino. Para el burócrata y el policía (y algunos historiadores cuyos procesos mentales funcionan en la misma longitud de onda) esto les parece una locura extraña y amenazadora. De hecho, es precisamente lo contrario. En situaciones de este tipo, los hombres y mujeres dejan de actuar como autómatas y empiezan a comportarse como auténticos seres humanos con una mente y una voluntad. Su estatura se eleva ante sus propios ojos. Rápidamente se hacen conscientes de su propia condición y de sus propias intereses, y. buscan conscientemente un partido y un programa que refleje sus aspiraciones y rechazan los demás. Una revolución siempre se caracteriza por un trepidante auge y declive de partidos, individuos y programas, en el que el ala más radical tiende a ganar. En todos los escritos y discursos de Lenin de este periodo vemos una fe ardiente en la capacidad de las masas para cambiar la sociedad. Lejos de adoptar métodos conspirativos, se basó en los llamamientos a la iniciativa revolucionaria de los trabajadores, campesinos pobres y soldados. En Las tesis de abril, Lenin declara: "No queremos que las masas simplemente acepten nuestra palabra. No somos charlatanes. Queremos que las masas superen sus errores a través de la experiencia" (Lenin, Collected Works, vol. 36, p. 439). Más tarde dijo: "La insurrección no se puede basar en una conspiración ni en un partido, sino en la clase avanzada (...) La insurrección se tiene que basar en un auge revolucionario del pueblo" (Lenin, Collected Works, vol. 26, p. 22). El hecho de que Lenin contraponga las masas al Partido no es un accidente. Aunque el Partido Bolchevique jugó un papel fundamental, la revolución no fue un simple proceso lineal unidireccional, sino un proceso dialéctico. Lenin explicó muchas veces que las masas están cien veces más a la izquierda que el partido más revolucionario. Es una ley el que, durante una revolución, el partido revolucionario y su dirección están sometidos a presiones de clases ajenas. Hemos visto este proceso muchas veces en la historia. Un sector de la dirección en estos momentos empieza a dudar y vacilar. Es necesaria una lucha interna para superar estas vacilaciones. Esto sucedió en el Partido Bolchevique después del retorno de Lenin a Rusia, cuando los dirigentes bolcheviques en Petrogrado (principalmente Zinoviev, Kámenev y Stalin) adoptaron una actitud conciliadora hacia el Gobierno Provisional e incluso consideraron la fusión con los mencheviques. La línea del partido sólo cambió después de una aguda lucha interna en la que Lenin y Trotsky unieron sus fuerzas para luchar por una segunda revolución en la que la clase obrera tomase el poder en sus propias manos. En esta lucha, Lenin hizo un llamamiento directo a los obreros más avanzados por encima de las cabezas del Comité Central: "los obreros y los campesinos pobres (...) están mil veces más a la izquierda que los Chernovs y Tseretelis, y cien veces más a la izquierda que nosotros" (Lenin, Collected Works, vol. 24, p. 364). La fuerza motriz de la revolución en cada etapa fue el movimiento de las masas. La tarea de los bolcheviques era dar una expresión política y organizativa clara a este movimiento y asegurarse que se concentraba en el momento adecuado para la toma del poder, evitando levantamientos prematuros que hubiesen llevado a una derrota. Durante un tiempo, eso en la práctica quiso decir contener a las masas. El Comité de Vyborg, que jugó un papel clave en Petrogrado, declaró en junio: "Tenemos que jugar el papel de apagafuegos" (citado en M. Liebman, Leninism under Lenin, p.200). Podvoisky admitió en el 6º Congreso del Partido, en agosto: "Nos vimos obligados a pasar la mitad del tiempo calmando a las masas" (Ibid., p. 200). Movilización permanente Numerosos testigos de todos los partidos dan fe del extraordinario grado de participación de las masas. En palabras de Marc Ferro: "Los ciudadanos de la nueva Rusia, habiendo derrocado el capitalismo, estaban en un estado de movilización permanente" (Ibid, p. 201). El destacado menchevique Nikolai Sujanov recuerda que "toda Rusia... estaba constantemente manifestándose en esos días. Todas las provincias se habían acostumbrado a las manifestaciones callejeras" (Ibid, p. 201). Nadezha Krupskaya, la esposa de Lenin, recuerda: "Aquellos días, las calles presentaban un aspecto interesante, en todas partes se reunían los grupos y discutían acaloradamente la situación política y los acontecimientos. Solía internarme en la multitud y escuchar. Una vez estuve caminando más de tres horas desde la calle Shirokaya hasta la mansión de Kshesinsky, de tan interesantes que eran las conversaciones. Había un patio trasero en casa y, desde allí, con la ventana abierta por la noche, oíamos excitadas discusiones; era un viejo soldado que se sentaba allí y hablaba con la cocinera, y las sirvientas de las casas vecinas. A la una de la madrugada aún se oían palabras sueltas: bolcheviques, mencheviques... A las tres: Miliukov, bolcheviques... A las cinco, lo mismo: política y asambleas. Las blancas noches de Petrogrado se asocian ahora con estas reuniones nocturnas" (N. Krupskaya, Mi vida con Lenin, pp. 289-90). John Reed nos presenta la misma imagen: "En el frente los soldados peleaban con sus oficiales y aprendían a autogobernarse a través de sus comités. En las fábricas adquirían experiencia y fuerza y la comprensión de su misión histórica en la lucha contra el viejo orden los comités de empresa, organizaciones rusas sin parangón. Toda Rusia aprendía a leer y efectivamente leía libros de política, economía e historia, leía porque la gente quería saber... En cada ciudad, en la mayoría de las ciudades inmediatas al frente cada partido político sacaba su periódico y a veces varios. Miles de organizaciones imprimían miles de folletos políticos, inundando con ellos las trincheras y aldeas, las fábricas y las calles de las ciudades. La sed de instrucción tanto tiempo frenada abrióse paso al mismo tiempo que la revolución con fuerza espontánea. En los primeros seis meses de la revolución tan sólo del Instituto Smolny se enviaba a todos los confines del país toneladas, camiones y trenes de publicaciones. Rusia se tragaba el material impreso con la misma insaciabilidad con que la arena seca absorbe el agua. Y todo aquello no eran fábulas, no era la historia falsificada, diluida por la religión, no era maculatura, barata y corruptora, sino teorías sociales y económicas, filosofía, obras de Tolstói, Gógol y Gorki... "Luego la palabra. Rusia vióse inundada de tal torrente de discursos que, en comparación, 'la avalancha de locuacidad francesa', de que habla Carlyle, no pasa de ser un arroyuelo. Conferencias, controversias, discursos en los teatros, circos, escuelas, clubes, salas de los sóviets, locales sindicales, cuarteles... Mítines en las trincheras del frente, en las plazuelas aldeanas, en los patios de las fábricas. ¡Qué asombroso espectáculo ofrece la fábrica Putílov cuando de sus muros salen cuarenta mil obreros para oír a los socialdemócratas, eseristas, anarquistas, a quien sea, hable de lo que hable y por mucho tiempo que hable! Durante meses enteros, cada encrucijada de Petrogrado y otras ciudades rusas era una constante tribuna pública. Surgían discusiones y mítines espontáneos en los trenes, en los tranvías, en todas partes..." (J. Reed, Diez días que estremecieron el mundo, pp. 42-3). La sed de ideas se reflejaba en un interés enorme por la palabra escrita. John Reed describe la situación con los soldados en el frente: "Llegamos al frente, al XII Ejército, que se hallaba cerca de Riga, donde los hombres descalzos y extenuados se morían de hambre y enfermedades entre la inmundicia de las trincheras. Al vernos se levantaron a nuestro encuentro. Tenían los rostros demacrados; a través de los agujeros de la ropa azuleaban las carnes. Y la primera pregunta fue: '¿Han traído algo para leer?" (Ibid., p. 43). El Partido Bolchevique ganó porque defendía el único programa que mostraba una salida a la situación. La famosa consigna de Lenin era: "!Explicar pacientemente!". Las masas fueron capaces de poner a prueba los programas de los mencheviques y de los eseristas, y los dejaron de lado. Los votos de los candidatos bolcheviques a los sóviets aumentaron de manera sostenida hasta el punto que, en septiembre, habían ganado la mayoría en Petrogrado, Moscú, Kiev, Odessa y las demás ciudades principales. En ese momento, la cuestión de la transferencia del poder del desprestigiado Gobierno Provisional, que sólo se representaba a sí mismo, a los sóviets, los organismos democráticos de las masas de obreros y soldados (aplastantemente de extracción campesina), era una necesidad imperiosa. El crecimiento del Partido Bolchevique en este periodo es algo sin precedentes en la historia de los partido políticos: de unos 8.000 miembros en febrero, pasó a 177.000 en el 6º Congreso, cinco meses más tarde. Es más, hay que recordar que esto se consiguió a pesar de tener un aparato extremadamente débil y en condiciones de severa represión. Krupskaya escribe: "No cabía duda del aumento de la influencia bolchevique, particularmente en el ejército, y el 6º Congreso contribuyó todavía más a una concentración de fuerzas. El congreso publicó un manifiesto en el que se llamaba la atención sobre la posición contrarrevolucionaria adoptada por el Gobierno Provisional. 'La revolución mundial y la lucha de clases son inminentes', afirmaba el manifiesto" (N. Krupskaya, Mi vida con Lenin, p. 303). El crecimiento numérico del Partido sólo reflejaba parcialmente el rápido crecimiento de su influencia de masas, sobre todo en los sóviets de obreros y soldados. Marcel Liebman describe de esta manera su progreso: "Durante todo el año 1917, el partido de Lenin registró éxitos electorales destacables y casi constantes. Mientras que al principio de la revolución sólo tenía una pequeña representación en el sóviet de Petrogrado, en mayo, el grupo bolchevique en la sección obrera de esa institución tenía una mayoría casi absoluta. Un mes más tarde, durante la 1ª Conferencia de comités de fábrica de Petrogrado, tres cuartas partes de los 568 delegados expresaron su apoyo a las tesis bolcheviques. Sin embargo, fue a finales del verano cuando los leninistas cosecharon el fruto completo de su política de oposición al Gobierno Provisional. En las elecciones municipales de Petrogrado, en junio, los bolcheviques recibieron entre el 20 y el 21% de los votos; en agosto, cuando el partido todavía estaba sufriendo las consecuencias de las Jornadas de Julio, recibieron el 33%. En Moscú, en junio, recibieron poco más del 12%; en septiembre obtuvieron mayoría absoluta, con el 51% de los votos. Con el incremento de su representación en las conferencias de los comités de fábrica, queda claro que su influencia era especialmente fuerte entre la clase obrera. En Petrogrado, en septiembre, ya no quedaban ni mencheviques ni eseristas presentes en las reuniones regionales de estos organismos, habiendo sido ocupados sus puestos por los bolcheviques" (Liebman, op. cit., p. 206). Daremos la última palabra sobre este tema a un destacado oponente del bolchevismo, que también fue testigo presencial e historiador de la Revolución Rusa, el menchevique Sujanov. Describiendo la situación en los últimos días de septiembre, escribe: "Los bolcheviques estaban trabajando obstinadamente sin descanso. Estaban entre las masas, en las fábricas, todos los días, sin pausa. Decenas de oradores, grandes y pequeños, estaban hablando en Petersburgo, en las fábricas y en los cuarteles, todos y cada uno de los días. Para las masas se habían convertido en su propia gente porque siempre estaban allí, tomando la iniciativa en los pequeños detalles al igual que en los asuntos más importantes de la fábrica o el cuartel. Se habían convertido en la única esperanza... Las masas vivían y respiraban al unísono con los bolcheviques" (Ibid., p. 207, énfasis en el original). Partido y clase La Revolución Rusa se desarrolló a lo largo de nueve meses. Durante ese periodo, el Partido bolchevique, utilizando los métodos más democráticos, ganó la mayoría decisiva entre los obreros y campesinos pobres. El hecho de que consiguiese superar la resistencia de las fuerzas de Kerensky tan fácilmente sólo se puede explicar por este motivo. Es más, como veremos, los bolcheviques no se hubiesen podido mantener en el poder sin el apoyo de la aplastante mayoría de la sociedad. En todas las etapas, la intervención de las masas jugó un papel decisivo. Esto es lo que marca el carácter de todo el proceso. La clase dominante y sus representantes políticos y militares podían rechinar los dientes, pero eran incapaces de evitar que el poder se les escapase de las manos. Es cierto que organizaron una y otra vez conspiraciones contra la revolución, incluyendo el levantamiento armado del general Kornilov, con el objetivo de derrocar a Kerensky y establecer una dictadura militar, pero todas ellas se estrellaron contra el movimiento de las masas. El hecho de que las masas apoyasen a los bolcheviques era aceptado por todo el mundo en aquel entonces, incluyendo los enemigos más acérrimos de la revolución. Naturalmente que ellos lo atribuían a todo tipo de influencias malignas, "demagogia", la inmadurez de los obreros y campesinos, su supuesta ignorancia y todos los demás argumentos que están esencialmente dirigidos contra la propia democracia. Por qué las masas sólo empezaron a ser ignorantes e inmaduras cuando dejaron de apoyar al Gobierno Provisional debe de ser uno de los mayores misterios desde que San Pablo se cayó del caballo camino de Damasco. Dejando de lado el rencor, la malicia y la rabia impotente que lo inspira, podemos ver en el siguiente pasaje de un periódico de derechas la admisión de que realmente los bolcheviques gozaban del apoyo de las masas. El Russkaya Volya del 28 de octubre escribía lo siguiente: "¿Qué probabilidades de éxito tienen los bolcheviques? Es difícil responder a esta pregunta, pues el recurso fundamental de los bolcheviques es... la ignorancia de las masas populares. Especulan con esta ignorancia, la utilizan para una incesante demagogia..." (citado por John Reed, op. cit., p. 345). Es imposible entender lo que pasó en 1917 sin entender el papel fundamental de las masas. Lo mismo es cierto con relación a la Revolución Francesa de 1789-94, un hecho que los historiadores a menudo no consiguen comprender (hay excepciones, como el anarquista Kropotkin y, en nuestros tiempos, George Rudé). Pero aquí, por primera vez en la historia, si excluimos el breve pero glorioso episodio de la Comuna de París, la clase obrera consiguió tomar el poder y, por lo menos, empezar la transformación socialista de la sociedad. Precisamente por eso los enemigos del socialismo se ven obligados a mentir sobre la Revolución de Octubre y calumniarla. No pueden perdonarle a Lenin y los bolcheviques haber conseguido dirigir la primera revolución socialista triunfante, haber demostrado que es posible y, de esa manera, haber señalado el camino a las generaciones futuras. ¡Un precedente de este tipo es peligroso! Por lo tanto, es necesario "demostrar" (con la ayuda de la pandilla habitual de académicos "objetivos") que todo eso fue un asunto muy feo y no hay que repetirlo. A menudo se justifica la afirmación de que la Revolución de Octubre sólo fue un golpe señalando la cantidad relativamente reducida de gente que participó físicamente en la propia insurrección. Este argumento aparentemente profundo no resiste el análisis más superficial. En primer lugar, confunde la insurrección armada con la revolución, es decir, confunde la parte con el todo. En realidad, la insurrección sólo es una parte de la revolución —aunque ciertamente una parte muy importante. Trotsky la compara con la cresta de la ola. En realidad hubo muy pocos combates en Petrogrado; se podría afirmar que la revolución fue incruenta. Y la razón fue que las nueve décimas partes de las tareas revolucionarias ya se habían completado de antemano, ganando a la mayoría decisiva de los obreros y soldados. Fue necesario utilizar la fuerza armada para vencer la resistencia del viejo orden porque ninguna clase dominante ha entregado nunca el poder sin luchar. Pero la resistencia fue mínima. El gobierno colapsó como un castillo de naipes porque nadie estaba dispuesto a defenderlo. En Moscú, principalmente por los errores de los bolcheviques locales, que no actuaron con suficiente decisión, en un primer momento los junkers contrarrevolucionarios pasaron a la ofensiva y llevaron a cabo una masacre. A pesar de esto, increíblemente, se les puso en libertad a cambio de dar su palabra de que no participarían en ningún otro acto de violencia contra el poder soviético. Este tipo de actuaciones eran bastante típicas de los primeros días de la revolución, que se caracterizaba por una cierta ingenuidad por parte de las masas, que todavía tenían que comprender de qué violencia terrible eran capaces los defensores del viejo orden. Lejos de ser un régimen de terror sediento de sangre, la revolución fue un asunto bastante benigno, hasta que la contrarrevolución mostró su auténtica faz. El general blanco P. Krasnov fue uno de los primeros en dirigir una insurrección armada contra los bolcheviques, al frente de los cosacos. Fue derrotado por los Guardias Rojos y entregado por sus propios hombres, pero también en esta ocasión fue liberado bajo palabra. Sobre esto, Víctor Serge escribe correctamente: "La revolución cometió el error de mostrarse magnánima con el dirigente del ataque cosaco. Tendría que haber sido fusilado en el acto. Al cabo de pocos días recuperó su libertad, después de haber dado su palabra de honor de no volver nunca a tomar las armas contra la revolución. Pero, ¿qué valor tiene la palabra de honor dada a los enemigos de la patria y la propiedad? Se fue hacia la región del Don, a someterla a sangre y fuego" (V. Serge, Year One of the Russian Revolution, p. 87). ¿Acaso el hecho de que sólo un pequeño número de gente estuvo implicada en la práctica en el combate significa que el derrocamiento de Octubre fue un golpe de Estado? Existen muchos parecidos entre la lucha de clases y la guerra entre las naciones. También en esta última normalmente sólo una pequeña minoría de la población está en las fuerzas armadas. Y sólo una pequeña minoría del ejército está en el frente. De esta última, incluso en el transcurso de una batalla importante, normalmente sólo una parte de las tropas están luchando en un momento dado. Los soldados experimentados saben que se pasa mucho tiempo esperando sin hacer nada, incluso en el transcurso de una batalla. Muy a menudo, las fuerzas de reserva nunca entran en acción. Pero sin éstas, ningún general responsable ordenaría un avance. Es más, no es posible combatir con éxito en una guerra sin el apoyo entusiasta de la población en la retaguardia, aunque no participe directamente en la lucha. Esta lección se le quedó grabada en la frente al Pentágono en las últimas etapas de la guerra del Vietnam. El argumento de que los bolcheviques fueron capaces de tomar el poder sin las masas (golpe de Estado) generalmente se vincula a la idea de que fue un partido, no la clase obrera, la que tomó el poder. De nuevo esta argumentación es totalmente falsa. Sin organización (los sindicatos y el partido), la clase obrera no es más que materia prima para la explotación. Marx ya lo señaló hace tiempo. Es cierto que el proletariado tiene una fuerza enorme. Sin su permiso no gira una rueda ni se enciende una luz. Pero sin organización, este poder sigue siendo sólo potencial, de la misma manera que el vapor es una fuerza colosal pero sin un pistón se disipa impotente en el aire. Para que la fuerza de la clase obrera deje de ser meramente potencial y se convierta en una realidad, tiene que organizarse y concentrarse en un solo punto. Esto únicamente se puede conseguir a través de un partido político con una dirección decidida, una orientación a largo plazo y un programa correcto. El Partido Bolchevique bajo la dirección de Lenin y Trotsky era precisamente este tipo de partido. Basándose en el movimiento de las masas —un movimiento magnífico que representaba todo lo vivo, progresista y vibrante que había en la sociedad rusa—, le dieron forma, objetivo y una voz. Este era su pecado capital desde el punto de vista de la clase dominante y sus voceros en el movimiento obrero. Esto es lo que está detrás de su odio y abominación por el bolchevismo, su actitud vitriólica y sañosa hacia éste, que condiciona completamente su actitud incluso al cabo de tres generaciones. Sin el Partido Bolchevique, sin la dirección de Lenin y Trotsky, los obreros rusos nunca hubiesen tomado el poder en 1917, a pesar de todo su heroísmo. El partido revolucionario no se puede improvisar sobre la marcha, de la misma manera que no se puede improvisar un estado mayor cuando estalla la guerra. Hay que prepararlo sistemáticamente durante décadas. Esta lección ha sido demostrada por toda la historia, especialmente la del siglo XX. Rosa Luxemburgo, la gran revolucionaria y mártir de la clase obrera, siempre ponía énfasis en la iniciativa revolucionaria de las masas como fuerza motriz de la revolución. En esto tenía toda la razón. En el curso de la revolución, las masas aprenden muy rápidamente. Pero una situación revolucionaria, por su propio carácter, no puede durar mucho tiempo. La sociedad no puede mantenerse en un estado permanente de fermento, ni la clase obrera en un estado de activismo candente. O se señala una salida a tiempo o se pierde la oportunidad. No hay suficiente tiempo para experimentar o para que los obreros aprendan a través de pruebas y errores. ¡En una situación de vida o muerte, los errores se pagan muy caros! Por lo tanto, es necesario combinar el movimiento "espontáneo" de las masas con organización, programa, perspectivas, estrategia y táctica —en una palabra, con un partido revolucionario dirigido por cuadros experimentados. No existe ninguna otra manera. Es necesario añadir que en todas las etapas los bolcheviques tenían en todo momento ante ellos la perspectiva de la revolución internacional. Nunca pensaron que podrían mantenerse en el poder solamente en Rusia. El hecho de que a pesar de todas las vicisitudes, de todos los crímenes del estalinismo y la terrible destrucción de la Segunda Guerra Mundial, las conquistas básicas de la revolución se mantuvieron durante tanto tiempo, incluso cuando la revolución, aislada de la ayuda del resto del mundo, tuvo que depender solamente de sus propios recursos, es una demostración brillante de la vitalidad de la Revolución de Octubre. Incluso en el último periodo, el colapso del estalinismo no fue el resultado de ningún defecto inherente de la economía planificada y nacionalizada, sino que fue el resultado de la traición de la burocracia, que tal y como Trotsky había anticipado brillantemente, buscó reforzar sus privilegios vendiéndose al capitalismo. ¡Todo el poder a los sóviets!' Como corolario de todas las calumnias contra Octubre, tenemos el intento de pintar la Revolución de Febrero de color de rosa. El "democrático" régimen de Kerensky, se nos dice, hubiese llevado Rusia a un futuro glorioso de prosperidad, de no haber sido por el estropicio de los bolcheviques. ¡Ay!, la idealización de la Revolución de Febrero no soporta el más mínimo análisis. Febrero —que derrocó al viejo régimen zarista— no había resuelto ni una de las tareas de la revolución democrático-nacional: la reforma agraria, una república democrática, la cuestión nacional. Ni siquiera fue capaz de conseguir la reivindicación más elemental de las masas: el fin de la matanza imperialista y la firma de una paz democrática. En una palabra, el régimen de Kerensky, en el transcurso de nueve meses, dio amplias muestras de su incapacidad para satisfacer las necesidades más básicas del pueblo ruso. Fue este hecho, y sólo este hecho, lo que permitió a los bolcheviques llegar al poder con el apoyo de la mayoría decisiva de la sociedad. Saliendo de los estragos de la Primera Guerra Mundial, la Rusia zarista era una semicolonia, especialmente de Francia, Alemania y Gran Bretaña. Rusia poseía menos del 3% de la producción industrial del mundo. No podía competir a escala mundial. Por cada 100 kilómetros cuadrados de tierra, sólo había 0,4 kilómetros de línea férrea. Alrededor del 80% de la población a duras penas sobrevivía en el campo, que estaba fragmentado en millones de pequeñas parcelas. La burguesía rusa había entrado en la escena de la historia demasiado tarde; no había sido capaz de llevar adelante ninguna de las tareas de la revolución democrático-burguesa, que habían sido resueltas en Gran Bretaña y Francia en los siglos XVI y XVIII. Por el contrario, los capitalistas rusos se apoyaban en el imperialismo, por un lado, y en la autocracia zarista, por el otro. Estaban vinculados por miles de hilos a los viejos terratenientes y aristócratas. Horrorizados por la revolución de 1905, la burguesía se había vuelto más conservadora y suspicaz hacia los trabajadores. No tenía ningún papel revolucionario que jugar. "Y si ésta, en los albores de la historia, no había alcanzado el grado necesario de madurez para acometer la reforma del Estado, cuando las circunstancias le depararon la ocasión de ponerse al frente de la revolución, demostró que llegaba ya tarde" (Trotsky, Historia de la Revolución Rusa, tomo 1, p. 14). La única clase revolucionaria en Rusia era el joven y pequeño, pero altamente concentrado, proletariado. Partiendo de la ley del desarrollo desigual y combinado, un país atrasado asimila las conquistas materiales e intelectuales de los países avanzados. No reproduce fielmente todas las etapas del pasado, sino que salta por encima de toda una serie de estadios intermedios. Esto da lugar a un desarrollo contradictorio, en el que los rasgos más avanzados se sobreponen a condiciones extremadamente atrasadas. La inversión extranjera supuso la creación de fábricas e industrias altamente avanzadas y concentradas en Rusia. Los campesinos abandonaban el campo, se lanzaban a la industria y eran proletarizados de la noche a la mañana. A este joven proletariado —que no tenía ninguna de las tradiciones conservadoras de sus equivalentes en Occidente— le correspondió la tarea de sacar la sociedad rusa del impasse. El intento de contraponer el régimen de Febrero a Octubre no se sostiene. Si los bolcheviques no hubiesen tomado el poder, el futuro al que se enfrentaba Rusia no era el de una democracia capitalista próspera, sino el de la barbarie fascista bajo la bota de Kornilov o algún otro general blanco. Un desarrollo de este tipo no hubiese significado un avance, sino una terrible regresión. En la Revolución de Octubre, el proletariado victorioso tuvo que solucionar primero los problemas de la revolución democrático-nacional, y después pasó, sin interrupción, a las tareas socialistas. Esta era la esencia de la revolución permanente. El capitalismo se había roto por el eslabón más débil, tal y como Lenin explicó. La Revolución de Octubre representó el principio de la revolución socialista mundial. La Revolución de Febrero había creado espontáneamente comités de obreros y soldados, al igual que la revolución de 1905. Los comités, o sóviets, pasaron de ser comités de huelga ampliados a instrumentos políticos de la clase obrera en la lucha por el poder y, más adelante, a organismos administrativos del nuevo Estado obrero. Estos eran mucho más democráticos y flexibles que los órganos elegidos territorialmente de la democracia burguesa. Parafraseando a Marx, la democracia capitalista permite a los obreros elegir cada cinco años a partidos que mal representan sus intereses. En Rusia, con su implantación en el campo, abarcaron a la aplastante mayoría de la población. En los nueve meses que van de febrero a octubre, los sóviets representaron un poder rival al del Estado capitalista. Fue el periodo de "doble poder". Una de las reivindicaciones clave de los bolcheviques en todo este periodo fue: "¡Todo el poder a los sóviets!". Meses de explicación paciente y la dura experiencia de los acontecimientos ganaron a la mayoría de los obreros y campesinos pobres al bolchevismo. La Revolución de Octubre llevó al poder a un nuevo gobierno revolucionario, que tomó su autoridad del Congreso de los Sóviets. Al contrario de lo que normalmente se piensa, no era un régimen de partido único, sino, en un principio, un gobierno de coalición de los bolcheviques y los eseristas de izquierda. La tarea urgente a la que se enfrentaba ese gobierno era extender la autoridad del poder soviético —el gobierno de la clase obrera— a toda Rusia. El 5 de enero de 1918, el gobierno aprobó una directiva que declaraba que desde aquel entonces los sóviets locales quedaban investidos de todos los poderes que tenía la vieja administración, y añadía: "Todo el país tiene que quedar cubierto por una red de nuevos sóviets". El sistema de sóviets no era, como alegan los reformistas, un fenómeno exclusivamente ruso. La revolución alemana de noviembre de 1918 creó organismos similares de manera espontánea. Daban cuerpo a la autoorganización obrera en cada puerto, ciudad y cuartel; esos consejos de obreros, soldados y marineros detentaban el poder político real. También se formaron sóviets en Baviera y durante la Revolución Húngara de 1919. Igualmente, en 1920 se formaron en Gran Bretaña Comités de Acción, descritos por Lenin como "sóviets a los que sólo falta el nombre", y también durante la Huelga General de 1926 (comités de fábrica y consejos sindicales). Aunque los estalinistas y reformistas intentaron impedir la reaparición de sóviets, resurgieron en la Revolución Húngara de 1956, con la creación del Consejo Obrero de Budapest. En sus orígenes, el sóviet —la forma de representación popular más democrática y flexible que nunca se haya inventado— era simplemente un comité de huelga ampliado. Nacidos en la lucha de masas, los sóviets (o consejos obreros) asumieron un alcance mucho mayor y finalmente se convirtieron en organismos de gobierno revolucionario directo. Además de los sóviets locales, elegidos en cada ciudad y pueblo, en todas las grandes ciudades también había sóviets de barrio (raionny) y también de distrito o provinciales (oblastny o gubiernsky), y finalmente también se elegían delegados al Comité Ejecutivo Central Panrruso de los Sóviets, en Petrogrado. Los delegados se elegían en cada centro de trabajo a los Sóviets de Diputados de Obreros, Soldados y Campesinos, y estaban sujetos a revocación inmediata. No había ninguna élite burocrática. Ningún diputado o funcionario recibía un sueldo superior al salario de un obrero cualificado. El gobierno soviético dictó una serie de decretos económicos, políticos, administrativos y culturales inmediatamente después de la revolución. Por la base había un florecimiento de la organización soviética. En todas partes se intentaba acabar con la distinción entre funciones legislativas y ejecutivas y permitir a los individuos participar directamente en la aplicación de las decisiones que ellos tomaban. Como consecuencia, las masas empezaban a tomar sus destinos en sus propias manos. En noviembre de 1917, Lenin escribió un llamamiento en Pravda: "¡Camaradas trabajadores! Recuerden que ahora ustedes mismos administran el Estado. Si ustedes mismos no se unen y no toman en sus manos todos los asuntos del Estado, nadie les ayudará. (...) Pongan manos a la obra desde abajo, sin esperar a nadie" (Lenin, Obras Completas, vol. 35, p. 68). Estaba ansioso por que las masas se implicasen en el funcionamiento de la industria y el Estado. En diciembre de 1917, Lenin escribió: "Una de las tareas más importantes, si no la más importante, de la hora presente consiste en desarrollar con la mayor amplitud esa libre iniciativa de los obreros y de todos los trabajadores y explotados en general en su obra creadora de organización. Hay que desvanecer a toda costa el viejo prejuicio absurdo, salvaje, infame y odioso de que sólo las llamadas 'clases superiores', sólo los ricos o los que han cursado la escuela de las clases ricas, pueden administrar el Estado, dirigir la estructura orgánica de la sociedad capitalista" (Lenin, Obras Completas, vol. 35, p. 209). El mito de la Asamblea Constituyente Entre las numerosas leyendas que se han puesto en circulación para presentar la Revolución de Octubre bajo una luz desfavorable, quizás el de la Asamblea Constituyente sea el más persistente. Según esta leyenda, los bolcheviques antes de la revolución habían defendido un parlamento democráticamente elegido (la Asamblea Constituyente), pero después de la revolución, debido a que estaban en minoría, lo disolvieron y recurrieron a la dictadura. Este argumento deja de lado una serie de cuestiones fundamentales. En primer lugar, la reivindicación de una Asamblea Constituyente —que sin duda jugó un papel progresista a la hora de movilizar a las masas, especialmente el campesinado, contra la autocracia zarista— fue sólo una de toda una serie de reivindicaciones democráticas revolucionarias, y no necesariamente la más importante. Las masas fueron ganadas a la revolución gracias a otras reivindicaciones, la más destacable "paz, pan y tierra". Éstas, a su vez, se convirtieron en una realidad únicamente porque estaban vinculadas a otra reivindicación: todo el poder a los sóviets. La Revolución de Febrero fracasó precisamente porque no fue capaz de satisfacer estas necesidades acuciantes de la población. La completa impotencia del régimen de Kerensky no era accidental. Reflejaba el carácter reaccionario de la burguesía rusa. La clase capitalista de Rusia era una clase muy débil, atada de pies y manos a los terratenientes y subordinada al imperialismo mundial. Sólo la transferencia revolucionaria del poder a la parte más decididamente revolucionaria de la sociedad —la clase obrera— posibilitó el fin de la guerra y la distribución de la tierra a los campesinos. Esta fue la función de la Revolución de Octubre. La convocatoria de las elecciones a la Asamblea Constituyente el año siguiente fue casi una idea tardía. Los bolcheviques intentaban utilizarlas para movilizar a la mayoría del campesinado e integrarlos en la vida política. Pero, sobre todo para el campesinado, la democracia parlamentaria formal es peor que inútil si no lleva a la práctica una política que resuelva sus necesidades más acuciantes. Bajo ciertas circunstancias, la Asamblea Constituyente hubiese podido jugar un papel progresista. Pero en la práctica quedó claro que la Asamblea Constituyente sólo podía ser un obstáculo y un punto de agrupamiento para la contrarrevolución. Aquí, el lento mecanismo de las elecciones parlamentarias iba muy por detrás de la rápida corriente de la revolución. La auténtica actitud del campesinado quedó de manifiesto en la guerra civil, cuando los eseristas de derechas y la mayor parte de los mencheviques colaboraron con los blancos. En el momento de la Revolución de Octubre, los Sóviets de Diputados de Obreros y Soldados representaban todo lo que era dinámico y vivo en la sociedad rusa. La clase obrera votó por los bolcheviques en los sóviets, que eran mucho más democráticos que ningún parlamento. Al mismo tiempo, los soldados, de los cuales una gran mayoría eran campesinos, también votaron mayoritariamente por los bolcheviques: | Partido | Junio | Septiembre | Junio | Septiembre | | Eseristas | 974.885 | 54.374 | 58 | 14 | | Mencheviques | 76.407 | 15.887 | 12 | 4 | | Kadetes | 168.781 | 101.106 | 17 | 26 | | Bolcheviques | 75.409 | 198.230 | 12 | 51 | (Fuente, Anweiler, p.188) Estas cifras demuestran, por un lado, una creciente polarización entre las clases, hacia la derecha (aumento del voto del partido burgués kadete) y hacia la izquierda, y un colapso de los partidos de "centro", mencheviques y eseristas. Pero lo más sorprendente es el enorme empuje de los bolcheviques, que pasaron de un 12% en junio a tener la mayoría absoluta. Esto demuestra que los bolcheviques tenían el apoyo de la aplastante mayoría de los obreros y también de un sector importante de los campesinos. En noviembre de 1917, el propio dirigente menchevique Y.O. Martov tuvo que admitir que "casi la totalidad del proletariado apoya a Lenin" (citado en Liebman, op. cit., p. 218). Precisamente sobre esta base, los bolcheviques fueron capaces de derrocar el desprestigiado Gobierno Provisional y tomar el poder sin apenas encontrar resistencia. Estos hechos por sí solos destruyen el mito de que la Revolución de Octubre fue un golpe. La legitimidad democrática de octubre estaba claramente establecida. Pero esto no se reflejó en las elecciones a la Asamblea Constituyente, cuando los bolcheviques sólo consiguieron el 23,9% de los votos (a los que hay que añadir los votos de los eseristas de izquierda): Asamblea Constituyente (en votos) | Eseristas rusos | 15.848.004 | | Eseristas ucranianos | 1.286.157 | | Coalición socialista ucraniana | 3.556.581 | | Total eseristas y aliados | 20.690.742 | | } | Partidos campesinos | | Bolcheviques | 9.844.637 | | Mencheviques | 1.364.826 | | Otros socialistas | 601.707 | | } | Partidos obreros | | Kadetes | 1.986.601 | | Grupos conservadores rusos | 1.262.418 | | Grupos nacionalistas | 2.620.967 | | } | Partidos burgueses y de derecha | Asamblea Constituyente (en escaños) | Eseristas rusos | 299 | | Eseristas ucranianos | 81 | | Eseristas de izquierda | 39 | | Bolcheviques | 168 | | Mencheviques | 18 | | Otros socialistas | 4 | | Cadetes | 15 | | Conservadores | 2 | | Grupos nacionalistas | 77 | | (Fuente, Anweiler, p. 220). | A pesar de esto, los bolcheviques se mantuvieron firmemente en el poder. ¿Por qué? Los eseristas de derechas habían dirigido a los campesinos tradicionalmente, remontándose a los tiempos de los narodniks a la vuelta del siglo. Estos elementos de capas medias eran la aristocracia tradicional de los pueblos, maestros, abogados, y los "picos de oro". Durante la Primera Guerra Mundial muchos de ellos se hicieron oficiales del ejército. Durante la Revolución de Febrero, estos revolucionarios democráticos ejercieron una influencia considerable entre los soldados de origen campesino. Su "revolucionarismo" amorfo se correspondía con los primeros movimientos en la conciencia del campesinado. Pero la marea de la revolución fluye rápidamente. Poco después de la Revolución de Febrero, los eseristas de derecha traicionaron al campesinado, abandonando el programa de la paz y la lucha por la tierra. ¿Adónde podían dirigirse los campesinos en uniforme en busca de apoyo? Habiendo despertado a la vida política, las masas campesinas, especialmente el sector más activo en el ejército, cuya experiencia de la guerra les había elevado a un nivel de comprensión superior al de sus hermanos en los pueblos, pronto entendieron la necesidad de un cambio revolucionario para poder conquistar la paz, el pan y la tierra. Esto sólo se podía conseguir mediante una alianza revolucionaria con el proletariado. La comprensión de este hecho quedó registrada en las elecciones a los sóviets, que registran un brusco giro hacia la izquierda. Ya en otoño de 1917, los viejos dirigentes de derechas de los eseristas habían perdido su base entre los soldados, que se pasaron en masa a los eseristas de izquierda y sus aliados bolcheviques. Las elecciones a la Asamblea Constituyente se organizaron apresuradamente después de las elecciones, con el censo electoral de antes de Octubre. El campesinado no había tenido tiempo de entender los procesos que se estaban desarrollando. Todavía no se había dado la escisión entre los eseristas de derechas e izquierdas. No había tiempo para que el campesinado en su conjunto entendiese el significado de la Revolución de Octubre y el poder soviético, especialmente en los terrenos clave de la reforma agraria y la paz. La dinámica de una revolución no se puede trasladar fácilmente al pesado mecanismo del parlamentarismo. En las elecciones a la Asamblea Constituyente, las masas inertes del campo atrasado entraron en la ecuación. Aplastadas por el lastre de mil años de esclavitud, los pueblos iban por detrás de las ciudades. Estos eseristas de derechas no eran los representantes políticos, sino los explotadores políticos del campesinado. Implacablemente hostiles a Octubre, hubieran devuelto el poder a los terratenientes y capitalistas con el mismo tipo de contrarrevolución democrática que robó el poder a la clase obrera alemana en noviembre de 1918. Había dos centros de poder mutuamente excluyentes. Los reaccionarios se agruparon alrededor de la consigna: "Todo el poder a la Asamblea Constituyente". Enfrentados a esta situación, los bolcheviques, con el apoyo de los eseristas de izquierda, no vacilaron en poner los intereses de la revolución por encima de delicadezas constitucionales. Basándose en los sóviets, los bolcheviques disolvieron la Asamblea Constituyente. No hubo resistencia. Este incidente ahora provoca una reacción indignada en algunos sectores. Y sin embargo nos encontramos con una contradicción evidente. Si la Asamblea Constituyente realmente representaba la voluntad de las masas, ¿por que nadie la defendió? No se levantó un solo dedo en su defensa precisamente porque era un anacronismo que no representaba a nadie. La razón para esto fue muy bien explicada por el famoso historiador inglés de la Revolución Rusa, E. H. Carr: "Los eseristas habían ido a las elecciones como partido, presentando una sola lista de candidatos. Su manifiesto estaba lleno de principios y propósitos elevados pero, aunque fue publicado el día después de la Revolución de Octubre, había sido redactado antes de ese acontecimiento y no definía la actitud del partido hacia él. Ahora, tres días después de las elecciones, un amplio sector del partido había hecho una coalición con los bolcheviques y se había escindido formalmente del otro sector que mantuvo su lucha amarga contra los bolcheviques. La proporción entre eseristas de derechas y de izquierdas en la Asamblea Constituyente —370 a 40— era fortuita. Era totalmente diferente de la proporción correspondiente en la composición del congreso campesino, y no representaba necesariamente los puntos de vista de los electores en un punto vital sobre el que no se les había consultado. 'La gente', dijo Lenin, 'votó por un partido que ya no existía'. Revisando todo el asunto dos años más tarde, Lenin encontró otro argumento que era más convincente de lo que parecía a primera vista. Lenin señaló que en las grandes ciudades industriales los bolcheviques habían quedado prácticamente en todas partes por delante de los demás partidos. Se aseguraron una mayoría absoluta en las dos capitales en su conjunto, donde los kadetes habían quedado en segundo lugar y los eseristas en un pobre tercer puesto. Pero en asuntos de revolución se aplica el principio bien conocido de: 'la ciudad dirige al campo; el campo inevitablemente sigue a la ciudad'. Las elecciones a la Asamblea Constituyente, si bien no registraron la victoria de los bolcheviques, habían señalado claramente el camino para los que tuvieran ojos para verlo" (E. H. Carr, The Bolshevik revolution, 1917-1923, vol. 1, pp. 121-2). Kerensky también lo admitió sucintamente al escribir lo siguiente en sus memorias: "La apertura de la Asamblea Constituyente acabó en una farsa trágica. No sucedió nada que le diese la calidad de último bastión memorable en defensa de la libertad" (Alexander Kerensky, The Kerensky Memoirs. Russia and History´s Turning-Point, p. 470). El campesinado y los sóviets La Revolución de Octubre fue prácticamente pacífica porque ninguna clase estaba dispuesta a defender el viejo orden, ni el gobierno provisional ni la Asamblea Constituyente, tal y como el propio Kerensky reconoce. Los campesinos no estaban dispuestos a luchar para defender la Asamblea Constituyente. En contraste, en la guerra civil que vino a continuación, la mayoría de los campesinos se agruparon alrededor de los bolcheviques tan pronto como experimentaron el papel de los Guardias Blancos y vieron el papel de los eseristas de derechas y los mencheviques, que invariablemente prepararon el camino para la contrarrevolución blanca. Bajo la dictadura de los diferentes generales blancos, los viejos terratenientes volvieron. Los campesinos quizás no entendían mucho de política, pero entendieron que los bolcheviques eran los únicos que estaban dispuestos a darles la tierra, lo que hicieron por decreto el día después de la Revolución, mientras que los llamados partidos campesinos simplemente eran una fachada para encubrir la vuelta de los viejos esclavistas. Y eso fue suficiente para decidir el asunto. En su libro de reciente aparición —A people's tragedy. The Russian Revolution, 1891-1924 (La tragedia de un pueblo. La revolución rusa 1891-1924)— que, por algún motivo desconocido, se presenta como un estudio serio de la revolución rusa, Orlando Figes no pierde oportunidad para mostrar una hostilidad especialmente venenosa hacia el bolchevismo. Esto es típico del nuevo estilo, casi podríamos llamarlo un genero, de historias "académicas" cuya única intención es calumniar a Lenin e identificar a la Revolución de Octubre con el estalinismo. Pero incluso este autor se ve obligado a admitir: "Había una indiferencia incluso más profunda entre el campesinado, la base tradicional de apoyo del partido eserista. La intelectualidad eserista siempre se había equivocado en su creencia de que los campesinos compartían su veneración por la Asamblea Constituyente. Para los campesinos educados, o aquellos que habían estado influidos suficientemente por la propaganda de los eseristas, la Asamblea era quizás un símbolo político de 'la revolución'. Pero, para la mayoría de los campesinos, cuyo punto de vista político se circunscribía a los límites de su propia aldea y campos, sólo era una cosa lejana en la ciudad, dominada por los 'jefes' de los diferentes partidos, que ellos no entendían y que era bastante diferente a sus propias organizaciones políticas. Era un parlamento nacional, anhelado durante mucho tiempo por la intelectualidad, pero los campesinos no compartían la concepción que tenía la intelectualidad de la nación política, su lenguaje de 'Estado ', 'democracia', 'derechos y deberes civiles' les era ajeno, y cuando utilizaban esta retórica urbana le adjuntaban un significado específicamente 'campesino' para ajustarse a las necesidades de sus propias comunidades. Los sóviets campesinos se aproximaban mucho más a los ideales políticos de las masas rurales, siendo a todos los efectos, ni más ni menos, sus tradicionales asambleas de aldea pero con una forma más revolucionaria. A través de los sóviets de aldea y de volost (provincia), los campesinos ya estaban llevando a cabo su propia revolución en la tierra, y no necesitaban la sanción de un decreto de la Asamblea Constituyente (ni siquiera del propio gobierno soviético) para completarla. Los eseristas de derechas no podían entender este hecho fundamental: que la autonomía de los campesinos a través de sus sóviets de aldea, desde su punto de vista, había reducido el significado de cualquier parlamento nacional, ya que ellos ya habían conseguido su volia, el viejo ideal campesino de autogobierno. La masa de los campesinos, por costumbre o por respeto a los ancianos de su aldea, iban a votar por los eseristas en las elecciones a la Asamblea Constituyente, seguro. Pero muy pocos estaban dispuestos a luchar en la batalla de los eseristas por su restauración, tal y como la miserable caída de Komuch iba a demostrar en el verano de 1918. Prácticamente todas las resoluciones de las aldeas sobre este tema dejaban claro que no querían la restauración de la Asamblea como 'el amo político de la tierra rusa', en palabras de una de ellas, con una autoridad superior a la de los sóviets locales" (O. Figes, A people's tragedy - The Russian Revolution, 1891-1924, pp. 518-9). Y como ilustración de este hecho, Figes cita las palabras del eserista de derechas Boris Sokolov, que conocía de cerca las opiniones de los campesinos por su trabajo como agitador en el ejército: "La Asamblea Constituyente era algo totalmente desconocido y poco claro para las masas de soldados en la primera línea del frente; era sin duda terra incognita. Sus simpatías estaban claramente con los sóviets. Estas eran las instituciones que tenían cerca y las apreciaban, les recordaban sus propias asambleas de aldea... Yo mismo tuve ocasión de oír a los soldados en más de una ocasión, a veces incluso los más inteligentes de ellos, poner objeciones a la Asamblea Constituyente. Para la mayoría de ellos estaba asociada a la Duma Estatal, una institución que les era remota: '¿Para qué necesitamos ninguna Asamblea Constituyente, cuando ya tenemos nuestros sóviets, donde nuestros propios diputados pueden reunirse y decidirlo todo?' (Ibid., p. 519). Por cierto que las protestas indignadas de los historiadores burgueses sobre este tema revelan o bien una ignorancia completa de la historia, o una memoria altamente selectiva. El dirigente de la revolución inglesa, Oliver Cromwell, utilizó su Ejército Modelo para disolver el parlamento por razones muy parecidas a las que convencieron a los bolcheviques para clausurar la Asamblea Constituyente. Los moderados presbiterianos que dominaban el parlamento representaban los primeros despertares incoherentes y poco claros de la revolución. Llegados a cierto punto, se transformaron en una fuerza conservadora, bloqueando el paso a las masas pequeño-burguesas radicalizadas, que querían ir más allá. No hay duda que la eliminación de ese obstáculo fue fundamental para la victoria de los roundheads. En la Revolución Francesa se dio un proceso análogo, cuando la tendencia más consecuentemente revolucionaria, los jacobinos, purgó repetidamente la Convención Nacional y enviaron a sus oponentes a la guillotina. De nuevo, está claro que sin una acción decidida de ese tipo la revolución nunca hubiera podido triunfar contra los poderosos enemigos que se levantaban contra ella dentro y fuera de las fronteras de Francia. Se han lanzado todo tipo de argumentos morales y legales contra los jacobinos. Pero todos pierden de vista lo principal: la esencia de una revolución es la ruptura decisiva con el viejo orden; la resistencia feroz de las viejas clases poseedoras a veces obliga a la revolución a tomar medidas drásticas para su propia salvación. Pero nadie ha explicado todavía cómo Cromwell o Robespierre podían haber conseguido llevar adelante la revolución si hubiesen actuado de otra manera. Después de disolver el Parlamento Largo, Cromwell comentó: "No hubo ni siquiera el ladrido de un perro ni ninguna aflicción general y visible por ello" (Sir Charles Firth, Oliver Cromwell, p. 319). Lo mismo se podría decir de la reacción de las masas ante la disolución de la Asamblea Constituyente. En cualquier caso, la revolución bolchevique, hasta que se dio la intervención imperialista, fue infinitamente más pacífica que ninguna de sus dos precursoras. En el Tercer Congreso Panrruso de los Sóviets, en enero de 1918, Lenin dijo: "Se envía con mucha frecuencia al gobierno delegaciones de obreros y campesinos que preguntan cómo deben proceder, por ejemplo, con estas o aquellas tierras. Y yo mismo me he encontrado con situaciones embarazosas al ver que no tenían un punto de vista muy definido. Y yo les decía: ustedes son el poder, hagan lo que deseen hacer, tomen todo lo que les haga falta, les apoyaremos(...)" (Lenin, Obras Completas, vol. 35, p. 285). En el XVII Congreso del Partido, unos pocos meses después, puso énfasis en que: "(...) una minoría, el Partido, no puede implantar el socialismo. Podrán implantarlo decenas de millones de seres cuando aprendan a hacerlo ellos mismos" (Lenin, Obras Completas, vol. 36, p. 57). Estas declaraciones de Lenin, que se pueden multiplicar a voluntad, reflejan su confianza profundamente arraigada en la capacidad de los trabajadores para decidir su propio destino. Esta contrasta agudamente con las mentiras de los historiadores burgueses, que han intentado ensuciar las ideas democráticas del leninismo con los crímenes del estalinismo. Esta "dictadura del proletariado" era en todos los sentidos una auténtica democracia obrera, a diferencia del posterior régimen totalitario de Stalin. El poder político estaba en manos de las masas, representadas a través de los sóviets. Al principio incluso los partidos burgueses (aparte de las Centurias Negras ultrarreaccionarias y antisemitas) tenían libertad para organizarse. Fueron sólo las exigencias de la guerra civil subsiguiente y las peligrosas actividades de los saboteadores y contrarrevolucionarios, las que forzaron a los bolcheviques a prohibir los demás partidos, como medida temporal. Por ejemplo, los eseristas de izquierda pasaron a la oposición y amenazaron con sabotear la revolución asesinando al embajador alemán, el conde Mirbach, para empujar a Rusia a la guerra con Alemania. Los eseristas de izquierda también llevaron a cabo un intento fallido de asesinato contra Lenin en 1918, que al final acabó por acortar su vida seis años después. Tan pronto como los obreros y campesinos tomaron el poder, se tuvieron que enfrentar a la intervención imperialista armada para derrocar el poder soviético. A principios de 1918, fuerzas navales francesas y británicas ocuparon Murmansk y Arcángel, en el norte de Rusia. En pocos días, sus fuerzas marchaban hacia Petrogrado. En abril, los japoneses entraron en Vladivostok y se estableció un "Gobierno Panrruso" en Omsk. Al cabo de dos meses, este gobierno fue derrocado por un golpe que colocó al almirante Kolchak como dictador. Mientras tanto, el imperialismo alemán ocupaba Polonia, Lituania, Letonia y Ucrania en colaboración con los generales blancos Krasnov y Wrangel. El pretexto que utilizaron fue el de "ayudar a la población en lucha contra la tiranía bolchevique". Una ofensiva envolvente amenazó con tomar Petrogrado en el otoño de 1919. "Estábamos entre la espada y la pared", escribió Trotsky. Mucho se ha dicho sobre el llamado Terror Rojo y los medios violentos utilizados por la Revolución para defenderse. Pero lo que convenientemente se olvida es que la Revolución de Octubre en sí misma fue prácticamente pacífica. El auténtico baño de sangre se produjo durante la guerra civil, cuando la República Soviética fue invadida por veintiún ejércitos extranjeros. Los bolcheviques heredaron un país arruinado y un ejército hecho añicos. Inmediatamente se enfrentaron a una rebelión armada por parte de Kerensky y los oficiales blancos, y más tarde por parte de los ejércitos de intervención extranjera. En un momento dado, el poder soviético quedó reducido a sólo dos provincias, el equivalente al antiguo principado de Moscú. Sin embargo, los bolcheviques consiguieron rechazar la contrarrevolución. Incluso si aceptamos (incorrectamente) que Lenin y Trotsky se las arreglaron de alguna manera para tomar el poder a la cabeza de un pequeño grupo de conspiradores sin el respaldo de las masas, la idea de que pudieron derrotar a las fuerzas combinadas de los guardias blancos y los ejércitos extranjeros con tan escaso apoyo es francamente absurda. La guerra necesariamente implica violencia, y la guerra civil más que ninguna otra. El Estado obrero, débil y atrincherado, se vio obligado a defenderse con las armas en la mano o rendirse a los ejércitos blancos, que como todos los ejércitos contrarrevolucionarios de la historia utilizaron los métodos más bestiales y sangrientos para aterrorizar a los obreros y campesinos. Si hubiesen triunfado, hubiese significado un océano de sangre. No hay nada más cómico que la afirmación de que, si los bolcheviques no hubiesen tomado el poder, Rusia hubiera avanzado por el camino de una próspera democracia burguesa. ¿Cómo encaja esta idea con los hechos? Ya en el verano de 1917, el levantamiento del general Kornilov demostró que el régimen inestable de doble poder que se había establecido en febrero se estaba resquebrajando. La única duda era en saber quién conseguiría establecer una dictadura: Kerensky o Kornilov. A todos los ataques hipócritas contra los bolcheviques por el llamado Terror Rojo hay una respuesta muy simple. Incluso el gobierno capitalista más democrático del mundo no toleraría nunca la existencia de grupos armados que intentasen derrocar el orden existente por medios violentos. Tales grupos serían inmediatamente puestos fuera de la ley y los dirigentes encarcelados o ejecutados. Esto se considera perfectamente normal, legal y aceptable. Y, sin embargo, no se aplican los mismos criterios al sitiado gobierno bolchevique, luchando por su supervivencia y atacado por sus enemigos por todos los flancos. La hipocresía es todavía más nauseabunda si tenemos en cuenta el hecho de que precisamente estos gobiernos occidentales "democráticos" organizaron la mayor parte de las ofensivas militares contra los bolcheviques en ese periodo. En la Conferencia de Paz de Versalles, los gobiernos victoriosos de los Aliados ya se estaban preparando para derrocar a los bolcheviques: "Bullit, en su declaración ante el comité de relaciones extranjeras del Senado, describió de esta manera el ambiente general en la conferencia de París, en abril de 1919: 'Kolchak realizó un avance de 100 millas e inmediatamente toda la prensa de París estaba rugiendo y chillando sobre el asunto, anunciando que Kolchak estaría en Moscú en dos semanas; y por lo tanto todo el mundo en París, incluyendo, lamento decir, miembros de la comisión americana, se volvió cada vez más tibio respecto a la paz en Rusia, porque pensaban que Kolchak llegaría a Moscú y eliminaría el gobierno soviético" (E. H. Carr, The Bolshevik Revolution, 1917-23, vol. 3, p. 121, nota al pie nº 1). El carácter antidemocrático de la burguesía rusa era evidente incluso antes de la Revolución de Octubre, cuando clamaban por un Napoleón que restaurase el "orden". Según el gran capitalista Stepan Georgevitch Lianozov: "La revolución es una enfermedad. Tarde o temprano las potencias extranjeras tendrán que intervenir en nuestros asuntos como intervienen los médicos para curar a un niño enfermo y ponerlo en pie (...) El transporte se ha venido abajo, se cierran las fábricas y los alemanes avanzan. Tal vez el hambre y la derrota despierten el sentido común en el pueblo ruso" (J. Reed, Diez días que estremecieron el mundo, p. 36). A propósito, la calumnia repugnante de que Lenin era un "agente alemán", que increíblemente todavía está en circulación, no casa con los hechos. No fue Lenin, sino la burguesía rusa la que era pro alemana y quería vender Rusia al enemigo, tal y como demuestran los comentarios de Lianozov. Esto no era una excepción, sino la regla en Octubre. Estos "patriotas" en la práctica anhelaban la llegada del ejército alemán. Preferían la bota extranjera al gobierno de los obreros y campesinos rusos. Este ambiente pro alemán estaba muy extendido entre las clases poseedoras. Louise Bryant recuerda una conversación en la casa de una familia rusa acomodada: "En la mesa, la conversación derivó hacia la política. Todos empezaron a maldecir a los bolsheviki. Decían que sería maravilloso si los alemanes viniesen y tomasen el control... Siguió una conversación sobre los alemanes y la mayor parte de los presentes se declaró a favor de una invasión alemana. Sólo para probarles pedí que votaran sobre lo que preferirían en realidad: el gobierno de los soldados y obreros o el del Káiser. Todos menos uno votaron por el Káiser" (Louise Bryant, Six Red Months in Russia, pp. 126 y 131). Reacción brutal En la guerra civil que siguió a Octubre, los generales reaccionarios se sucedieron unos a otros. Pero la idea de que las bayonetas de la Guardia blanca hubiesen implantado la democracia en suelo ruso es un auténtico disparate. Detrás de las líneas de los blancos, la vuelta de los viejos terratenientes y capitalistas marcó la venganza contra los obreros y campesinos. La gran mayoría de éstos no eran socialistas, aunque simpatizaban con los bolcheviques por su programa agrario revolucionario. Pero cuando se dieron cuenta de que los ejércitos blancos estaban del lado de los terratenientes, cualquier apoyo que hubieran podido tener se evaporó. Los generales blancos representaban la reacción zarista en su forma más brutal. Eran una anticipación del fascismo, aunque carecían de la base de masas de éste. Pero esto no hubiera hecho su dominio ni una pizca más placentero. En revancha por el susto que habían sufrido y para dar una lección a las masas, hubieran desencadenado un régimen de terror a gran escala. Los trabajadores y campesinos rusos hubieran sido sometidos a la pesadilla de un régimen totalitario burgués durante años, o décadas, similares a los de Franco o Pinochet. Hubiera sido un régimen de declive social, cultural y económico terrible. Las horribles atrocidades de los ejércitos blancos de A.I. Denikin, A.V. Kolchak, N. Yudenich, P.N. Wrangel y otros reflejaban el pánico de una élite condenada. Wrangel se vanagloriaba de que, después de fusilar a un prisionero rojo, les daría a los otros la oportunidad de demostrar su "patriotismo" y "purgar sus pecados" en la batalla. Los prisioneros eran torturados hasta la muerte, los campesinos rebeldes ahorcados y se organizaban progromos monstruosos contra los judíos en las zonas ocupadas. En todas las zonas blancas se restauraba el poder de los terratenientes. Como medida de autodefensa, los bolcheviques recurrieron a la toma de rehenes. Víctor Serge recuerda: "Desde las primeras masacres de prisioneros rojos por parte de los blancos, los asesinatos de Volodarsky y Uritsky y el atentado contra Lenin (en el verano de 1918), la costumbre de arrestar y, a menudo, ejecutar rehenes se había generalizado y legalizado. La Cheka (La Comisión Extraordinaria para la Represión de la Contrarrevolución, Especulación y Deserción), que llevaba a cabo detenciones masivas de sospechosos, ya tendía a determinar su suerte de manera independiente, bajo el control formal del Partido, pero en realidad sin que nadie lo supiera. Se estaba convirtiendo en un Estado dentro del Estado, protegida por el secreto militar y los procedimientos in camera. El Partido se esforzaba en poner a su cabeza a hombres incorruptibles, como el ex convicto Dzerzhinsky, un idealista sincero, despiadado pero caballeroso..." (V. Serge, Memoirs of a Revolutionary, p. 80). La táctica de la toma de rehenes fue dictada por la extrema debilidad de las fuerzas armadas de la revolución en comparación con las fuerzas contrarrevolucionarias. La revolución estaba luchando desesperadamente por su propia supervivencia. En una situación de este tipo, los excesos eran inevitables, aunque Lenin y Dzerzhinsky hicieron todo lo posible para evitarlos. Las atrocidades de los blancos provocaron una reacción feroz: "Sin embargo, las masacres en Munich reforzaron el estado mental terrorista, y las atrocidades cometidas en Ufa por las tropas del almirante Kolchak, que quemaron vivos a los prisioneros rojos, últimamente habían permitido a los chekistas prevalecer por encima de aquellos miembros del partido que esperaban un mayor grado de humanidad" (Ibid., p. 83). Después de la derrota de Kolchak, los bolcheviques trataron de normalizar la situación. En enero de 1920, con la aprobación de Lenin y Trotsky, Dzerzhinsky propuso la abolición de la pena de muerte en todo el país, excepto aquellos distritos en los que todavía hubiera operaciones militares. El 17 de enero, el gobierno aprobó el decreto, firmado por Lenin como presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo. Pero al cabo de tres meses la situación cambió de nuevo. El régimen polaco reaccionario de Pilsudski, con el apoyo de Gran Bretaña y Francia, atacó la Rusia soviética. Los polacos tomaron Kiev. La revolución corría peligro mortal. Se reimplantó la pena de muerte y se ampliaron los poderes de la Cheka. Aquí, otra vez más, vemos cómo la intervención extranjera que pretendía restaurar por la fuerza el viejo orden en Rusia obligó a la Revolución a utilizar métodos violentos para defenderse. Sólo un hipócrita negaría el derecho de un pueblo a defenderse contra la amenaza de una contrarrevolución sangrienta por todos los medios a su alcance. Por supuesto que si uno considera que lo mejor para las masas es simplemente poner la otra mejilla y aceptar dócilmente la opresión, entonces tiene que condenar los métodos de los bolcheviques. Una filosofía de este tipo sólo puede significar la aceptación permanente de todos y cada uno de los regímenes reaccionarios que han existido en la historia. De hecho significaría la imposibilidad del progreso social en general. El auténtico motivo de los que calumnian la Revolución de Octubre no es la moralidad ni el amor a la humanidad, sino solamente la defensa cobarde del status quo. Sólo los bolcheviques evitaron esta catástrofe, organizando al pueblo revolucionario en armas. Partiendo prácticamente de la nada, León Trotsky creó el Ejército Rojo, que rápidamente se transformó en una fuerza combatiente revolucionaria de más de cinco millones de soldados. Bajo la inspirada dirección de Trotsky, los restos hechos añicos del viejo ejército fueron cohesionados rápidamente en una nueva fuerza impresionante. Que el Ejército Rojo se crease con tanta rapidez a partir de la nada es una demostración suficiente de la base de masas de la revolución. En un primer momento muy pocos hubieran apostado por la supervivencia del nuevo régimen. Contra todo pronóstico, el Ejército Rojo hizo retroceder al enemigo en todos los frentes. Incluso los enemigos de la revolución reconocieron los destacables logros de Trotsky, como demuestran las siguientes citas de oficiales y diplomáticos alemanes: "Max Bauer más tarde rindió tributo a Trotsky como 'organizador y dirigente militar nato,' y añadió: "'La manera en que creó un ejército nuevo a partir de la nada en medio de grandes batallas y después lo organizó y entrenó, es absolutamente napoleónico'. "Y Hoffman emitió el mismo veredicto: "Incluso desde un punto de vista puramente militar resulta asombroso que las tropas rojas recién reclutadas fuera capaces de aplastar a las fuerzas, en algún momento todavía fuertes, de los generales blancos y eliminarlas totalmente" (E. H. Carr, The Bolshevik Revolution, 1917-23, vol. 3, p. 326). La victoria de los oprimidos en lucha abierta contra sus antiguos amos es sin duda uno de los episodios más inspiradores en los anales de la historia, tan rica en revueltas derrotadas de los oprimidos. Una vez más, tenemos derecho a preguntar a los calumniadores de Octubre: ¿Cómo pudo este pequeño grupo de conspiradores conseguir derrotar a los poderosos ejércitos de los guardias blancos apoyados por veintiún ejércitos extranjeros? Semejante gesta sólo se puede concebir si admitimos que los bolcheviques tenían el apoyo activo no sólo de la clase obrera, sino también de sectores amplios de los campesinos medios y pobres. Llegados a este punto, todo el mito de la conspiración de una minoría colapsa por su propio peso. La revolución bolchevique no fue un golpe, sino la revolución más popular de la historia. Sólo así se puede entender que los bolcheviques fueran capaces, contra todo pronóstico, no sólo de tomar el poder, sino de conservarlo firmemente. Todo esto se hizo sobre la base de la democracia obrera, un régimen que da a la clase obrera derechos mucho más amplios que el régimen burgués más democrático. El internacionalismo de Lenin La principal defensa de la Revolución residía en la política de internacionalismo revolucionario de los bolcheviques. Su propaganda revolucionaria estaba teniendo un efecto en las tropas de los ejércitos imperialistas, cansadas de la guerra. El descontento y los motines en las filas de los ejércitos de intervención obligaron a los imperialistas a retirarse. La solidaridad internacionalista de la clase obrera salvó la Revolución Rusa. El siguiente extracto nos da una idea general de la situación: "Motines importantes en los primeros meses de 1919 en la flota y en unidades terrestres francesas apostadas en Odessa y otros puertos del Mar Negro llevaron a su evacuación forzosa a principios de abril. El director de operaciones militares en el Ministerio de la Guerra informaba de que la moral de las tropas de diferentes nacionalidades bajo mando británico en el frente de Arcangel era 'tan baja que las hacía víctimas de la activa e insidiosa propaganda bolchevique que el enemigo está llevando a cabo con creciente energía y habilidad'. Los detalles se hicieron públicos mucho más tarde a través de informes oficiales americanos. El 1 de marzo de 1919 estalló un motín entre las tropas francesas a las que se había ordenado marchar al frente; algunos días antes, una compañía de infantería británica 'se negó a ir al frente' y poco después una compañía americana 'se negó temporalmente a volver a su deber en el frente" (E. H. Carr, The Bolshevik Revolution, 1917-23, vol. 3, p. 134). Lo que derrotó a los generales blancos no fue su inferioridad militar, sino la deserción en masa, los motines y las constantes sublevaciones en las zonas ocupadas. El conde Kidovstev, uno de los generales blancos, bien podía ofrecer poco a las masas: "Para empezar, está claro que necesitáis una dictadura militar, y más adelante quizás se podría combinar con un elemento empresarial". Una oleada revolucionaria recorría toda Europa. En noviembre de 1918, la revolución alemana barrió a la dinastía de los Hohenzollern, obligando al káiser Guillermo a buscar refugio en Holanda. La revolución puso fin a la Primera Guerra Mundial, con la formación de sóviets en toda Alemania. El general Golovin informaba así acerca de sus negociaciones con Churchill, en mayo de 1919, sobre la continuación de la intervención militar británica: "La cuestión de prestar apoyo armado era para él la más difícil; la razón era la oposición de la clase obrera británica a la intervención armada...". Los motines en la flota francesa en Odessa y en los demás ejércitos aliados finalmente sellaron el destino de nuevas expediciones militares a Rusia. En 1920, los estibadores de East India Docks en Londres se negaron a cargar el Jolly George con un cargamento secreto de municiones hacia Polonia, para utilizarlas contra la Rusia soviética. El primer ministro británico Lloyd George, en un memorándum secreto a Clemenceau durante la Conferencia de Paz de Versalles, escribió: "Toda Europa está llena del espíritu de la revolución. Hay un sentimiento profundo no sólo de descontento, sino de rabia y rebelión entre los trabajadores contra las condiciones existentes antes de la guerra. De un extremo de Europa al otro, las masas de la población están cuestionando todo el orden social existente, en sus aspectos políticos, sociales y económicos" (E. H. Carr, The Bolshevik Revolution, 1917-23, vol. 3, p. 135-6). Con el fin de la intervención extranjera, el Ejército Rojo liquidó rápidamente los restos de los ejércitos blancos. Las noticias de la revolución en Europa llevaron al bolchevique Karl Radek a declarar: "Ha llegado la revolución mundial. Las masas de la población oyeron su paso de hierro. Se acabó nuestro aislamiento". Trágicamente, resultó ser prematuro. La primera oleada revolucionaria entregó el poder a los dirigentes de la socialdemocracia, que descarrilaron y traicionaron el movimiento. Lenin vio la derrota de la primera ola de la revolución europea como un golpe terrible que servía para aislar la república soviética por un periodo. Esto no era algo secundario, sino una cuestión de vida o muerte para la revolución. Lenin y los bolcheviques habían dejado muy claro una y otra vez que, si la revolución no se extendía hacia Occidente, estaban condenados. El 7 de marzo de 1918, Lenin sopesaba la situación de esta manera: "Si examinamos la situación a escala histórica mundial, no cabe la menor duda de que si nuestra revolución se quedase sola, si no existiese un movimiento revolucionario en otros países, no existiría ninguna esperanza de que llegase a alcanzar el triunfo final. Si el Partido Bolchevique se ha hecho cargo de todo, lo ha hecho convencido de que la revolución madura en todos los países y que a la larga —y no a la corta— cualesquiera que fuesen las dificultades que hubiéramos de atravesar, cualesquiera que fuesen las derrotas que tuviésemos deparadas, la revolución socialista internacional tiene que venir, pues ya viene, tiene que madurar, pues ya madura y llegará a madurar del todo. Nuestra salvación de todas estas dificultades —repito— está en la revolución europea" (Lenin, Obras Completas, vol. 36, p. 12). Y concluía: "Pero, de todos modos, y con todas las peripecias posibles imaginables, si la revolución alemana no estalla, estamos perdidos" (Ibid., p. 16). Semanas después repitió la misma idea: "Nuestro atraso nos ha hecho avanzar y pereceremos si no sabemos sostenernos hasta que encontremos el poderoso apoyo de los obreros sublevados de otros países" (Ibid., p. 243). La tarea principal era mantenerse en el poder tanto como fuera posible. Lenin nunca contempló la posibilidad de un aislamiento prolongado del Estado soviético. O se rompía el aislamiento o el régimen soviético estaría condenado. Todo dependía de la revolución mundial. Su retraso provocó enormes dificultades que iban a tener consecuencias profundas. En vez de la disolución del Estado, se dio el proceso opuesto. Sobre la base de la miseria agravada por la guerra civil y el bloqueo económico, la "lucha por la supervivencia individual", en la frase de Marx, no desapareció ni se suavizó, sino que en los años posteriores adquirió una ferocidad sin precedentes. Más que construir sobre las bases del capitalismo más avanzado, el régimen soviético estaba intentando superar problemas pre socialistas y pre capitalistas. La tarea era "alcanzar el nivel de Europa y América". Esto quedaba muy lejos del "estadio inferior del comunismo" al que se había referido Marx. Los bolcheviques se vieron obligados a enfrentarse a problemas económicos y culturales que ya habían sido resueltos tiempo atrás en Occidente. Lenin declaró en una ocasión, para ilustrar la tarea básica a resolver, que el socialismo era "poder soviético más electrificación". Esto no era una receta para la "vía rusa al socialismo", todo lo contrario. Siempre estaba vinculada a la perspectiva de la revolución mundial. Lenin estaba intentando solucionar los problemas surgidos del aislamiento de un Estado obrero rodeado de potencias capitalistas hostiles. No sería difícil establecer, más allá de cualquier duda, la postura de Lenin sobre la necesidad de la revolución mundial. De hecho, él pensaba que, a menos que el Estado soviético consiguiese romper su aislamiento, la Revolución no podría sobrevivir mucho tiempo. Esta idea se repite una y otra vez en los escritos y discursos de Lenin. Los siguientes son sólo unos cuantos ejemplos, que se podrían multiplicar a voluntad: 24 de enero de 1918: "Estamos lejos incluso de haber terminado el período de transición del capitalismo al socialismo. Jamás nos hemos dejado engañar por la esperanza de que podríamos terminarlo sin la ayuda del proletariado internacional. Jamás nos hemos equivocado en esta cuestión (...) Naturalmente, la victoria definitiva del socialismo en un sólo país es imposible. Nuestro destacamento de obreros y campesinos, que apoya al Poder soviético, es uno de los destacamentos del ejército universal fraccionado hoy por la guerra mundial; pero este ejército tiende a la unificación, (...) y ahora vemos claro cuán lejos irá el desarrollo de la revolución; ha comenzado la obra el ruso, la llevarán a cabo el alemán, el francés y el inglés, y triunfará el socialismo" (Lenin, Obras Completas, vol. 36, pp. 281-89). 8 de marzo de 1918: "El Congreso considera que la garantía más firme del afianzamiento de la revolución socialista victoriosa en Rusia consiste únicamente en su transformación en revolución obrera internacional" (Ibid., Resolución sobre la guerra y la paz, vol. 36, p. 40). 23 de abril 1918: "Alcanzaremos la victoria definitiva sólo cuando logremos vencer, por fin, definitivamente al imperialismo internacional, que se apoya en la grandiosa fuerza de la técnica y de la disciplina. Pero alcanzaremos la victoria únicamente con todos los obreros de los demás países, del mundo entero". (Ibid., vol. 36, p. 241). 14 de mayo 1918: "Esperar a que las clases trabajadoras hagan la revolución a escala internacional equivale a quedar inmovilizados en la espera (...) Después de comenzar con brillante éxito en un país, es posible que atraviese períodos penosos, pues sólo se puede vencer definitivamente a escala internacional y con los esfuerzos mancomunados de los obreros de todos los países" (Ibid., vol. 26, p. 345). 29 julio 1918: "Nunca nos hemos hecho ilusiones de que las fuerzas del proletariado y el pueblo revolucionario en un solo país, independientemente de lo heroicos, organizados y disciplinados que pudieran ser, podrían derrocar al imperialismo internacional. Eso sólo se puede hacer con los esfuerzos conjuntos de los obreros del mundo (...) Nunca nos engañamos pensando que se podría hacer con los esfuerzos de un solo país. Sabíamos que nuestros esfuerzos llevaban inevitablemente a una revolución mundial, y que la guerra desatada por los gobiernos imperialistas no se podía detener con los esfuerzos de esos mismos gobiernos. Sólo se puede detener mediante los esfuerzos de los obreros; y cuando llegamos al poder, nuestra tarea (...) era la de mantener ese poder, esa antorcha del socialismo, de tal manera que extendiese tantas chispas como fuera posible para aumentar las llamas crecientes de la revolución socialista" (Lenin, Collected Works, vol. 28, pp. 24-5). 8 de noviembre 1918: "Desde el principio de la Revolución de Octubre, nuestra política exterior y de relaciones internacionales ha sido la principal cuestión a la que nos hemos enfrentado. No simplemente porque desde ahora en adelante todos los Estados del mundo están siendo firmemente atados por el imperialismo en una sola masa sucia y sangrienta, sino porque la victoria completa de la revolución socialista en un solo país es inconcebible y exige la cooperación más activa de por lo menos varios países avanzados, lo que no incluye a Rusia (...) Nunca hemos estado tan cerca de la revolución proletaria mundial de lo que estamos ahora. Hemos demostrado que no estábamos equivocados al confiar en la revolución proletaria mundial (...) Incluso si aplastan a un país, nunca podrán aplastar la revolución proletaria mundial, sólo añadirán combustible a las llamas que les consumirán a todos" (Lenin, Collected Works, vol. 28, pp. 151-64). 20 de noviembre 1918: "La transformación de nuestra revolución rusa en una revolución socialista no fue una aventura dudosa, sino una necesidad, ya que no había otra alternativa: el imperialismo anglo-francés y americano destruirán inevitablemente la independencia y libertad de Rusia si la revolución socialista mundial, el bolchevismo mundial no triunfa" (Lenin, Collected Works, vol. 28, pp. 188). 15 de marzo 1919: "La victoria final y completa a escala mundial no se puede conseguir sólo en Rusia; sólo se puede conseguir cuando el proletariado venza en todos los países avanzados, o, en cualquier caso, en algunos de los países avanzados más grandes. Sólo entonces podremos decir con plena confianza que la causa del proletariado ha triunfado, que nuestro primer objetivo —el derrocamiento del capitalismo— ha sido conseguido. Hemos conseguido este objetivo en un país, y esto nos enfrenta a otra tarea. Ahora que se ha establecido el poder soviético, ahora que la burguesía ha sido derrotada en un país, la segunda tarea es lanzar una lucha a escala mundial, en un plano diferente, la lucha del Estado proletario rodeado por Estados capitalistas" (Lenin, Obras Completas vol. 38, pp. 47). 5 de diciembre 1919 "Tanto antes de Octubre como durante la Revolución de Octubre, siempre hemos dicho que nos consideramos y sólo podemos considerarnos como uno de los contingentes del ejército proletario internacional (...) Siempre hemos dicho por lo tanto que la victoria de la revolución socialista sólo se puede considerar final cuando se convierte en la victoria del proletariado por lo menos en varios países avanzados" (Lenin, Collected Works, vol. 30, pp. 207-8). 20 de noviembre de 1920 "Los mencheviques afirman que nos hemos comprometido a derrotar a la burguesía mundial nosotros solos. Sin embargo, nosotros siempre hemos dicho que sólo somos un eslabón en la cadena de la revolución mundial, y nunca nos hemos marcado el objetivo de conseguir la victoria con nuestros propios medios" (Lenin, Collected Works, vol. 31, p. 431). Finales de febrero de 1922 "Pero no hemos acabado ni siquiera la construcción de los cimientos de la economía socialista y los poderes hostiles del capitalismo moribundo todavía nos lo pueden impedir. Tenemos que apreciar esto y admitirlo francamente; porque no hay nada más peligroso que las ilusiones... Y no hay nada en absoluto (...) terrible en admitir esta verdad amarga; ya que siempre hemos insistido y reiterado esta verdad elemental del marxismo: que se necesitan los esfuerzos conjuntos de los obreros de varios países avanzados para la victoria del socialismo" (Lenin, Collected Works, vol. 33, p. 206). El internacionalismo intransigente de Lenin no era el resultado de un utopismo sentimental, sino, por el contrario, de una evaluación realista de la situación. Lenin sabía que en Rusia no existían las condiciones materiales para el socialismo, pero sí que existían a escala mundial. La revolución socialista mundial impediría el resurgimiento de aquellos aspectos bárbaros de la sociedad clasista, a los que Marx se refería como "toda la vieja basura", garantizando desde su principio un desarrollo superior al capitalismo. Este era el motivo por el que Lenin ponía tanto énfasis en la perspectiva de la revolución internacional y por el que dedicaba tanto tiempo y energía a la construcción de la Internacional Comunista. Un plan mundial de producción y una nueva división internacional del trabajo daría bastante rápidamente un impulso poderoso a las fuerzas productivas. La ciencia y la técnica modernas se utilizarían para dominar la naturaleza y convertir los desiertos en llanuras fértiles. Se pondría fin a la destrucción del medio ambiente y al espantoso derroche del capitalismo. En el transcurso de aproximadamente una generación se sentarían las bases materiales para el socialismo. Con el tiempo, el tremendo crecimiento de la producción eliminaría todas las desigualdades materiales y permitiría tal superabundancia que elevaría universalmente la calidad de vida hasta niveles sin precedentes. Todas las necesidades humanas básicas serían satisfechas por una economía mundial planificada. Como consecuencia, las clases se disolverían en la sociedad, junto con los últimos vestigios de la sociedad de clases, el dinero y el Estado. Esto daría lugar al auténtico comunismo y la sustitución de la dominación del hombre por el hombre por la "administración de las cosas", por utilizar la expresión de Engels. Sin embargo, el derrocamiento del capitalismo no siguió estas premisas. En lugar de la toma del poder por parte de la clase obrera en los países capitalistas avanzados, el capitalismo se rompió, en palabras de Lenin, "por su eslabón más débil". El débil capitalismo ruso pagó el precio de la bancarrota del capitalismo mundial. La burguesía rusa había entrado en la escena de la historia demasiado tarde y era incapaz de llevar a cabo las tareas de la revolución democrático-nacional, que en Occidente ya hacía tiempo que se habían solucionado. Sin embargo, por la ley del desarrollo desigual y combinado*, el capital extranjero había establecido las industrias más grandes y modernas en las ciudades de Rusia, desarraigando al campesinado y creando un proletariado de la noche a la mañana. Esta nueva clase obrera, a través de su experiencia, buscaría las más modernas ideas del movimiento obrero que reflejasen sus necesidades, el marxismo, y fue el primer proletariado en llevar la revolución socialista hasta el final. * La historia no se desarrolla en línea recta, sino según las leyes del desarrollo desigual y combinado. Un país atrasado asimila las conquistas materiales e intelectuales de los países desarrollados, no como una copia a carbón, sino de manera contradictoria (dialéctica). El injerto de la técnica y la cultura más avanzadas en formaciones pre capitalistas lleva a una combinación peculiar de diferentes estadios económicos en el proceso histórico. Su desarrollo en su conjunto adquiere un carácter combinado, no lineal. El carácter atrasado del país no hubiera sido un problema de hacer sido la Revolución Rusa el preludio de una revolución socialista mundial victoriosa. Ése era el objetivo del partido bolchevique bajo Lenin y Trotsky. El internacionalismo no era una postura sentimental, sino que estaba enraizado en el carácter internacional del capitalismo y la lucha de clases. En palabras de Trotsky: "el socialismo es la organización de una producción social y armónica para la satisfacción de las necesidades humanas. La propiedad colectiva de los medios de producción no es todavía socialismo, sino sólo su premisa legal. No se puede abstraer el problema de una sociedad socialista del problema de las fuerzas productivas, que en el estadio actual del desarrollo humano son mundiales en su propia esencia" (L. Trotsky, History of the Russian Revolution, p. 1237, este apéndice no está disponible en ninguna de las ediciones españolas consultadas). Se consideraba la Revolución de Octubre como el inicio del nuevo orden socialista mundial. El precio del aislamiento Todo lo anterior es suficiente para demostrar que Lenin y el Partido Bolchevique nunca vieron la Revolución Rusa como un acto autosuficiente, sino como el principio de la revolución socialista mundial. La Revolución Rusa fue una inspiración para los obreros de todo el mundo. En especial dio un ímpetu poderoso a la revolución alemana. Pero la cobardía de los dirigentes socialdemócratas en Europa occidental llevó a la derrota en Alemania, Italia y otros países y al aislamiento de la Revolución Rusa en condiciones de atraso espantoso. En estas circunstancias, la contrarrevolución política estalinista se hizo inevitable. La degeneración burocrática de la Revolución Rusa no surgió de ningún fallo teórico del bolchevismo, sino de su acuciante atraso. El terrible atraso de Rusia, junto al aislamiento de la revolución, empezó a pesar como una losa sobre los hombros de la clase obrera soviética. La guerra civil, el hambre y el agotamiento físico de los trabajadores provocaron la apatía política y dieron lugar a deformaciones burocráticas crecientes en el Estado y el partido. La ayuda internacional era vital para asegurar la supervivencia de la joven república soviética. Todo lo que los bolcheviques podían hacer era mantenerse en el poder, contra todo pronóstico, tanto como les fuera posible hasta que llegase la ayuda de Occidente. "La historia no regala nada," escribía Trotsky en 1923, "si hace un descuento en algo, en el plano político, lo recuperará por otra parte, en el plano cultural. Tan fácil (relativamente, se entiende) le ha resultado al proletariado ruso hacer la revolución, como difícil le será realizar la construcción socialista" (L. Trotsky, Sobre la vida cotidiana, p. 18). La solidaridad internacional de la clase obrera había salvado la joven república soviética, pero el aislamiento provocaba enormes costes y sufrimiento. La clase obrera rusa estuvo sometida a una tensión límite. Físicamente exhausta y numéricamente debilitada, se enfrentaba a obstáculos culturales, económicos y sociales insuperables. Fueron necesarios esfuerzos hercúleos simplemente para resistir el asedio imperialista. Lenin tenía una actitud realista y honesta hacia los problemas a los que se enfrentaba el proletariado ruso como consecuencia del aislamiento y el atraso. En enero de 1919, en un discurso a los sindicatos rusos, explicó: "Los obreros nunca estuvieron separados por una Gran Muralla china de la vieja sociedad. Y han mantenido una parte importante de la mentalidad tradicional de la sociedad capitalista. Los obreros están construyendo una nueva sociedad sin haberse convertido ellos mismos en gente nueva, ni haberse limpiado de la basura del viejo mundo; esa basura todavía les llega hasta las rodillas. Sólo podemos soñar con limpiar esa basura. Sería totalmente utópico pensar que eso se puede hacer de una sola vez. Sería tan utópico que en la práctica sólo aplazaría el socialismo al reino del futuro" (Obras completas, tomo 25, pp. 424-5). Como consecuencia de la guerra civil y del sabotaje por parte de los capitalistas rusos, el gobierno soviético se vio obligado a un cambio brusco de política. En un primer momento, los bolcheviques tenían la intención de dejar la mayor parte de la industria en manos privadas hasta que la pequeña clase obrera rusa hubiese aprendido a gestionar la industria por sí sola. Esto tardaría un tiempo. Dado el atraso cultural de Rusia, se pensaba que a través del control obrero el proletariado adquiriría el conocimiento necesario y al final tomaría completo control de la gestión de la industria y el Estado. Mientras, el Estado obrero se vio obligado a esperar el momento propicio, mantener la industria privada bajo control obrero y basarse en gran medida en la vieja burocracia para gestionar el Estado. Se esperaba que esto se mantuviese hasta que los trabajadores de Occidente pudiesen ayudarles. Los obreros rusos fueron capaces de tomar el poder, pero no podían mantenerlo indefinidamente: todo dependía de la revolución mundial. Incluso en un país capitalista avanzado hubiera sido difícil en aquel momento introducir inmediatamente el control y la gestión obreras de la industria y el Estado. Si esto era así, ¿acaso no lo era mucho más en la atrasada Rusia? La defensa militar de la revolución era lo principal. Había que alimentar a los millones de soldados que se habían alistado en el Ejército Rojo. Las requisas eran vitales para la supervivencia de obreros y soldados. El conjunto de la sociedad soviética se puso en pie de guerra. El llamado comunismo de guerra representaba un intento desesperado y heroico de defender la revolución. Pero el sabotaje de los empresarios, que miraban hacia la contrarrevolución para restaurar su posición, la presión de los propios obreros y las necesidades de la guerra civil forzaron a los bolcheviques a llevar a cabo la nacionalización masiva de los sectores clave de la economía antes de lo que querían. Entre julio y diciembre de 1918, un total de 1.208 empresas (la industria pesada, la base decisiva de la economía rusa) pasaron a propiedad estatal. Los primeros años del poder soviético se caracterizaron por dificultades económicas agudas, en parte como consecuencia de la guerra y la guerra civil, en parte como consecuencia de la escasez de materiales y mano de obra cualificada, y en parte por la oposición de los pequeños propietarios campesinos a las medidas de socialización. Nueve millones de personas murieron de hambre, enfermedades y frío durante la guerra civil. La economía estaba en ruinas y al borde del colapso. Para poner cortar este declive catastrófico se introdujeron drásticas medidas a fin de poner la industria en movimiento, alimentar a los obreros hambrientos y acabar con la migración de la ciudad al campo. Durante un periodo temporal, esto significó la militarización del trabajo. Los críticos de Octubre apuntan con el dedo acusador al bolchevismo por esta política. Como si hubiese otra alternativa en condiciones de guerra y hambruna. La auténtica responsabilidad por esta situación la tiene el imperialismo que con su intervención armada infligió horrores inenarrables al pueblo ruso. No existe distorsión más monstruosa que el intento de calumniar la memoria de Lenin y Trotsky intentando vincular la política del comunismo de guerra y las severas medidas necesarias en ese momento para defender la revolución, con el régimen totalitario de Stalin. De hecho, incluso los gobiernos burgueses más democráticos restringen los derechos democráticos en épocas bélicas. Durante la Segunda Guerra Mundial, los trabajadores británicos aceptaron temporalmente todo tipo de restricciones a sus derechos, y en su mayoría lo hicieron de buena gana, en la creencia de que estaban luchando contra el nazismo, para "defender la democracia". Los obreros rusos, en un grado mucho mayor, aceptaron la necesidad de una firme disciplina para derrotar a los ejércitos blancos. El poder estaba en manos de los sóviets obreros. Incluso en las condiciones más terribles de guerra civil, había más democracia que en cualquier otro periodo de la historia. A pesar de todas las dificultades y peligros, el Partido Comunista y la Tercera Internacional celebraron congresos anuales. Una simple lectura superficial de las actas de dichos congresos nos facilitará abundantes pruebas de la absoluta libertad de debate, discusión y crítica. Nada podría estar más lejos de un régimen totalitario que la atmósfera de libertad que caracterizó al Estado obrero durante los cinco primeros años de su existencia. Sin embargo, en última instancia, la posibilidad de mantener y profundizar la democracia soviética dependía de las condiciones materiales. Una cuestión clave era la relación entre la industria y la agricultura. Esto era sólo otra manera de expresar las relaciones del proletariado con el campesinado. Las masas campesinas apoyaron la toma del poder por parte de los bolcheviques como medio para obtener la tierra. Pero después de la revolución, la actitud de los campesinos hacia el régimen soviético estaba determinada cada vez más por la capacidad de éste de suministrar a las aldeas mercancías baratas a cambio de los productos agrícolas. Normalmente, el excedente de comida y grano de los campesinos se intercambiaría por los productos de la industria. Pero con el colapso de la producción, no había bienes elaborados para este intercambio. Para impedir la hambruna en las ciudades, se enviaron destacamentos armados para requisar el grano necesario para mantener la industria de guerra en funcionamiento. No había otra alternativa. Éste era el significado esencial del comunismo de guerra. A pesar de estas medidas, el periodo se caracterizó por la dislocación económica y la caída de la producción. Las relaciones con el campesinado estaban siendo sometidas a una dura prueba. Este sistema de regimentación, basado en la centralización estricta y la introducción de medidas semimilitares en todos los ámbitos de la vida, se derivaba de las dificultadas de la revolución aislada en un país atrasado, destrozado por la guerra y en condiciones de guerra civil e intervención extranjera. Esta situación, junto a la inflación crónica del periodo, prácticamente llevaron a una paralización del comercio entre el campo y la ciudad, lo que en muchas zonas llevó el hambre a los obreros urbanos. Las espantosas condiciones urbanas provocaron un éxodo masivo hacia el campo, en busca de comida. Ya en 1919, el número de obreros industriales había caído al 76% del nivel de 1917, mientras que el de obreros de la construcción había caído al 66 por ciento, y el de ferroviarios al 63%. La cifra global de obreros industriales cayó a menos de la mitad, de 3.000.000 en 1917 a 1.240.000 en 1920. La población de Petrogrado descendió de 2.400.000 en 1917 a 574.000 en agosto de 1920. Colapso sin precedentes Ese mismo año, la producción de mineral de hierro y de hierro fundido cayó a sólo el 1,6% y 2,4% respectivamente de sus niveles de 1913. El carbón, al 17%; la producción general de bienes manufacturados al 12,9%. La producción agrícola cayó un 16% en dos años (1917-19), y las caídas más fuertes correspondían a aquellos productos que las aldeas exportaban a las ciudades: el cáñamo cayó un 26 por ciento, el lino un 32 por ciento y el forraje un 40%. Los mejores resultados fueron los del petróleo, que se mantuvo en el 41% de su nivel de 1913. Lenin caracterizó el periodo del comunismo de guerra como "comunismo en una fortaleza asediada". En estos años hubo un colapso sin precedentes de la industria y la agricultura. La inflación se disparó en una espiral incontrolable. La cosecha en 1921 fue de sólo 37,6 millones de toneladas, un 43% de la media de preguerra. Como consecuencia, millones de personas perecieron de inanición y enfermedades. Según Pierre Sorlin: "Las epidemias se extendían fácilmente. Enfermedades contagiosas que no se habían llegado a controlar totalmente a principios del siglo se extendieron de nuevo rápidamente. Entre 1917 y 1922, unos 22 millones de personas contrajeron el tifus; en 1918-19, la mortalidad oficial por esta enfermedad fue de 1,5 millones, y el censo estaba probablemente incompleto. El cólera y la escarlatina provocaron menos muertes, pero afectaron a 7 u 8 millones de rusos. La tasa de mortalidad era astronómica (...) y en el país en su conjunto (...) se duplicó. Por otra parte, la tasa de nacimientos cayó considerablemente, alcanzando apenas el 13 por mil en las ciudades importantes y el 22 por mil en el campo. Entre el final de 1918 y el principio de 1920, las epidemias, el hambre y el frío habían matado a 7,5 millones de rusos; la guerra mundial se había cobrado 4 millones de víctimas" (citado por M. Liebman, Leninism under Lenin, p. 346). "En julio de 1918, Lenin dijo: 'El pueblo está como un hombre al que se le ha golpeado casi hasta la muerte'. En enero de 1919: 'Las masas hambrientas están exhaustas y [su] agotamiento es a veces más que lo que la resistencia humana puede soportar'. En diciembre de 1919: 'Estamos sufriendo una crisis desesperada, un [nuevo] flagelo nos azota, los piojos, y el tifus está acribillando a nuestras tropas... ¡O los piojos derrotan al socialismo, o el socialismo derrotará a los piojos!'. En diciembre de 1920 habló de 'condiciones espantosas'; en abril de 1921, de 'la situación desesperada'. En junio de 1921 dijo: 'Ningún país ha sido tan devastado como el nuestro" (Ibid., p. 214, énfasis en el original). La guerra, el hambre y las enfermedades aniquilaron a millones. En 1920 se informó de casos de canibalismo. En total, la pequeña clase obrera se redujo al 43% de su tamaño. Pero ni siquiera estas cifras nos dan una visión completa de la catástrofe, ya que dejan de lado el declive de la productividad del trabajo de aquellos obreros andrajosos medio muertos de hambre que se quedaron en las fábricas. "El proletariado industrial (...)", dijo Lenin, "debido a la guerra y la pobreza y ruina desesperadas se ha desclasado, es decir, ha sido desalojado de su rutina de clase, ha dejado de existir como proletariado. El proletariado es la clase que participa en la producción de bienes materiales en la industria capitalista a gran escala. En la medida en que la industria a gran escala ha sido destruida, en la medida en que las fábricas están paradas, el proletariado ha desaparecido. A veces aparece en las estadísticas, pero no se ha mantenido unido económicamente" (Lenin, Collected Works, vol. 33, p. 65). Esta situación sin paralelo en la que la clase obrera como clase casi había "dejado de existir" tuvo consecuencias extremadamente graves para las posibilidades de establecer un régimen viable de democracia obrera. El Estado obrero se apoyaba en una clase obrera atomizada. Sectores enteros de los obreros más avanzados, los cimientos de la revolución, habían perecido en los frentes de la guerra civil y las hambrunas. Muchos obreros se vieron obligados a vagar por el campo en busca de comida. Esto provocó un problema político crónico. Las estructuras soviéticas simplemente dejaron de funcionar. Los sóviets, como órganos de poder obrero, cayeron en desuso. No podía ser de otra manera dadas las condiciones económicas y sociales prevalecientes. El Congreso Panrruso de los Sóviets, la máxima autoridad de la República, sólo se reunió una vez al año entre noviembre de 1918 y diciembre de 1922. El Comité Ejecutivo de los Sóviets también tuvo una regularidad menor y su poder pasó a un pequeño presidium. El control obrero desapareció cuando las fábricas dejaron de funcionar. El poder se concentraba y centralizaba cada vez más en manos del gobierno y el aparato del partido, que a su vez se enredaba más en el aparato del Estado. Las condiciones del proletariado no le permitían mantener en sus manos las palancas del poder político. Y esto no lo podía cambiar ningún decreto gubernamental. Lenin reconoció los peligros y tomó medidas, por lo menos para aliviar parcialmente la situación. Pero no había ninguna solución que no fuese la revolución mundial. "El país, y el gobierno con él, estaban al mismísimo borde del abismo", declara Trotsky. El destino de la revolución se encontraba de nuevo en la cuerda floja. Las insurrecciones campesinas en Tambov y otros lugares llevaron las cosas a una situación límite. Ya no se podía continuar más tiempo de esa manera. Con el final de la guerra civil, la necesidad de un cambio político drástico era cada vez más evidente. Lo más importante para los bolcheviques era resistir tanto como fuera posible hasta que llegase la ayuda de Occidente. La rebelión de la guarnición naval de Kronstadt, en 1921, creó una situación muy grave. Sobre este acontecimiento se han escrito tantas falsificaciones, que se ha convertido prácticamente en un mito. El propósito es, como siempre, desprestigiar a Lenin y Trotsky y demostrar que el bolchevismo y el estalinismo son iguales. Resulta llamativo que todo el vocerío de indignación sobre Kronstadt une a los burgueses y socialdemócratas que se opusieron a Octubre con los anarquistas y ultraizquierdistas. Pero estas alegaciones no tienen nada que ver con la verdad. La primera mentira es identificar a los amotinados de Kronstadt con los heroicos marineros rojos de 1917. No tienen nada en común. Los marineros de Kronstadt en 1917 eran obreros y bolcheviques. Jugaron un papel vital en la Revolución, junto a los obreros de la cercana Petrogrado. Pero prácticamente toda la guarnición de Kronstadt se presentó voluntaria para combatir en las filas del ejército rojo durante la guerra civil. Fueron dispersados por los diferentes frentes; la mayoría no volvieron. La guarnición de Kronstadt en 1921 se componía principalmente de levas de campesinos inexpertos de la Flota del Mar Negro. Una mirada superficial a los apellidos de los amotinados demuestra inmediatamente que casi todos ellos eran ucranianos. Otra mentira se refiere al papel de Trotsky en el episodio. En realidad, no jugó ningún papel directo, aunque como Comisario de Guerra y miembro del gobierno soviético aceptó plena responsabilidad por ésta y otras acciones gubernamentales. La toma de la fortaleza de Kronstadt por parte de los amotinados puso al Estado soviético en grave peligro, dado que acababa de salir de una guerra civil sangrienta. Es cierto que la delegación negociadora bolchevique, dirigida por Kalinin, llevó mal las negociaciones con la fortaleza, lo que inflamó una situación ya de por sí grave. Pero cuando los amotinados habían tomado la base naval más importante de Rusia, no quedaba margen para los compromisos. El principal peligro era que Gran Bretaña y Francia utilizaran sus armadas para ocupar Kronstadt, con el motín como excusa. Esto hubiera puesto Petrogrado a su merced, ya que controlar Kronstadt significaba controlar Petrogrado. El único resultado posible era la contrarrevolución capitalista. La consigna "sóviets sin bolcheviques" demuestra que, de hecho, había elementos contrarrevolucionarios entre los marineros. A los bolcheviques sólo les quedaba una posibilidad: había que hacerse con la fortaleza militarmente. Estos acontecimientos se desarrollaron durante el X Congreso del Partido, que interrumpió sus sesiones para permitir que los delegados participasen en el ataque. Es interesante destacar que miembros de la Oposición Obrera, una tendencia semi anarco-sindicalista presente en el Congreso, también se unieron a las fuerzas atacantes. Esto pone fin a otra de las mentiras: la que intenta establecer una amalgama chapucera entre Kronstadt, anarquismo y Oposición Obrera, tres cosas que no tienen absolutamente nada en común. Víctor Serge, que tenía muchas simpatías por el anarquismo, se opuso implacablemente a los amotinados de Kronstadt, como demuestra el pasaje siguiente: "La contrarrevolución popular transformó la reivindicación de sóviets elegidos libremente por la de 'sóviets sin comunistas'. Si la dictadura bolchevique caía, era sólo un paso muy corto hacia el caos y, a través del caos, a la insurrección campesina, la masacre de los comunistas, el retorno de los emigrados y, al final, por la fuerza imparable de los acontecimientos, otra dictadura, esta vez anti-proletaria. Los despachos de prensa de Estocolmo y Tallin demostraron que los emigrados tenían en mente precisamente esta perspectiva (despachos que, por cierto, reforzaron la intención de los dirigentes bolcheviques de tomar Krondstadt rápidamente y a toda costa). No estábamos razonando en abstracto. Sabíamos que sólo en la Rusia europea había por lo menos cincuenta focos de insurrección campesina. Al sur de Moscú, en la región de Tambov, el maestro de escuela eserista de derechas Antonov, que proclamó la abolición del sistema soviético y el restablecimiento de la Asamblea Constituyente, tenía a sus órdenes un ejército campesino sobreviamente organizado de decenas de miles. Estaba en negociaciones con los blancos. (Tujachevsky suprimió esta Vendée a mediados de 1921)" (Víctor Serge, Memoirs of a revolutionary 1901-1944, pp. 128-9). La Nueva Política Económica (NEP) Lejos de representar los intereses de la clase obrera, los amotinados de Kronstadt reflejaban las presiones del campesinado, que estaba cada vez más descontento debido a las requisas constantes y a las colectas forzosas de grano, a cambio del cual no recibían bienes manufacturados. Esto se puede demostrar fácilmente. Entre las reivindicaciones de los amotinados figuraba la de un mercado libre para el grano. Después de la supresión del motín, Lenin sacó conclusiones y tocó a retirada. La introducción de la Nueva Política Económica (NEP) permitía a los campesinos vender su grano en el mercado, a cambio de un impuesto para el Estado. Después de esta medida, no hubo más Kronstadts ni Tambovs. Los campesinos habían logrado lo que querían. ¿Fue la NEP un paso adelante para la clase obrera y la revolución? En absoluto. Los bolcheviques se vieron obligados a dar marcha atrás debido a la situación potencialmente peligrosa que se derivaba de la oposición del campesinado. Tambov, Kronstadt y otros levantamientos en las zonas rurales eran sólo parte de ésta. Pero en la práctica, la NEP sirvió para fortalecer a los campesinos ricos (kulaks) y a los NEPistas (especuladores capitalistas) en detrimento del proletariado. Fue un gran paso atrás, aunque no había alternativa dado el retraso de la revolución europea. La NEP, junto a la derrota de la revolución alemana de 1923, fue realmente el origen de la degeneración de la Revolución Rusa. Stalin, Zinoviev y Kámenev se basaron en los kulaks y los NEPistas para golpear a Trotsky y a la Oposición de Izquierdas. Pero la NEP, apaciguando a los campesinos, dio un respiro a la revolución. Enfrentados a la implacable oposición de las masas campesinas, agotadas después de años de guerra civil y requisas, Lenin y Trotsky explicaron la necesidad de dar un paso atrás respecto al comunismo de guerra y la necesidad de restaurar el mercado para poder cicatrizar la separación entre el campo y la ciudad. En la práctica esto significaba, en la medida de lo posible, el desarrollo de una relación estable con el campesinado, que era el 80% de la población. "Durante 1920 y 1921", informó Trotsky en el XII Congreso del Partido, "a nosotros nos quedó total y absolutamente claro que la Unión de Repúblicas Soviéticas tendría que continuar existiendo, quizás por bastante tiempo, en medio de un cerco capitalista. No recibiríamos mañana ninguna ayuda directa e inmediata de un proletariado organizado en un Estado, un Estado de un tipo muy superior al nuestro y con un poderío económico mayor que el nuestro. Eso es lo que nos dijimos a nosotros mismos en 1920. No sabíamos si sería cuestión de uno, dos, tres o diez años, pero sabíamos que estábamos al inicio de una época de preparación seria y prolongada. "La conclusión básica de esto era que, mientras esperábamos un cambio en la correlación de fuerzas en Occidente, teníamos que fijarnos mucho más aguda y atentamente en la correlación de fuerzas en nuestro propio país, en la Unión Soviética" (Trotsky, León Trotsky Speaks, p. 137). La Nueva Política Económica había nacido, introduciendo relaciones de mercado entre la ciudad, el campo y el Estado. Se abolieron las requisas de grano y se sustituyeron por un impuesto en especie. Se permitió a los campesinos disponer libremente de su propio excedente. La NEP favoreció a los elementos agrarios más ricos y permitió la compraventa y cierta acumulación de capital. Se restauró el mercado para animar un cierto comercio privado y promover la producción. Sin embargo, los pilares fundamentales de la economía seguían en manos estatales. El comercio establecería el vínculo esencial entre la masa de los campesinos y las industrias nacionalizadas. Lenin caracterizaba esto como una retirada ante la acumulación de dificultades. Sin embargo, esta retirada impuesta al régimen soviético siempre fue descrita por Lenin como una situación temporal, como un "respiro" antes de la siguiente oleada de desarrollo de la revolución socialista internacional. Sin embargo, era extremadamente consciente de los peligros que había en ese camino, especialmente el del resurgimiento de elementos burgueses y pequeño-burgueses, que podrían ser la base para una contrarrevolución. Lenin también comprendió los otros peligros de una revolución proletaria aislada en un país atrasado. En el IX Congreso de los Sóviets, en diciembre de 1921, Lenin recalcaba: "Perdonen que les diga: ¿Qué es el proletariado? Es la clase ocupada en la gran industria ¿Y dónde está la gran industria? ¿Qué proletariado es éste? ¿Dónde está su industria? ¿Por qué está paralizada?" (Lenin, OC, vol. 44, p. 336). En un discurso al XI Congreso del Partido, en marzo de 1922, Lenin señaló que el carácter de clase de muchos de los que trabajaban en las fábricas en ese momento no era proletario; que muchos eran prófugos del servicio militar, campesinos y elementos desclasados: "Durante la guerra, gentes que de ninguna manera eran proletarias fueron a las fábricas; fueron a las fábricas para escaparse de la guerra. ¿Existen hoy condiciones sociales y económicas en nuestro país para inducir a auténticos proletarios a ir a las fábricas? No. Sería cierto según Marx; pero Marx no escribió sobre Rusia; él escribió sobre el capitalismo en su conjunto, empezando por el siglo XV. Fue cierto durante un período de seiscientos años. Pero no es cierto en la Rusia actual. Muy a menudo, los que están en las fábricas no son proletarios; son elementos informales de todo tipo" (Lenin, Collected Works, vol. 33, p. 299). Es imposible comprender la política de Lenin y Trotsky en este periodo sin tener en cuenta la situación real de Rusia, descrita más arriba. Teniendo en cuenta la catástrofe económica, el nivel cultural extremadamente bajo de las masas, la atomización del proletariado, y la decadencia de los sóviets —todo ello como consecuencia del retraso de la revolución internacional—, ¿cómo se podía proteger el Estado obrero? Las presiones del capitalismo mundial, expresadas a través de las masas pequeño-burguesas, se redoblaron en el periodo de la NEP. Esto explica el temor de Lenin de que presiones de clases ajenas pudieran provocar una escisión en el Partido Comunista, lo que llevaría inevitablemente a la caída del Estado soviético y a una contrarrevolución capitalista. Por esta razón, Lenin defendió una prohibición temporal del derecho a fracción dentro del partido, como medida excepcional. Las relaciones entre el Estado soviético y las masas campesinas alcanzaron su punto más bajo en el momento de la rebelión de Kronstadt. El Estado obrero no existía en el vacío, estaba sujeto a las presiones de fuerzas de clase ajenas que se expresaban a través de agrupaciones en el Partido. Era este peligro, agudizado por el monopolio político del Partido Bolchevique, lo que llevó al 10 Congreso del Partido a principios de 1921 a prohibir temporalmente las fracciones dentro del propio partido. Esto era una medida temporal que se introdujo para solucionar una situación excepcional, tal y como Lenin dejó claro: "La prohibición de la oposición en el Partido", dijo, "se deriva de la lógica política del momento actual... Ahora mismo podemos pasarnos sin oposición, camaradas, ¡Ahora no es el momento para ello!... Esto lo exige el momento objetivo, y no sirve de nada quejarse... El momento actual es uno en el que las masas sin partido están sujetas a un tipo de vacilación pequeño-burguesa que en la situación económica actual de Rusia es inevitable. Tenemos que recordar que el peligro interno es en cierto sentido mayor que el que nos amenazaba con Denikin y Yudenich*, y tenemos que mostrar unidad, no de una manera nominal, sino de una forma mucho más profunda. Para crear tal unidad no podemos prescindir de una resolución como ésta" (citado por Roy Medvedev, On Socialist Democracy, pp. 62-3, énfasis en el original). Nota: *generales blancos durante la guerra civil. Es más, Lenin estaba a favor de una interpretación flexible de esta regla y rechazó todos los intentos de darle una aplicación más rígida. Cuando Riazanov propuso que se prohibiesen las actividades fraccionales en los procesos pre congresuales del partido, Lenin se opuso: "Sin embargo, creo que la propuesta del compañero Riazanov es desafortunada y puede ser inaplicable... Este Congreso no puede tomar decisiones vinculantes que afectarían a las elecciones al próximo congreso. Si las circunstancias provocan desacuerdos fundamentales, ¿cómo se puede prohibir su presentación para la consideración del partido en su conjunto? ¡No podemos!" (Ibid., p. 63, énfasis en el original). En la práctica, a pesar de su prohibición formal, las fracciones siguieron operando en el partido después del X Congreso. El propio Lenin rompió las reglas, tal y como A.I. Mikoyan recuerda en sus memorias, en las que menciona un incidente en ese congreso al organizar Lenin una reunión estrictamente conspirativa para la que se imprimieron invitaciones privadas. Irónicamente, fue Stalin el que expresó el temor de que la oposición se enterase y los acusase de fraccionalismo, a lo que Lenin contestó con su habitual buen humor: "¿Qué es esto que oigo de un viejo zorro fraccionalista?" (Ibid., nota 16, p. 351). Como hemos visto, inmediatamente después de la toma del poder el único partido político que fue suprimido por parte de los bolcheviques fueron las Centurias Negras, precursoras del fascismo. Ni siquiera el partido burgués kadete fue ilegalizado. El propio gobierno soviético era una coalición de bolcheviques y eseristas de izquierda. Pero, bajo las presiones de la guerra civil, se dio una aguda polarización de clases, y mencheviques y eseristas se pasaron al campo contrarrevolucionario. Contra su deseo, los bolcheviques se vieron obligados a implantar el partido único. Este monopolio, considerado como temporal y extraordinario, creaba enormes peligros en una situación en la que la vanguardia proletaria estaba sometida a presiones crecientes por parte de clases ajenas. Lenin tenía miedo de que, al existir sólo el Partido Comunista, esas presiones llegasen a manifestarse en su seno, a través de fracciones, y acabar provocando una escisión. Esto hubiera significado el derrocamiento de la Revolución, ya que, dada la atomización parcial de la clase obrera, el Partido Comunista era el único que garantizaba la existencia del Estado obrero. Sin embargo, bajo esas circunstancias, esta medida de emergencia que limitaba los derechos democráticos de los miembros del partido aumentó las insanas tendencias burocráticas. Se consideraba como un "mal necesario" impuesto al partido por la dura realidad. Los derechos democráticos plenos se restaurarían tan pronto como las condiciones mejorasen. Pero en la práctica, después de la muerte de Lenin, lo que pretendía ser una medida temporal se convirtió en permanente a través de las maniobras del triunvirato de Stalin, Kámenev y Zinoviev, como parte de su lucha contra Trotsky, violando toda la tradición histórica del bolchevismo, que estaba siempre impregnada de espíritu democrático. Al cabo de poco tiempo, la industria empezó a revitalizarse. La producción se duplicó entre 1922 y 1923, aunque partiendo de niveles bajos, y en 1926 consiguió recuperar las cotas de antes de la guerra. Las cosechas también iban en aumento, aunque más modestamente. La NEP dio un respiro, pero el mercado había creado una creciente diferenciación social. Así, además del incremento de la producción, la NEP también tuvo efectos secundarios, dando lugar a peligros restauracionistas por el enriquecimiento de elementos hostiles al socialismo, tanto urbanos como agrarios (NEPistas y kulaks). Junto al resurgimiento de las divisiones de clase, la creciente burocracia en el Estado y el partido empezó a flexionar sus músculos, esperando consolidar y extender su posición e influencia. En estas condiciones, el crecimiento de estas clases ajenas y de los elementos burocráticos que implicaban, representaba un peligro mortal para la revolución. El peligro de una degeneración burocrática interna surgió del aislamiento continuado del Estado obrero. II-El ascenso del estalinismo La teoría marxista del Estado "Ahora vamos a avanzar hacia la construcción, por encima del espacio que hemos barrido de inmundicias históricas, del edificio aireado e imponente de la sociedad socialista" (Lenin, 8 de noviembre 1917) Para poder comprender la evolución de la URSS y lo que está pasando hoy en día, es menester entender antes que nada la teoría de Carlos Marx y cómo el gobierno bolchevique trató de seguirla. A diferencia de las ideas socialistas utópicas de gente como Robert Owen, Saint-Simon o Fourier, el marxismo se basa en una visión científica del socialismo. El marxismo explica que la clave del desarrollo de cualquier sociedad es el desarrollo de las fuerzas productivas: fuerza de trabajo, industria, agricultura, técnica y ciencia. Cada nuevo sistema social (esclavitud, feudalismo y capitalismo) ha servido para impulsar la sociedad humana hacia delante, a través del desarrollo de las fuerzas productivas. El periodo prolongado de comunismo primitivo, la primera fase de desarrollo de la humanidad, donde no existían clases ni propiedad privada ni Estado, dio paso a la sociedad clasista tan pronto como la población fue capaz de producir un excedente por encima de las necesidades de la supervivencia diaria. En ese momento, la división de la sociedad en clases se convirtió en una posibilidad económica. En la amplia escala de la Historia, el surgimiento de una sociedad clasista fue un fenómeno revolucionario, en el sentido de que liberó a un sector privilegiado de la población, una clase dominante, del peso directo del trabajo, permitiéndole el tiempo necesario para desarrollar el arte, la ciencia y la cultura. La sociedad de clases, a pesar de su explotación despiadada y desigualdad, era el camino por el que la humanidad tenía que pasar para poder crear los prerrequisitos materiales para una futura sociedad sin clases. En cierto sentido, la sociedad socialista es una vuelta al comunismo primitivo pero a un nivel productivo inmensamente superior. Antes de que pueda plantearse una sociedad sin clases, todos los rasgos característicos de una sociedad clasista, especialmente la desigualdad y la escasez, tendrán que ser abolidos. Sería absurdo hablar de la abolición de las clases si la desigualdad, la escasez y la lucha por la existencia siguieran prevaleciendo. Sería una contradicción en sí misma. El socialismo sólo puede aparecer en un estadio determinado de la evolución de la sociedad humana, con un cierto desarrollo de las fuerzas productivas. "Ninguna formación social desaparece antes de que se desarrollen todas las fuerzas productivas que caben dentro de ella, y jamás aparecen nuevas y más altas relaciones de producción antes de que las condiciones materiales para su existencia hayan madurado en el seno de la propia sociedad antigua". (Marx, Prologo a la Contribución a la crítica de la economía política, p. 65). A diferencia de los socialistas utópicos de principios del siglo XIX, que consideraban el socialismo como una cuestión moral, algo que podía haber sido introducido por personas ilustradas en cualquier momento de la Historia, Marx y Engels consideraban que estaba enraizado en el desarrollo de la sociedad. La condición previa para el desarrollo de una sociedad sin clases es el desarrollo de las fuerzas productivas, con el cual se hace posible la superabundancia. Para Marx y Engels, ésta es la tarea de la planificación económica socialista. Para el marxismo, la tarea histórica del capitalismo, el estadio superior de la sociedad clasista, era sentar las bases materiales mundialmente para el socialismo y la abolición de las clases. El socialismo no era simplemente una buena idea, sino que era el siguiente estadio para la sociedad humana. La tarea histórica del capitalismo era la supresión de la división territorial feudal, el desarrollo de una economía industrial moderna y la creación de un mercado mundial con una nueva división mundial del trabajo. Al hacerlo crearía sus propios enterradores, el proletariado moderno. Marx y Engels bosquejaron este escenario hace 150 años en las páginas de El Manifiesto Comunista. El desarrollo del capitalismo actual confirma esa perspectiva. Con la concentración del capital en manos de un grupo reducido de capitalistas, el campesinado ha sido en gran medida eliminado, mientras que la clase obrera ha adquirido proporciones colosales, convirtiéndose en la mayoría de la población en los países avanzados e incluso en muchos países en desarrollo. De la misma manera, el capitalismo ha creado un mercado mundial al que todos los países están inextricablemente atados. En realidad, las bases materiales para una sociedad socialista, legadas por el capitalismo, han existido a escala mundial desde el estallido de la Primera Guerra Mundial. Si las grandes fábricas e industrias, que se han convertido en corporaciones multinacionales, fueran de propiedad pública y estuvieran democráticamente planificadas a escala nacional e internacional, podrían crear un mundo de superabundancia. Actualmente, la concentración de capital a escala mundial se refleja en el hecho de que apenas 500 multinacionales dominan el 90% del comercio mundial. Una sola compañía, ICI, tiene capacidad suficiente para producir toda la demanda mundial de productos químicos. En muchos otros sectores la situación es similar. Sin embargo, el capitalismo ha alcanzado sus límites como sistema progresista. La propiedad privada y el Estado nacional actúan como camisas de fuerza que constriñen las fuerzas productivas e impiden el avance de la sociedad. Dos guerras mundiales que llevaron a la humanidad al borde de la extinción, el paro masivo orgánico y las periódicas crisis de sobreproducción son testimonios de este impasse. El capitalismo, como sistema económico, en el pasado revolucionó las fuerzas productivas; pero ahora actúa como un gigantesco freno al progreso. En su ansia de beneficios, amenaza con arrasar los recursos naturales del mundo e incluso con destruir el planeta. Sólo la planificación internacional de las fuerzas productivas puede sacar a la sociedad de este callejón sin salida. Marx creía que las tareas de la revolución socialista recaerían primero sobre las espaldas de la clase obrera de los países cultural y económicamente avanzados de Europa occidental. En palabras de Trotsky: "Marx esperaba, por otra parte, que los franceses comenzarían la revolución socialista, que los alemanes continuarían y que terminarían los ingleses. En cuanto a los rusos, quedaban en la lejana retaguardia". (L. Trotsky, La Revolución Traicionada, p. 80). No es posible que una sociedad salte directamente del capitalismo a una sociedad sin clases. La herencia cultural y material del capitalismo es demasiado inadecuada para eso. Hay demasiada escasez y desigualdades que no se pueden superar inmediatamente. Después de la revolución socialista tiene que haber un periodo transitorio que prepare las condiciones necesarias para la superabundancia y la sociedad sin clases. Marx le llamó a esta primera etapa de la nueva sociedad estadio inferior del comunismo, en oposición al estadio superior, en el que los últimos residuos de desigualdad material desaparecerían. En este sentido, se ha equiparado socialismo y comunismo a los estadios inferior y superior de la nueva sociedad. Describiendo el estadio inferior del comunismo, Marx escribe: "De lo que aquí se trata no es de una sociedad comunista que se ha desarrollado sobre su propia base, sino de una que acaba de salir precisamente de la sociedad capitalista y que, por tanto, presenta todavía en todos sus aspectos, en el económico, en el moral y en el intelectual, el sello de la vieja sociedad de cuya entraña procede" (citado en Lenin, El Estado y la Revolución, p. 87). Sin embargo, para Marx, y éste es un punto crucial, el estadio inferior del comunismo desde su inicio estaría a un nivel superior, en términos de su desarrollo económico, que el capitalismo más desarrollado y avanzado. ¿Por qué era esto tan importante? Porque sin un desarrollo masivo de las fuerzas productivas prevalecería la escasez, y con ella la lucha por la existencia. Tal y como Marx explicó, esta situación provocaría el peligro de degeneración: "Este desarrollo de las fuerzas productivas es una premisa práctica absolutamente necesaria [del comunismo], ya que sin éste se generaliza la necesidad, y con la necesidad la lucha por las necesidades empieza de nuevo, y eso significa un resurgimiento de toda la vieja basura" (Marx and Engels Selected Works, The German Ideology, vol. 1, p. 37, énfasis del autor). El carácter internacional del socialismo se deriva exclusivamente del carácter internacional del propio sistema capitalista. Ningún país tiene por sí solo las bases materiales para una nueva sociedad sin clases, ni puede garantizar la eliminación completa de la escasez y la necesidad heredadas del capitalismo. Incluso unos EEUU soviéticos, a pesar de su enorme potencial económico, no podría completar inmediatamente el salto a una sociedad socialista. No podría proporcionar a todo el mundo todo lo que necesitase. Sería necesario un régimen transitorio, un Estado obrero democrático, cuya tarea central sería acelerar el desarrollo de las fuerzas productivas y eliminar los vestigios de la sociedad clasista. Marx describió este Estado obrero como una dictadura del proletariado. Este término de Marx y Engels, tan denostado, significaba simplemente un gobierno democrático de la mayoría, que tomaría las medidas necesarias para superar la resistencia de una minoría de explotadores. Se basaba en una analogía histórica con la dictadura de la antigua Roma, cuando durante un periodo temporal (en tiempo de guerra) la República daba poderes excepcionales al gobierno. Después de la experiencia de Hitler y Stalin, la palabra "dictadura" ha quedado desacreditada. En la conciencia de los pueblos se identifica con el totalitarismo, algo que estaba muy lejos de las mentes de Marx y Engels. En la época de Marx, el término estaba libre de estas connotaciones y era sinónimo de gobierno de la clase obrera. De hecho, desde un punto de vista marxista, la dictadura del proletariado es sinónimo de democracia obrera. "Entre la sociedad capitalista y la comunista", escribe Marx, "existe un periodo de transformación revolucionaria de la una en la otra. A éste corresponde también un periodo de transición política en el que el Estado no puede ser otro que la dictadura revolucionaria del proletariado". Como han explicado todos los grandes teóricos marxistas, la tarea de la revolución socialista es la de la toma del poder de la clase obrera mediante la destrucción de la vieja maquinaria estatal capitalista, que es el instrumento represivo destinado a mantener la dominación sobre la clase obrera. Marx explicó que el Estado capitalista y su burocracia no pueden servir a los intereses del nuevo poder. Hay que eliminarlo. Sin embargo, el nuevo Estado creado por parte de la clase obrera será diferente de todos los demás que le han precedido en la Historia. El semi-Estado El Estado, como instrumento de dominación de clase, surgió con el nacimiento de la sociedad dividida en clases. Su génesis fue claramente explicada por Engels en su libro El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. En circunstancias normales, el Estado sirve a los intereses de la clase dominante en la sociedad. Ha sido fortalecido y perfeccionado como un organismo de dominación de clase para mantener el poder y los intereses de la clase dominante. El Estado sirve para mantener a la mayoría sujeta a la minoría. Sin embargo, un nuevo Estado obrero, a diferencia de los anteriores, no trata de aplastar a la mayoría de la población, sino solamente mantener bajo control un puñado minúsculo de ex capitalistas y ex terratenientes. Para este propósito no se requiere una potente maquinaria estatal. Al contrario, el Estado obrero sirve a los intereses de la mayoría de la población y en realidad no es más que un semi-Estado. En la medida en que se van eliminando las clases y la desigualdad, el semi-Estado también empieza a disolverse en la sociedad. "Es necesario todavía un aparato especial, una máquina especial para la represión: el 'Estado'. Pero es ya un Estado de transición, no es ya un Estado en el sentido estricto de la palabra (...) Y ello es compatible con la extensión de la democracia a una mayoría tan aplastante de la población, que la necesidad de una máquina especial para la represión comienza a desaparecer" (Lenin, El Estado y la Revolución, p. 85). El Estado es una reliquia de la sociedad clasista y "empieza a desaparecer" en la medida en que aparece la sociedad sin clases. Por lo tanto, el interés del proletariado es el de disolver estos restos del capitalismo tan rápido como sea posible. Esto sucede tan pronto como las fuerzas productivas alcanzan un nivel que permite eliminar la necesidad y garantizar a todo el mundo sus necesidades. En el Anti-Dühring, Engels escribe: "Cuando, junto con la dominación de clase y la lucha por la existencia individual creada por la actual anarquía en la producción, esos conflictos y excesos que resultan de esta lucha desaparezcan, en adelante no habrá nada que suprimir ni necesidad de un instrumento especial de supresión, el Estado". Para que el Estado desaparezca, "la dominación de clase y la lucha por la existencia individual" tienen que desaparecer. La sociedad habrá llegado a una situación en que puede garantizar "de cada uno según su capacidad, a cada uno según sus necesidades". El Estado obrero empieza a desaparecer desde su aparición. A pesar de los deseos de los anarquistas, el Estado, el dinero y la familia burguesa no se puede abolir de la noche a la mañana. Sólo se pueden enviar al "museo de las antigüedades", como dice Engels, cuando las condiciones materiales están suficientemente desarrolladas. Tienen que agotar su misión histórica. No se pueden abolir administrativamente. La tarea del Estado obrero es la de crear estas condiciones. En primer lugar, el Estado obrero no puede permitir a cada uno trabajar "según su capacidad", por mucho que alguien quiera, ni tampoco puede dar a cada uno "según sus necesidades", independientemente del trabajo que haga. Para empezar, el Estado obrero actúa como una poderosa palanca para estimular el crecimiento de la producción. Esto sólo puede hacerse con la aplicación de los métodos del trabajo asalariado desarrollados por el capitalismo. Ya que no se pueden satisfacer inmediatamente todas las necesidades y seguirá existiendo escasez por un periodo de tiempo, la gente recibirá su parte de la producción en función de los salarios que ganen. En otras palabras, el Estado obrero inicialmente se verá obligado a defender las desigualdades del trabajo asalariado, es decir, las normas burguesas de distribución. Después de destinar una parte a la inversión y los servicios sociales, el resto será compartido por la población, en forma de salarios. En este punto, Marx corrigió el error de Lassalle de que la nueva sociedad garantizaría desde el principio "la igualdad de derechos para todos a un producto igual del trabajo". Marx dijo que "el derecho igual" es en realidad una violación de la igualdad y una injusticia reminiscente de una situación de escasez, de la sociedad clasista: "...Por lo que se refiere a la distribución de éstos [medios de consumo] entre los productores individuales, prevalece el mismo principio que en el cambio de mercancías equivalentes: una cantidad de trabajo dada en una forma se cambia por una cantidad igual de trabajo en otra forma. De ahí que la igualdad de derechos aquí sea todavía, en principio, derecho burgués". (MESW, Critique of the Gotha Programme, Marx, vol. 3, p. 18). La primera fase de la nueva sociedad todavía no puede proporcionar una igualdad completa: seguirán existiendo diferencias de ingresos, aunque la diferencia entre los salarios más altos y los más bajos se reducirá drásticamente. "Un hombre es superior a otro física o mentalmente", escribe Marx, "y por lo tanto proporciona más trabajo en el mismo tiempo, o puede trabajar durante más tiempo; y el trabajo, para que pueda servir como medida, tiene que estar definido por su duración o intensidad; si no, deja de ser un patrón de medida. Este derecho igual es un derecho desigual para trabajo desigual. No reconoce diferencias de clase porque cada uno es un obrero al igual que todos los demás; pero reconoce tácitamente dotaciones individuales desiguales y por lo tanto capacidades productivas desiguales como privilegios naturales. Por lo tanto, es un derecho de desigualdad, en su contenido, al igual que cualquier otro derecho. El derecho por su propia naturaleza sólo puede consistir en la aplicación de un patrón igual..." (Ibid., vol. 3, p. 18, énfasis en el original). En otras palabras, el esfuerzo de los trabajadores se recompensa con el salario que ganan sin tener en cuenta sus diferentes necesidades. Marx explica a continuación las diferencias entre un trabajador y otro: "Un obrero está casado, el otro no; uno tiene más hijos que el otro, etc., etc. De esta manera, con un rendimiento igual de trabajo y por lo tanto con una participación igual en el fondo social de consumo, en la práctica uno esta recibiendo más que el otro, uno será más rico que el otro, etc. Para evitar estos defectos, el derecho en lugar de ser igual debería ser desigual. "Pero estos defectos son inevitables en la primera fase de la sociedad comunista tal y como brota de la sociedad capitalista después de un largo y doloroso alumbramiento. El derecho nunca puede ser superior a la estructura económica ni al desarrollo cultural de la sociedad por ella condicionado". (Ibid., vol. 3, pp. 18-9, énfasis del autor). En otras palabras, la primera etapa del comunismo (socialismo), todavía no puede proporcionar justicia e igualdad completas: durante un periodo seguirán existiendo diferencias, y diferencias injustas, de riqueza e ingresos, aunque el nivel de vida general aumentará enormemente. El Estado obrero supervisará las relaciones entre estas dos características antagónicas, asegurando la dominación final de las tendencias socialistas y la liquidación del Estado. De esta manera, este nuevo Estado asume un carácter dual: socialista en la medida en que defiende las relaciones de propiedad nacionalizadas y burgués en la medida en que la distribución de bienes y servicios se realiza con los métodos capitalistas del trabajo asalariado. Sin embargo, utilizando normas de distribución burguesas, se impulsarán las fuerzas productivas hacia delante, sirviendo en última instancia intereses socialistas. Pero, tal y como Lenin señala, la explotación del hombre por el hombre será imposible debido a que los medios de producción seguirán siendo propiedad social. Este hecho por sí solo no puede eliminar los defectos de distribución y las desigualdades de la ley burguesa. La abolición del capitalismo no proporciona inmediatamente las bases materiales para una sociedad sin clases. Es un medio para un fin. El propio Estado, aunque sólo es un semi-Estado, asume la defensa de esta ley burguesa, que todavía santifica una cierta desigualdad en la sociedad. Con un mayor desarrollo de las fuerzas productivas y el triunfo del comunismo, el Estado y los otros vestigios del capitalismo desaparecerán. "Mientras existe el Estado, no hay libertad", dice Lenin. "Cuando haya libertad, no habrá Estado". (Lenin, El Estado y la revolución, p. 90). Marx explicó a continuación como la ley burguesa desaparece en el estadio superior del comunismo: "Cuando haya desaparecido la subordinación esclavizadora de los individuos a la división del trabajo y, con ella, la división entre trabajo intelectual y manual; cuando el trabajo no sea solamente un medio de vida sino la primera necesidad vital; cuando, con el desarrollo de los individuos en todos sus aspectos, crezcan también las fuerzas productivas y fluyan con todo su caudal los manantiales de la riqueza colectiva, sólo entonces podrá rebasarse totalmente el horizonte estrecho del derecho burgués y la sociedad podrá inscribir en su banderas: ¡De cada cual según su capacidad, a cada cual según sus necesidades!" (MESW, Critique of the Ghota Programme, vol. 3, p. 19). Lenin, que comentó estas observaciones en su obra clásica El Estado y la revolución, añadió relativo al periodo de transición: "El derecho burgués respecto a la distribución de los artículos de consumo presupone también inevitablemente, como es natural, un Estado burgués, pues el derecho no es nada sin un aparato capaz de obligar a respetar las normas de derecho. Resulta, pues, que bajo el comunismo no sólo subsiste durante cierto tiempo el derecho burgués, sino que subsiste incluso el Estado burgués ¡sin burguesía!" (Lenin, El Estado y la revolución, p. 93). Esto parece un comentario increíble. Ciertamente horroriza a aquellos que tienen una concepción idealista del Estado obrero. Marx, que sólo disponía de la experiencia limitada de la Comuna de París, únicamente pudo anticipar en sus rasgos más generales la forma del futuro Estado obrero. Lenin desarrolló las concepciones de Marx en este terreno, pero no estudió detalladamente los procesos que podrían tener lugar si el Estado obrero ruso se quedase aislado en condiciones de atraso extremo. En muchas ocasiones, Lenin dejó claro que sin la ayuda de los trabajadores de los países capitalistas desarrollados no esperaba que la revolución sobreviviese. Sin embargo, esperaba con confianza que la victoria de la revolución socialista mundial reduciría la duración de esta etapa inicial a un periodo de tiempo muy corto. Le correspondió a Trotsky analizar este fenómeno más en detalle, sobre la base de la creciente burocratización del régimen soviético y el surgimiento del estalinismo. Lo que está claro es que cuanto más pobre sea la sociedad que surja de una revolución, más crudas, burocráticas y primitivas serán las formas del Estado de transición y mayor será el peligro de que el poder se escape de las manos de los trabajadores. Esto tuvo un peso importante en el Estado que surgió de la revolución rusa. En palabras de Trotsky: "Para defender el 'derecho burgués', el Estado obrero se ve obligado a formar un órgano de corte 'burgués', o dicho brevemente, se ve obligado a volver al gendarme, aunque dándole un nuevo uniforme" (Trotsky, La Revolución Traicionada, p. 87). Lenin era consciente de los peligros de una situación de este tipo. Explicó que el Estado es una reliquia de la sociedad clasista y puede degenerar bajo ciertas condiciones, y que por lo tanto tiene que estar permanentemente bajo el control y la supervisión democráticas de la clase obrera. Por este motivo, una de las medidas fundamentales para Lenin era la reducción de la jornada laboral, para dar tiempo a las masas a participar en la gestión de la industria y el Estado. No por motivos sentimentales, sino como defensa para impedir que el nuevo Estado soviético se elevase por encima y se divorciase de la clase obrera. En otras palabras: para impedir su degeneración. Para combatirla, Lenin propuso una serie de medidas destinadas a luchar contra la burocratización. Entre ellas: elección y revocabilidad de todos los funcionarios, supresión del ejército permanente, limitación del salario de los funcionarios a un máximo no superior al sueldo de un obrero cualificado y rotación en cargos y responsabilidades. Para que "todo el mundo pueda convertirse en 'burócrata' durante algún tiempo, y de este modo nadie pueda convertirse en 'burócrata", concluía Lenin. (Lenin, op. cit., p. 103). La vieja maquinaria estatal Lenin, siguiendo los pasos de Marx y Engels, trataba continuamente de resolver los tácticos y estratégicos de la revolución, al igual que los de la construcción socialista en un país atrasado. El volumen 53 de sus Obras Completas (en la edición rusa) es un testimonio de la profundidad de su contribución al marxismo a lo largo de toda su vida. Siempre planteó las cosas de manera honesta y se negó a adormecer a los obreros rusos con ilusiones "oficiales" y pronunciamientos fariseos. Por encima de todo, basaba toda su posición en el triunfo de la revolución internacional. Lenin explicó que el derrocamiento del capitalismo y la consolidación de la democracia proletaria en un país avanzado sería ya de por sí difícil, pero para la Rusia atrasada era una tarea imposible sin la ayuda inmediata de Occidente. Su absoluta confianza en la capacidad de los trabajadores para transformar la sociedad y su honradez laten en todos los escritos de Lenin, y especialmente en los de este periodo. Siempre dijo abiertamente la verdad, por amarga que fuese, con plena confianza en que la clase obrera la entendería y aceptaría la necesidad de los mayores sacrificios, siempre y cuando se le explicaran los motivos franca y sinceramente. La intención de los argumentos de Lenin no era la de atontar a los obreros soviéticos con opio "socialista", sino templarles para las luchas que se avecinaban, para la lucha contra el atraso y la burocracia en Rusia y para la lucha contra el capitalismo y por la revolución socialista mundial. Utilizando el mismo método escrupuloso, Lenin volvió una y otra vez a la discusión de las deficiencias crónicas del Estado soviético y la difícil situación a la que se enfrentaban los obreros rusos. El atraso objetivo de Rusia, con sus altas tasas de analfabetismo y la debilidad de la clase obrera, obligaron al gobierno soviético a basarse en gran medida en los servicios de cientos de miles de burócratas antiguos funcionarios zaristas, que de mil maneras diferentes saboteaban los esfuerzos del nuevo régimen. Esto no era una cuestión secundaria, sino que amenazaba con una degeneración interna de toda la revolución. Marx ya había explicado la existencia del peligro de degeneración debido al atraso material; sin embargo, nunca desarrolló este punto, creyendo que el problema se resolvería a través de la revolución en los países capitalistas avanzados. En la atrasada Rusia, la cosa era diferente. Marx y Engels eran conscientes del peligro de la burocracia en un Estado obrero y propusieron algunos métodos para combatirla. Basándose en la experiencia de la Comuna de París, Engels había escrito: "para no perder de nuevo su dominación recién conquistada, la clase obrera tiene que (...) precaverse contra sus propios diputados y funcionarios, declarándolos a todos, sin excepción, revocables en cualquier momento". Para asegurarse que el Estado no se transformase "de servidores de la sociedad en señores de ella, transformación inevitable en todos los Estados anteriores, empleó la Comuna dos remedios infalibles. En primer lugar, cubrió todos los cargos administrativos, judiciales y de enseñanza por elección, mediante sufragio universal, concediendo a los electores el derecho a revocar en todo momento a sus elegidos. En segundo lugar, todos los funcionarios, altos y bajos, estaban retribuidos como los demás trabajadores. El sueldo máximo abonado por la Comuna era de 6.000 francos. Con este sistema se ponía una barrera eficaz al arribismo y a la caza de cargos, y esto sin contar con los mandatos imperativos que, por añadidura, introdujo la Comuna para los diputados a cargos representativos" (Engels, Introducción a La Guerra Civil en Francia de Carlos Marx, pp. 18-19). Tomando como punto de partida el análisis de Marx y Engels sobre la Comuna de París, Lenin formuló en 1917 cuatro condiciones para luchar contra la burocracia en un Estado obrero: 1) Elecciones libres y democráticas a todos los cargos del Estado soviético. 2) Revocabilidad de todos los cargos públicos. 3) Que ningún cargo público recibiese un salario superior al de un obrero cualificado. 4) Que todas las tareas de gestión de la sociedad las asumiese gradualmente todo el mundo de manera rotativa, o en palabras de Lenin: "cualquier cocinero debería poder ser primer ministro". "Reduzcamos el papel de los funcionarios públicos," escribió Lenin, "al de simples ejecutores de nuestras directrices, al papel de 'inspectores y contables' responsables, revocables y modestamente retribuidos (en unión, naturalmente, de los técnicos de todos los géneros, tipos y grados): ésa es nuestra tarea proletaria, por ahí se puede y se debe empezar cuando se lleve a cabo la revolución proletaria" (Lenin, op. cit., p.47). Bajo Lenin, el diferencial de salarios máximo se mantuvo en una ratio de 1 a 4, que él honestamente describió como un "diferencial capitalista". La necesidad de semejante diferencial se derivaba de la escasez de personal cualificado necesario para la gestión de la industria y el Estado en un país en el que el nivel cultural de las masas era extremadamente bajo. Como señala el disidente e historiador soviético Roy Medvedev: "La primera escala salarial soviética establecía una ratio de 1 a 2,1 entre los ingresos más bajos y los más altos. A principios de 1919, la diferencia entre los dos extremos se había reducido incluso más, y pasó a ser de 1 a 1,75. Esto continuó hasta el principio de la NEP, en otoño de 1921; con la aprobación del Comité Ejecutivo y del Comité Central del Partido, el Consejo de Comisarios del Pueblo aprobó una resolución declarando: 'Al establecer las tasas salariales para trabajadores de diferentes cualificaciones, personal de oficina, técnicos de grado medio y personal administrativo de alto rango, hay que abandonar todo pensamiento de igualdad'. La nueva escala salarial contenía diferenciales amplios según las cualificaciones, y dividía al personal en cuatro grupos: aprendices, trabajadores con diferente grado de cualificaciones, contables y trabajadores de oficina, y personal técnico y administrativo. La ratio entre el nivel más bajo y el más alto (categoría 18) se fijó en 1 a 8. "La cuestión del pago a los empleados de los organismos estatales se trató de manera diferente. En los primeros meses después de Octubre, el salario mínimo de subsistencia, basado en la tasa de cambio y el nivel de precios, se calculó en ocho rublos al día; esto fue confirmado por un nuevo decreto el 16 de enero de 1918". (Medvedev, On Socialist Democracy, pp. 221). Más o menos al mismo tiempo, Lenin redactó una ley "Sobre salarios del personal de alto rango y funcionarios", que fue aprobada por el Consejo de Funcionarios del Pueblo con algunas enmiendas secundarias. El texto era el siguiente: "Puesto que se considera necesario adoptar las medidas más enérgicas para reducir los salarios de los funcionarios en todas las instituciones y empresas estatales, comunales y privadas, sin excepción, el Consejo de Comisarios del Pueblo decreta: "1. Habrá un límite máximo al salario de un Comisario del Pueblo de 500 rublos al mes, con una asignación de 100 rublos por cada hijo; el tamaño de los apartamentos quedará limitado a una habitación por miembro de la familia. "2. Se pide a todos los Diputados Obreros, Soldados y Campesinos de Sóviets locales que preparen y apliquen medidas revolucionarias para los impuestos especiales al personal de alto rango. "3. El Ministro de Finanzas y todos los comisarios individuales harán un estudio inmediato de las cuentas de los ministerios y reducirán todos los salarios y pensiones excesivamente altos". Durante los primeros meses de gobierno soviético, el salario de un Comisario del Pueblo (incluyendo el propio Lenin) era sólo dos veces el salario mínimo de subsistencia de un ciudadano ordinario. En los años siguientes, los precios y el valor del rublo cambiaron a menudo rápidamente y los salarios variaron proporcionalmente. En algunos casos las cifras eran sorprendentes, cientos de miles e incluso millones de rublos. Pero incluso en esas condiciones Lenin aseguró que la ratio entre los salarios más bajos y los más altos en las organizaciones estatales nunca superase el límite fijado, y mientras vivió aparentemente el diferencial nunca superó el 1 a 5. Por supuesto que, en condiciones de atraso, había que hacer muchas excepciones que representaban un retroceso respecto a los principios de la Comuna de París. Para poder convencer a los "especialistas burgueses (spetsy) para que trabajasen para el Estado soviético, era necesario pagarles salarios muy altos. Este tipo de medidas eran necesarias hasta que la clase obrera pudiera crear su propia intelectualidad. Además se pagaban ciertas tasas especiales para "trabajadores de choque" en determinadas categorías laborales de oficinas e industrias, etc. Hablando en la VII Conferencia Provincial del Partido de Moscú, el 29 de octubre de 1921, Lenin lo explicaba honestamente: "Ya entonces tuvimos que retroceder en una serie de puntos. Por ejemplo, en marzo y abril de 1918 surgió el problema de las remuneraciones a los especialistas según escalas que correspondían a relaciones burguesas, no socialistas, o sea, que no concordaban con las dificultades ni con las condiciones particularmente duras del trabajo, sino con las costumbres burguesas y con las condiciones imperantes en la sociedad burguesa. Al principio, estas remuneraciones para los especialistas, excepcionalmente elevadas, de tipo burgués, no figuraban en los planes del Poder soviético e incluso se contraponían a una serie de decretos promulgados a fines de 1917. Pero a comienzos de 1918 nuestro Partido indicó claramente que debíamos dar un paso atrás en ese punto y aceptar cierto 'compromiso' (empleo el término que entonces se utilizaba)" (Lenin, Obras Escogidas, vol. 44, pp. 206-7). Debido al aislamiento de la revolución y a la necesidad de utilizar especialistas y técnicos burgueses, se aumentó el diferencial para estos trabajadores, permitiéndoseles ganar un salario un 50% mayor que el de los miembros del gobierno. Lenin denunció esta medida como una "concesión burguesa" que tenía que reducirse lo antes posible. Sin embargo, semejantes concesiones no se aplicaban a los comunistas, que tenían estrictamente prohibido recibir un salario mayor que el de un trabajador cualificado. Cualquier ingreso que recibieran por encima de esta cifra tenía que ser entregado al Partido. El presidente del Consejo de Diputados del Pueblo recibía 500 rublos, comparable a los ingresos de un obrero cualificado. Cuando un jefe de oficina del Consejo de Diputados del Pueblo, V. D. Bonch-Bruevich pagó de más a Lenin en mayo de 1918, fue "severamente reprendido" por Lenin, que describió el aumento como "ilegal". En palabras de Roy Medvedev: "En relación con los comunistas, incluso los que ocupaban los cargos más altos, Lenin exigía moderación. Se preocupaba por su salud y comida y sus condiciones de alojamiento, pero insistía en que sus salarios, incluyendo el suyo propio, tenían que mantenerse dentro de ciertos límites. No se permitían lujos". En abril de 1918, Lenin caracterizó la introducción de incentivos materiales como "un paso atrás por parte de nuestro poder estatal socialista, que desde el principio proclamó y aplicó una política de reducción de los salarios altos al nivel del salario medio de un obrero" (Lenin, Collected Works, vol. 27, p. 249). Medvedev continúa diciendo: "En general, Lenin se oponía tanto a la igualdad de salarios como a los salarios excesivamente altos, especialmente para los miembros del partido. Esta política desembocó en el llamado máximo del partido, un tope salarial para todos los comunistas. Lenin consideraba la excesiva desigualdad en la paga o las condiciones de vida como 'una fuente de corrupción dentro del partido y un factor que reducía la autoridad de los comunistas". (Medvedev, Let History Judge, p. 841). Hay muchos ejemplos que demuestran las condiciones de vida de los dirigentes del Estado obrero. Escribiendo sobre el periodo de la guerra civil, Victor Serge recuerda las condiciones de vida del vicepresidente de la Cheka: "Todo este tiempo, Bakayev, de la Cheka, iba por ahí con agujeros en las botas. A pesar de mis raciones especiales como funcionario del gobierno, me hubiese muerto de hambre a no ser por las sórdidas manipulaciones del mercado negro, donde comerciábamos con las mezquinas posesiones que habíamos traído de Francia. El hijo mayor de mi amigo Yonov, cuñado de Lenin, miembro de la Ejecutiva del Sóviet y fundador y director de la Biblioteca del Estado, murió de hambre ante nuestros propios ojos. Todo esto mientras cuidábamos almacenes considerables, incluso ricos, pero en nombre del Estado y bajo control riguroso. Nuestros salarios se limitaban al máximo comunista, igual al salario medio de un obrero cualificado". (Victor Serge, Memoirs of a Revolutionary 1901-1941, p. 79). El escritor inglés Arthur Ransome, buen conocedor de Rusia, a donde realizó varios viajes en esa época, describe un incidente del que fue testigo mientras formaba parte de una delegación oficial, junto con Radek y Larin, a la ciudad de Yaroslav, en 1921. La prisión de Yaroslav fue un sitio infame bajo Stalin, pero antes los bolcheviques se habían tomado en serio la reforma del sistema penitenciario y trataron de mejorar las condiciones de los reclusos. ¡En una situación en la que había una escasez terrible de comida, la alimentación en la prisión de Yaroslav era mejor que la que estaba a disposición de la dirección del sóviet local! "Ocurre, explica Rostopchin, que el oficial a cargo de la alimentación en la prisión es un tipo muy enérgico, que había ocupado el mismo cargo en el viejo ejército, y las comidas que se sirven a los prisioneros son tan superiores a las que se sirven en los locales del Sóviet, que los miembros del Comité Ejecutivo han tomado por costumbre dar un paseo hasta la prisión para comer. Nos invitaron a nosotros a hacer lo mismo. Larin no se sentía como para dar un paseo, así que se quedó en la Casa del Sóviet para comer una comida inferior, mientras que Radek y yo, con Rostopchin y otros tres miembros del comité local, dimos un paseo hasta la prisión" (Arthur Ransome, The Crisis in Russia, p. 56). El espacio de las viviendas a disposición de los ministros o comisarios del gobierno se limitaba a una habitación por persona en la familia. La oficina de Lenin tenía pocos muebles, sólo los esenciales. Según Karl Idman, un miembro del gobierno finlandés que se reunió con Lenin en diciembre de 1917: "Lenin nos recibió cordialmente, disculpándose por habernos hecho esperar. La habitación en la que nos encontramos estaba dividida en dos por una partición hecha de tablas... La habitación no era en absoluto diferente de ninguna otra de las del Smolny. Era tan simple como las demás. Las paredes estaban pintadas de blanco, había una mesa de madera y unas pocas sillas". Esta política estaba en completo contraste con los privilegios exorbitantes y los estilos de vida lujuriosos de los dueños del Kremlin bajo Stalin y sus sucesores. Esto también lo confirma Victor Serge: "En el Kremlin, [Lenin] todavía ocupaba un pequeño apartamento construido para un sirviente del palacio. En el último invierno él, al igual que todos los demás, no tenía calefacción. Cuando iba al barbero se ponía a la cola, pensando que sería impropio que nadie le dejase colarse". (Victor Serge, Memoirs of a Revolutionary 1901-1941, p. 101). Lo mismo se aplicaba a Trotsky, que en la práctica era el lugarteniente de Lenin: "Durante los primeros días de la revuelta bolchevique solía ir todas las mañanas al Smolny para conseguir las últimas noticias. Trotsky y su diminuta y atractiva esposa, que casi nunca habló otra cosa que francés, vivían en una habitación en el último piso. La habitación estaba dividida por una partición como el ático de un artista pobre. En un lado había dos catres y un armario pequeño y barato y en el otro una mesa de trabajo junto a dos o tres sillas baratas de madera. No había ni un solo cuadro ni indicios de confort por ninguna parte. Trotsky ocupó esta oficina durante todo el tiempo en que fue Ministro de Asuntos Exteriores y muchos dignatarios se vieron obligados a visitarle allí (...) A la puerta había dos guardias rojos en vigilancia constante. Parecían bastante amenazadores, pero eran muy amistosos. Siempre era posible conseguir una audiencia con Trotsky". (Louise Bryant, op. cit., p. 103). Esto no era una excepción. Los dirigentes bolcheviques siempre estaban accesibles y cerca de las masas. Caminaban por las calles sin escolta. Un asesino eserista de izquierdas pudo disparar y herir gravemente a Lenin precisamente por eso. Cuando consideramos las condiciones de lujo y los privilegios de la burocracia bajo Stalin y sus sucesores, aislada de la población soviética detrás de altos muros o corriendo a gran velocidad en enormes limusinas acompañados por ejércitos de guardaespaldas, vemos la distancia enorme que separa el régimen democrático de Lenin del que lo sustituyó. Y es necesario hacer hincapié en que Lenin consideraba incluso los diferenciales relativamente pequeños de aquel periodo como diferenciales capitalistas inaceptables que se reducirían gradualmente a medida que la sociedad avanzase hacia el socialismo. Las raíces de la burocracia En febrero de 1917, el partido bolchevique no tenía más de 8.000 militantes en toda Rusia. En el punto álgido de la guerra civil, cuando la militancia en el partido comportaba un riesgo personal, se abrieron las puertas del partido de par en par para los obreros, lo que aumentó la militancia a 200.000. Pero cuando la guerra civil ya se estaba acabando, la militancia del partido se triplicó, reflejando un flujo de arribistas y elementos de clases y partidos hostiles. Había que limpiar el partido de estos elementos. La necesaria "purga", iniciada por Lenin en 1921, no tenía nada en común con las monstruosas purgas de Stalin; no había policía, ni juicios ni campos de concentración. Se trataba de defender las ideas y tradiciones de Octubre frente a los efectos nocivos de la reacción pequeño-burguesa y menchevique. A principios de 1922, se habían producido unas 200.000 expulsiones (una tercera parte de la militancia). A finales de 1920, el número de funcionarios del Estado había pasado de poco más de 100.000 a un sorprendente 5.880.000. Esta cifra sobrepasaba cinco veces la cantidad de obreros industriales. La escasez de personal militar cualificado era tal, que en el Ejército Rojo se alistaba a antiguos oficiales zaristas para luchar contra los ejércitos blancos. En agosto de 1920, 48.409 antiguos oficiales zaristas se habían alistado como especialistas militares. Estas capas no tenían una lealtad firme al Estado soviético. Con el fin de persuadirles que prestasen sus servicios y no se pasasen al otro bando, el gobierno bolchevique se vio obligado a concederles privilegios considerables. Para supervisar la lealtad de estos oficiales y tener un instrumento esencial de control obrero sobre ellas, se nombraron comisarios políticos. Lenin tenía la intención de implicar gradualmente al conjunto de la clase obrera en las tareas de la gestión del Estado. "Nuestro objetivo es el de implicar al conjunto de los pobres en el trabajo práctico de la administración, (...) asegurarse de que todos los trabajadores, al acabar su 'tarea' de ocho horas en el trabajo productivo, lleve a cabo sus deberes estatales sin paga" (Lenin, Collected Works, vol. 27, p. 273). Pero en las condiciones generales de atraso, fue imposible. El joven Estado soviético se vio obligado a aprovechar todo lo que pudo de entre los restos del viejo aparato del Estado. En marzo de 1918, Lenin declaró ante el Congreso del Partido que "los ladrillos de los que se compondrá el socialismo todavía no están hechos" (Lenin, Collected Works, vol. 27, p. 148). Dado el bajo nivel cultural, había que utilizar cualquier palanca, cualquier resquicio para hacer avanzar la revolución. Como hemos visto, el analfabetismo general obligó a los bolcheviques a basarse en la vieja burocracia zarista "ungida ligeramente con el óleo soviético", administradores, funcionarios gubernamentales, mandos militares y gerentes. Esto resultaba inevitable, por lo menos hasta que llegase ayuda de Occidente. Más adelante iba a tener consecuencias más profundas, pero en aquel momento no había otra alternativa. Cuando Lenin preguntó a Trotsky durante la guerra civil si no sería mejor sustituir a los viejos oficiales zaristas, que estaban controlados por comisarios políticos, por otros comunistas, Trotsky respondió: '¿Pero sabes cuántos de ellos hay en el ejército ahora?' 'No'. '¿Ni siquiera aproximadamente?' 'No lo sé'. 'No menos de treinta mil'. '¿Qué?' 'No menos de treinta mil. Por cada traidor hay cien en los que se puede confiar; por cada uno que deserta hay dos o tres que mueren en el frente. ¿Cómo podemos sustituirles a todos?" Pocos días después, Lenin estaba dando una charla sobre los problemas de la construcción del socialismo. Esto es lo que dijo: "Cuando hace poco tiempo el camarada Trotsky hubo de decirme, concisamente, que el número de oficiales que servían en el departamento de Guerra ascendía a varias docenas de millares, comprendí, de un modo concreto, dónde está el secreto de poner al servicio de nuestra causa al enemigo... y cómo es necesario construir el comunismo utilizando los propios ladrillos que el capitalismo tenía preparados contra nosotros" (citado en L. Trotsky, Mi Vida, p. 468). Sobre el Estado, Lenin dijo al IV Congreso de la Internacional Comunista: "Tomamos posesión de la vieja maquinaria estatal y ésa fue nuestra mala suerte. Tenemos un amplio ejército de empleados gubernamentales. Pero nos faltan las fuerzas educadas para ejercer un control real sobre ellos (...) En la cúspide tenemos, no sé cuántos, pero en cualquier caso no menos de unos cuantos miles (...) Por abajo hay cientos de miles de viejos funcionarios que recibimos del Zar y de la sociedad burguesa (...)". (Lenin, Collected Works, vol. 33, p. 430). Como siempre, Lenin explicó la dura realidad sobre el aparato estatal soviético. Nunca tuvo ninguna visión idealizada de este pésimo organismo en gran medida heredado del pasado. Era una maquinaria burocrática pintada con un ligero barniz socialista. Lenin entendía perfectamente que esta burocracia no era simplemente una cuestión de comportamiento burocrático, excesivo papeleo, etc. Este punto de vista no tiene nada en común con el método marxista. El marxismo explica la burocracia como un fenómeno social que surge por razones materiales concretas. Lenin explicó su surgimiento como un tumor capitalista y parásito en el cuerpo del Estado obrero. La Revolución de Octubre había derrocado el viejo orden y suprimido y purgado sin piedad el Estado zarista, pero en condiciones de atraso económico y cultural crónico los elementos del anterior régimen en todas partes volvían furtivamente a las posiciones de poder y privilegio, a medida que la oleada revolucionaria retrocedía con las derrotas de la revolución internacional. Existía el peligro real de que la revolución sufriese una degeneración burocrática. En consecuencia, Lenin denunció la amenaza de la burocratización creciente y exigió una lucha sin cuartel: "Echamos a los viejos burócratas, pero han vuelto (...) Llevan una cinta roja en sus ojales sin botones y se arrastran por los rincones calientes. ¿Qué hacemos con ellos? Tenemos que combatir a esta escoria una y otra vez, y si la escoria vuelve arrastrándose tenemos que limpiarla una y otra vez, perseguirla, mantenerla bajo supervisión de obreros y campesinos comunistas a los que conozcamos por más de un mes y más de un día". (Lenin, Collected Works, vol. 29, pp. 22-3). Engels explicó que en toda sociedad en que el arte, la ciencia y el gobierno son el reducto de una minoría privilegiada, esa minoría siempre utiliza y abusa de sus posiciones en su propio interés. Y esta situación es inevitable mientras la inmensa mayoría de la gente se vea obligada a trabajar durante largas horas en la industria y en la agricultura para atender las necesidades básicas de la vida. Después de la revolución, por el grado de destrucción de la industria, la jornada laboral se prolongó. Los obreros trabajan diez, doce o más horas al día a cambio de raciones de subsistencia; muchos trabajaban voluntariamente los fines de semana, sin paga. Pero, como Trotsky explicó, las masas sólo pueden sacrificar su hoy por su mañana hasta un límite muy definido. La clase obrera se vio inevitablemente minada moral y numéricamente por el cansancio de la Primera Guerra Mundial, de la revolución, de cuatro años de guerra civil y de una hambruna en la que millones de personas murieron. La desintegración de la clase obrera, la pérdida de muchos de los elementos más avanzados en la guerra civil, el influjo de elementos atrasados del campo, y la desmoralización y agotamiento de las masas era una cara de la situación. En la otra, las fuerzas de la reacción, aquellos elementos pequeño-burgueses y burgueses que habían quedado temporalmente desmoralizados y apartados por el triunfo de la revolución, todos empezaron a recuperar la confianza, a salir a la superficie y a aprovecharse de la situación para introducirse en cualquier resquicio de los organismos dirigentes de la industria, el Estado e incluso del partido. Victor Serge recuerda su impresión del aparato soviético incluso en los primeros años: "Enseguida me formé la peor impresión posible de este aparato, que parecía funcionar en gran medida en el vacío, desperdiciando tres cuartas partes de su tiempo en proyectos irrealizables. En medio de la miseria general, ya estaba nutriendo a una multitud de burócratas que eran responsables de mucho ruido y poco trabajo honesto. En las oficinas de los comisariados te encontrabas con señores bien vestidos, tipógrafas atractivas irreprochablemente empolvadas, uniformes elegantes sobrecargados de adornos; y todo el mundo en este ambiente presuntuoso, en contraste con la población hambrienta en las calles, te mandaba de arriba a abajo, de una oficina a otra por la cosa más nimia y sin el más mínimo resultado". (Victor Serge, Memoirs of a Revolutionary, 1901-1941, p. 74). La lucha de Lenin contra Stalin En 1919, el gobierno bolchevique organizó el Comisariado del Pueblo de la Inspección Obrera y Campesina (conocido como Rabkrin, el acrónimo de su nombre ruso). Su tarea era la de extirpar de arribistas el aparato del Estado y del partido. Dada su experiencia como organizador, Stalin fue nombrado responsable del Rabkrin. Sin embargo, en un corto periodo de tiempo, la mentalidad estrecha y organizativa de Stalin y su ambición personal lo transformaron en el principal portavoz de la burocracia dentro de la dirección del partido, y no su oponente. Stalin utilizó su cargo, que le permitía seleccionar al personal para los puestos de dirección en el Estado y el partido, para silenciosamente agrupar a su alrededor un bloque de aliados serviles sin entidad política que le estaban agradecidos por su ascenso. En las manos de Stalin, el Rabkrin se convirtió en un instrumento para fortalecer su propia posición y eliminar a sus rivales políticos. Tan pronto como en 1920, Trotsky criticó el funcionamiento del Rabkrin, que de ser un instrumento de lucha contra la burocracia se estaba convirtiendo él mismo en su semillero. Inicialmente Lenin defendió al Rabkrin de las críticas de Trotsky, pero más tarde aceptó su punto de vista: "Esta idea la sugirió el camarada Trotsky, parece ser, hace tiempo. En ese momento yo estaba en contra (...) Pero, después de examinar el asunto más de cerca, me di cuenta de que contiene una idea correcta (...)". En un primer momento, la enfermedad de Lenin le impidió apreciar lo que estaba sucediendo a sus espaldas en el Estado y en el partido. En 1922 se dio cuenta claramente de la situación: "La burocracia nos está sofocando", se quejaba. Para él, el problema surgía del atraso económico y cultural del país. ¿Cómo había que combatir esa situación? Lenin resaltó la importancia de la organización de los obreros para mantener a raya la amenaza de la burocracia: "El Programa de nuestro Partido —un documento que el autor del ABC del comunismo [Nikolai Bujarin] conoce muy bien— muestra que el nuestro es un Estado obrero con una deformación burocrática (...) Ahora tenemos un Estado con el que el proletariado masivamente organizado tiene que defenderse, mientras que nosotros, por nuestra parte, debemos utilizar las organizaciones obreras para proteger a los obreros de su Estado, y conseguir que protejan el nuestro..." (Lenin, Collected Works, vol. 32, pp. 24-25). Lenin defendió, dialécticamente, que los sindicatos en un Estado obrero tienen que ser independientes, para que la clase obrera pueda defenderse contra él y a la vez defender el propio Estado obrero. Lenin hizo mucho hincapié en este punto porque vio el peligro de que el Estado se elevase por encima de la clase y se separase de ésta. Los obreros, por sí mismos, a través de sus organizaciones, podían ejercer un control sobre el aparato del Estado y sobre la burocracia. Sin embargo, por su atomización hacia el final de la guerra civil, la clase obrera era incapaz de combatir con efectividad la creciente burocratización estatal. Esa amenaza ocupó la atención de Lenin durante todo ese año. En el XI Congreso del Partido, en marzo-abril de 1922, el último en el que pudo participar, su principal preocupación fue la burocratización. Lenin trató primero las relaciones económicas del Estado obrero como una forma de "capitalismo de Estado". En esas relaciones se basaba la NEP. Se permitía el mercado, al mismo tiempo que los sectores clave de la economía seguían en manos estatales. Lenin dijo que el capitalismo de Estado tradicional se aplicaba al sector nacionalizado minoritario en un Estado capitalista. Pero él utilizó el término de otra manera para describir la NEP: "Por eso mucha gente está confundida por el término capitalismo de Estado. Para evitarlo tenemos que recordar que lo fundamental del capitalismo de Estado en la forma que lo tenemos aquí no se explica en ninguna teoría ni en ningún libro, por la simple razón que todos los conceptos comunes conectados a este término están asociados al dominio burgués en la sociedad capitalista. Nuestra sociedad ha dejado los raíles del capitalismo, pero todavía no tiene unos nuevos. El Estado en esta sociedad no es dominado por la burguesía, sino por el proletariado. Nos negamos a comprender que cuando decimos 'Estado' nos referimos a nosotros mismos, el proletariado, la vanguardia de la clase obrera. El capitalismo de Estado es un capitalismo que tenemos que ser capaces de contener y cuyos límites debemos ser capaces de fijar. Este capitalismo de Estado está conectado con el Estado, y el Estado son los obreros, el sector avanzado de los obreros, la vanguardia. Nosotros somos el Estado". Y entonces explica que este capitalismo que existe junto al Estado obrero es esencial "para satisfacer las necesidades del campesinado (...) sin él la existencia es imposible". Lenin pasa entonces a explicar el quid de la cuestión: "Bien, hemos vivido un año, el Estado está en nuestras manos; pero, ¿ha aplicado la Nueva Política Económica de la manera que nosotros queríamos en el transcurso del último año? No. Pero nos negamos a reconocerlo. ¿Cómo se aplicó? La maquinaria se negó a obedecer la mano que le guiaba. Era como un coche que iba no en la dirección que quería el conductor, sino en la dirección que otro quería; como si fuese conducido por alguna mano misteriosa, sin leyes, Dios sabe de quién, quizás un estraperlista, o un capitalista privado, o ambos. Sea como fuere, el coche no va en la dirección que el hombre al volante se imagina, y a menudo va en una dirección totalmente diferente". (Lenin, Collected Works, vol. 33, p. 179). "Entonces, ¿qué es lo que falta?", se preguntaba Lenin, "(...) Si tomamos Moscú con sus 4.700 comunistas en cargos de responsabilidad, y si tomamos la enorme maquinaria burocrática, esa mole enorme, tenemos que preguntarnos: ¿quién dirige a quien? Dudo mucho que se pueda decir sinceramente que los comunistas están dirigiéndola. A decir verdad no están dirigiendo, sino siendo dirigidos". (Lenin, Collected Works, vol. 33, p. 288). Lejos de ser el "semi-Estado" que Lenin se había imaginado en su libro El Estado y la Revolución, el aparato del Estado estaba deformado burocráticamente y profundamente infectado por el punto de vista de clase ajeno del viejo régimen. En el mismo congreso, Lenin explicó, con un lenguaje muy claro y poco ambiguo, la posibilidad de la degeneración de la revolución como consecuencia de las presiones de clases ajenas. Lenin comparó la relación de los obreros soviéticos con la burocracia y los elementos pro capitalistas a la relación entre una nación conquistadora y una conquistada. La Historia ha demostrado repetidamente que el hecho que una nación derrote y conquiste a otra por la fuerza de las armas no es, por sí mismo, una garantía suficiente de victoria. Dado el bajo nivel cultural de la clase obrera rusa, rodeada por un mar de pequeños propietarios, las presiones eran enormes. Y se reflejaban no sólo en el Estado, sino inevitablemente en el propio partido, que se convirtió en el centro de una lucha de intereses de clase en conflicto. "A veces una nación conquista a otra, la nación que conquista es la conquistadora y la nación que es dominada es la nación conquistada. Esto es simple e inteligible para todos. ¿Pero qué pasa con la cultura de estas naciones? Aquí las cosas no son tan simples", declaró Lenin. "Si la nación conquistadora es más culta que la nación dominada, la primera impone su cultura sobre la última; pero si es al contrario, la nación dominada impone su cultura sobre el conquistador. ¿Acaso no ha sucedido algo similar en la capital de la RSFSR*? ¿Acaso los 4.700 comunistas (casi una división de ejército, y todos ellos de los mejores) han caído bajo la influencia de una cultura ajena?" Lenin pregunta: "¿Se darán cuenta los comunistas responsables de la RSFSR y del Partido que no pueden administrar; que sólo se imaginan que están dirigiendo, pero que en realidad están siendo dirigidos?" *Antes de la creación de la URSS, la Federación era conocida como la República Socialista Federal Soviética Rusa (RSFSR) Ya en aquella época, los sectores más perspicaces de la burguesía en el exilio, el grupo Smena Vej, de Ustryalov, estaban poniendo sus esperanzas abiertamente en las tendencias burocráticas que se manifestaban en la sociedad soviética, como un paso hacia la restauración capitalista. El mismo grupo más adelante aplaudió y animó a los estalinistas en su lucha contra el trotskismo. El grupo Smena Vej, al que Lenin le reconocía su agudo punto de vista de clase, comprendió correctamente la lucha entre Stalin y Trotsky, no en términos de "personalidades", sino como una cuestión de clase, como un paso atrás respecto a las tradiciones revolucionarias de Octubre. "La maquina ya no obedecía al conductor" —el Estado ya no estaba bajo el control de los comunistas, de los obreros, sino que se elevaba cada vez más por encima de la sociedad. Refiriéndose a las opiniones de Smena Vej, Lenin dijo: "Tenemos que decir francamente que las cosas de las que habla Ustryalov son posibles, la Historia conoce todo tipo de transformaciones. Basarse en la firmeza de convicciones, lealtad y otras espléndidas cualidades morales es cualquier cosa menos una actitud seria en la política. Unas cuantas personas pueden estar dotadas de cualidades morales espléndidas, pero las cuestiones históricas las deciden las masas más amplias, que, si esta gente no les conviene, pueden tratarlos no muy amablemente" (Lenin, Collected Works, vol. 33, p. 287). En otras palabras, a los comunistas el poder estatal se les estaba escapando de las manos no debido a sus errores personales o peculiaridades psicológicas, sino por las enormes presiones del atraso, la burocracia y las fuerzas de clases ajenas, que pesaban como una losa y aplastaban al puñado de obreros socialistas avanzados. La correspondencia y los escritos de Lenin de esta época, cuando la enfermedad le impedía cada vez más intervenir en la lucha, indican claramente su alarma ante el avance de la burocracia soviética, los arribistas insolentes en cada esquina del aparato del Estado. Lenin era consciente de los peligros de degeneración del Estado obrero rodeado por el capitalismo. Después del XI Congreso del Partido, en 1922, la salud de Lenin se deterioró y en mayo de ese año sufrió su primer ataque de apoplejía. Se recuperó hacia julio y volvió oficialmente al trabajo en octubre. A su vuelta quedó profundamente consternado por el creciente tumor burocrático que estaba royendo el Estado y el partido: "Nuestro burocratismo es algo monstruoso", le comentó Lenin a Trotsky. "Estaba aterrado cuando volví al trabajo (...)". Fue la primera vez que le ofreció a Trotsky la formación de un bloque contra la burocracia y en especial contra el Buró de Organización. Lenin también concentró su atención sobre el problema de la dirección del Partido en su conjunto. Los choques con Stalin sobre la cuestión georgiana y otros temas revelaban cada vez más el papel de Stalin. Lenin empezó a conformar su Testamento. El 30 de diciembre de 1922 dictó la siguiente nota: "Se nos dice que hace falta un aparato estatal unificado. ¿De dónde procede esa afirmación? ¿Acaso no procede de ese mismo aparato ruso que, como indicaba ya en una de las anteriores secciones de mi diario, hemos tomado del zarismo, habiéndonos limitado a ungirlo ligeramente con el óleo soviético?", se preguntaba Lenin. "Es indudable que se debería demorar la aplicación de esta medida hasta que pudiéramos decir que respondemos de nuestra administración como de algo propio. Pero ahora, poniéndonos la mano en el pecho, debemos confesar lo contrario, el aparato que reclamamos como nuestro en realidad aún no tiene nada en común con nosotros y constituye un batiburrillo burgués y zarista que no ha habido posibilidad alguna de transformar en cinco años sin la ayuda de otros países y en unos momentos en que predominaban las 'ocupaciones' militares y la lucha contra la hambruna". (Lenin, Obras Completas, Contribución al problema de las naciones o sobre la 'autonomización', vol. 45). Lenin sólo fue plenamente consciente de la reacción burocrática dentro del partido hacia finales de 1922, cuando descubrió la verdad sobre el papel de Stalin en las relaciones con los dirigentes bolcheviques georgianos. El rol central de Stalin en toda esa maraña burocrática salió a la luz. Sin el conocimiento de Lenin ni del Politburó (el organismo más alto del partido), Stalin, junto a su secuaces Dzerzhinsky y Ordzhonikidze, habían llevado a cabo un golpe de Estado en el partido georgiano. Los mejores cuadros del bolchevismo georgiano fueron purgados y a los dirigentes se les negó el acceso a Lenin, al que Stalin alimentaba con una sarta de mentiras. Cuando finalmente se dio cuenta de lo que estaba pasando, Lenin se enfureció. Ya enfermo, desde su lecho dictó una serie de notas a su secretaria sobre la "famosa cuestión de la autonomía, que parece ser se llama oficialmente la cuestión de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas". Las notas de Lenin son una acusación demoledora contra la arrogancia chovinista de Stalin y su camarilla. Pero Lenin no trató ese incidente como un fenómeno accidental, un "error lamentable", sino como la expresión del nacionalismo reaccionario y podrido de la burocracia soviética. Lenin alzó la voz: "No cabe duda de que el insignificante número de obreros soviéticos y sovietizados se hundiría en este mar de inmundicia chovinista gran rusa como las moscas en la leche" (Ibid). Después del asunto georgiano, Lenin puso todo el peso de su autoridad en la lucha para eliminar a Stalin de la secretaría general del Partido, que había ocupado por un corto periodo de tiempo después de la muerte de Sverdlov. Sin embargo, el principal temor de Lenin, ahora más que nunca, era que una escisión abierta en la dirección, en las condiciones existentes, llevase a una ruptura del partido en líneas de clase. Como consecuencia, trató de limitar la lucha a la dirección, y sus notas y otros materiales no se hicieron públicos. Lenin escribió en secreto a los bolcheviques georgianos (enviando copias a Trotsky y Kámenev) defendiendo "de todo corazón" su causa contra Stalin. Ya que era incapaz de seguir el asunto personalmente, escribió a Trotsky pidiéndole que se encargase de la defensa de los georgianos en el Comité Central. En los últimos meses de su vida política, debilitado por la enfermedad, Lenin se dirigió repetidamente a Trotsky pidiéndole apoyo en su lucha contra Stalin y la burocracia. En la cuestión del monopolio del comercio exterior, en la cuestión georgiana y finalmente en la lucha para desalojar a Stalin de la dirección, Lenin formó un bloque con Trotsky, el único dirigente en quien podía confiar. La lucha de Lenin contra Stalin estaba directamente vinculada a su lucha decidida contra la burocracia dentro del propio Partido Bolchevique. En Más vale poco, pero bueno, escrito poco antes que su testamento, Lenin comenta: "Digamos entre paréntesis que tenemos burócratas en nuestras oficinas del partido al igual que en las oficinas soviéticas". En el mismo trabajo, lanzó un ataque feroz contra el Rabkrin, claramente dirigido contra Stalin: "Digamos francamente que el Comisariado del Pueblo de la Inspección Obrera y Campesina no goza actualmente de la menor autoridad. Todo el mundo sabe que no hay instituciones peor organizadas que las de nuestra Inspección Obrera y Campesina y que bajo las condiciones actuales no se puede esperar nada de este comisariado". (Lenin, Collected Works, vol. 33, p. 490). Lenin empezó a escribir su Testamento el 25 de diciembre de 1922. En él hace una valoración crítica de las cualidades de la dirección bolchevique y recoge sus recomendaciones finales. "El camarada Stalin, llegado a secretario general, ha concentrado en sus manos un poder inmenso, y no estoy seguro de que siempre sepa utilizarlo con la suficiente prudencia". Después pasa a comentar las cualidades de Trotsky: "Por otra parte, el camarada Trotsky, según demuestra su lucha contra el Comité Central con motivo del problema del Comisariado del Pueblo de Vías de Comunicación, no se distingue únicamente por dotes relevantes. Personalmente, quizás sea el hombre más cualificado del actual CC, pero está demasiado ensoberbecido y se deja llevar demasiado por el aspecto puramente administrativo de los asuntos". Sobre otros: "Recordaré sólo que el episodio de Zinoviev y Kámenev en Octubre no fue, naturalmente, una casualidad, pero de eso se les puede culpar personalmente tan poco como a Trotsky de su pasado no bolchevique". Sin embargo, nuevas y alarmantes manifestaciones de los abusos de poder de Stalin obligaron a Lenin a escribir un apéndice diez días más tarde, fechado el 4 de enero de 1923, dedicado totalmente a Stalin. Esta vez era directo y brutal: "Stalin es demasiado grosero, y este defecto, plenamente tolerable en nuestro medio y en las relaciones entre nosotros, los comunistas, se hace intolerable en el cargo de secretario general. Por eso propongo a los camaradas que piensen la forma de pasar a Stalin a otro puesto y de nombrar para este cargo a otro hombre que se diferencie del camarada Stalin en todos los demás aspectos sólo por una ventaja, a saber: que sea más tolerante, más leal, más correcto y más atento con los camaradas, menos caprichoso, etc.". (Lenin, Obras Completas, Carta al Congreso, vol. 45). Dos meses más tarde, Lenin rompió relaciones políticas y personales con Stalin después que éste insultase verbalmente a su mujer, Krupskaya. Dos días antes de su ataque de apoplejía final, escribió a Stalin, con copia a Kámenev y Zinoviev: "No tengo intención de olvidar tan fácilmente lo que se ha hecho contra mí, y no hace falta decir que considero lo que se ha hecho contra mi mujer como un ataque también contra mí" (citado en Liebman, op. cit., p. 423). El 6 de marzo, Krupskaya le dijo a Kámenev que Lenin había decidió "aplastar políticamente a Stalin" (Ibid., p. 424). Lenin le dijo a Krupskaya que el Testamento tenía que mantenerse en secreto hasta después de su muerte, y entonces darlo a conocer a la base del partido. Sin embargo, Lenin quedó gravemente paralizado por un tercer ataque de apoplejía el 9 de marzo de 1923. En la práctica el poder pasó a manos del triunvirato Zinoviev, Kámenev y Stalin. Nueve meses después, el 21 de enero de 1924, Lenin murió. La situación era ventajosa para Stalin. El triunvirato estaba decidido a mantener a Trotsky alejado de la dirección y por lo tanto mantuvo oculto el Testamento. Ni que decir tiene que las pruebas documentales de la última lucha de Lenin contra Stalin fueron suprimidas durante décadas y denunciadas como falsificaciones por los dirigentes de todos los partidos comunistas del mundo. El Testamento, a pesar de las protestas de su viuda, no se leyó en el Congreso y permaneció oculto hasta 1956, cuando Kruschev y compañía lo sacaron a relucir, junto con algunos otros escritos, como parte de su campaña para culpar a Stalin de todo lo que había pasado en los 30 años precedentes. Con la muerte de Lenin, la lucha contra la creciente reacción burocrática pasó a manos de Trotsky y la Oposición de Izquierdas. La reacción burocrática Con cada derrota internacional de la clase obrera, por la desesperación y desánimo que provocaba en el proletariado ruso, la reacción burocrática en la Unión Soviética asumía formas cada vez más amenazadoras. El terrible atraso y el bajo nivel cultural de las masas se convirtieron en un obstáculo insuperable para el proletariado ruso, debilitado, aplastado y exhausto por años de guerra civil, privaciones y desmoralización. La burocracia alimentó ese estado de ánimo de cansancio y escepticismo crecientes, especialmente entre la vieja generación. La nueva casta, compuesta en gran medida de los restos de la maquinaria estatal zarista empezó a flexionar sus músculos y a sentirse más consciente de su independencia, importancia y poder. La caída de la participación de las masas en la vida política reforzó el proceso. Pronto la burocracia reveló sus propias ideas, sentimientos e intereses. Ansiaba la estabilidad y el abandono de la revolución internacional. "Las masas fueron apartadas poco a poco de la participación efectiva del poder. La reacción en el seno del proletariado hizo nacer grandes esperanzas y gran seguridad en la pequeña burguesía de las ciudades y del campo que, llamada por la NEP a una vida nueva, se hacía cada vez más audaz. La joven burocracia, formada originalmente con el fin de servir al proletariado, se sintió el árbitro entre las clases. Adquirió una autonomía creciente. La situación internacional obraba poderosamente en el mismo sentido. La burocracia soviética adquiría más seguridad a medida que las derrotas de la clase obrera internacional eran más terribles. Entre estos dos hechos la relación no es solamente cronológica, es causal; y lo es en los dos sentidos: la dirección burocrática del movimiento contribuía a las derrotas; las derrotas afianzaban a la burocracia". (Trotsky, La Revolución Traicionada, pp.110-11). La derrota de la revolución alemana de 1923, seguida por las de Bulgaria y Estonia, fue un nuevo golpe a la moral del proletariado ruso. Condenaba al Estado soviético a un periodo de mayor aislamiento político y económico. Dentro del Partido Comunista la iniciativa y la independencia de la base quedaban cada vez más ahogadas por el dirigismo burocrático a todos los niveles. Una jerarquía de cargos nombrados a dedo sustituyó a los representantes electos. Trotsky, que había instado a Lenin a organizar la lucha contra la burocracia, formó la Oposición de Izquierdas para llevar adelante esa tarea. Sus reivindicaciones se centraban en la restauración de la democracia obrera dentro del Partido y la coordinación de la industria y la agricultura en un plan nacional. Estas ideas se enfrentaron inmediatamente con una furiosa oposición por parte de la fracción mayoritaria de Zinoviev-Kámenev- Stalin. La defensa del bolchevismo por parte de Trotsky recibió insultos y ridiculizaciones del aparato dirigente. A principios de 1924, la muerte de Lenin asestó un nuevo golpe a la moral de los obreros rusos. Algunos historiadores han sugerido que si Lenin hubiese vivido por más tiempo el desarrollo de Rusia hubiera sido totalmente diferente. Pero incluso si Lenin hubiese vivido no hubiese significado una diferencia fundamental. El enorme prestigio personal de Lenin por sí solo no hubiera sido suficiente para impedir la contrarrevolución política. Ya en 1926, la viuda de Lenin, Krupskaya, en una reunión de la Oposición de Izquierdas, declaró: "Si Illich [Lenin] estuviera vivo, probablemente ya estaría encarcelado". En ese momento era probablemente una exageración. Si Lenin hubiese vivido unos cuantos años más, el proceso de degeneración podría haberse retrasado modificando el curso de los acontecimientos. Pero mientras la revolución se hubiese mantenido aislada en condiciones de atraso espantoso, el proceso fundamental hubiera sido el mismo. Sin duda Lenin hubiera luchado incansablemente contra la burocracia, pero eso por sí solo no hubiera sido suficiente para derrotar la reacción. Solamente se hubiera podido parar el avance de la burocracia con el triunfo de la revolución en otros países, lo que habría roto el aislamiento y renovado el entusiasmo revolucionario de las masas rusas. Pero Lenin no sobrevivió a su tercer ataque, que lo dejó totalmente incapacitado durante los nueve meses previos a su muerte. ¿Acaso esto significa que la lucha contra el estalinismo estaba condenada al fracaso? Plantear la cuestión en estos términos sería abstracto, esquemático y fatalista. El auge del estalinismo era una lucha entre fuerzas vivas, cuyo resultado no se podía determinar de antemano. Trotsky y la Oposición de Izquierdas ciertamente se dieron cuenta de que había poderosas fuerzas objetivas del lado de la burocracia estalinista. Sin embargo, su actitud no tenía nada de fatalista. Tal y como explicó Trotsky: "El desarrollo de la lucha ha demostrado, sin lugar a dudas, que los bolchevique-leninistas no hubieran sido capaces de conseguir una victoria completa en la URSS —es decir, conquistar el poder y cauterizar la úlcera burocrática— sin el apoyo de la revolución mundial" (Trotsky, Writings, 1935-36, p. 178). Por eso la Oposición luchó por una política marxista correcta en Gran Bretaña, China y todas partes. La grave enfermedad y la subsiguiente muerte de Lenin depositaron el poder efectivo en manos de la troika formada por Stalin, Zinoviev y Kámenev. En realidad, las palancas centrales del poder seguían en manos de Stalin, dada su dominación total del aparato como secretario general del Partido. La troika conspiró para impedir que Trotsky fuese el sucesor de Lenin. Suprimieron deliberadamente el Testamento, que llamaba directamente a la destitución de Stalin. Otro factor fue la apertura del partido a una marea de nuevos miembros sin experiencia, el llamado reemplazo Lenin, a la muerte de éste, que ahogó el núcleo revolucionario del partido en una ciénaga de elementos políticos atrasados que fueron moldeados por los hombres del aparato, elegidos a dedo por la maquinaria de Stalin. El debilitamiento y el aislamiento de la vieja guardia era la precondición necesaria para la victoria del aparato. Baste con decir que el 75-80% de la militancia se había afiliado después de 1923. El número de miembros del partido afiliados antes de la revolución era menos del 1%. Al mismo tiempo se abrió una campaña de calumnias y falsificaciones contra Trotsky, que se vió precipitada por la publicación de sus Lecciones de Octubre, en las que explicaba las razones de la derrota de la revolución alemana de 1923, haciendo hincapié en la especial responsabilidad de la dirección. Al hacerlo, Trotsky trazaba paralelos con lo que había pasado en Octubre de 1917 en Rusia y las vacilaciones del ala de derechas de Zinoviev y Kámenev, que se habían pronunciado contra la insurrección (aunque no se mencionaba sus nombres). Estas importantes lecciones quedaron enterradas por la campaña contra el "trotskismo". Todas las viejas calumnias sobre el pasado no bolchevique de Trotsky (que Lenin había refutado en su Testamento), sobre la "revolución permanente", Brest-Litovsk, etc., fueron desenterradas por la fracción dirigente para desacreditar a Trotsky y apartarlo de la dirección. Se imprimió un torrente de publicaciones contra Trotsky, reforzando la idea de una vieja guardia leninista compuesta por Stalin, Zinoviev y Kámenev: Trotskismo o leninismo (Stalin), Leninismo o trotskismo (Kámenev) y Bolchevismo o trotskismo (Zinoviev). A continuación, Trotsky fue cesado de su cargo como Comisario del Pueblo de Guerra en enero de 1925. La campaña contra el trotskismo se extendió a los partidos comunistas de todo el mundo, a los que se exigió votaciones a favor de la mayoría dirigente del partido ruso. El materialismo dialéctico no tiene nada que ver con el punto de vista mecanicista, que ve la Historia como un simple proceso lineal. Este punto de vista tiene más en común con filosofías religiosas, como el calvinismo y su teoría fatalista de la predestinación. Los accidentes juegan un papel en la Historia, al igual que en la naturaleza porque, tal y como Hegel explicó brillantemente, la necesidad a menudo se expresa a través del accidente. Los esfuerzos de Trotsky por sí solos fueron insuficientes para cambiar el rumbo del partido. Contra él se alineaban la vieja guardia de Zinoviev, Kámenev, Bujarin y Stalin. Esto jugó un cierto papel en la ecuación. El marxismo no niega el papel del individuo; al contrario, las personas pueden jugar un papel muy importante, para bien o para mal. Kámenev y especialmente Zinoviev jugaron un papel muy importante en el giro hacia la reacción después de la muerte de Lenin. Aquí los motivos personales tuvieron su peso. Habiendo trabajado con Lenin muchos años, Zinoviev consideraba que él tenía que heredar su manto. Era ambicioso y estaba celoso de Trotsky. Como consecuencia, organizó una dirección paralela, incluso antes de la muerte de Lenin, compuesta por todos los miembros del Politburó excepto Trotsky. Utilizando métodos totalmente ajenos al bolchevismo, recurrió a maniobras e intrigas para desacreditar a Trotsky y meter una cuña entre éste y el leninismo. Inventando el mito del trotskismo después de la muerte de Lenin, Zinoviev y Kámenev jugaron un papel pernicioso que profundizó la desmoralización y aumentó la desorientación de los trabajadores. Se imaginaban que estaban utilizando a Stalin, cuando en realidad era éste el que lo hacía. De esta manera, sin darse cuenta, Kámenev y Zinoviev pusieron las bases para la victoria de Stalin sobre el Partido Bolchevique y sobre ellos mismos. Se sentían superiores a Stalin, y en un sentido moral e intelectual tenían razón. Pero la fuerza de Stalin residía no en su intelecto, sino en el hecho de que reflejaba las presiones y los intereses de millones de funcionarios sedientos de poder. En esta lucha, Kámenev y Zinoviev estaban en desventaja debido a las mismas cualidades que anteriormente habían representado su fortaleza: su fe en la revolución y su lealtad a la causa de la clase obrera. Cuando Stalin rompió con ellos, no tenía ninguna de estas cualidades. Estaba motivada únicamente por la ambición personal, pero a diferencia de Kámenev y Zinoviev no le pesaban los principios. Se basó ansiosamente en la burocracia, primero la del partido, el apparat, que él controlaba, y más tarde se convirtió en el representante de millones de antiguos funcionarios zaristas que seguían cumpliendo sus funciones bajo el Estado soviético. Este proceso acabó con la masacre de los viejos bolcheviques, que no podían aceptar la destrucción de la revolución y del partido de Lenin. De esta manera, Stalin jugó el papel de verdugo del Partido Bolchevique. Pero es necesario entender que si Stalin no hubiera existido, o si se hubiese negado a actuar a favor de los intereses de la burocracia, simplemente hubiese sido sustituido por otra persona. En las condiciones concretas, eso hubiera significado seguramente la victoria de la fracción de Bujarin, lo que incluso en ese momento podría haber llevado a la victoria de la restauración capitalista. Más adelante, en una reacción de pánico, Stalin se vio obligado a adoptar de manera caricaturesca muchas de las políticas de la Oposición de Izquierdas. Sin eso, la presión de los kulaks en el campo y de los hombres de la NEP en las ciudades indudablemente hubiera llevado al derrocamiento del régimen. La nueva política fue recibida con entusiasmo por la clase obrera, que pese a todo se mantuvo en gran medida pasiva, pero se aplicó de manera brutal por parte de la burocracia, que al mismo tiempo se cubría las espaldas con ataques a la Oposición de Izquierdas. Kámenev y Zinoviev, en el periodo de su alianza con Stalin, no eran conscientes de los procesos que realmente estaban en marcha en el Estado soviético. Actuaron como instigadores inconscientes de procesos que estaban fuera de su control y más allá de su comprensión. No se daban cuenta de adónde les iban a llevar sus ataques a Trotsky y al trotskismo. Tampoco Stalin se daba cuenta en aquel entonces. Pero al intentar introducir una cuña entre el trotskismo y el leninismo, pusieron en marcha toda la maquinaria de falsificación de la Historia y persecución burocrática que marcó el primer paso decisivo del alejamiento de las ideas y tradiciones de Octubre en dirección al monstruoso Estado policial y burocrático. Stalin tampoco tenía un plan consciente de hacia dónde se dirigía. Estaba totalmente ciego ante los procesos que se estaban desarrollando. Trotsky llegó a hacer el siguiente comentario@@@: "NOTA: esta cita está casi al final de un artículo de Trotsky del 4 de enero de 1937 llamado "Odio a Stalin", en el tomo VIII de los escritos, uno que yo no tengo. Buscarlo vosotros mismos". @@Stalin, con su estrecha mentalidad administrativa, reflejó las presiones de la creciente burocracia soviética, aquella capa de funcionarios del Estado, la industria y cada vez más del partido que habían mejorado su situación con la revolución y estaban ansiosos por poner fin a un periodo tormentoso y de tensiones, y seguir con el trabajo de organizar la sociedad, con ellos mismos instalados confortablemente en puestos de dirección. Para este sector, la idea de la revolución socialista mundial era irrelevante e irritante. No tenían ninguna confianza en la clase obrera rusa, ni mucho menos en la alemana o la británica. Stalin, en privado, compartía su punto de vista, aunque nunca se hubiera atrevido a declararlo en público en vida de Lenin. La teoría antimarxista del socialismo en un solo país, que Stalin anunció por primera vez en el otoño de 1924, iba contra todo lo que habían defendido los bolcheviques y la Internacional Comunista. ¿Cómo era posible construir un socialismo nacional en un solo país, y más si era extremadamente atrasado como Rusia? Esa idea nunca se le pasó por la cabeza a ningún bolchevique, ni siquiera a Stalin hasta 1924. En abril de ese año, en un discurso ante los estudiantes de la Universidad Sverdlov publicado más tarde con el título de Fundamentos del leninismo, Stalin declaró: "El derrocamiento del poder de la burguesía y el establecimiento de un gobierno proletario en un solo país todavía no garantiza la victoria completa del socialismo. La principal tarea del socialismo, la organización de la producción socialista, todavía está por delante. ¿Se puede conseguir esta tarea, puede lograrse la victoria del socialismo en un solo país, sin el esfuerzo conjunto del proletariado de varios países avanzados? No, eso es imposible (...) Para la victoria final del socialismo, para la organización de la producción socialista, los esfuerzos de un solo país, especialmente de un país campesino como Rusia, son insuficientes". (Stalin, Lenin and Leninism, p.40). Aquí, sin duda, se expresa la posición general del Partido Bolchevique de manera correcta. Sin embargo, en la segunda edición, publicada unos meses más tarde, se eliminaron estas líneas y en su lugar apareció justo lo contrario: "Pero el derrocamiento del poder de la burguesía y el establecimiento del poder del proletariado en un solo país no significa todavía que la victoria completa del socialismo haya sido asegurada. Después de consolidar su poder y poniéndose a la cabeza del campesinado, el proletariado del país victorioso puede y debe construir una sociedad socialista (...)". (Stalin, Collected Works, vol. 6, p. 110, énfasis del autor). La Oposición Unificada Zinoviev y Kámenev, ya preocupados por el creciente poder de Stalin, su rudeza y su deslealtad, quedaron profundamente sorprendidos por la evolución de los acontecimientos. En el plazo de un año rompieron con Stalin y se unieron a la Oposición de Izquierdas. Este realineamiento en la dirección del partido fue el resultado de las presiones crecientes de los obreros de Leningrado, alarmados por la política de enriquecimiento de los kulaks y los NEPistas. Zinoviev y Kámenev confesaron más adelante que el mito del trotskismo había sido inventado deliberadamente para desacreditar a Trotsky. En un comportamiento típicamente bonapartista, Stalin pasó a apoyarse en el ala de derechas de Bujarin y Tomsky para atacar a la Oposición de Izquierdas, que libró una batalla heroica por mantener las ideas de Octubre ante la creciente reacción burocrática dentro del partido. No sólo lucharon por la restauración de la democracia partidaria, sino también por un plan económico que pudiera poner a trabajar el potencial productivo de la economía soviética. La Oposición había entendido desde el principio que la industria no podía continuar apoyándose en la infraestructura heredada del pasado, sino que tendría que basarse en la "acumulación socialista" para expandirse a través de la planificación nacional. Un plan de ese tipo requería de un aumento del ritmo de la producción mucho más rápido que en el Occidente capitalista. Pero la dirección estalinista eligió moverse con gran cautela, acusando a los dirigentes de la Oposición de superindustrializadores. La respuesta intempestiva de Stalin a las propuestas de la Oposición fue un pesimista borrador de Plan Quinquenal publicado en 1927. ¡Se hacía una proyección de caída de la producción industrial desde el 9% al 4 %! Bajo la dura crítica de la Oposición, finalmente se revisó el plan al alza, hasta una tasa de crecimiento anual del 9 por ciento, que todavía estaba muy por debajo de las previsiones de la Oposición de un crecimiento del 15-18%. Stalin continuó atacando a Trotsky y la Oposición como superindustrializadores. Tan tarde como en abril de 1927, en el Comité Central argumentó que la construcción de la central hidroeléctrica de Dnieperstroy ¡sería lo mismo que pedirle a un campesino que comprase un gramófono en lugar de una vaca! La política del grupo dirigente de apoyo al kulak y de basarse en el mercado estaba llevando a una diferenciación creciente tanto en la ciudad como en el campo. El poder e influencia crecientes de los NEPistas y kulaks estaba alcanzando proporciones alarmantes. La marea creciente de capitalismo era visible en todas partes. Estas presiones de clases ajenas habían abierto anteriormente una lucha en la dirección del Partido Comunista. Los derechistas (Bujarin, Rikov y Tomsky) querían hacer todavía más concesiones a los kulaks. Stalin se balanceaba entre las diferentes fracciones del Politburó, prefiriendo adoptar una posición centrista sobre las diferentes cuestiones, apoyándose ora en la derecha, ora en la izquierda. En su lucha contra la Oposición de Izquierdas se apoyó en la derecha de Bujarin. En 1925, Stalin incluso empezó a prepararse para la desnacionalización de la tierra. Bujarin, que en abril de 1925 animaba al campesinado a "enriquecerse", pensaba que estos kulaks ricos estaban "creciendo hacia el socialismo". Hablaba de "cabalgar hacia el socialismo montado en el rocín campesino". Esta política, que hubiera significado la restauración del capitalismo en Rusia, se enfrentó a la amarga oposición de Trotsky y la Oposición de Izquierdas, que abogó por una política de colectivización voluntaria de la agricultura y la planificación industrial. A pesar de las esperanzas de la dirección, los kulaks no se orientaron hacia el socialismo, sino hacia la contrarrevolución capitalista. En la primavera de 1926, casi el 60% del grano a la venta estaba en manos del 6% de los kulaks. Y a principios de 1928, con el acaparamiento del grano, el espectro del hambre en las ciudades se convirtió en una seria amenaza. Según Alec Nove: "El déficit de obtención de grano se puede ver en el hecho de que en enero de 1928 el Estado había conseguido comprar sólo 300 millones de puds, comparado con 428 millones en la misma fecha del año anterior". (Alec Nove, An Economic History of the USSR, p. 149). Todo el régimen fue sacudido hasta los cimientos por la crisis que se avecinaba. Cada ciudad y cada pueblo se enfrentaban a un bloqueo alimentario. Los kulaks habían conseguido un enorme poder y estaban decididos a utilizarlo para derrocar el régimen. El 7 de noviembre de 1927, el X aniversario de la Revolución, la Oposición Unificada* intervino en las manifestaciones con pancartas proclamando: "¡Aplastad al kulak, el NEPista y el burócrata!", "¡Aplicad el Testamento de Lenin!" y "¡Abajo el oportunismo!". Trotsky y los demás dirigentes de la Oposición fueron muy bien recibidos por los obreros de Leningrado, que expresaron su descontento con la dirección burocrática. Los obreros y jóvenes simpatizaban con la Oposición, pero estaban exhaustos y abatidos. Tal y como Trotsky advirtió al impresionista Zinoviev, que se lo tomó como un signo de que la situación había cambiado, esta simpatía no significaba que las masas estuvieran dispuestas a pasar a la acción. Al contrario, esta manifestación convenció al grupo dirigente de la necesidad de tomar medidas inmediatas contra la Oposición. Una semana más tarde, después de una campaña feroz de ataques, Trotsky, Zinoviev, Kámenev, Rakovsky, Smilga y Yevdokimov fueron expulsados del Comité Central. En diciembre, la Oposición de Izquierdas en su conjunto fue expulsada del Partido Comunista. Como resultado, todos aquellos que no tenían perspectivas políticas ni espíritu combativo capitularon. Los zinovievistas abandonaron la oposición. Desmoralizados y desorientados, Zinoviev y Kámenev se rindieron ante Stalin. En contraste, los trotskistas se negaron a someterse. * La Oposición Unificada fue formada en 1926 por la Oposición de Izquierdas de Trotsky y los seguidores de Zinoviev y Kámenev. Decenas de miles de Oposicionistas de Izquierdas fueron despedidos de sus empleos, enviados al exilio y sus familias perseguidas. La represión contra la Oposición empezó en serio. Después de su ruptura con Stalin, Kámenev, que lo conocía muy bien, había advertido a Trotsky: "Nota, esta cita es de un artículo de Trotsky llamado "Un episodio significativo" de diciembre de 1936, en el tomo VIII de los escritos, uno que yo no tengo. Buscadlo vosotros mismos" En el XV congreso, Stalin proclamó la "liquidación" de la Oposición. Trotsky y su familia fueron exilados a Alma-Ata y posteriormente deportados a Turquía. Fue un punto de inflexión en la consolidación del poder de la burocracia estalinista. ¿Por qué Trotsky no tomó el poder? Bastantes escritores han planteado esta cuestión: "¿Por qué Trotsky no utilizó su posición, especialmente su autoridad en el Ejército Rojo, para tomar el poder en ese momento?". En un reciente libro encontramos la siguiente valoración: "Trotsky ha sido atacado por no ser un político. Como hemos explicado más arriba, hay un elemento de verdad en esta acusación (...) La segunda acusación contra Trotsky es que se hizo una idea equivocada del carácter del nuevo régimen bajo Stalin. Ésta y la acusación de que no era un político están vinculadas, en el sentido en que hubiera sido su deber arrebatarle el poder a Stalin si hubiese entendido el carácter de la contrarrevolución que iba a ocurrir (...) fue incapaz de entender el auténtico carácter de la bestia en los años cruciales, cuando podía haber impedido su auge". (H. Ticktin y M. Cox., The Ideas of Leon Trotsky, pp. 13-6). Todo se reduce a la lucha entre individuos y a sus cualidades particulares. Estos argumentos son simplemente un eco de los argumentos de los historiadores E. H. Carr, Richard B. Day, Moshe Lewin y Issac Deutscher, que también veían la lucha en gran medida en términos de personalidades. Carr dice que Trotsky "no fue capaz en absoluto de entender que la cuestión de la lucha no estaba determinada por la disponibilidad de argumentos, sino por el control y la manipulación de las palancas del poder". Más adelante argumenta: "No tenía estómago para una lucha cuyo carácter le aturdía y se le escapaba. Cuando fue atacado, se retiró de la arena porque instintivamente sintió que la retirada le ofrecía la mejor oportunidad para la supervivencia". (E. H. Carr, Socialism in One Country, vol. 2, p. 43). Moshe Lewin hace de nuevo la misma crítica: "[Trotsky] también tenía la debilidad de un hombre que era demasiado altivo y, en cierto sentido, idealista como para implicarse en las maquinaciones políticas dentro del pequeño grupo de dirigentes. Su pasado no bolchevique y su estilo le impidieron actuar cuando llegó el momento, y para él sólo llegó una vez, con la decisión necesaria". (M. Lewin, Lenin´s Last Struggle, p. 140). En realidad la lucha no era una cuestión de poder personal de Trotsky contra Stalin, sino una lucha de fuerzas vivas. Aquellos que argumentan que Trotsky sólo tenía que utilizar el Ejército Rojo para tomar el poder demuestran una falta de comprensión absoluta del carácter del propio poder. El poder no es el producto de la voluntad de "grandes hombres" individuales, tal y como se imaginaban Nietzsche y otros, anticipando la ideología del fascismo. Es un reflejo de la correlación de fuerzas entre las clases en la sociedad. Utilizar el ejército como una fuerza política inevitablemente lleva al bonapartismo. Esto es abecé para un marxista. El bonapartismo sólo puede existir bajo ciertas condiciones, normalmente cuando las clases contendientes en la sociedad llegan a un punto muerto. Esto crea condiciones en las que el aparato del Estado se eleva por encima de la sociedad y adquiere un cierto grado de independencia. Trotsky, al igual que Lenin, siempre puso sus esperanzas en la clase obrera. Los obreros simpatizaban con las posturas de la Oposición, pero estaban demasiado agotados y desanimados para hacer nada. Se mantuvieron pasivos. El veterano comunista yugoslavo y oposicionista Ante Cilliga, que estuvo en Rusia a mitad de los años 20, comenta el ambiente entre los obreros en aquel momento: "La impresión que me dieron esas reuniones y conversaciones privadas en general era favorable, pero lo que me sorprendió fue la actitud pasiva de muchos de los obreros. Sentía que no tenían ni interés ni entusiasmo, sino, al contrario, una actitud gélida, una reticencia exagerada. Era deprimente. Con su silencio los obreros parecían estar diciendo: sí, está todo muy bien, pero ¿qué es lo que significa para nosotros? Tenía que perseguir a la gente para sacarles una palabra". (A. Cilliga, The Russian Enigma, p. 21). Tal y como Trotsky explicó en uno de sus últimos escritos: "Del lado de la Oposición estaba la juventud y una porción considerable de la base; pero del lado de Stalin y del Comité Central estaban en primer lugar todos los políticos especialmente entrenados y disciplinados que estaban ligados más de cerca a la maquinaria política del secretario general. Concedo que mi enfermedad y consiguiente no participación en la lucha fue un factor de cierta importancia; sin embargo no hay que exagerarla. En última instancia no fue más que un episodio. Lo más importante fue el hecho que los obreros estaban cansados. Los que apoyaban a la Oposición no estaban espoleados por una esperanza de cambios decisivos e importantes. Por otra parte la burocracia luchó con una ferocidad extraordinaria". El apoyo pasivo y la simpatía no eran suficientes para impedir el avance de la burocracia. Por supuesto que una victoria de la revolución, por ejemplo en China, hubiese transformado completamente la situación, reavivando el espíritu de los obreros rusos y deteniendo el avance de la contrarrevolución burocrática. Pero en lugar de victorias hubo nuevas derrotas, como consecuencia directa de las políticas de la dirección de Stalin y Bujarin. Ticktin y Cox afirman: "Tenemos que sospechar que en un primer momento Trotsky no estaba dispuesto a dirigir. Más tarde, por supuesto, se negó a tomar el poder. Era el dirigente del Ejército Rojo y, en 1924, Antonov-Ovseenko, comisario político en jefe del Ejército Rojo, le propuso un golpe". (Ticktin y Cox, op. cit., p. 13). Este es el típico punto de vista superficial de la Historia, que la reduce a una lucha entre personalidades. En general, si haces la pregunta correcta tienes muchas posibilidades de conseguir la respuesta correcta. Si haces la pregunta incorrecta inevitablemente conseguirás la respuesta incorrecta. Los señores Ticktin y Cox ni siquiera saben qué pregunta hacerse para empezar, y por lo tanto acaban liados. La Oposición de Izquierdas no era bonapartista, sino marxista revolucionaria. Por lo tanto no podía buscar soluciones al problema en el ejército. Se basaba en la clase obrera, no por motivos arbitrarios o sentimentales, sino porque solamente la clase obrera puede llevar a cabo la transformación socialista de la sociedad. Basarse en cualquier otra clase o grupo social puede conseguir un cambio en la sociedad, pero nunca en la dirección de un Estado obrero sano. La gente como Ticktin y Cox se creen superiores a Trotsky, que, según se deduce de sus palabras, era demasiado estúpido o demasiado cobarde para tomar el poder, mientras que Stalin, uno debe suponer, era más inteligente y más valiente. Estos académicos "tan sabios" escriben prolíficamente sobre "la cuestión del poder" y al mismo tiempo demuestran no tener ni la más remota idea de qué es el poder. Trotsky explicó que "el poder no es un premio que consigue el más 'hábil'. El poder es una relación entre individuos, en última instancia entre clases" (Trotsky, Writings, 1935-36, p. 177). Ante la ausencia de la participación activa de los obreros, existían de hecho condiciones para el bonapartismo en Rusia. Pero la utilización del ejército en política no es algo de lo que uno se pueda deshacer como el que devuelve una espada a su funda. Apoyarse en el Ejército Rojo para la toma del poder, en las condiciones dadas, no hubiera impedido la contrarrevolución política, sino que la hubiera acelerado enormemente. La única diferencia hubiera sido que en lugar de una burocracia civil, la casta militar hubiera estado en el poder. El hecho de que Trotsky estuviera a la cabeza no hubiese significado nada. O bien se sometería a la casta de oficiales (lo cual naturalmente estaba descartado) o hubiese sido sustituido por alguien que estuviese dispuesto a someterse. En esa etapa, el movimiento hacia la reacción todavía no había adquirido un carácter definitivo. La burocracia todavía estaba comprobando sus fuerzas. Esto se reflejaba en la cautelosa política de Stalin. Un golpe militar hubiera llevado muy rápidamente a la consolidación del bonapartismo proletario. Las caras hubieran cambiado, pero la esencia hubiera sido la misma. Todo el proceso de degeneración se hubiera acelerado enormemente. El papel del individuo. El papel del individuo, con todos sus puntos fuertes y débiles, es importante, pero sólo se puede entender en el contexto de la lucha de fuerzas sociales. El papel del individuo en la Historia no es más decisivo que las condiciones objetivas en las que viven, aunque las habilidades personales, el carácter y el intelecto de los individuos ciertamente influyen en el proceso histórico y, en puntos críticos, pueden ser decisivos. Sin Lenin y Trotsky, la Revolución de Octubre nunca hubiera tenido lugar. Esto es un hecho concreto. No puede caber duda de que las políticas de Zinoviev, Kámenev y Stalin hubieran llevado a la derrota y al triunfo de la reacción en 1917, después de lo cual se nos hubiera presentado una gran cantidad de tesis doctorales "demostrando" sin lugar a dudas que la idea de una revolución socialista en Rusia era completamente utópica. El materialismo histórico no niega en absoluto el papel del individuo en la Historia. Simplemente explica que los individuos no son agentes absolutamente libres, como imaginan los idealistas, sino que tienen que operar en función de las condiciones económicas y sociales dadas que ellos mismos no han elegido, y además operar según leyes creadas independientemente de la voluntad de hombres y mujeres. En la medida en que entendemos esas leyes, estamos en condiciones de llegar a un análisis científico del alcance y el significado de las acciones del actor individual en la escena de la Historia. Los mismos Lenin y Trotsky, que dirigieron a los obreros rusos a la victoria en 1917, habían estado aislados e impotentes durante las décadas precedentes. A pesar de todas sus habilidades personales y conocimiento teórico, no estaban por encima de las condiciones generales de la sociedad. De la misma manera que Lenin y Trotsky imprimieron su sello en la Revolución de Octubre y el régimen que surgió de ésta, la contrarrevolución burocrática ha quedado tan estrechamente vinculada al nombre de Stalin que los dos se han convertido en sinónimos. Pero, por supuesto, la contrarrevolución política en la URSS no dependía de una sola persona. Eso sería una interpretación mecanicista de la Historia. Con o sin Stalin, más pronto o más tarde, de una u otra manera, la reacción era inevitable por el aislamiento de la revolución en un país atrasado. Sin embargo esto no agota la cuestión. En política, al igual que en la guerra, la cuestión de "más pronto o más tarde" y "de una u otra manera" no es en absoluto secundaria, y puede ser decisiva. En el primer periodo, Stalin no tenía idea de a dónde se dirigía. No quería la derrota de los obreros chinos en 1927 o de los obreros alemanes en 1923 o 1933. Sin embargo su política garantizó la derrota en todos los casos. Estas derrotas, a su vez, agudizaron el aislamiento de la revolución en Rusia, que era la base material para la victoria de la contrarrevolución burocrática que Stalin inicialmente no había anticipado ni deseado. Es más, la forma monstruosa que tomó la contrarrevolución estaba relacionada con el carácter personal y la psicología de Stalin. Helvetius hizo la observación hace tiempo: "Cada periodo tiene sus grandes hombres, y si no, se los inventa". El aparato estaba descubriendo que Stalin era carne de su carne. Con su psicología y forma de ser, personificaba los puntos de vista y las aspiraciones de la capa de funcionarios y administradores en auge en las oficinas del Estado, los sindicatos e incluso el Partido Comunista. Esa gente se había visto favorecida por la revolución y gozaba de ciertos privilegios que, aunque modestos en comparación con el estilo de vida posterior de la casta dominante, en las condiciones generales de miseria absoluta eran lo suficientemente importantes como para separarlos de las masas. Esos funcionarios, muchos de ellos reclutados entre los enemigos del bolchevismo (mencheviques, elementos sin partido y no pocos funcionarios zaristas) gravitaron automáticamente hacia aquellos miembros del partido que estaban más cercanos a su manera de ver el mundo. En las filas del bolchevismo había muchos elementos que, aun estando sinceramente dedicados a la causa del socialismo, no estaban suficientemente empapados de las ideas y principios del marxismo. Eran los "hombres de comité", los organizadores, los "prácticos" del partido, con su tradicional desprecio hacia la teoría, su impaciencia por las amplias generalizaciones y su inclinación hacia las soluciones administrativas. Después de la revolución había una urgente necesidad de administradores capacitados para gestionar el Estado. Se empujó a mucha gente a cargos de responsabilidad sin que tuviesen la preparación necesaria. Muchos de los mejores elementos murieron durante la guerra civil y fueron sustituidos por gente menos capacitada. Colocados en cargos de responsabilidad, entraban en contacto con los viejos funcionarios zaristas, que se conocían todas los trucos. A menudo era difícil saber quién dirigía a quién, como Lenin resaltó amargamente. La desmovilización del Ejército Rojo después de la guerra civil agravó el problema. A pesar de que el Ejército Rojo había sido democratizado a fondo, el bajo nivel cultural de la masa de soldados campesinos significaba que muchos de los oficiales y suboficiales se habían acostumbrado al método de ordeno y mando. En las condiciones generales de colapso industrial y de atomización parcial del proletariado, la clase obrera ya no era capaz de ejercer el mismo nivel de control. Gradualmente, el aparato del Estado se le iba escapando de las manos. "Sería ingenuo creer que Stalin, desconocido por las masas, surgió repentinamente de entre bastidores armado de un plan estratégico completamente elaborado. No. Antes de que él hubiera previsto su camino, la burocracia lo había adivinado; Stalin le daba todas las garantías deseables: el prestigio del viejo bolchevique, un carácter firme, un espíritu estrecho, una relación indisoluble con las oficinas, única fuente de su influencia personal. Al principio, Stalin se sorprendió con su propio éxito. Era la aprobación unánime de una nueva capa dirigente que trataba de liberarse de los viejos principios, así como del control de las masas, y que necesitaba un árbitro seguro en sus asuntos interiores. Figura de segundo plano ante las masas y ante la revolución, Stalin se reveló como el jefe indiscutido de la burocracia termidoriana, el primero entre los termidorianos". (Trotsky, La Revolución Traicionada, p. 112). Aquí lo decisivo fue el cambio en la correlación de las fuerzas de clase. La clase obrera estaba agotada y debilitada por años de guerra, revolución y guerra civil. El retraso de la revolución internacional tuvo un efecto deprimente en los obreros rusos. Por otra parte, la capa de burócratas ascendente se sentía dueña de la situación. La teoría del socialismo en un sólo país era simplemente la expresión ideológica de la reacción pequeño-burguesa contra Octubre, que surgía del anhelo general de estos elementos de poner fin al periodo tormentoso y de tensiones de la revolución y sustituirlo por un orden que les permitiese seguir con las tareas de la administración de la sociedad, desde arriba. Cuando un obrero de vez en cuando protestaba contra el comportamiento arrogante de los funcionarios, se le respondía irónicamente: "¿En qué año piensas que vives? ¿En 1919?". Incluso si Lenin hubiese seguido con vida, no hubiese significado una diferencia fundamental. Se necesitaba un cambio favorable en la situación objetiva para cambiar la correlación de fuerzas dentro del partido. Es totalmente falso, superficial y, de hecho, estúpido pensar que una transformación histórica tan profunda se puede explicar en términos de la supuesta inteligencia o no de intrigantes por arriba. Esto no es más que una variante de la teoría de la conspiración de la Historia, que no tiene nada en común con el marxismo, que la interpreta en términos de lucha entre las clases. Como explicó el propio Trotsky: "Una lucha de la Oposición de Izquierdas, una organización marxista revolucionaria, por el poder sólo podía concebirse en las condiciones de un auge revolucionario. En tales momentos la estrategia se basa en la agresión, en el llamamiento directo a las masas, en el ataque frontal contra el gobierno. Algunos miembros de la Oposición de Izquierdas habían tomado no escasa parte en tal lucha y tenían conocimiento directo de cómo efectuarla. Pero durante los primeros años del segundo decenio, y más tarde, no hubo auge revolucionario alguno en Rusia, sino todo lo contrario. En tales circunstancias no había que pensar en emprender una campaña por el poder". (Trotsky, Stalin, pp. 282-3). Rusia: de la revolucion a la contrarevolucion liburuan aurki dezakezu textu honen jarraipena. Ted Grant da idazlea, Federiko Engels Fundazioak dauka liburu hau.
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