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Escrito por Federiko Engels Fundazioa   
lunes, 04 de diciembre de 2006

BOLCHEVISMO. EL CAMINO A LA REVOLUCION.

 

NACIMIENTO DEL MARXISMO RUSO


Rusia en la segunda mitad del siglo XIX constituía uno de los baluartes más sólidos de la reacción autocrática. El régimen zarista se apoyaba en unas relaciones económico sociales que combinaban rasgos feudales, incluso prefeudales, especialmente en lo referido a la propiedad de la tierra, y al mismo tiempo, formas de producción capitalistas que aceleraban la concentración de la población en grandes ciudades. Al igual que otros países de desarrollo capitalista tardío como España o Italia, la monarquía rusa era el producto totalitario de esta realidad social. Este desarrollo desigual y combinado de la economía y la sociedad, determinó la configuración asimismo de las clases sociales y su papel en la lucha contra el régimen autocrático.
La decadencia del régimen feudal en Rusia se prolongó durante siglos, al tiempo que la burguesía rusa nunca jugó un papel independiente en el plano político que amenazara decisivamente el poder de la nobleza terrateniente y la burocracia del régimen. De hecho, la burguesía rusa siempre prefirió vincularse a la monarquía que enfrentarse a ella. Aunque desde el punto de vista de los derechos políticos y parlamentarios la burguesía estuviese huérfana del poder, el régimen monárquico le aseguraba sus negocios y el mantenimiento de un ordenamiento jurídico que permitía la brutal explotación de la joven clase obrera rusa. Además esta misma burguesía no tenía demasiados problemas en invertir una parte de sus fabulosas plusvalías en la compra de tierra y fusionarse con la clase terrateniente, con la que a su vez, compartía sillones en los consejos de administración de las grandes empresas.
En la base de la sociedad, más de 150 millones de campesinos malvivían en condiciones permanentes de hambruna y miseria. El decreto de emancipación de los siervos, aprobado en fecha tan tardía como 1861, no supuso ninguna mejora fundamental para las masas del campesinado. Aunque dictado por el miedo a las sublevaciones campesinas tras la crisis desatada por la guerra de Crimea en 1853-1856, el decreto establecía unas formas de acceso a la propiedad de la tierra que beneficiaron exclusivamente a los grandes propietarios. En definitiva supuso un gigantesco trasvase de la propiedad en beneficio de los terratenientes, que en el último tercio del siglo acumulaban el 70% de la tierra.
El mantenimiento de esta masa de millones de hombres, mujeres y niños en condiciones infrahumanas era una fuente de constantes conflictos. Las sublevaciones campesinas salpicaron la historia del país desde siglos atrás, cuando los ejércitos campesinos de Pugachov combatieron a sangre y fuego contra los hacendados y las tropas del régimen. Estas rebeliones eran sofocadas brutalmente, dejando tras de sí la estela de una represión sangrienta. En el siglo XIX las sublevaciones y motines fueron constantes pero no conmovieron las bases del régimen. El campesinado, por su propio estatus social, aislado en el campo y carente de apoyos urbanos decisivos, no podía romper por sí solo con los terratenientes y la burocracia político-militar que lo oprimían. Necesitaba del concurso de otras fuerzas, especialmente de aquella que pudiese actuar contra el corazón económico del sistema y que además pudiese liderar efectivamente la acción por la reforma agraria y la expropiación de los terratenientes. Esa fuerza era la del proletariado, que a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX se fue desarrollando vigorosamente al calor del crecimiento de la producción industrial, de las inversiones multimillonarias del capital extranjero, especialmente francés y británico, y del desarrollo de las comunicaciones.
No obstante la entrada en la escena del proletariado, como fuerza política independiente no se produjo automáticamente. La formación social rusa era todavía presa de esta herencia feudal. La situación de rechazo a la miseria de las masas campesinas se reflejó en primer lugar en la cúspide de la sociedad, especialmente en los círculos de la intelligentsia y la juventud liberal que se radicalizó con los sufrimientos impuestos al “pueblo”, es decir, a las masas campesinas. De estos sectores nació el primer movimiento que se planteó seriamente la necesidad de emancipar a los campesinos de su condición de esclavos y luchar, por tanto, contra el régimen que les oprimía.


‘Id al pueblo’

Estos elementos configuraron el primer batallón que se enfrentó al zarismo: eran los populistas o anarquistas rusos (narodnikis). Gente como el príncipe Kropotkin, jóvenes educados en el ejército y en la élite académica que se conmovían por la pobreza, la humillación y la brutalidad que observaban a su alrededor. Sin embargo la otra cara de la buena voluntad de esta generación es que carecían de una estrategia consecuente para derrocar a la autocracia. Sin comprender el carácter del desarrollo social en Rusia, negaban que el capitalismo se pudiera establecer como forma económica dominante y buscaban en el campesinado el sujeto revolucionario capaz de transformar la situación. En definitiva se trataba de establecer una senda histórica especial para Rusia: el socialismo agrario, y éste podría surgir directamente de la comunidad agraria local, del Mir (unidad campesina administrativa) reformado y dotado de un contenido democrático. Sobre esta base se podría establecer la “federación de comunidades agrarias”. En el programa del populismo de aquella época la lucha por las consignas democráticas carecían de sentido.
Este programa utópico tenia su prolongación en la estrategia para movilizar al campesinado. Se trataba de dar la espalda a las comodidades de la vida burguesa y aristocrática, y volverse hacia el pueblo, hacer agitación entre el campesinado en los pueblos. Una legión de jóvenes honestos y abnegados lo abandonó todo e intentó llevar la doctrina populista a los rincones de la Rusia profunda. Sin embargo el recibimiento no fue el esperado. Las masas atrasadas del campesinado rehuían a estos jóvenes vestidos con harapos que les hablaban en un lenguaje indescifrable; en una mayoría de casos les denunciaban al terrateniente o a la policía, provocando el desaliento y la frustración de los jóvenes activistas. Con todo, el régimen zarista se tomó muy en serio este primer desafío y activó una brutal campaña de represión con centenares de arrestos por todo el país.
Estos mismos elementos que habían colocado al campesinado como el sujeto activo de la revolución (al igual que hoy hacen algunas tendencias de la izquierda en Latinoamérica), se quedaron completamente aislados entre los propios campesinos. En el fondo el problema nace de las propias condiciones objetivas: la clase social menos predispuesta a desarrollar una conciencia socialista es el campesinado, precisamente por sus aspiraciones a la propiedad. El campesinado, además, es la clase menos homogénea de la sociedad, estructurándose en capas, desde el mediano propietario, más ligado por sus intereses materiales a la gran propiedad y que aspira a convertirse en hacendado; pasando por el pequeño propietario que utiliza mano de obra asalariada junto con su propio trabajo, y que por su propia condición suele ser la base política de la reacción; hasta los jornaleros o trabajadores agrícolas, mucho más vinculados al proletariado en sus aspiraciones y entre los cuales el desarrollo de las ideas colectivistas prenden con naturalidad.
La paradoja de aquellos primeros inicios fue que el único terreno donde los llamamientos narodnikis tuvieron un eco fue entre los obreros de las fabricas o, como los populistas les denominaban, “los campesinos de ciudad”.
La experiencia frustrada en el campo se vio compensada parcialmente por los progresos en las ciudades. Los populistas establecieron círculos de propaganda entre los obreros, que se extendieron a numerosas ciudades del Imperio. Paralelamente a la agitación revolucionaria, el proletariado ruso se iba desarrollando numéricamente y también despertaba su conciencia de clase. Como ocurrió en Gran Bretaña durante el periodo de la acumulación primitiva, la expulsión de millones de campesinos de las haciendas rusas hacia las ciudades estaba despejando el camino al capitalismo y fortaleciendo al proletariado: entre 1865 y 1890 el número de obreros fabriles aumentó en un 65%, aunque si se incluye a los mineros el incremento alcanza el 106%. Las condiciones de trabajo de esta masa proletaria eran espantosas, así como los niveles de insalubridad de los agujeros en los que se hacinaban con sus familias. Este fue el terreno en el que maduró la conciencia revolucionaria de la clase obrera rusa.

Tierra y Libertad

El movimiento narodnik, tras la experiencia de la década de los sesenta, se reagrupó en una nueva organización: Zemlya i Volya (Tierra y Libertad). Entre los fundadores de la organización se encontraba un joven llamado George Plejánov, que posteriormente encabezaría el primer grupo genuinamente marxista de Rusia.
La nueva agrupación narodnik mantuvo en esencia las bases teóricas del periodo anterior: la lucha por el “socialismo campesino” y su establecimiento a partir del Mir liberado del desarrollo capitalista. Se trataba de un socialismo confinado en los límites geográficos del territorio ruso, un antecedente de la teoría del socialismo en un solo país de Stalin-Bujarin. La novedad en lo referido a la estrategia para combatir a la autocracia, radicaba en la adopción de los métodos del terrorismo individual, justificada “para protegerse de la conducta arbitraria de los oficiales”.
La década de los setenta estuvo marcada por la actividad terrorista de los narodnikis, pero las ejecuciones de conocidos represores por los jóvenes activistas no acabó con el régimen. El sacrificio de esta generación tuvo el efecto contrario al que perseguía: fortaleció el carácter represivo del régimen, que sustituía con facilidad a los verdugos que caían, y diezmó las filas del movimiento revolucionario, con centenares de activistas pudriéndose en las prisiones y otros ejecutados en los cadalsos zaristas.
Los narodnikis fracasaron estrepitosamente en sus intentos de “despertar la conciencia del pueblo” a través de los métodos terroristas. Además esta “propaganda del hecho” encubría su carencia absoluta en el plano político donde eran absolutamente dependientes de los liberales, que les utilizaban cínicamente para conseguir prebendas políticas del régimen.
Finalmente las contradicciones que se generaron en su seno, a consecuencia de la incapacidad de ganar un eco amplio entre las masas y la frustración derivada de la represión, dieron lugar a una ruptura en el congreso de Voronezh en junio de 1879. Por un lado surgió Narodnaya Volia (Voluntad del Pueblo) que defendió la continuidad del programa y de los métodos terroristas. Por otro Cheny Peredel (Redistribución Negra), que criticaba los métodos del terrorismo individual pero oscilaba peligrosamente hacia el reformismo caritativo como “solución práctica” para los problemas del pueblo. Plejánov había iniciado su ruptura con los planteamientos del terrorismo y se situó en el segundo agrupamiento desde donde intentó desarrollar una tarea política de propaganda entre antiguos narodnikis a favor de las ideas del socialismo. La ruptura definitiva se produciría años más tarde ya en el exilio, cuando Plejánov se convence de la inconsistencia de las ideas anarquistas para dar respuesta a los problemas planteados por la revolución rusa y defiende el papel decisivo del proletariado en la lucha contra la autocracia. Sus conclusiones son el resultado de su experiencia y el estudio profundo y sistemático de la obra de Marx y Engels, apenas accesible para los activistas del interior de Rusia.

El Grupo Emancipación del Trabajo

A pesar de la experiencia anterior, la marea entre la juventud activa en la lucha contra el zarismo discurría a favor de la actividad terrorista. El contexto era extremadamente difícil para Plejánov y sus seguidores orientados a la agitación entre los obreros
En comparación con sus antecesores, Narodnaya Volia representaba un avance pues la nueva organización aceptaba la lucha política contra la autocracia y recogía en su programa la demanda de un organismo representativo permanente (Parlamento), el sufragio universal, y la transferencia de la tierra al pueblo y las fábricas a los trabajadores. Sin embargo los aparentes éxitos de la tendencia terrorista eran el prólogo de su fracaso. El asesinato del zar Alejandro II el 1 de agosto de 1881, un triunfo histórico para la mentalidad narodnik, provocó una represión salvaje contra el movimiento que lo precipitó hacia su decadencia a lo largo de la década. Con todo, la presión de las ilusiones en que a través de la lucha terrorista se acabaría con el régimen seguían pesando mucho sobre los revolucionarios. El grupo de Plejánov que se acercaba decididamente al marxismo revolucionario también era consciente de este hecho y se orientó a Narodnaya Volia para ganar a los mejores luchadores a su causa. Esta táctica combinada con la crítica política a los métodos y el programa narodnik causó especial alarma en los círculos dirigentes de los populistas.
En septiembre de 1883 Plejánov estableció en el exilio, con un puñado de camaradas (Axelrod, Vera Zasúlich, Lev Deutsch), el primer núcleo del marxismo ruso, el Grupo Emancipación del Trabajo, y elaboró el primer texto de la crítica marxista rusa al populismo narodnik, El socialismo y la lucha política. En el prefacio de esta gran obra, fechada en Ginebra el 25 de octubre de 1883, Plejánov realiza una auténtica declaración de principios: “ (...) El afán de trabajar en el pueblo, la convicción de que “la emancipación de los trabajadores debe ser obra de los trabajadores mismos”, son tendencias prácticas de nuestro populismo por las que siento el mismo entusiasmo que antes. Pero su posición teórica, efectivamente, me parece errónea en muchos aspectos. Los años transcurridos en el extranjero y el estudio cuidadoso del problema social me convencieron de que el triunfo del movimiento popular espontáneo, al estilo de la sublevación de Stenka Razin o las guerras campesinas de Alemania, no pueden dar satisfacción a las necesidades político sociales de la Rusia contemporánea; que las antiguas formas de nuestra vida popular contienen en gran parte los gérmenes de su disgregación; que estas no pueden “desarrollarse hacia la forma superior de comunismo” si no actúa directamente sobre ellas un partido socialista obrero, poderoso y bien organizado. Por eso pienso que junto con la lucha contra el absolutismo, los revolucionarios rusos deben esforzarse, por lo menos, por constituir los elementos necesarios para organizar ese partido en el futuro. En esta actividad creadora deberán pasar de modo ineludible al campo del socialismo contemporáneo, puesto que los ideales de Zemlia i Volia no están de acuerdo con los ideales de los obreros industriales (...)”.
En todo este trabajo preparatorio que se extendió a lo largo de dos décadas, el papel de Plejánov fue el de un gigante. En unas condiciones tremendas de aislamiento, de penurias económicas y dificultades de todo tipo, él y sus camaradas mantuvieron firme la bandera del marxismo y establecieron las bases para el surgimiento de un poderoso movimiento socialista revolucionario entre los trabajadores rusos. Plejánov dotó al movimiento marxista de un cuerpo teórico acabado: desde la caracterización del régimen zarista hasta la elaboración de toda una serie de reivindicaciones democráticas de transición para movilizar a la clase obrera y otros sectores oprimidos bajo el yugo zarista. Sin embargo el eco de las ideas de Plejánov tardarían en llegar al interior de Rusia. Las calumnias de los dirigentes narodnikis y su aislamiento respecto a los activistas, constituyó un muro infranqueable durante años. Fue la profundidad de su crítica unida a la bancarrota de los métodos terroristas y a un auge poderoso de las luchas de los obreros rusos, lo que abonó el terreno para que sus ideas ganasen la inteligencia de muchos de los mejores jóvenes del movimiento revolucionario, el puente necesario para establecer la organización marxista en el interior de Rusia.

De los círculos de propaganda a la agitación

En la última década del siglo XIX el desarrollo del capitalismo en Rusia se aceleró considerablemente. Entre 1892 y 1901 se construyeron 26.000 kilómetros de vía férrea; surgieron nuevas áreas industriales en el Báltico, el Donbass y Baku; se aceleró la fusión entre el capital bancario y el industrial, se incrementó cualitativamente la penetración del capital extranjero. En treinta y tres años se dobló el número de fábricas: de 706.000 a 1.432.000. La tradicional comunidad rural, el Mir, se derrumbaba en líneas de clase, se fortalecía una minoría privilegiada de campesinos acomodados (los kulak) y aumentaba la gran masa de campesinos pobres (los mujiks). Este proceso significaba a su vez que las bases materiales en las que se sustentaban las ideas narodnikis se derrumbaban.
Paralelamente, crecía el peso del proletariado y se desarrollaba su acción como clase: el número de huelgas y el de participantes en dichas huelgas aumentaba constantemente. En esta gigantesca escuela de lucha, el proletariado ruso empezó a actuar de forma consciente.
De forma inconexa, en ciudades industriales como Petersburgo, Moscú, Vilnius, en la parte ocupada de Polonia y en las ciudades bálticas, comenzaron a surgir grupos de propaganda marxista animados por jóvenes, muchos de ellos provenientes del movimiento narodnik. Adoptaban la forma de escuelas para adultos y se instalaban en los distritos obreros. Un gran número de estos círculos adquirían el nombre de “Ligas de lucha por la emancipación de la clase obrera” reivindicando así el trabajo de Plejánov y sus camaradas.
En estos años y muy especialmente entre 1891-1892 se desató una hambruna de efectos terribles en el campo ruso. Fue el momento en el que Plejánov planteó la transformación de la lucha contra la hambruna en una lucha contra la autocracia zarista trazando un giro de la propaganda a la agitación: “las causas del hambre no son naturales sino políticas”, “Abajo la autocracia, asamblea representativa y sufragio universal.”
Para Plejánov se trataba de girar hacia las masas aprovechando la conmoción provocada por el hambre y la oleada huelguista que se desarrolló en las ciudades. Había que participar en las luchas cotidianas de la clase obrera como una forma de fusionarse con ella, ganar audiencia para las ideas del marxismo y elevar el nivel de conciencia y organización de los trabajadores.
Este planteamiento provocó consternación en las filas de los círculos marxistas. Las condiciones de clandestinidad y la represión sistemática del régimen contra las actividades de la oposición, causó entre muchos cuadros temor a que este giro facilitase la labor policial y destruyese lo conseguido hasta el momento. En el lado contrario también se levantaban muchas voces a favor de la agitación y la intervención en el movimiento de masas. Ese fue el caso de Mártov, autor de un polémico folleto a favor de la agitación que causó una profunda impresión en los círculos. Sin embargo el giro fue ganando el apoyo de la mayoría de los grupos marxistas, entre ellos el de la Liga para la Lucha por la Emancipación de la Clase Obrera de San Petersburgo —dirigida, entre otros, por un joven marxista pero ya veterano del movimiento (su apodo era el Viejo) de nombre Ilich Ulyánov, Lenin—.
En realidad la agitación era inevitable en el trabajo de los marxistas para echar raíces en el movimiento, lo que en ningún caso significaba abandonar la propaganda de las ideas de fondo y vincular las reivindicaciones parciales y económicas a la lucha contra el régimen. Gracias a esta táctica audaz la influencia del marxismo creció considerablemente entre la clase obrera rusa.

 

HACIA LA FORMACIÓN POSDR

 

Los cimientos del marxismo ruso fueron establecidos tras una intensa lucha ideológica contra el populismo y la doctrina anarquista. La persistencia, los sacrificios y la solidez política de Plejánov y sus camaradas del Grupo Emancipación del Trabajo tuvo su recompensa: el marxismo ganó con rapidez adeptos entre la juventud revolucionaria, desengañada con los métodos narodnikis, y entre los trabajadores conscientes que empezaban a desarrollar la lucha huelguística en defensa de mejores condiciones de trabajo y de vida.
La popularidad que alcanzó el marxismo llegó a contagiar a otras capas de la sociedad, especialmente a los intelectuales, que veían en el materialismo histórico un método de interpretación social avanzado, en cuanto ariete para la lucha contra el absolutismo, pero distaban mucho de asimilar el marxismo como un programa revolucionario para la supresión de la sociedad de clases.

El ‘marxismo legal’

En realidad, estos intelectuales provenientes de las filas de la burguesía trataban de hacer valer sus intereses de clase y justificar, apoyándose en la concepción marxista, la inevitabilidad del desarrollo del capitalismo en Rusia. El marxismo les valía como teoría sociohistórica, reinterpretado con una visión académica y expurgado de su filo revolucionario. De hecho rechazaron la dialéctica, sustituyéndola por el idealismo neokantiano. Los exponentes más destacados de estos “marxistas legales” fueron gente como M. I. Tugan-Barnovski, P. B. Struve, S. N. Bulgakov y N. A. Bedyayev, algunos de los cuales como Struve o Tugan-Baranovski acabaron en las filas de la burguesía contrarrevolucionaria combatiendo ardientemente las ideas del marxismo.
Existía sin embargo un hilo conductor entre este marxismo legal, el llamado economicismo y las posteriores posiciones políticas adoptadas por el menchevismo, que partían de la misma visión esquemática y antidialéctica de la revolución rusa: las condiciones para el socialismo estaban ausentes, por lo tanto la lucha contra el absolutismo es la lucha por la democracia burguesa y en este combate el partido obrero debe subordinarse a la burguesía progresista abandonando cualquier pretensión de desplegar una política de clase independiente.

El ‘economicismo’

Con el objetivo de estrechar lazos con los lideres del marxismo ruso en el exilio, Lenin partió para Suiza mandatado por la Liga de Petersburgo para establecer contacto con Plejánov y su grupo. Después de arduas discusiones se llegaron a acuerdos prácticos con el fin de trabajar por la unificación de los círculos en un partido y publicar un órgano central de la socialdemocracia rusa. Sin embargo a la vuelta a Rusia el grupo dirigente de la Liga de Petersburgo, incluido Lenin, fue detenido cuando se disponían a publicar Rabochie Dielo (La Causa Obrera). Estas detenciones de los cuadros más experimentados, algo que sería una constante bajo la dictadura zarista, provocó que nuevas capas del movimiento, los jóvenes educados en la escuela de la agitación y que no siempre habían asimilado con profundidad el programa marxista, se vieran catapultados a las tareas de dirección. En estas condiciones no fue extraño que estos sectores, impacientes por hacer crecer la influencia política de la socialdemocracia, buscaran atajos políticos y organizativos en la construcción del partido.
En esencia lo que estos sectores defendían era adaptarse a los prejuicios más atrasados de la clase obrera con el argumento peregrino de que la agitación política era demasiado difícil para la comprensión de las masas, por lo que había que poner énfasis exclusivo en la lucha por las demandas económicas. Lenin y otros camaradas como Mártov se opusieron decididamente a este giro que suponía diluir el programa político, en aras de hacerlo supuestamente “más atractivo”, e insitieron en que la tarea principal era construir una sólida organización revolucionaria basada en la claridad del programa y que sin renunciar a la agitación por demandas económicas, algo obvio, ligase éstas a la lucha política contra el absolutismo elevando el nivel de conciencia de la clase.
En realidad este intento de revisar la estrategia de la socialdemocracia no era un fenómeno aislado en Rusia. En otras condiciones materiales diferentes, Bernstein teórico de la socialdemocracia alemana formuló su política reformista de forma muy similar a lo que planteaban estos economicistas. De hecho el socialismo bernstiano partía de la posibilidad de profundizar en las reformas económicas a través de la lucha pacífica, del crecimiento de los sindicatos, el crédito, incluso los trust o monopolios que, según el jefe alemán del reformismo, tendían a introducir una reglamentación de la vida económica que acabaría con las crisis. Sobre esta base y con el crecimiento del poder socialdemócrata en el parlamento, ayuntamientos y en la vida social y económica gracias a las cooperativas de producción y consumo, el Estado burgués dejaría de ser gradualmente ese instrumento de coerción de la clase capitalista para transformarse tranquilamente en el garante de las conquistas democráticas y la palanca para ir extendiendo el socialismo a la sociedad.
Plejánov libró una lucha sin cuartel contra Bernstein, a diferencia de la pasividad que mostraron otros dirigentes “marxistas” como Kautsky, especialmente complacientes con las posiciones del reformismo.
Sin embargo los intentos de rebajar el nivel de la agitación entre los obreros, para así hacerse más populares y ganar más apoyos, no tuvieron el éxito esperado. Limitar la actividad a las demandas económicas significaba en la práctica renunciar al partido político de la clase obrera. Esta forma de ver las cosas se alimentaba también por las duras condiciones de la represión: si se quería conservar cierta parcela de actuación pública sin verse obligados a los rigores de las detenciones y las deportaciones a Siberia, por qué no renunciar a la agitación política y concentrase en las demandas económicas utilizando incluso los marcos legales que ya existían. La lucha contra el economicismo se extendió a todos los círculos y poco a poco las posiciones de Plejánov, Lenin y Mártov, fueron ganando la mayoría.

I Congreso del POSDR y el nacimiento de ‘Iskra’

El 14 de marzo de 1898 se celebró el primer congreso del POSDR (Partido Obrero Socialdemócrata Ruso): asistieron nueve personas, lideres de los grupos socialdemócratas de Kiev, Moscú, Petersburgo, Yekaterinoslav, del periódico Gaceta Obrera y de la organización socialdemócrata judía Bund. Antes de que acabara el mes la mayoría de los dirigentes habían sido detenidos sumándose a cientos de militantes y cuadros que permanecían en la deportación o la cárcel, como era el caso de Lenin.
Este Congreso tuvo efectos muy efímeros; si bien reconoció la necesidad de unificar a los círculos socialdemócratas en un solo partido y dotarles de un centro dirigente, posibilidad que obviamente no se materializó.
Después del Congreso los debates sobre qué hacer se hicieron más intensos. Lenin en Siberia había llegado a varias conclusiones: era imposible celebrar un congreso en las condiciones de represión dentro de Rusia, y para preparar la unificación de las fuerzas marxistas en un solo partido se necesitaba un periódico revolucionario que actuase como organizador combatiendo la dispersión y el localismo.
Después de muchas vicisitudes, Lenin logró escapar de Siberia y llegar a Suiza para proponer a Plejánov la nueva táctica. No obstante, a pesar de la coincidencia en los objetivos y de la lucha común contra las tendencias economicistas y reformistas, Lenin también tuvo que bregar contra los métodos informales y los enfrentamientos personales que la vida de pequeño círculo de exiliados había generado en el Grupo Emancipación del Trabajo. Finalmente se constituyo el Comité de Redacción de Iskra (La Chispa), el periódico en torno al cual se organizarían las fuerzas del marxismo ruso. El Comité estaría formado por Plejánov, Lenin, Axelrod, Vera Zasúlich, Martov y Protesov.
Lenin, con la inestimable ayuda de su compañera Krúpskaya, desarrolló una labor intensa para organizar y reunir en torno a Iskra el mayor número de militantes sobre la base de un programa político claro y consecuente. En su obra ¿Qué hacer? señala las tareas para Iskra: “La misión de un periódico no se limita, sin embargo, a difundir las ideas, a educar políticamente y a conquistar aliados políticos. El periódico no es sólo un propagandista colectivo y un agitador colectivo, sino también un organizador colectivo (...) Con la ayuda del periódico y en ligazón con él, se irá formando por si misma una organización permanente, que se ocupe no sólo de la labor local, sino también de la labor general y regular, que habitúe a sus miembros a seguir regularmente los acontecimientos políticos, a apreciar su significado y a su influencia sobre los diferentes sectores de la población (...) La sola tarea técnica de asegurar un suministro normal de informaciones al periódico y una difusión normal del mismo, obliga ya a crear una red de representantes locales del Partido (...)”.
También en este período, para subrayar la necesidad del partido como el instrumento imprescindible en la lucha política, Lenin llegó a exagerar algunos planteamientos. Esto fue lo que sucedió con el famoso pasaje de ¿Qué hacer? donde afirma que la clase obrera dejada a sí misma sólo puede desarrollar en el mejor de los casos una conciencia sindical, mientras que la conciencia socialista sólo puede ser introducida desde fuera a través del partido. Esta idea, como muchas otras afirmaciones polémicas de Lenin en otros momentos, intentaba hacer énfasis en la necesidad del partido, pero era incorrecta tal y como reconoció en el II congreso del POSDR y en muchos escritos posteriores. La propia experiencia de la clase obrera en la lucha, le puede llevar a adoptar un punto de vista socialista, incluso a protagonizar revoluciones como fue el caso de España en los años treinta, de Francia en 1968, Portugal en 1974 o actualmente en Venezuela. Sin un partido revolucionario de masas, la clase trabajadora puso en jaque al capitalismo, pero no pudo acabar con él. El partido, es decir, el factor subjetivo de la revolución, es imprescindible para asegurar el éxito, consolidar el poder obrero y constituye el instrumento más importante para desarrollar la conciencia socialista del proletariado, pero incluso sin él las masas pueden orientarse claramente hacia la revolución socialista.
El trabajo de Iskra fue fundamental para cohesionar las fuerzas del marxismo ruso, coordinar la acción de los círculos y mostrar con toda su amplitud las gigantescas tareas del futuro. Tras años de trabajo, las condiciones habían madurado para la constitución del partido. En realidad su acta de fundación tendría lugar en julio de 1903 en Bruselas durante el II Congreso del POSDR.

 

BOLCHEVIQUES Y MENCHEVIQUES

 

El 17 de julio de 1903 se celebró en Bruselas primero, luego en Londres por motivos de seguridad, el II Congreso del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso (POSDR). Con 43 delegados que representaban a miles de militantes, a diferencia del primer congreso, el partido ya tenía una influencia entre centenares de miles de trabajadores.Este congreso fue el primero en el que realmente se tuvo la oportunidad de discutir a fondo las cuestiones políticas y organizativas más importantes. Una de primer orden fue la cuestión nacional, que enfrentó a la mayoría (los iskristas, que tomaban el nombre del periódico marxista Iskra, representados por Lenin, Mártov y Plejánov) con el Bund, la organización socialdemócrata judía. Durante décadas la Rusia zarista había oprimido brutalmente a las minorías nacionales y Lenin anticipó que inevitablemente eso llevaría a tendencias centrífugas dentro de Rusia. Por eso su defensa del derecho a la autodeterminación tenía el objetivo de atraer el potencial revolucionario de los trabajadores de las nacionalidades oprimidas al programa de la revolución socialista. Esto significaba que estos pueblos pudieran disponer de sí mismos, decidiendo libremente el tipo de vinculación con el resto del Estado, incluso en el caso que decidieran independizarse.
Junto a la cuestión nacional, el congreso debatió el modelo de partido. Aunque pareciera contradictorio, Lenin defendía que para acabar con la opresión centralista del estado zarista, el partido que debía derribarlo tenía que basarse en la unidad de los trabajadores por encima de diferencias nacionales, de raza o religión, a la vez que insistía en la necesidad de una organización centralizada y disciplinada.
Una organización revolucionaria no es el prototipo del estado futuro sino el instrumento para conseguirlo y todo instrumento debe ser adecuado para fabricar el producto, pero no tiene porqué asimilarse a él. Los futuros bolcheviques se oponían a organizar el partido en federaciones nacionales, dividiendo a los trabajadores en líneas nacionales dentro de su propia organización. Años más tarde se comprobó lo acertado de esta posición, ganando a la mayoría del proletariado de las nacionalidades oprimidas para la revolución socialista.

Por primera vez, bolcheviques y mencheviques

El desarrollo de un partido obrero no se da en el vacío, sino en medio de enormes presiones de clases ajenas y las luchas entre las diferentes fracciones en el POSDR eran su reflejo: los economicistas reflejaban la tendencia de los intelectuales a no creer en la capacidad de la clase obrera, limitándose a consignas reformistas; los bundistas al nacionalismo pequeño burgués, elevando los intereses nacionales por encima de los del conjunto de la clase obrera. Sólo entre los iskristas parecía que todo era unidad, hasta que una discusión ensombreció el desarrollo de la reunión.
Un tema organizativo enfrentó a Lenin y Mártov: la cláusula que trataba sobre “¿Quién debe ser considerado un miembro del partido?” El borrador de Lenin declaraba: “un miembro del POSDR es aquel que acepte su programa, apoya al partido económicamente y participa personalmente en una de las células del partido”. Mártov se opuso y propuso como alternativa: “un miembro del POSDR es aquel que acepte su programa, apoya al partido económicamente y dé regularmente al partido su cooperación personal bajo la dirección de una de las células del partido”. A primera vista sólo había una pequeña diferencia, pero detrás de la propuesta de Mártov había una actitud conciliadora, que suponía empañar las diferencias entre militantes y simpatizantes. En palabras de Axelrod: “debemos tener cuidado de no dejar fuera de las filas del partido a gente que conscientemente, aunque quizás no muy activamente, se asocia con el partido”.
La presión de las capas medias e intelectuales que rodean al partido exigen a éste que adapte su programa y sus estructuras organizativas a sus intereses. Los miembros más antiguos del POSDR como Axelrod, Zasúlich y Mártov mantuvieron una gran vinculación en sus años de exilio con abogados, doctores, profesores universitarios, que aunque radicalizados llevaban consigo enormes prejuicios: “apoyo sus objetivos, pero revelarme abiertamente como socialista sería inconveniente y arriesgado. Piense en mi trabajo, mi posición, mis posibilidades de carrera”.
En un primer momento Plejánov apoyó el borrador de Lenin: “...si algún profesor de Egiptología considera que, como sabe de memoria los nombres de todos los faraones [...] entrar en nuestra organización se encuentra por debajo de su dignidad, no tenemos necesidad de ese profesor”. Lenin ganó la mayoría del congreso a su propuesta. Pero Plejánov pronto rompería con los “mayoritarios” (“bolcheviques”) para pasarse a los “minoritarios” (“mencheviques”). Las estrechas relaciones personales con Axelrod y otros viejos del partido le hicieron ceder. El gran teórico marxista, que puso las bases para el futuro desarrollo del partido, claudicó en un momento clave. Aunque años más tarde Lenin y Plejánov llegaron a colaborar en algunas cuestiones, sus caminos se separaron totalmente en 1912.

La verdadera razón de la escisión...

Desde un punto de vista marxista las cuestiones organizativas no pueden ser decisivas. Lenin que en 1903 abogaba por la restricción de la militancia, en 1912, cuando el partido se transformaba en una fuerza de masas, abogó por que el partido se abriera a cualquier obrero que se considerase bolchevique. Pero en un principio, una casa tiene que construirse sobre cimientos sólidos. En 1903 el partido daba sus primeros pasos y era necesario poner énfasis en los principios políticos y organizativos básicos, creando cuadros obreros preparados en el programa y en los métodos marxistas.
Las diferencias organizativas entre bolcheviques y mencheviques reflejaron diferencias más profundas que se manifestaron sólo después del Congreso. Mártov rehusó someterse a la decisión de la mayoría, llevando una campaña desleal contra la dirección elegida, exigiendo que la minoría tuviese la capacidad de imponer las decisiones. El individualismo, la falta de respeto por la democracia de la minoría, reflejaba el punto de vista de la pequeña burguesía que desprecia la disciplina. Con Plejánov en contra de los bolcheviques, los mencheviques tomaron la dirección del Iskra.
Las bases del partido estaban confundidas pues no entendían la división cuando aparentemente no había diferencias políticas. Pero estas salieron pronto a la luz. En 1904 ante una oleada huelguística creciente, el zarismo entró en pánico: “para evitar la revolución nos hace falta una pequeña guerra victoriosa” (Pleve, ministro del Interior ruso). Las insaciables ambiciones colonialistas del régimen en el Extremo Oriente chocaron con la naciente potencia de Japón. En febrero de 1904 estalló la guerra ruso-japonesa. Once meses más tarde Rusia perdía la guerra y comenzaba la primera revolución rusa de 1905.

...Independencia de clase o reformismo

La postura del nuevo Iskra menchevique sobre la guerra fue un llamamiento ambiguo a favor de la paz. Los bolcheviques defendían una agitación incansable contra la guerra sin perder de vista que las guerras son inevitables mientras exista el capitalismo. Los cálculos del zarismo eran contener la revolución forjando un bloque basado en la unidad nacional. Los liberales corrieron detrás del régimen, instando a las masas a apoyar manifiestos patrióticos. Pero el movimiento contra la guerra se radicalizaba y extendía. El régimen cambió de táctica y optó por una reforma liberal para descabezar la revolución, dando pequeñas concesiones democráticas a los liberales, como las elecciones en los zemstvos (ayuntamientos). El menchevique Iskra propuso el apoyo a los liberales de forma vergonzante: “Si echamos un vistazo al terreno de la lucha en Rusia ¿qué es lo que vemos? Sólo dos fuerzas: la autocracia zarista y la burguesía liberal, que ahora está organizada y posee un peso específico gigantesco. La clase obrera, no obstante está atomizada y no puede hacer nada; no existimos como una fuerza independiente y, así, nuestra tarea consiste en apoyar la segunda fuerza, la burguesía liberal, animarla y, desde luego, no intimidarla con la presentación de nuestras propias reivindicaciones proletarias independientes”.
Lenin criticó contundentemente esta política de colaboración de clases que abandonaba cualquier defensa de los intereses de los trabajadores con tal de no asustar a la burguesía. Bajo la presión de los liberales, los mencheviques se alejaban del marxismo revolucionario.
Los trabajadores instintivamente se rebelaron contra la idea de una alianza con la burguesía. Como defendían los bolcheviques, los obreros utilizaron la campaña de los zemstvos para organizar manifestaciones de protesta contra el zarismo y la burguesía, utilizando la propaganda que le daba tanto miedo a los mencheviques y a los liberales: “¡Viva la asamblea Constituyente elegida por todo el pueblo!”. “¡Viva el sufragio universal, directo, igualitario y secreto!”.
Trotsky, que desde su cooptación por Lenin seguía escribiendo en el Iskra, publicó en marzo de 1904 un artículo en el que llamó a los liberales “imprecisos, desganados, faltos de decisión e inclinados a la traición”. Esto supuso que a partir de ese momento el nombre de Trotsky desapareciera del Iskra junto con su colaboración con los mencheviques. Las mentiras vertidas por el estalinismo sobre que Trotsky fue un menchevique desde 1903 fueron algunas de las tantas calumnias contra este gran revolucionario. El “crimen” de Trotsky durante esos años, igual que el de muchos bolcheviques en la base y en la dirección, fue abogar por la conciliación entre bolcheviques y mencheviques. Pero esto no tenía nada que ver con la actitud conciliadora con la burguesía de los mencheviques. Trotsky defendía que políticamente “la salida sólo puede encontrarse mediante una huelga general, seguida por un levantamiento del proletariado que se pondrá a la cabeza de las masas contra el liberalismo”.
La auténtica diferencia entre bolcheviques y mencheviques se reducía a independencia de clase y revolución, o colaboración de clases y reformismo. Pero costó varios años, la experiencia de la guerra, la revolución y la contrarrevolución, para que la auténtica naturaleza de estas diferencias se volviera absolutamente clara.
Esta es una enorme lección para los luchadores hoy en día. Igual que al comienzo del siglo XX, en el siglo XXI las guerras imperialistas nos obligan a defender un punto de vista de independencia de clase. En la guerra contra Iraq, los dirigentes de las organizaciones obreras sólo han hecho llamamientos a la ONU para que se parara esta masacre. Pero como se ha comprobado una y otra vez, la ONU no es más que una organización al servicio de los intereses de la burguesía, que jamás solucionará los problemas de las masas oprimidas en el mundo. Estos dirigentes vuelven a repetir los mismos errores que cometieron los mencheviques en el pasado. Sus miedos a asustar a la burguesía les impiden defender consecuentemente a los trabajadores. Sólo podremos acabar con las guerras de rapiña si acabamos con el sistema que las crea, el capitalismo y, para ello es necesario luchar por el socialismo, por la democracia obrera. Las guerras son la partera de la revolución y la resistencia en Iraq es un ejemplo de ello.

 

LA REVOLUCION DE 1905

 

En estos días, el movimiento obrero peterburgués ha dado verdaderamente pasos gigantescos. Las reivindicaciones económicas son sustituidas por reivindicaciones políticas. La huelga se ha convertido en huelga general y desembocado en una manifestación de envergadura inaudita; el prestigio que envolvía el nombre del zar ha desaparecido para siempre. Ha comenzado la insurrección.
Así describe Lenin en enero de 1905 la revolución. La clase obrera se puso en marcha. Y lo hizo sin pedir permiso a nadie, sin molestarse en obedecer el esquema revolucionario preestablecido por los supuestos teóricos europeos del marxismo.
Las condiciones materiales de crisis profunda de la sociedad zarista la empujaban de forma irresistible por el camino de la insurrección, y no podía esperar a cumplir con todos los requisitos establecidos en libros y despachos. Muy por el contrario, y ya desde sus primeros compases, la experiencia de 1905, aportó valiosas y novedosas lecciones, que genuinos revolucionarios como Lenin y Trotsky estudiaron con especial atención y dedicación. Fue el ensayo sobre el que se construyó el posterior triunfo de 1917.

Huyendo de una visión académica de la revolución

Un análisis superficial y académico, incapaz de penetrar en el auténtico sentimiento que inspira la lucha obrera, no solamente hubiera descartado la perspectiva revolucionaria, sino que hubiera calificado de enormemente atrasado al proletariado ruso. Sin embargo las cosas sucedieron de un modo muy diferente.
El maravilloso movimiento huelguístico iniciado en la fábrica Putílov a finales de 1904 desembocó en una gran manifestación el 9 de enero de 1905 frente al Palacio de Invierno. Aparentemente el movimiento se encontraba en una etapa muy lejana de la lucha revolucionaria: los trabajadores, dirigidos por un cura, el padre Gapón, y organizados en sindicatos promovidos por la policía, se dirigen al Zar en los siguientes términos: “Señor. Nosotros, los trabajadores, nuestros hijos y esposas, los ancianos indefensos que son nuestros padres, hemos venido ante ti. Señor, buscamos protección y justicia”.
La cuestión era que la clase obrera no podía recurrir a un sindicato o partido obrero de masas con un programa revolucionario, porque tal organización no existía. Precisamente los acontecimientos revolucionarios de 1905 fueron una de las bases para el desarrollo del POSDR como una organización de masas. Pero, al inicio del proceso, las organizaciones a las que podían dirigirse los obreros de forma más o menos masiva, eran los sindicatos legales. Dichas organizaciones fueron constituidas a propuesta de Zubátov, jefe de la policía secreta —la Ojrana— con el objetivo de controlar al movimiento obrero y mantenerlo encorsetado dentro de la lucha estrictamente económica y apolítica.
Pero no es menos cierto que en determinados momentos, y bajo la presión de unas condiciones de vida y trabajo insoportables, la clase obrera experimenta saltos en su conciencia y se ve obligada a luchar. La experiencia acumulada durante años cristaliza en pocos días y estalla, arrastrando toda la inercia y el sometimiento del pasado. Así, la represión sangrienta de la manifestación pacífica del 9 enero, cuando más de 4.000 personas fueron asesinadas, causó una profunda impresión en la clase. Después del Domingo sangriento ya no se pedía respetuosa y humildemente protección y justicia al zar. Ahora, los ojos de los trabajadores giraban hacia los revolucionarios, hasta ese momento rechazados y hasta golpeados, exigiendo armas para tomar venganza.

El torbellino de la revolución sacude al partido

Uno de los primeros efectos de la energía revolucionaria desplegada por la clase obrera fue obligar a la dirección menchevique a utilizar una declamación más izquierdista en su propaganda. Al mismo tiempo se desarrollaron fuertes tendencias pro unidad entre ambos sectores del POSDR.
Lenin inmediatamente entendio que los acontecimientos impulsarían a amplios sectores de la clase a la lucha y a la organización política, lo que exigía del partido una política más flexible a la hora de captar a los nuevos elementos de la clase. Así, el mismo Lenin que dos años antes y en un momento en que el clima social general era hostil a las ideas revolucionarias defendía restringir la entrada al partido, en pleno ascenso revolucionario, defendía vehementemente su apertura: “Yo aconsejaría fusilar en el acto a los que se permiten decir que no hay gente. En Rusia hay multitud de gente, lo que hace falta es reclutar a la juventud con mayor amplitud y audacia, sin recelar de ella... no importa que se equivoquen, los corregiremos suavemente”.
En este pasaje se aprecia el método de Lenin. El partido revolucionario, es un ente vivo, que sufre cambios, avances y retrocesos. No puede ser de otra forma porque no se construye en el vacío, sino en la arena de la lucha de clases, y está sometido de forma permanente a los vaivenes del movimiento, a las alzas y bajas de la lucha, a las presiones ideológicas que provienen del sistema. Preservar en cada momento los principios del marxismo, educar a los cuadros, fortalecer las raíces de la organización entre la clase era lo fundamental. Lenin lo comprendía y sabía en todo momento como adaptar de forma flexible la forma del partido a la realidad de la lucha de clases.

III Congreso del POSDR

En abril de 1905 se celebró en Londres el III Congreso del POSDR, profundamente marcado por los acontecimientos revolucionarios, cuyos efectos llegaron hasta el corazón del partido. Desde entonces, la solución revolucionaria del problema agrario se situó en el centro de la estrategia revolucionaria de los bolcheviques. La política agraria cambió radicalmente para incluir la confiscación de todas las propiedades de los grandes terratenientes y la creación de comités de campesinos.
Otros aspectos como la insurrección armada fueron también centro del debate y la controversia. En este punto las discrepancias con la consideración menchevique sobre la subordinación de la clase obrera a la burguesía liberal fue inevitable. Finalmente las tesis de Lenin acerca del papel dirigente del proletariado en la revolución, la necesidad de una absoluta independencia de clase y la desconfianza hacia los liberales, fueron mayoritarias.
En el terreno de la prensa obrera los acontecimientos también dejaron su huella. El periódico bolchevique Novaya Zhizn, distribuyó entre 50.000 y 80.000 ejemplares hasta su clausura en diciembre. En sus páginas podemos comprobar como la ola revolucionaria arrastró también a escritores, poetas e intelectuales, que si bien no resistieron la posterior resaca contrarrevolucionaria, jugaron en los momentos de alza un papel positivo.

Nacen los órganos de poder obrero

El 13 de octubre surge el soviet de San Petersburgo. A pesar de su corta vida, cincuenta días hasta su disolución el 3 de diciembre, fue capaz de mostrar la otra cara de la clase obrera, que dejó su habitual existencia de sumisión y subordinación, para convertirse en una poderosa fuerza capaz de disputar el poder a la burguesía. A través de los soviets, la clase no sólo era capaz de paralizar la industria a través de las huelgas, sino que también impuso las libertades democráticas y asumió la organización de la vida social: libertad de prensa, milicias obreras, control de las comunicaciones a través del telégrafo, el correo o el ferrocarril, hasta el intento de instaurar la jornada de ocho horas. A pesar de su derrota, el nacimiento y desarrollo de los soviets confirmó no sólo el papel dirigente de la clase obrera en la revolución, sino su capacidad para construir una nueva sociedad.
Desde el exilio, Lenin saludó entusiastamente la formación de los soviets. No obstante la actitud de los dirigentes bolcheviques en el interior de Rusia no era tan clara. Los miembros del Comité Central bolchevique de San Petersburgo consideraban el soviet como un competidor hostil al partido, llegando incluso a organizar una campaña contra él. Tenían una postura formalista y equivocada. Por otro lado, la idea menchevique de crear un congreso obrero tampoco era revolucionaria, veía en el soviet no un órgano de lucha a través del cual los trabajadores podrían tomar el poder, sino el punto de partida para un partido obrero de masas al estilo del laborismo británico.
Lenin consternado por la actitud sectaria de los bolcheviques, intervino desde el exilio ayudando a poner las cosas en orden. Los marxistas debían luchar para ganar a la mayoría del soviet a su programa y tácticas.

Trotsky, presidente del soviet

Imposible hablar de 1905 y su epicentro, San Petersburgo, sin referirnos a Trotsky que, con 26 años, se convirtió en presidente del soviet de la ciudad. En palabras del dirigente bolchevique Lunacharski: “Su popularidad entre el proletariado en el momento de su detención era tremenda (...) Trotsky comprendió mejor que nadie lo que significa dirigir la lucha política contra el Estado... emergió de la revolución y consiguió un enorme grado de popularidad, de la que ni Lenin ni Mártov disfrutaban...”.
Uno de los logros más importantes de Trotsky fue la edición de un periódico revolucionario diario de masas, Nachalo. La línea política de Nachalo no tenía nada en común con el menchevismo y en todas las cuestiones básicas coincidía con los bolcheviques. El impedimento para que Trotsky entrara en las filas bolcheviques desde el primer momento nunca fueron discrepancias políticas de fondo sino su confusa tendencia conciliadora, que le llevaba a defender una y otra vez la unificación de mencheviques y bolcheviques. En cualquier caso, Trotsky supo rectificar lo que él mismo llamaba su pecado conciliacionista y en el momento decisivo dirigió junto a Lenin la Revolución de Octubre.
La revolución de 1905 fue finalmente aplastada después del fracaso de la huelga general en San Petersburgo en el mes de diciembre y de la insurrección proletaria de Moscú. Sin embargo las enseñanzas fueron valiosas. Se confirmó el carácter profundamente contrarrevolucionario de la burguesía rusa y su vinculación orgánica con el régimen zarista. Esto implicaba la necesidad de defender la acción política independiente de la clase obrera y confirmaba brillantemente las tesis de la revolución permanente explicadas por Trotsky: en un país atrasado, las tareas pendientes de la revolución democrática, tales como la reforma agraria, la resolución de la cuestión nacional, el desarrollo económico o la mejora de las condiciones materiales de la población, sólo podrían ser resueltas con la toma del poder por parte del proletariado arrastrando tras de sí al conjunto de la nación oprimida. De esta manera las tareas democráticas sólo encontrarían satisfacción a través de la expropiación de la burguesía nacional y de la propiedad imperialista, es decir, a través de la revolución socialista. Esta perspectiva se trasladó a la arena de los acontecimientos, durante la gran revolución de octubre de 1917.

 

EN DEFENSA DEL MARXISMO

 

Toda la experiencia de lucha del movimiento obrero en su objetivo histórico de acabar con el capitalismo y construir una sociedad socialista, demuestra que la clase trabajadora necesita un partido como instrumento imprescindible para canalizar la energía revolucionaria de las masas hacia esta tarea y que ese arma no se improvisa al calor de la revolución, sino que debe haberse forjado previamente, en los períodos de normalidad e incluso en los de reacción más oscura.
En estos tiempos de apostasía política y de retroceso ideológico por parte de la mayoría de los dirigentes obreros, los revolucionarios tenemos un combate ideológico constante para recuperar las ideas del genuino marxismo para el movimiento obrero, es muy importante el estudio del período de reacción negra que siguió a la derrota de la revolución rusa de 1905 y de cómo los bolcheviques pudieron superar los enormes obstáculos que esa situación imponía para el desarrollo de su actividad.


La revolución de 1905 es derrotada

El punto álgido de la revolución de 1905 en la ciudad se produce en diciembre de ese año. Después, el epicentro de la agitación social se traslada al campo. Allí se producen multitud de insurrecciones campesinas que hacen tambalearse el poder de los terratenientes.
Pero el Partido Obrero Socialdemócrata Ruso (POSDR) —tanto bolcheviques como mencheviques— tiene poca influencia entre el campesinado y aunque la socialdemocracia rusa hace un esfuerzo importante por influir entre los campesinos, interviniendo decididamente en los acontecimientos, no tiene el tiempo suficiente y las insurrecciones, descoordinadas y sin un programa claro, son derrotadas.
Al calor de los acontecimientos revolucionarios y presionados por las masas y por los obreros mencheviques, los dirigentes de esta fracción giran a la izquierda y las tendencias hacia la unidad se hacen muy fuertes.
La posición de Lenin es clara al respecto: sí a la unidad, pero sobre la base de principios políticos claros.
Empiezan a darse pasos para restablecer dicha unidad en diciembre de 1905, con la constitución de un Comité Central unificado, la formación de un Comité de Redacción conjunto responsable de una nueva publicación (Noticias del Partido) y con el anuncio de un congreso de unificación.
Pero ya a principios de 1906, con el movimiento en retroceso en las ciudades, los dirigentes mencheviques vuelven a girar paulatinamente a la derecha y los interrogantes sobre el futuro de la reunificación vuelven a estar presentes.
Lenin insiste, en este contexto, en trabajar por la unidad pero sin abandonar la lucha ideológica en el interior del POSDR y por ello en la necesidad de mantener la fracción bolchevique constituida.
Finalmente en abril de 1906, se celebra el IV Congreso del POSDR, en Estocolmo. En este congreso, los mencheviques son mayoría. La ola de represión generalizada y arrestos que se está imponiendo en toda Rusia, afecta fundamentalmente a los bolcheviques y esto mermó su representación

Debate sobre la cuestión agraria

Entre todos los temas que se debatieron cabe destacar el que se produjo en torno al programa agrario que debería defender el partido.
En un país en el que la inmensa mayoría de la población eran campesinos, la cuestión agraria era un tema clave para el futuro de la revolución.
La elaboración del programa agrario fue el asunto que evidenció más claramente el giro a la derecha experimentado por los dirigentes mencheviques, puso más de relieve las diferencias de fondo que les separaban de los bolcheviques y también los elementos de indecisión y duda que había entre algunos miembros de la fracción de Lenin.
Lenin y la mayoría de los bolcheviques defendían la nacionalización de las tierras de los terratenientes.
Esta reivindicación estaba basada en la perspectiva de la necesidad del derrocamiento de la autocracia zarista sobre la base de la insurrección de las masas. Éstas tendrían enfrente a los terratenientes y también a la llamada burguesía liberal, que como la revolución de 1905 había demostrado, en el momento clave se aliaría con la reacción más dura para aplastar a los obreros y a los campesinos. Por tanto luchar por la nacionalización de los latifundios se convertía en un arma central en el objetivo de destruir el régimen autocrático sobre el que tanto terratenientes como burgueses basaban su dominio.
El menchevismo, en la medida que no compartía esta perspectiva, se oponía rotundamente a la consigna de la nacionalización.
El paulatino agotamiento de la revolución refuerza entre los mencheviques su desconfianza en el movimiento de masas, incrementando las tendencias hacia el pacto con la burguesía liberal. Los mencheviques concluyen que es imposible el derrocamiento de la autocracia por la acción de los obreros y campesinos y abogan por llegar a acuerdos con los burgueses liberales y por las maniobras parlamentarias para ir limando poder a la autocracia zarista.
Partiendo de esta perspectiva abogaban por la municipalización de la tierra lo que suponía que en la medida que los municipios estaban controlados directa o indirectamente por los terratenientes, no se habría avanzado ni un centímetro en la emancipación de los millones de campesinos rusos sedientos de tierra.
Un sector de los bolcheviques abogaba por el reparto de tierra entre los campesinos, argumentando que era lo que estos querían, aunque esa consigna no atacaba tan claramente como la defendida por Lenin el poder de los grandes hacendados.
Al final, para derrotar la consigna de la municipalización, Lenin retiró la suya de nacionalización —la única consecuentemente revolucionaria a favor de la del reparto—, llegando a un compromiso que él calificó de insatisfactorio.

Se impone la reacción

Otra cuestión que se debatió en este congreso fue la actitud que el POSDR debía mantener ante las elecciones a la segunda Duma (especie de parlamento) convocadas por el régimen.
El claro carácter reaccionario de esta institución (no había voto directo; por ejemplo, las fábricas de entre 50 y 1.000 trabajadores elegían un elector, que eran los que elegían a los diputados. Las de menos de 50 obreros no podían votar y las mujeres, los menores de 25 años y los campesinos sin tierra, no tenían derecho a voto) y el todavía no claro desenlace de la revolución, hizo que los bolcheviques, con la oposición de Lenin, defendieran el boicot a estas elecciones.
La verdadera naturaleza de la Duma era evidente para los obreros más conscientes, pero no para las masas que tenían ilusiones constitucionales. Esto era más acusado entre los campesinos que tenían esperanzas en que a través de la Duma podrían conseguir tierras.
La decisión final que el POSDR adoptó fue la de participar en la primera ronda y boicotear la segunda. Esto fue un error, era necesario demostrar ante las masas, con la participación en este organismo, su inutilidad para resolver los problemas fundamentales. Como regla general se puede plantear que es correcto el boicot a un parlamento burgués, cuando el movimiento obrero tiene la suficiente fuerza como para poder sustituirlo por los organismos de poder proletario (soviets, comités obreros, juntas obreras, etc.), mientras tanto es necesario usar la tribuna del parlamento, no para crear ilusiones en que a través de los organismos de la democracia burguesa se pueden resolver los problemas fundamentales de las masas, sino para usar ese estrado como un amplificador para hacer llegar a millones de personas las ideas del marxismo.
El fuego de la primera revolución rusa se agota definitivamente en 1907 cuando los últimos levantamientos campesinos son sofocados por el zarismo. A partir de este momento, el régimen abandona todas las precauciones mantenidas durante los meses anteriores y desata una represión intensa y cruel contra las masas.
Disuelve la Segunda Duma e impone, primero la Tercera y meses después, la Cuarta Duma, todavía más restrictivas y reaccionarias. Los sindicatos, el POSDR y cualquier mínimo elemento de organización obrera y campesina, son sistemáticamente perseguidos. Las masas, agotadas, son incapaces de responder a la revancha que se estaba tomando el zarismo.
Los efectos de la represión son devastadores en las organizaciones obreras, que quedan prácticamente destrozadas. Por ejemplo, entre 1906 y 1910 son clausuradas 500 organizaciones sindicales y la militancia en los sindicatos legales pasa de 246.000 a 13.000.
Por otro lado la represión más feroz se ceba entre los revolucionarios, que son victimas de masivas ejecuciones sumarias y del destierro.
Pero la derrota alcanza también el terreno ideológico. Muchos intelectuales que al calor de la revolución simpatizaron e incluso se adhirieron a la causa obrera, abandonan la lucha y encabezan un movimiento ideológico en el que se reniega de la revolución y de la lucha contra la opresión. La corriente de pensamiento dominante pasa a ser el idealismo filosófico e incluso entre muchos “pensadores” el misticismo domina sus escritos. Lenin hablaba en esos momentos del dominio de la “prostitución política”.
Entre los mencheviques surge un sector que plantea trabajar solo en las condiciones de legalidad que permita el régimen, abandonando cualquier actividad clandestina. Esto, en una situación de brutal dictadura, suponía en la práctica la liquidación del partido.
Dentro de la fracción bolchevique se desarrolla una corriente (los otzovistas) que se coloca en el otro extremo; abogan por el abandono de todo trabajo en cualquier institución u organización que sea permitida por el régimen. El efecto que esto hubiera tenido es el de haber aislado el partido convirtiéndolo en una secta al margen del movimiento real de las masas. Lenin los caracterizaba de liquidacionistas al revés.

En defensa del marxismo

Estos años son decisivos para el futuro de la revolución rusa y de las fuerzas que constituirían el Partido Bolchevique. En estos momentos el papel jugado por Lenin es decisivo en evitar que la debacle política y organizativa que asolaba a las organizaciones obreras, causara daños irreparables también en la fracción bolchevique del POSDR. Esto no fue nada fácil. Las desviaciones políticas reinantes afectaron a una amplia capa de cuadros bolcheviques y además, acosados por la represión, sufrían continuas bajas y no tenían fondos para desarrollar su actividad.
En este contexto duro había muchas presiones provenientes de todas las alas del POSDR para unificar el partido y la desesperación era tal, que se abogaba por la unidad casi a cualquier precio, aparcando las diferencias o suavizándolas de manera artificial. Trotsky, aunque políticamente estaba muy cercano a los planteamientos de Lenin, jugó un papel destacado en estos intentos de unidad, recibiendo por ello furibundos ataques por parte de Lenin. Tiempo más tarde, el propio Trotsky reconoció la corrección de los planteamientos de Lenin sobre la organización del partido.
Lenin defendía la lucha ideológica sin cuartel; preservar el programa del marxismo era fundamental para poder ser el referente de las masas cuando estas curaran las heridas causas por la derrota de 1905. Esta lucha además tenía que tener su expresión organizativa. Lejos de diluir la fracción bolchevique en alianzas sin principios, era necesario organizar mejor la fracción y diferenciarse claramente frente a las masas de las demás tendencias del movimiento obrero.
El haber conseguido, no sin grandes dificultades, sacar adelante estos planteamientos, fue esencial para que desde los primeros síntomas de recuperación del movimiento obrero, en el año 1911, el bolchevismo estuviera en primera línea y aglutinara en torno a él a los mejores elementos que estaban volviendo a incorporarse a la lucha.

 

1912-1914

 

El anterior capítulo de esta serie se cerraba en pleno período de reacción tras la derrota de la revolución de 1905. Una etapa difícil, pero de incalculable valor en la acumulación de experiencias que forjaron al bolchevismo como un referente para las masas. Esto hubiese sido un objetivo impensable sin un prolongado y paciente trabajo en las organizaciones que agrupaban a las amplias capas de trabajadores.

Los bolcheviques tenían que combinar la actividad clandestina con la labor en las organizaciones toleradas por el régimen. Además de formar círculos sindicales clandestinos, trabajaron en los sindicatos oficiales, fermentándolos con sus ideas. Formaban sindicatos dándoles nombres de sociedades que les permitiesen salvar la represión, “Fuente de la Ilustración y Conocimiento”, “Ilustración”... Un trabajo que no se limitó a los sindicatos. Participaban en cualquier conferencia legal que agrupase a sectores de trabajadores u otras capas permeables a sus ideas.

En el desarrollo de este trabajo, aprovechaban cualquier oportunidad, interviniendo en la conferencia de universidades populares de toda Rusia, en el Congreso de Sociedades Cooperativas, en el de directores médicos de fábrica y representantes de la industria manufacturera y en otros acontecimientos similares como una conferencia contra el alcoholismo. En ellos explicaban abiertamente su programa y seguían sembrando la semilla que más adelante fructificaría. Especialmente destacable fue el trabajo entre las organizaciones legales de mujeres. En el primer congreso de mujeres de toda Rusia, presentaron una resolución por el sufragio igual, directo y universal, lo que provocó un fuerte debate con los representantes del estado y el abandono mayoritario de la conferencia por las asistentes.

Era una etapa tremendamente dura, el movimiento se hallaba en pleno reflujo. Si en 1907 unos 740.000 trabajadores habían ido a la huelga, en 1910 eran sólo 46.000. Progresivamente la clase obrera iba a ir recomponiendo sus fuerzas. El boom económico de 1910-1913 ayudó a esta recuperación en la medida que el miedo al desempleo masivo iba pasando a un segundo plano y los beneficios de las empresas empujaban a los trabajadores a pasar a la ofensiva en la lucha por mejoras salariales.

 

La Conferencia de Praga

 

En este período se llegó a un acuerdo entre los distintos sectores que conformaban el POSDR. Sin embargo, este acuerdo basado en una vaga idea de unidad y no en principios claros estaba condenado a saltar por los aires. El miedo a la propia debilidad para justificar la unidad por la unidad era una receta acabada para el desastre. “El problema con el conciliacionismo es que la política no se puede reducir a aritmética simple. No siempre dos y dos son cuatro. Dos hombres en un barco, cada uno remando en diferentes direcciones, no son mejores que un solo remero que sabe exactamente hacia donde se dirige” (Alan Woods, Bolchevismo, el camino a la revolución. Fundación Federico Engels, 2003).

Las tensiones entre mencheviques y bolcheviques aumentaban continuamente. El ambiente entre los revolucionarios exiliados se hacía irrespirable y como consecuencia la parálisis se cernía sobre el conjunto de la organización.

Lenin lo entendía claramente, no era el momento de componendas, era el momento de dar la batalla por las ideas marxistas y separarse definitivamente de los reformistas y liquidadores. Si los marxistas querían jugar algún papel en el futuro movimiento, sólo apareciendo como una tendencia con principios y organización claros y diferenciados lo podrían hacer. De lo contrario la nueva oleada revolucionaria que empezaba a vislumbrarse y que se desarrollaría desde 1912 los pillaría débiles y desorganizados.

El año 1912 comenzaba con la convocatoria de una conferencia del POSDR en Praga. Lenin la concibió como el renacer de todos los elementos genuinamente revolucionarios. Los socialistas letones, el Bund1, los polacos, lituanos, caucásicos, Plejánov, el Pravda de Trotsky y el grupo Vperiod2 fueron invitados pero se negaron a asistir. Ninguno veía clara la necesidad de romper con los mencheviques liquidadores.

Finalmente fue una conferencia exclusivamente bolchevique. De hecho fue la consumación de la ruptura definitiva entre bolcheviques y mencheviques. En la conferencia se dedicó especial atención a la elaboración de un programa concreto de acción para la construcción del partido, como sería el trabajo en la Duma, etc.

La división entre mencheviques y bolcheviques era ya una realidad reconocida por todo el mundo. En febrero de 1912, mencheviques y otros grupos realizaron su propia conferencia en respuesta a la de Praga. A pesar de todo, en el interior de Rusia las diferencias no se veían tan claras y en el propio seno del bolchevismo eran muy numerosos los partidarios de volver a llegar a alguna componenda con el menchevismo, en aras de la unidad.

El propio Trotsky se vio imbuido de ese ambiente. En agosto formó un bloque con algún disidente bolchevique y los mencheviques. Más de una década después, la burocracia estalinista utilizó este error brutalmente. No dudaron en sacar de contexto todo el debate sobre la ruptura para, con los métodos mafiosos habituales en Stalin, tratar de ofrecer una imagen falsa de un Trotsky enfrentado al leninismo. En realidad fue un error de un genuino revolucionario que creía realmente en la posibilidad de conciliar, en ese momento, lo irreconciliable: menchevismo y bolchevismo, reformismo y revolución. El propio Trotsky lo reconoció: “Estaba enfermo de la enfermedad del conciliacionismo hacia el menchevismo y de una actitud desconfiada hacia el centralismo leninista. Inmediatamente después de la conferencia de agosto, el bloque comenzó a desintegrarse en sus partes componentes. A los pocos meses, yo estaba fuera del bloque, no sólo en materia de principios, sino organizativamente”, (Trotsky, En Defensa del Marxismo. Ed. Fontamara, 1977, págs 178-9).

La naturaleza de ambos bandos iba a ir apareciendo clara a los ojos de las masas obreras con el devenir de los acontecimientos. Una vez más, como tantas en la historia, una provocación reaccionaria se iba a convertir en el pistoletazo de salida para un auge en la lucha de clases que conmovería Rusia durante 1912 y 1913.

 

La masacre de Lena

 

A finales de febrero de 1912 estalló una huelga por mejoras en las condiciones de trabajo de las minas de oro de Lena (Siberia). El presidente del comité de huelga era bolchevique. El gobierno envió al ejército y el 4 de Abril asesinaron a 270 mineros e hirieron a otros 250.

Las noticias de semejante atrocidad conmocionaron al país. Fue la gota que colmó el vaso y dio origen a una tremenda oleada huelguística. Entre el 14 y 22 de Abril 140.000 obreros fueron a la huelga en San Petersburgo, 70.000 en Moscú. El movimiento se extendió por todo el imperio. En 1905 el movimiento había empezado con llamamientos y súplicas al Padrecito (el zar); ahora la consigna era ¡abajo el gobierno zarista!

La ola huelguística iba en aumento. En 1912 hubo más de 3.000 huelgas con la participación de 1.463.000 trabajadores, de los cuales 1.100.000 lo hacían en huelgas políticas. En 1913 eran 2.000.000, el 65% de los mismos por reivindicaciones políticas. El movimiento penetró, incluso, en los marineros de la flota del Báltico.

Con el desarrollo de las luchas, la perspectiva con la que trabajaban los bolcheviques era la de la reedición de 1905 a un nivel superior y, por tanto, sacaron las conclusiones prácticas, interviniendo audazmente para dar una orientación firme al movimiento. Este trabajo dio sus frutos y empezaron a crecer rápidamente. Ahora, en un momento de efervescencia política, se apreciaba lo correcto de la postura de Lenin de romper con los mencheviques: “Si hubieran continuado enmarañados con los mencheviques en un momento como este, habría significado la parálisis” (Bolchevismo, el camino a la revolución).

 

El nacimiento de ‘Pravda’

 

Para luchar contra la influencia de la burguesía liberal en el movimiento de masas se hacía necesario un diario bolchevique. A finales de abril se había conseguido el dinero. El nombre elegido fue Pravda (La Verdad) apropiándose el nombre del periódico de Trotsky.

Fue un éxito inmediato. Del primer número se pusieron en la calle 60.000 ejemplares. En sus páginas había muchísima información sobre las huelgas y la vida cotidiana de la clase obrera (durante el primer año, Pravda recibió unas 5.000 cartas) pero, por supuesto, también incluía teoría. Era la mejor manera de elevar el nivel de conciencia de sus lectores. Lenin dedicó especial atención al desarrollo del periódico. Este era financiado por las aportaciones obreras. En 1912, había 620 grupos que organizaban colectas para su mantenimiento; en 1913 eran ya 2.181.

Pravda ocupa un lugar central en la construcción del partido. Se forman grupos de simpatizantes en todo el país y se empieza a penetrar en los pueblos. Este desarrollo tiene un reflejo en las cifras de militancia del partido que en septiembre de 1913 pasan a ser entre 30 y 50.000 militantes. Como explica el libro se hace necesario introducir nuevas fórmulas para absorber un crecimiento tan rápido: “Aquí vemos una vez más la flexibilidad de Lenin ante las cuestiones organizativas. El partido es, después de todo, un organismo vivo que cambia y se adapta a unas condiciones en constante cambio. De esta forma, el mismo Lenin que en 1903 argüía contra el intento de Mártov de diluir el partido al intentar eliminar la distinción entre un militante y un simpatizante, ahora defendía una visión completamente diferente, ahora un lector regular del Pravda era considerado un militante( si pagaba dinero regularmente a Pravda, éste debía considerarse el equivalente a las cuotas de militancia del partido). En realidad , no hay contradicción entre las dos posiciones. Simplemente reflejan el cambio de la situación objetiva, el cambio de un partido relativamente pequeño y embrionario, que, por necesidad debía tener el carácter de un partido de cuadros, a un partido de masas” (Ibíd., pág 482).

No obstante, y a pesar de todo, la tendencia hacia la conciliación con los reformistas seguía existiendo en el bolchevismo. El propio comité de redacción de Pravda censuró muchos artículos de Lenin en los que polemizaba y contestaba las tesis mencheviques. Finalmente a finales de 1913 las tesis de Lenin se impusieron.

 

El trabajo en la Duma

 

Estas tensiones también aparecieron en el trabajo de la fracción bolchevique de la Cuarta Duma. Las elecciones habían reflejado claramente el aumento de la influencia de los revolucionarios. Celebradas en octubre de 1912 con una ley electoral dirigida contra la clase obrera mediante todo tipo de cortapisas y votaciones indirectas. A pesar de todo supusieron un extraordinario éxito para los bolcheviques. En la Tercera Duma el POSDR tenía 19 diputados, 9 eran bolcheviques y 10 mencheviques. Estos eran los que llevaban la voz cantante del trabajo parlamentario. En la Cuarta la proporción era 6 bolcheviques contra 8 mencheviques. Detrás de este aparente retroceso, la clave era que los bolcheviques habían obtenido la mayoría en los colegios obreros de las regiones industriales más grandes, mientras que los mencheviques eran elegidos en distritos de base pequeñoburguesa. Así pues los bolcheviques representaban el 88% de los electores obreros, frente al 12% de los mencheviques.

El trabajo en el Parlamento se vio sometido a una enorme presión. El libro señala: “Las leyes que rigen la actividad parlamentaria se pueden observar, en todas las épocas, en las fracciones parlamentarias de los partidos reformistas. Las presiones de la clase dominante, su ideología e instituciones, en ninguna parte son tan intensas como en el invernadero parlamentario. A menos que estos últimos estén imbuidos con la conciencia de clase y la comprensión teórica necesaria para permitirles ver a través de los trucos y maniobras del enemigo, inevitablemente sucumbirán a la presión y serán absorbidos en el pantano parlamentario de los comités, la burocracia y las cuestiones de procedimiento. (…) Incluso los trabajadores de fábrica consagrados y forjados en años de lucha, pueden caer rápidamente en la atmósfera enrarecida de este mundo artificial, y pueden alejarse de la realidad de la lucha de clases” (Ibíd., pág. 486).

Con el objetivo de combatir estas presiones y enderezar el rumbo del grupo parlamentario bolchevique, que dio bastantes muestras de abandono de los principios se llegaron a aliar a los mencheviques para condenar el intento de muchos activistas de convocar una huelga el día de la apertura de la Duma hubo que dar una batalla por dejar claro que el trabajo parlamentario era una parte más del trabajo del partido y que, por tanto, debía estar sometido al control y la disciplina de éste.

Para ganar esta batalla era imprescindible vincular a los diputados con el movimiento real de los trabajadores. Con el fin de presionar en esa línea a sus diputados y empujarlos a romper con los mencheviques, dejando claro los motivos políticos de esa ruptura, se organizó una campaña de recogida de firmas en apoyo de los diputados bolcheviques. En apenas un mes se obtuvieron 2,5 veces más firmas para los bolcheviques que para los mencheviques.

Finalmente se logró enderezar este trabajo y “a pesar de todas las dificultades, los bolcheviques consiguieron dominar este escenario de lucha que les era tan poco familiar y lo utilizaron de una forma efectiva para la causa obrera. La clave del uso revolucionario del Parlamento era vincular en cada momento el trabajo de la fracción parlamentaria con el trabajo fuera del parlamento” (Ibíd., pág 474).

La cuestión nacional

El período previo de reacción había afectado a todos los niveles de las relaciones sociales. Rusia era un imperio habitado por decenas de nacionalidades distintas sometidas bajo el régimen zarista, en el cual el 43% de la población era rusa que oprimía los derechos democráticos y nacionales del resto de naciones, que suponían el 57% de la población. Durante la etapa 1907-1911 los reaccionarios gobiernos nombrados por Nicolás II, generaron más antagonismos nacionales como forma de dividir a los oprimidos. El chovinismo gran-ruso lo invadía todo.

Se orquestaron venenosas campañas contra la minoría judía. Bandas de lúmpenes armados por la policía zarista organizaron pogromos. En Kiev se acusó a la minoría judía del asesinato ritual de un cristiano. El juicio contra un judío por estos supuestos hechos fue usado por el bolchevismo para organizar una campaña contra los racistas. Hubo huelgas en Rusia y Ucrania en defensa del pueblo judío y el acusado fue declarado inocente. Se demostraba así que la mejor forma de frenar el racismo, hoy como entonces, es la unidad de todos los trabajadores en la lucha.

Tener una posición correcta respecto a la cuestión nacional era decisivo para el futuro de los revolucionarios. Siempre este tema ocupó un lugar central en los debates del POSDR desde 1903.

Una de las aportaciones más importantes de Lenin al movimiento revolucionario mundial fue su actitud hacia esta cuestión. El libro lo explica perfectamente. “Lenin defendía la demanda del derecho a la autodeterminación. Esta es una reivindicación democrática que parte de la suposición de que ninguna nación puede ser obligada a permanecer, en contra de su voluntad, dentro de las fronteras de otra nación. El derecho de cada pueblo a decidir sus propios asuntos, libre de la coerción de un pueblo más poderoso, es un derecho elemental que debe ser defendido. Pero eso no significa que los marxistas tengan la obligación de defender el separatismo” (...) “Lenin explicó en miles de ocasiones que los marxistas rusos, como miembros de una nación opresora (los gran rusos), debían luchar contra las políticas y conductas opresoras de su propia burguesía, y defender los derechos de aquellas naciones oprimidas por los gran rusos (…) Lenin insistió en que el partido ruso inscribiera en su bandera el derecho de las naciones a la autodeterminación. En realidad, los trabajadores rusos estaban diciéndoles a los polacos, finlandeses, georgianos, ucranianos y al resto: No tenemos interés en mantener vuestras cadenas. Debemos unirnos para derrocar a los explotadores y después os daremos la libertad de decidir qué relaciones queréis tener con nosotros” (Ibíd., págs 489-490).

A la vez que defendían está postura, es importante destacar que no hacían la más mínima concesión al nacionalismo, incluyendo el nacionalismo de los oprimidos. Precisamente el propósito principal de la utilización de la consigna del derecho a la autodeterminación era garantizar la unidad de la clase obrera. Asimismo los bolcheviques se oponían a formar partidos o sindicatos específicos de las nacionalidades oprimidas. Defendían la unidad del partido revolucionario, educando a sus militantes en un espíritu internacionalista.

La corrección de esta posición se pudo comprobar en 1917 cuando, con este programa, los bolcheviques pudieron unir a los trabajadores de todo el imperio en la lucha común contra el zarismo y el capitalismo. Lo que podía haber sido un obstáculo para el desarrollo de la revolución las diferencias nacionales se convirtió en un poderoso aliado de la misma.

En este período el mundo se encaminaba hacia la guerra. Las contradicciones entre las distintas potencias eran cada vez más fuertes. La lucha por los mercados se agudizaba. En la lucha entre los distintos imperialismos la cuestión nacional se iba a convertir en moneda de cambio. Las guerras en los Balcanes fueron el anticipo de la Primera Guerra Mundial. En esta zona confluían intereses enfrentados de Inglaterra, Rusia, Austria-Hungría y Turquía. Como forma de debilitar al imperio turco, Rusia, a través de Serbia y en nombre de una supuesta fraternidad eslava, apoyaba los movimientos de las nacionalidades oprimidas como Macedonia. Este apoyo era relativo y siempre evitaba la creación de un estado o confederación de estados demasiado poderoso. De esta manera, la supuesta liberación nacional en el marco del capitalismo y de la mano de una u otra potencia imperialista, se convertía inmediatamente en su contrario. Así había pasado con países como Serbia, Grecia o Bulgaria, que rápidamente pasaron de ser nacionalidades oprimidas por los turcos a ser nacionalidades opresoras sobre otros pueblos y pelearse entre ellas, instigadas por las distintas potencias europeas, en nombres de la gran Serbia, la gran Bulgaria, etc... llegándose a tragedias como el caso de Macedonia, que fue finalmente dividida entre Grecia y Serbia. Este fenómeno se ha reproducido 80 años después en la ex Yugoslavia. No hay liberación nacional posible sobre bases capitalistas.

Conclusión

El año 1914 se abría con aires de guerra en el ambiente. La etapa 1912-14 había supuesto un fortalecimiento político, organizativo y numérico de los marxistas rusos. Tras su ruptura definitiva con el menchevismo, el Partido Bolchevique estaba más fuerte que nunca; en zonas como Moscú y Petrogrado habían ganado por primera vez una mayoría clara en los sindicatos; Pravda tenía una tirada diaria de 40.000 ejemplares... En base a distintos datos que desarrolla el libro se puede afirmar que en ese momento los bolcheviques tenían el apoyo de tres cuartas partes de la clase obrera organizada. El Primero de Mayo medio millón de trabajadores se declararon en huelga y salieron en manifestaciones. Rusia estaba en vísperas de la revolución. La carnicería imperialista que iba a estallar dos meses después cortaría este proceso.

A los bolcheviques rusos les honra haber votado contra el presupuesto de guerra en la Duma. A diferencia de la mayoría de los dirigentes socialistas europeos de la Segunda Internacional como el SPD alemán, con la excepción de Karl Liebcknek y Rosa Luxemburgo, que se pasaron al campo de sus respectivas burguesías apoyando los créditos de guerra traicionando así a los trabajadores, los bolcheviques defendieron consecuentemente los principios del internacionalismo proletario, presentando resoluciones en las fábricas y convocando manifestaciones contra las guerras balcánicas, desenmascarando las verdaderas ambiciones imperialistas del zarismo en la zona, contra el inminente peligro de guerra mundial.

 

DE LA GUERRA IMPERIALISTA A LA REVOLUCION SOCIALISTA

 

La Primera Guerra Mundial significó un punto de inflexión sangriento en el desarrollo capitalista mundial: décadas de desarrollo de los monopolios, expansión colonial y militarismo sentaron las bases para una guerra abierta entre las grandes potencias europeas. El motivo de la contienda no era otro que el reparto de los mercados, las colonias y las esferas de influencia entre los dos bandos imperialistas enfrentados, igualmente reaccionarios. La guerra, como la revolución, conmueve a la sociedad capitalista hasta sus cimientos y pone al descubierto todas las contradicciones largo tiempo ocultas. Ante la prueba de la guerra todas las tendencias políticas del movimiento obrero tuvieron que abandonar las viejas formas diplomáticas y formulaciones ambiguas y se vieron obligadas a ponerse a un lado u otro de la barricada.
La primera víctima colateral de la Gran Guerra fue la Segunda Internacional que colapsó como un castillo de naipes ante el primer desafío serio a su internacionalismo. Con la honrosa excepción de los socialdemócratas serbios y rusos, todos los partidos de la Internacional votaron a favor de los créditos de guerra e ignorando las resoluciones de los congresos de Stuttgart (1907) y Basilea (1912) se unieron entusiastamente a la carnicería imperialista. La oleada de chovinismo que recorría Europa lo arrastraba todo a su paso. Incluso los izquierdistas del SPD, plegándose a la disciplina de partido, votaron por los créditos de guerra en el Reichstag, mientras que los sindicalistas revolucionarios franceses abandonaron rápidamente su demagógico llamamiento a la huelga general contra la guerra para unirse al gobierno de la Unión Sagrada.
La actitud ante la guerra de las diferentes tendencias de la socialdemocracia internacional no era más que una continuación de las políticas seguidas durante la época de paz, aunque exacerbadas al máximo por la situación bélica. Así, aquellos socialistas que habían sucumbido al oportunismo en el periodo precedente y se habían garantizado una vida cómoda al abrigo del Estado burgués, utilizaron toda su autoridad para encadenar a la clase obrera a su propia burguesía e imponer así la paz social durante la contienda. Junto a ellos se encontraban los supuestos izquierdistas o centristas, que, como Kautsky en Alemania, trataban de contemporizar entre las diversas fuerzas en conflicto y usaban una fraseología pacifista sin atreverse a romper con los socialchovinistas. A esta tendencia dedicó Lenin la mayor parte de su artillería dialéctica ya que justamente la consideraba la más nociva para la vanguardia proletaria, pues eran, según él, “de izquierdas en palabras y de derechas en los actos”.
En cuanto a la izquierda internacionalista, ésta quedó reducida al principio de la guerra a pequeños núcleos aislados de las masas, confusos y desorientados por la magnitud de la bancarrota de la Segunda Internacional. El propio Lenin no podía creer que la portada de Vorwärts del 4 de agosto de 1914, donde se daba cuenta de la aprobación de los créditos de guerra, fuese auténtica, y la achacaba a una falsificación del Estado Mayor alemán. Sin embargo, será de estos primeros núcleos de internacionalistas desperdigados por un continente desgarrado por la guerra, de donde surgirán los futuros partidos de la Internacional Comunista.
La misma división que se había dado en el conjunto de la socialdemocracia europea se traslado al POSDR, aunque en Rusia las posturas internacionalistas tuvieron mayor predicamento debido a la influencia del ala bolchevique revolucionaria. Los mencheviques acusaron su debilidad ideológica y se fracturaron en multitud de tendencias enfrentadas: desde las posturas abiertamente reaccionarias y defensistas de Plejanov, el antiguo teórico revolucionario, al internacionalismo de Mártov, quien por un periodo pareció acercarse a los bolcheviques.
Por su parte Trotsky permanecía al margen de ambas fracciones socialdemócratas y ponía en marcha desde Francia el periódico internacionalista Nashe Slovo (Nuestra Palabra) donde daba muestras de sus extraordinarias dotes como publicista. Los años de la guerra fueron también importantes para el acercamiento a los bolcheviques de diversos grupos internacionalistas, como el comité interdistritos de Petrogrado, al que pertenecía Trotsky, muy activo en este periodo, y que habrían de jugar un papel destacado durante la Revolución Rusa.
La posición de Lenin

Existe una gran confusión acerca de cual era la verdadera postura de Lenin hacia la guerra imperialista, el llamado derrotismo revolucionario, precisamente porque no se comprende la situación de Lenin durante los años de la Guerra Mundial. La principal obsesión de Lenin durante este periodo es construir una nueva Internacional revolucionaria que rompiera definitivamente con los oportunistas y toda la ralea socialchovinista. De ahí que la labor de clarificación ideológica, necesaria para superar el shock en que se encontraban las dispersas fuerzas internacionalistas al principio de la guerra, adquiriera en manos de Lenin la forma de exageración polémica, a fin de desterrar toda ambigüedad y establecer así la indispensable intransigencia en los principios. Por otro lado, consignas como “convertir la guerra imperialista en guerra civil” o “la derrota de Rusia es el mal menor” no estaban dirigidas a las masas de obreros y campesinos rusos, sino a los cuadros del partido bolchevique, que eran los únicos a los que Lenin podía llegar en los años de la guerra. El “defensismo revolucionario” no tiene nada que ver con propiciar la victoria del imperialismo alemán, como sostienen algunos críticos poco escrupulosos de Lenin, sino en defender una política de independencia de clase y oponerse a la paz social, también durante la guerra.
En cualquier caso, la clase obrera rusa nunca fue partidaria de la guerra mundial. Instintivamente comprendía la naturaleza reaccionaria de la misma e inició un movimiento espontáneo contra la guerra en las ciudades rusas cuando el conflicto bélico estalló. Sin embargo, este incipiente movimiento de oposición de los trabajadores fue ahogado por la movilización masiva de la vanguardia proletaria que era llevada a los frentes de guerra, mientras sus puestos en las fábricas eran ocupados por mujeres, jóvenes y elementos atrasados del campo. Por otro lado la pequeña burguesía urbana, presa de la histeria bélica, se convertía en ariete de la reacción y ayudaba a aislar a los elementos revolucionarios de las ciudades. En el ejército propiamente dicho predominaba el campesinado, que habría de sufrir los horrores de la guerra imperialista en sus carnes para llegar a odiar al régimen zarista que les había arrojado a semejante locura.
En estas circunstancias todo el peso de la represión cayó sobre los bolcheviques. Como en los peores tiempos de la reacción de Stolypin el acoso de la policía y los agentes provocadores llevó a la disgregación del partido que quedó reducido a núcleos locales sin apenas conexión entre sí. Durante algún tiempo la actividad bolchevique se centró en la fracción de la Duma, pero incluso ésta fue disuelta a principios de noviembre de 1914 y sus miembros arrestados.
Desde el exilio Lenin y un pequeño grupo de colaboradores (Zinoviev, Krúpskaya y Shlyápnikov, el encargado de mantener el difícil contacto con el interior) lanzaron un nuevo periódico, el Sotsial Demokrat, del que se publican 26 números entre octubre de 1914 y enero de 1917, todo un éxito si se tiene en cuenta el cierre de fronteras y el completo aislamiento del grupo de Lenin durante la guerra. Aunque pudiera parecer que el partido estaba diezmado y desarticulado, las tradiciones del bolchevismo seguían viviendo en las fábricas y en las trincheras, en el corazón y la mente de los trabajadores conscientes que habían sido ganados a las ideas bolcheviques durante el periodo de auge de 1912 a 1914.

El cambio de marea

La debacle del ejército ruso en el frente, como resultado de la ineptitud y la corrupción de los oficiales zaristas, acabó con el entusiasmo de los primeros meses. Entre la tropa y especialmente entre los suboficiales aumentó el ambiente de rechazo a la guerra y el recelo a los mandos. Los agitadores bolcheviques en el ejército encontraron un auditorio más receptivo con cada nueva derrota zarista. A partir de la segunda mitad de 1915 el número de huelgas aumenta y con ellas la militancia y el número de organizaciones del partido. Especialmente sólida era la organización de los bolcheviques en la marina, el sector de las fuerzas armadas más fuertemente proletarizado. Cada uno de los grandes buques de la flota del Báltico tenía una célula socialdemócrata formada autónomamente. Estas células expresaban el descontento de la marinería por la mala comida y el despotismo de los oficiales, y aunque los bolcheviques intentaron detener las explosiones aisladas de rabia, los motines en la Marina comenzaron tan pronto como en 1915.
Tan electrizante era el ambiente entre las masas que un discurso en la Duma del liberal Miliukov, en el que atacaba al régimen con el único objetivo de conseguir de éste concesiones con las que poder aplacar a las masas, fue copiado y distribuido entre los trabajadores que lo utilizaron en su agitación contra la guerra y la autocracia. En 1916 el número de obreros en huelga superó al de 1905, mientras en el frente se empezaban a dar los primeros casos de confraternización con el enemigo y las tropas, incluidos los cosacos, eran cada vez más reticentes a la hora de reprimir a la población.
La crisis terminal del zarismo quedó en evidencia con el asesinato de Rasputín, el odiado consejero del zar y la zarina, a manos de otra fracción de la camarilla cortesana. Estas maniobras palaciegas sólo servían para escenificar la división y la impotencia de la clase dominante ante la profunda crisis social y política que había traído la guerra. En estas circunstancias las organizaciones bolcheviques acrecentaron enormemente su campaña de agitación clandestina y galvanizaron a las masas con las ideas de la revolución.
Mientras, en el exterior, Lenin continuaba con su batalla por la construcción de una nueva Internacional revolucionaria, para lo cual recomendó a los bolcheviques en el extranjero que trabajaran en las corrientes de izquierdas de los partidos socialistas de sus países de acogida. Estos esfuerzos tuvieron como resultado las conferencias internacionalistas de Zimmerwald en septiembre de 1915 y Kienthal en mayo de 1916. A pesar de que en estas conferencias predominaba el ala centrista y las posiciones de Lenin quedaron en minoría, de la entonces izquierda internacionalista de Zimmerwald estaban llamadas a surgir en el futuro, una vez que los acontecimientos de Rusia en 1917 demostrasen que la única vía para acabar con la guerra imperialista era la revolución socialista, las jóvenes fuerzas de la Tercera Internacional.

 

DE FEBRERO A OCTUBRE. LA TOMA DEL PODER.

 

El 23 de febrero de 1917, las obreras del textil de Petrogrado inician un movimiento huelguístico que, transformándose en una insurrección, acabaría con el zarismo. La temible autocracia que durante siglos había oprimido a los campesinos y trabajadores rusos con mano de hierro se derrumbó como un castillo de naipes. Nadie corrió en su auxilio; la policía se mostró impotente, los cosacos se negaron a reprimir a las masas y el ejército, hastiado de la guerra imperialista, se insubordino en todas partes. Retomando la tradición de 1905 se constituyeron sóviets de diputados obreros, campesinos y soldados, un nuevo poder empezaba a alumbrarse.
La Revolución de Febrero aparentó ser un movimiento espontáneo de las masas, ninguno de los Comités Centrales de los partidos revolucionarios llamó a la insurrección. Sin embargo, tal y como señaló más tarde Trotsky en su Historia de la Revolución Rusa, los líderes naturales de este movimiento no eran otros que los obreros de vanguardia que en el periodo de auge revolucionario de 1912 a 1914 se habían unido al bolchevismo y habían sido educados en su tradiciones revolucionarías, tradiciones que ahora ponían en práctica sin esperar ninguna consigna de su dirigentes.
Paradójicamente, los bolcheviques no eran sino una pequeña minoría en los nuevos soviets surgidos tras la revolución de febrero. La mayoría correspondía a los conciliadores: mencheviques y socialrevolucionarios. Estos partidos no sólo habían sufrido mucho menos que los bolcheviques la represión de los años de la guerra, sino que las masas de obreros y campesinos, que en su mayor parte se incorporaban por vez primera a la vida política, les apoyaron buscando en ellos la vía de menor resistencia, el camino más fácil para conseguir sus reivindicaciones de Paz, Pan y Tierra.
Los conciliadores, que no sabían qué hacer con el poder que se les había concedido, permitieron la formación de un gobierno provisional burgués, pretendiendo con esto mantener a la revolución dentro de los límites del capitalismo. De este modo se habría un periodo de doble poder entre los soviets de obreros y campesinos y el gobierno provisional de capitalistas y terratenientes.

Vacilaciones en la dirección bolchevique

Incluso la dirección de los bolcheviques en Rusia capituló ante este ambiente de conciliación. Desde las páginas de Pravda, y a instancias de Kámenev y Stalin, se daba un apoyo crítico al gobierno provisional. Lenin condenó duramente esta política oportunista en sus Cartas desde lejos escritas en el exilio y, en cuanto llegó a Petrogrado en los primeros días de abril, comenzó una campaña de agitación entre las bases bolcheviques para cambiar radicalmente la política del partido. En sus célebres Tesis de abril, Lenin planteaba que no podía haber ninguna confianza en el gobierno provisional y que sólo la dictadura del proletariado podría llevar a la práctica las demandas democráticas del momento: paz sin anexiones ni indemnizaciones, reparto de la tierra entre el campesinado, convocatoria de la asamblea constituyente… De este modo Lenin asumía tácitamente las ideas de la revolución permanente planteadas por Trotsky tras la experiencia de 1905; que sólo la clase trabajadora, arrastrando tras de si al campesinado pobre y uniendo las tareas democráticas a las socialistas, podría consumar la revolución en un país atrasado como la Rusia zarista.
Tras triunfar la postura de Lenin en la conferencia del partido de abril, los bolcheviques empezaron a prepararse para la toma del poder. El principal obstáculo en el camino del bolchevismo es la mayoría conciliadora en los soviets; ya que mencheviques y socialrevolucionarios pretenden usar el control que tenían sobre estos órganos para aplacar a las masas y traspasar todo el poder a la burguesía. Sin embargo, los bolcheviques no buscaron ningún atajo para ganarse a las masas, ni cayeron en el sectarismo histérico hacia los conciliadores, su política fue la de explicar pacientemente su programa en los soviets, los comités de fábrica… allá donde las masas estuvieran organizadas, ganando de este modo una creciente autoridad entre los sectores de vanguardia que empezaban a ver las limitaciones de la política de colaboración de clases practicada por mencheviques y socialrevolucionarios.
De hecho durante este periodo la consigna central de los bolcheviques era Todo el poder a los Soviets, que en esas circunstancias significaba ni más ni menos que entregar el poder a los líderes conciliadores. De este modo los Kerenskys, Dan o Tseretelis, demostrarían su incapacidad para traer la paz el pan o la tierra debido a sus vínculos con los industriales, terratenientes e imperialistas. Los bolcheviques construirían sobre la bancarrota de la política conciliadora. Aquí vemos el gran genio revolucionario de Lenin, que sabía tomar el pulso al ambiente entre las masas y plantear la consigna adecuada en cada momento.

Trotsky y los bolcheviques

Gracias a esta táctica los bolcheviques pudieron agrupar en torno suyo a los mejores elementos revolucionarios, entre ellos a Trotsky, que aunque siempre había mantenido una línea política similar a la de Lenin, no comprendía suficientemente la necesidad de una organización fuerte y centralizada como la de los bolcheviques, y mantenía ilusiones en una conciliación con los mencheviques. Todas estas ilusiones se desvanecieron al calor de la nueva revolución y, desde el momento en que Trotsky llegó a Rusia desde el exilio, trabajó en estrecho contacto con Lenin y los bolcheviques. Si no se unió formalmente al partido hasta julio fue sólo para garantizar la incorporación en bloque del Comité Interdistritos de Petrogrado, un grupo revolucionario que había destacado por su actitud internacionalista durante los años de la guerra.
En toda gran revolución el protagonista son las masas, pero las masas no son un todo homogéneo sino que se componen de diversas capas que sacan diferentes conclusiones en diferente momento. En julio, la vanguardia de los obreros y soldados peterburgueses empezó a impacientarse ante la falta de soluciones que ofrecía el gobierno provisional y organizaron una manifestación armada en su contra. Los bolcheviques, viendo en este movimiento una temeridad, ya que se corría el riesgo de que la capital quedase aislada del resto del país permitiendo que los elementos más revolucionarios fuesen aplastados por la reacción, trataron de impedirlo. Pero una vez en marcha, los bolcheviques se mantuvieron al lado de las masas y encabezaron la manifestación intentando así reducir la magnitud de la catástrofe.
El movimiento de julio fracasó y se abrió un periodo de represión feroz por parte del gobierno provisional del socialrevolucinario Kerensky contra los revolucionarios. Muchos bolcheviques fueron detenidos bajo la calumnia de ser agentes del estado mayor alemán, el propio Lenin tuvo que exiliarse en la vecina Finlandia. El desenfreno de la reacción fue tal que en agosto un sector de oficiales, encabezados por el general Kornílov, quiso dar un golpe de estado y establecer un directorio militar. Esto dio a los bolcheviques la oportunidad de demostrar que ellos eran los más decididos defensores de las conquistas de la revolución. Los bolcheviques plantearon la unidad de acción con los conciliadores y con Kerensky en su lucha contra la reacción korniloviana, de este modo ponían en evidencia la debilidad de los líderes reformistas y ganaban crecientes simpatías entre su base social. Bajo estas premisas se organizó la defensa de Petrogrado, tan poderosa fue la movilización de los obreros, que la temible “División Salvaje” que avanzaba hacia la capital se disolvió antes de presentar batalla y Kornílov quedo sin tropas con las que llevar a cabo su intentona.

Hacia la toma del poder

A finales de septiembre los bolcheviques habían ganado ya la influencia necesaria entre los trabajadores, campesinos y soldados rusos como para plantearse el derrocamiento del gobierno provisional. Se decidió aplazar la insurrección al segundo congreso panruso de los soviets, que debía celebrarse el 25 de octubre. Según se acercaba el momento decisivo la presión sobre los dirigentes bolcheviques iba en aumento, ¿podrían los bolcheviques mantenerse solos en el poder? ¿Acudirían los trabajadores de Occidente en ayuda de la Rusia Soviética? Un sector de la dirección, liderados por Kámenev y Zinóviev, dos de los más fieles colaboradores de Lenin, sucumbieron a las presiones de clases ajenas y se opusieron denodadamente a la toma del poder por parte de los bolcheviques, hasta el punto de publicar los planes de la insurrección en los periódicos burgueses. Pese a todo, los preparativos para la insurrección siguieron adelante, en ellos jugo un papel clave Trotsky que, como en 1905, volvía a ocupar la presidencia del soviet de Petrogrado.
La historiografía burguesa plantea la falsa idea de que la Revolución de Octubre no fue más que un golpe de Estado perpetrado por una pequeña minoría de revolucionarios profesionales. En realidad el comité militar revolucionario contaba con el pleno apoyo de la guarnición y de los obreros de Petrogrado. Es por eso que el gobierno provisional no pudo organizar una resistencia seria ni siquiera en el Palacio de Invierno. La efusión de sangre fue mínima. Vencidas las últimas resistencias, el II congreso de los Soviets, con mayoría bolchevique, publicaba los decretos de la paz y del reparto de tierras a los campesinos, se instituía un gobierno soviético. Los trabajadores y campesinos eran ya el único poder en toda Rusia, comenzaba la obra de edificación socialista.
De este modo culminaban más de treinta años de lucha bolchevique. Sus tradiciones, sus sacrificios, el legado de la Revolución de Octubre formarán para siempre el más preciado tesoro de la clase obrera mundial.

Modificado el ( lunes, 04 de diciembre de 2006 )
 
 

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