Pennsylvaniako txostena eta Aita Santuaren aurkako akusazioak

protesta contra pedofilia iglesia

 

La Iglesia, carcomida por el abuso, el consentimiento y la hipocresía

 “Ella me bajó las bragas. ‘Que esto sea una lección para todos ustedes’, dijo. Me puso sobre sus rodillas. Yo tendría unos 8 años. Ella me golpeó y me golpeó con un palo”

(Testimonio del informe del Fiscal General de Pensilvania)

 “Al que escandalice a uno de estos pequeños, más vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos y le hundan en lo profundo del mar”

(Frase atribuida a Cristo en Mateo 18, 6; Biblia de Jerusalén, traducción al castellano directa del original, Editorial Desclée de Brouwer)

La ola de denuncias que saca a la luz toda la suciedad celosamente guardada durante siglos por la jerarquía eclesiástica se está convirtiendo en un tsunami de hondas consecuencias sociales. La reciente investigación oficial llevada a cabo en el Estado de Pensilvania acusa a 300 curas de abusadores, violadores y cómplices, y calcula en miles las víctimas.

La reciente visita del papa a Irlanda ha sido finalmente el escaparate de su completa complicidad con toda esta criminalidad y podredumbre moral. El exalto cargo vaticano Carlo Maria Viganò ha destapado que había informado a Francisco Bergoglio de los abusos y agresiones de Theodore McCarrick, arzobispo emérito de Washington, tras su elección como papa, sin que se tomara ninguna medida hasta julio (¡y la medida ha sido sólo que se le han retirado sus funciones!). Su calculada hipocresía pidiendo perdón, en un intento de lavarse la cara, no sirve. Así se lo señalaron los miles de manifestantes reunidos en un acto de protesta sin precedentes contra su visita: “Las disculpas no son suficientes”. Efectivamente, que haga públicos los nombres de todos los sancionados e implicados por abuso y los ponga en manos de la justicia.

Los casos de agresiones, violaciones, abusos, humillaciones, distribución de material pornográfico, retención y esclavización de menores (como el conocido caso de las Hermanas de La Magdalena en Irlanda), robo de bebés a madres consideradas pecaminosas… se extienden como una nauseabunda mancha por todo el orbe. Desde Estados Unidos (donde, según el propio Vaticano, cien mil menores han sido víctimas) hasta Australia (cuyo cardenal George Pell, elegido por el actual papa como número tres de la Santa Sede, tiene varios juicios pendientes), y desde Chile (donde la Iglesia recibió el manto protector de la dictadura pinochetista y ningún gobierno posterior ha retirado) o México (el fundador de los Legionarios de Cristo, Marcial Maciel, fue abusador hasta de sus propios hijos, ladrón, drogadicto y polígamo, pero según Joseph Ratzinger no se podía investigar sus fechorías “porque es una persona muy querida por Juan Pablo II”) hasta Alemania (hay denuncias de abusos sexuales en 19 de las 27 diócesis)…

El “encubrimiento sistemático” y la impunidad

Los casos conocidos son sólo la punta del iceberg, y en muchísimas ocasiones las víctimas han sido denostadas y silenciadas. De hecho, las autoridades eclesiales sólo se han visto obligadas a tomar medidas cuando hay un reguero imparable de denuncias, y siempre son paliativos: cambio de parroquia (extendiendo así el campo de posibles víctimas), retiro… Así lo resume Josh Shapiro, Fiscal General de Pensilvania. Hubo un “encubrimiento sistemático por parte de los mandatarios de la Iglesia en Pensilvania y el Vaticano”; “lo primordial no era ayudar a los niños, sino evitar el escándalo”. Los curas “presionaban a las fuerzas de orden público para que cerraran o evitaran investigaciones”, y esto señala otra de las razones de la amplitud de esta lacra: la impunidad de estos criminales proviene también de los Estados capitalistas, supuestos garantes de la ley, que salvo casos extremos cierran los ojos para no ver qué pasa detrás de los muros de las iglesias, seminarios, centros educativos y demás sitios religiosos. De hecho, es el enorme poder que ha ejercido y ejerce la Iglesia en determinados países, tanto económico y político como educativo, el que explica el nivel de degeneración moral y crimen al que ha llegado.

El informe de Pensilvania es espeluznante. “Una niña tenía 18 meses cuando le abusaron”; otra, de 7 años, “fue violada en el hospital cuando el cura le visitaba tras una operación”; en resumen, era un “círculo de sacerdotes depredadores” que utilizaban “látigos, violencia y sadismo mientras violaban”. El obispo de Erie felicita a un cura, violador de al menos 15 niños, por su “sinceridad”… Esta pesadilla era conocida por los sucesivos papas, ¡desde 1963! El actual fue avisado continuas veces en 2015.

Una Iglesia corrupta, misógina y reaccionaria

Pretender que un papa tome medidas efectivas contra estos crímenes es utópico. Desvelar públicamente toda la extensa información de que dispone el Estado vaticano, enviándola a la justicia; depurar a todos los implicados, abusadores y cómplices, sin excepción; y crear un clima de tolerancia cero, rompiendo con la cultura de la sumisión, son medidas que ni quieren ni pueden hacer, porque el abuso, la hipocresía moral, la misoginia y homofobia, los valores más reaccionarios, son intrínsecos a la jerarquía católica, de igual forma que a las de otras religiones. Han sido mimados por la clase capitalista para confundir a los oprimidos y justificar espiritualmente a los opresores, como hicieron durante la según ellos Santa Cruzada contra el comunismo del general Franco y los terratenientes y burgueses en 1936-39, y después durante 40 años de dictadura.

El Estado español no es una excepción. El grueso de los cargos eclesiásticos se ha criado en la cultura del nacional-catolicismo, y pese a los 42 años transcurridos desde la muerte del dictador –galardonado con la Suprema Orden de Cristo, máxima distinción vaticana, que a día de hoy no se le ha retirado– su poder económico, educativo y político sigue siendo apabullante. Son prácticamente impunes, y obran en consecuencia. Un pequeño ejemplo. En 2007 fue noticia el obispo de Tenerife, Bernardo Álvarez, por decir que “puede haber menores que sí lo consientan. Hay adolescentes de 13 años que están perfectamente de acuerdo y, además, deseándolo. Incluso si te descuidas te provocan”. Este elemento, no sólo no ha sido condenado por apología del crimen e investigado como probable abusador, sino que continúa al cargo del mismo obispado.

Informazio gehigarria