Kubako Iraultzaren historia

Estatu Batuetako eta Kubako gobernuen akordioak Kubako iraultzaren etorkizunari buruzko eztabaida pil-pilean jarri du. Iraultzaren 45. urteurrenaren harira Kubako Iraultzaren historiari buruz idatziko dokumentu luze eta sakon hau berrargitaratzen dugu.

 

 I. Introducción. Por qué un documento sobre Cuba


Han pasado ya más de 45 años desde que en los primeros días de enero de 1959 la guerrilla hiciera su triunfal entrada en La Habana y el sanguinario dictador Batista huyese de la Isla. Desde entonces la Revolución Cubana se convirtió en un símbolo de la lucha antiimperialista y anticapitalista. La supresión del capitalismo en la Isla, el brutal bloqueo1 al que ha sido sometida por parte de EEUU desde el principio y el hecho de que en Cuba se haya mantenido hasta hoy la economía planificada han reforzado aún más a Cuba como un símbolo de resistencia.


Sin duda el carácter no capitalista de su economía y la planificación estatal ha sido el punto clave de las conquistas sociales alcanzadas por la revolución, sin el cual no hubiese sido posible que en Cuba se alcanzara en el terreno de la educación, de la sanidad, de la mortalidad infantil, de la alfabetización (el analfabetismo prácticamente desapareció en los primeros años de la revolución) etc, niveles incomparablemente superiores a los países de América Latina, incluso los que tienen una economía más desarrollada como Brasil, Argentina, y en algunos casos a la par de muchos países capitalistas desarrollados. La economía planificada, al mismo tiempo que constituye la base principal de las conquistas sociales de la revolución y de su amplísimo apoyo, es también la razón principal del odio que el imperialismo profesa contra Cuba.


Cuando el imperialismo norteamericano habla de la “falta de democracia en Cuba” apesta a hipocresía. En la práctica los imperialistas estadounidenses han sostenido las más sangrientas dictaduras y golpes de Estado cuando les ha convenido, incluyendo el golpe y la dictadura de Batista. Lo que realmente odia el imperialismo norteamericano es que en su “patio trasero” exista un país que no se pliega a sus deseos y en el que se derrocó el capitalismo. Ahora, en un contexto de ascenso revolucionario en toda América Latina, en el que una gran señal de interrogación planea sobre el capitalismo en Venezuela, Bolivia y otros países, el “factor Cuba” adquiere una trascendencia aún mayor para el imperialismo y por supuesto, aunque por motivos diametralmente opuestos, para todos aquellos que deseamos y luchamos por el triunfo de la revolución socialista en toda América Latina y en el mundo.


A 45 años de la revolución, Cuba aún está jugándose su destino. El peligro de una involución social y política, de una contrarrevolución capitalista, no se puede descartar.


EL FUTURO EN JUEGO


Una derrota de la Revolución Cubana sería un gran jarro de agua fría para los procesos revolucionarios que se están abriendo en toda América Latina. Por el contrario, el triunfo de una revolución socialista en cualquier país no sólo daría un enorme respiro a la Revolución Cubana —en realidad la revolución en otros países es su única salvación— sino que desencadenaría un ‘efecto dominó’ en el que el capitalismo sería derrocado en un país tras otro, sacudiendo profundamente la conciencia del propio pueblo norteamericano y preparando el terreno para el derrota del capitalismo en EEUU, el corazón del imperio.


El factor fundamental que motiva este documento es precisamente el que sirva como contribución, desde un punto de vista revolucionario y marxista, al debate sobre el futuro de la Revolución Cubana, sobre cómo preservar y profundizar sus conquistas en un momento tan decisivo como el que estamos viviendo en el país y en toda América Latina. Necesariamente, cualquier intento serio de aportar algo en ese sentido pasa necesariamente por analizar los rasgos esenciales de lo que fue la Revolución Cubana así como el carácter de la sociedad y del sistema político que surgió de esa revolución.


Si la supervivencia de la Revolución Cubana depende del triunfo de la revolución en otros países ¿cómo no abordar las lecciones a sacar de la propia Revolución Cubana, que tanto ha inspirado a los trabajadores y jóvenes del mundo entero? ¿Cómo no intentar sacar conclusiones que sirvan para contribuir ahora al triunfo de la revolución en otros países?


Para nosotros el carácter progresista de la Revolución Cubana está fuera de duda. En primer lugar fue un acontecimiento que puso en evidencia la posibilidad de hacer una revolución a poco más de cien kilómetros de la fuerza imperialista más potente del mundo y derrotar todos los intentos de aplastarla por parte de esta última. En segundo lugar el tremendo impulso que ha dado la economía planificada a la sociedad cubana ha demostrado el enorme potencial de desarrollo que tendría la humanidad sin capitalistas y sin banqueros. Las gigantescas simpatías que la revolución despertó en el mundo entero han constituido su mejor salvaguarda y nosotros nos colocamos firmemente en el campo de la defensa de la Revolución Cubana y sus conquistas frente a la contrarrevolución capitalista y el imperialismo.


Saber de qué lado de la barricada se está es elemental, pero no es suficiente. Además hay que saber cómo defenderla. Las conquistas de la Revolución Cubana no están garantizadas de una vez y para siempre. El peligro de restauración capitalista no sólo existe sino que se desarrolla y lo hace en la misma proporción en que la parcela de funcionamiento económico movido por intereses privados en la Isla se hace mayor, en que ésta crea un entramado de intereses cada vez más ambicioso. La lucha por la supervivencia individual y la desmoralización provocada por la existencia de privilegios y escasez puede acabar pesando mucho y representa una amenaza para la revolución. Por eso es absolutamente necesario que exista una orientación revolucionaria genuinamente internacionalista que dé un horizonte más amplio a la Revolución Cubana.


Claro que también hay factores que actúan en el sentido contrario, es decir, a favor del mantenimiento del sistema de economía planificada, como la crisis capitalista mundial, las condiciones de vida en los países circundantes, los procesos revolucionarios que se han abierto en América Latina, la frescura del proceso revolucionario cubano, el peligro que representa el imperialismo no sólo para las conquistas sociales de la revolución sino para la propia soberanía nacional de la Isla, la sed de venganza de los gusanos, ansiosos de recuperar sus negocios y dar un buen escarmiento a ese pueblo que se atrevió a vivir con la cabeza alta. Pero en la confrontación de fuerzas que empujan hacia atrás, hacia el capitalismo, o hacia delante, hacia el socialismo, las primeras tienen una ventaja: el orden capitalista se reproduce bastante bien en el caos, no necesita el factor consciente y organizado para abrirse un camino. En la etapa de transición al socialismo, eso es sencillamente imprescindible. De ahí que la adopción de una política genuinamente socialista, basada en el internacionalismo y en la democracia obrera, sea clave para preservar y extender las conquistas de la revolución.


EL LEGADO DE LOS BOLCHEVIQUES


Muy a menudo, cuando se piensa en la Revolución Rusa de 1917 y la experiencia de los bolcheviques, se infravaloran las valiosas lecciones que encerró aquel proceso para revoluciones posteriores, como la cubana. Una de las ideas que inducen a ese error es pensar que para cada país hay la posibilidad de elegir el “modelo” más adecuado para llevarlo al socialismo, en función de sus peculiaridades históricas, económicas, etc. Si lo pensamos bien, en sí misma esa afirmación es un contrasentido. No puede existir un modelo diferente para llegar al socialismo en cada país sencillamente porque no puede existir socialismo en un solo país; no existe “vía” para cada país porque de manera individual no se llegará nunca al socialismo como, ha quedado demostrado con el colapso de la URSS tras seis décadas de “triunfo del socialismo” tal como afirmaba irresponsablemente la burocracia. El socialismo, entendido como un tipo de sociedad que ha superado definitivamente al capitalismo en todas las esferas de la actividad humana tiene que partir, necesariamente, de la utilización de todos los recursos económicos y técnicos a escala internacional.


Por supuesto que cada revolución tiene sus peculiaridades, pero también tienen muchas cosas en común porque en realidad son parte de un mismo proceso de fondo. Son diferentes eslabones que se rompen de la misma cadena capitalista internacional y que son sometidos a presiones y procesos similares. Una buena razón para recurrir a la experiencia de la revolución de 1917 y su desarrollo posterior es porque en gran medida, los retos a los que se enfrentó el proletariado ruso en aquella época son de naturaleza muy similar a los que ahora tiene sobre la mesa el proletariado cubano: acoso imperialista, presiones del mercado mundial, surgimiento de tendencias procapitalistas. Y los “remedios” a esas presiones, bajo nuestro punto de vista, también son de naturaleza similar, fundamentalmente la extensión internacional de la revolución socialista y la participación consciente de la clase obrera en todas las esferas de la política y de la economía, es decir, la necesidad de democracia obrera. En la cuestión de cómo defender las conquistas revolucionarias del primer país que rompió con el capitalismo, el legado de Lenin y Trotsky, los dirigentes y teóricos más importantes de la Revolución Rusa, tiene también un valor incalculable y a menudo es interesadamente olvidado.


Todos aquellos que aspiramos a la transformación socialista de la sociedad, tenemos la obligación de apoyarnos en el torrente de energía e inspiración revolucionaria que aún hoy Cuba es capaz de transmitir al pueblo latinoamericano y a la clase obrera de todo el mundo. El mejor servicio a su causa emancipadora nos lleva a defender los aspectos tremendamente progresistas de la Revolución Cubana para combatir las tendencias conservadoras y abiertamente contrarrevolucionarias que coexisten en su seno.


Para salvaguardar las conquistas de la revolución, profundizarlas y extenderlas debemos ser fieles al programa de Marx, Engels, Lenin y Trotsky. Flaco favor haríamos a la Revolución Cubana si tirásemos por la borda las lecciones de Octubre, si no entendiésemos las causas de la posterior degeneración burocrática estalinista —producto, en último término, del aislamiento de la revolución socialista en un país atrasado— y finalmente de la restauración capitalista. Flaco favor haríamos a la Revolución Cubana si no viéramos su suerte ligada al triunfo de la revolución socialista en América Latina y en el mundo.


Una vez más, como ocurriera en los decisivos años de 1959 y 1960, la Revolución Cubana tiene que avanzar para sobrevivir.


1. El bloqueo económico y comercial a Cuba propiciado por EEUU empieza con el mismo triunfo de la revolución. Se establece formalmente desde febrero de 1962 y desde entonces ha ido endureciéndose progresivamente, con medidas como la ley Helms-Burton (1996), que establece penas de cárcel a los inversores en propiedades nacionalizadas o expropiadas por la revolución o las recientes medidas de Bush, restringiendo los viajes y los gastos en dólares en la Isla de los cubanos residentes en EEUU. Al bloqueo económico y comercial hay que sumar el largo historial de actos de sabotaje y terrorismo que el imperialismo americano ha organizado contra la revolución durante décadas.

Sin duda el carácter no capitalista de su economía y la planificación estatal ha sido el punto clave de las conquistas sociales alcanzadas por la revolución, sin el cual no hubiese sido posible que en Cuba se alcanzara en el terreno de la educación, de la sanidad, de la mortalidad infantil, de la alfabetización (el analfabetismo prácticamente desapareció en los primeros años de la revolución) etc, niveles incomparablemente superiores a los países de América Latina, incluso los que tienen una economía más desarrollada como Brasil, Argentina, y en algunos casos a la par de muchos países capitalistas desarrollados. La economía planificada, al mismo tiempo que constituye la base principal de las conquistas sociales de la revolución y de su amplísimo apoyo, es también la razón principal del odio que el imperialismo profesa contra Cuba.

Cuando el imperialismo norteamericano habla de la "falta de democracia en Cuba" apesta a hipocresía. En la práctica los imperialistas estadounidenses han sostenido las más sangrientas dictaduras y golpes de Estado cuando les ha convenido, incluyendo el golpe y la dictadura de Batista. Lo que realmente odia el imperialismo norteamericano es que en su "patio trasero" exista un país que no se pliega a sus deseos y en el que se derrocó el capitalismo. Ahora, en un contexto de ascenso revolucionario en toda América Latina, en el que una gran señal de interrogación planea sobre el capitalismo en Venezuela, Bolivia y otros países, el "factor Cuba" adquiere una trascendencia aún mayor para el imperialismo y por supuesto, aunque por motivos diametralmente opuestos, para todos aquellos que deseamos y luchamos por el triunfo de la revolución socialista en toda América Latina y en el mundo.

A 45 años de la revolución, Cuba aún está jugándose su destino. El peligro de una involución social y política, de una contrarrevolución capitalista, no se puede descartar.

EL FUTURO EN JUEGO

Una derrota de la Revolución Cubana sería un gran jarro de agua fría para los procesos revolucionarios que se están abriendo en toda América Latina. Por el contrario, el triunfo de una revolución socialista en cualquier país no sólo daría un enorme respiro a la Revolución Cubana -en realidad la revolución en otros países es su única salvación- sino que desencadenaría un ‘efecto dominó' en el que el capitalismo sería derrocado en un país tras otro, sacudiendo profundamente la conciencia del propio pueblo norteamericano y preparando el terreno para el derrota del capitalismo en EEUU, el corazón del imperio.

El factor fundamental que motiva este documento es precisamente el que sirva como contribución, desde un punto de vista revolucionario y marxista, al debate sobre el futuro de la Revolución Cubana, sobre cómo preservar y profundizar sus conquistas en un momento tan decisivo como el que estamos viviendo en el país y en toda América Latina. Necesariamente, cualquier intento serio de aportar algo en ese sentido pasa necesariamente por analizar los rasgos esenciales de lo que fue la Revolución Cubana así como el carácter de la sociedad y del sistema político que surgió de esa revolución.

Si la supervivencia de la Revolución Cubana depende del triunfo de la revolución en otros países ¿cómo no abordar las lecciones a sacar de la propia Revolución Cubana, que tanto ha inspirado a los trabajadores y jóvenes del mundo entero? ¿Cómo no intentar sacar conclusiones que sirvan para contribuir ahora al triunfo de la revolución en otros países?

Para nosotros el carácter progresista de la Revolución Cubana está fuera de duda. En primer lugar fue un acontecimiento que puso en evidencia la posibilidad de hacer una revolución a poco más de cien kilómetros de la fuerza imperialista más potente del mundo y derrotar todos los intentos de aplastarla por parte de esta última. En segundo lugar el tremendo impulso que ha dado la economía planificada a la sociedad cubana ha demostrado el enorme potencial de desarrollo que tendría la humanidad sin capitalistas y sin banqueros. Las gigantescas simpatías que la revolución despertó en el mundo entero han constituido su mejor salvaguarda y nosotros nos colocamos firmemente en el campo de la defensa de la Revolución Cubana y sus conquistas frente a la contrarrevolución capitalista y el imperialismo.

Saber de qué lado de la barricada se está es elemental, pero no es suficiente. Además hay que saber cómo defenderla. Las conquistas de la Revolución Cubana no están garantizadas de una vez y para siempre. El peligro de restauración capitalista no sólo existe sino que se desarrolla y lo hace en la misma proporción en que la parcela de funcionamiento económico movido por intereses privados en la Isla se hace mayor, en que ésta crea un entramado de intereses cada vez más ambicioso. La lucha por la supervivencia individual y la desmoralización provocada por la existencia de privilegios y escasez puede acabar pesando mucho y representa una amenaza para la revolución. Por eso es absolutamente necesario que exista una orientación revolucionaria genuinamente internacionalista que dé un horizonte más amplio a la Revolución Cubana.

Claro que también hay factores que actúan en el sentido contrario, es decir, a favor del mantenimiento del sistema de economía planificada, como la crisis capitalista mundial, las condiciones de vida en los países circundantes, los procesos revolucionarios que se han abierto en América Latina, la frescura del proceso revolucionario cubano, el peligro que representa el imperialismo no sólo para las conquistas sociales de la revolución sino para la propia soberanía nacional de la Isla, la sed de venganza de los gusanos, ansiosos de recuperar sus negocios y dar un buen escarmiento a ese pueblo que se atrevió a vivir con la cabeza alta. Pero en la confrontación de fuerzas que empujan hacia atrás, hacia el capitalismo, o hacia delante, hacia el socialismo, las primeras tienen una ventaja: el orden capitalista se reproduce bastante bien en el caos, no necesita el factor consciente y organizado para abrirse un camino. En la etapa de transición al socialismo, eso es sencillamente imprescindible. De ahí que la adopción de una política genuinamente socialista, basada en el internacionalismo y en la democracia obrera, sea clave para preservar y extender las conquistas de la revolución.

EL LEGADO DE LOS BOLCHEVIQUES

Muy a menudo, cuando se piensa en la Revolución Rusa de 1917 y la experiencia de los bolcheviques, se infravaloran las valiosas lecciones que encerró aquel proceso para revoluciones posteriores, como la cubana. Una de las ideas que inducen a ese error es pensar que para cada país hay la posibilidad de elegir el "modelo" más adecuado para llevarlo al socialismo, en función de sus peculiaridades históricas, económicas, etc. Si lo pensamos bien, en sí misma esa afirmación es un contrasentido. No puede existir un modelo diferente para llegar al socialismo en cada país sencillamente porque no puede existir socialismo en un solo país; no existe "vía" para cada país porque de manera individual no se llegará nunca al socialismo como, ha quedado demostrado con el colapso de la URSS tras seis décadas de "triunfo del socialismo" tal como afirmaba irresponsablemente la burocracia. El socialismo, entendido como un tipo de sociedad que ha superado definitivamente al capitalismo en todas las esferas de la actividad humana tiene que partir, necesariamente, de la utilización de todos los recursos económicos y técnicos a escala internacional.

Por supuesto que cada revolución tiene sus peculiaridades, pero también tienen muchas cosas en común porque en realidad son parte de un mismo proceso de fondo. Son diferentes eslabones que se rompen de la misma cadena capitalista internacional y que son sometidos a presiones y procesos similares. Una buena razón para recurrir a la experiencia de la revolución de 1917 y su desarrollo posterior es por que en gran medida, los retos a los que se enfrentó el proletariado ruso en aquella época son de naturaleza muy similar a los que ahora tiene sobre la mesa el proletariado cubano: acoso imperialista, presiones del mercado mundial, surgimiento de tendencias procapitalistas. Y los "remedios" a esas presiones, bajo nuestro punto de vista, también son de naturaleza similar, fundamentalmente la extensión internacional de la revolución socialista y la participación consciente de la clase obrera en todas las esferas de la política y de la economía, es decir, la necesidad de democracia obrera. En la cuestión de cómo defender las conquistas revolucionarias del primer país que rompió con el capitalismo, el legado de Lenin y Trotsky, los dirigentes y teóricos más importantes de la Revolución Rusa, tiene también un valor incalculable y a menudo es interesadamente olvidado.

Todos aquellos que aspiramos a la transformación socialista de la sociedad, tenemos la obligación de apoyarnos en el torrente de energía e inspiración revolucionaria que aún hoy Cuba es capaz de transmitir al pueblo latinoamericano y a la clase obrera de todo el mundo. El mejor servicio a su causa emancipadora nos lleva a defender los aspectos tremendamente progresistas de la Revolución Cubana para combatir las tendencias conservadoras y abiertamente contrarrevolucionarias que coexisten en su seno.

Para salvaguardar las conquistas de la revolución, profundizarlas y extenderlas debemos ser fieles al programa de Marx, Engels, Lenin y Trotsky. Flaco favor haríamos a la Revolución Cubana si tirásemos por la borda las lecciones de Octubre, si no entendiésemos las causas de la posterior degeneración burocrática estalinista -producto, en último término, del aislamiento de la revolución socialista en un país atrasado- y finalmente de la restauración capitalista. Flaco favor haríamos a la Revolución Cubana si no viéramos su suerte ligada al triunfo de la revolución socialista en América Latina y en el mundo.

Una vez más, como ocurriera en los decisivos años de 1959 y 1960, la Revolución Cubana tiene que avanzar para sobrevivir.

1. El bloqueo económico y comercial a Cuba propiciado por EEUU empieza con el mismo triunfo de la revolución. Se establece formalmente desde febrero de 1962 y desde entonces ha ido endureciéndose progresivamente, con medidas como la ley Helms-Burton (1996), que establece penas de cárcel a los inversores en propiedades nacionalizadas o expropiadas por la revolución o las recientes medidas de Bush, restringiendo los viajes y los gastos en dólares en la Isla de los cubanos residentes en EEUU. Al bloqueo económico y comercial hay que sumar el largo historial de actos de sabotaje y terrorismo que el imperialismo americano ha organizado contra la revolución durante décadas.

 

II. Cuba antes de la revolución

En Cuba se concentraban, y de forma extrema, muchos de los rasgos esenciales (históricos, sociales, económicos y políticos) de los países latinoamericanos y eso tuvo una expresión clarísima en el también peculiar desarrollo que tuvo la revolución de 1959. A la burguesía cubana la podríamos considerar paradigmática de la sumisión hacia el imperialismo que ha caracterizado históricamente a todas las burguesías latinoamericanas. Es importante, en ese sentido, abordar algunos aspectos de la historia de Cuba.

Cuba fue una de las primeras islas descubiertas por Cristóbal Colón en los últimos años del siglo XV y desde entonces, durante casi cuatro siglos, permanecerá bajo el dominio español. En el siglo XVIII se acrecienta el interés de Inglaterra por la "perla antillana", culminando con la invasión de 1762. Los ingleses permanecerán un año en la Isla y desde entonces serán determinantes para su desarrollo económico, sustituidos algunas décadas después por EEUU. En este período se inicia la explotación masiva de los latifundios para el cultivo de caña de azúcar y tabaco, por medio de la profusa utilización de esclavos.

A principios del siglo XIX el movimiento por la independencia se extiende por toda América Latina, salvo algunas excepciones, entre ellas, Cuba. El comportamiento de las clases dominantes de la Isla estaba determinando por el miedo a que su aislamiento respecto al resto del continente pudiera facilitar la represión española y por el temor a que una revolución por la independencia desencadenase una rebelión de esclavos similar a la acontecida en Haití. Además, la colonia estaba atravesando un largo período de gran crecimiento económico, en conexión directa con la economía norteamericana. A mediados del siglo XIX Cuba era el principal productor de azúcar del mundo, y EEUU el principal comprador.

La élite criolla no aspiraba a la independencia, más bien le atraía la posibilidad de convertirse en un Estado de la Unión Americana. Ese deseo, apoyado por algunos círculos de la burguesía de Washington, era muy significativo de las características de la clase dominante cubana, completamente dócil al capitalismo norteamericano.

LA PRIMERA GUERRA CIVIL (1868-1876)

La realidad socioeconómica cubana era una expresión condensada de la teoría del desarrollo desigual y combinado que Trotsky explica muy bien en su Historia de la Revolución Rusa. En Cuba la penetración tecnológica y financiera de los países capitalistas avanzados no sólo no entró en contradicción con el sistema esclavista empleado en la Isla, sino que lo intensificó aún más. Fue sólo a finales del siglo XIX, cuando el sistema esclavista entró en declive.

Ese fue el telón de fondo de la confrontación que dio lugar a la primera guerra civil por la liberación nacional y que duró de 1868 a 1876. Un sector de la clase dominante, compuesto sobre todo por cafetaleros, azucareros medianos y ganaderos, de la parte oriental de la Isla, la más atrasada, se sentía en condiciones de clara desventaja respecto a los grandes hacendados de la parte occidental. No contaban, como ellos, con la utilización intensiva de la mano de obra esclava, ni con la misma capacidad de renovación tecnológica, ni con el control del aparato estatal. Sin embargo, a pesar de que la guerra contó con las ilusiones y la participación popular, no culminó en una revolución democrático-burguesa. El ejército español dispuso en aquella ocasión del apoyo de EEUU, y para la élite social del Occidente de la Isla era preferible que Cuba siguiera como una colonia española a la desestabilización social que la independencia pudiera provocar. Los hacendados de Oriente acabaron abandonando la lucha por la independencia a cambio de algunas concesiones de la Corona española, traicionando a la base que había conformado el movimiento: los esclavos liberados y los campesinos.

Estos acontecimientos y toda la historia posterior hasta la propia revolución de 1959, ponían en evidencia que la clase dominante cubana era incapaz de poner en práctica las tareas de la revolución democrático-burguesa como en Francia en 1789 y otros países occidentales, cuando consolidaron el Estado-nación como la base del desarrollo capitalista. En pocas palabras era incapaz de lograr un desarrollo industrial con una base propia, distribuir la tierra a los campesinos y la creación de una democracia parlamentaria relativamente estable, todo eso en el marco de un Estado nacional.

En la época moderna no es posible que la burguesía nacional de los países excoloniales, aparecida demasiado tarde en la escena de la historia, sea capaz de resolver estas tareas. Esa es una realidad confirmada no sólo en Cuba sino en todos los países de desarrollo capitalista tardío. La burguesía nacional no puede realizar una eficaz reforma agraria, dado que está ligada económica, social y políticamente a los grandes latifundistas. Es, además, incapaz de desarrollar una verdadera industria nacional, puesto que ella misma asume, el papel de subsidiaria de las multinacionales y de la banca internacional. En la medida que el capitalismo en esos países está ligado a una extrema explotación de la mano de obra y al saqueo de los recursos naturales del país no hay cabida para largos períodos de estabilidad y democracia burguesa parlamentaria.

LA INDEPENDENCIA DE CUBA

José Martí, poeta y fundador, en 1892, del Partido Revolucionario Cubano (PRC), encabezó la segunda guerra de liberación nacional. Su movimiento contó con un amplio respaldo popular (trabajadores, la población de origen africano, la pequeña burguesía urbana, los pequeños propietarios, los campesinos tabacaleros...). A la reivindicación de independencia se unían toda una serie de demandas de tipo social. A pesar de tener muchas limitaciones, el programa de Martí tenía un marcado carácter progresista en la medida que apelaba a la intervención de las masas para alcanzar reivindicaciones de tipo democrático nacional. Además, se dio cuenta de que la independencia formal de la corona española alcanzada por los demás países latinoamericanos no lo resolvía todo, era necesaria una "segunda independencia" que liberase al país del asfixiante dominio del creciente imperialismo norteamericano.

Sin embargo, el proyecto de José Martí de una Cuba independiente de España y de los Estados Unidos, democrática y libre, se frustró. Tras la temprana muerte del líder cubano, en mayo de 1895, bajo la metralla del ejército español, la dirección del PRC supeditó el movimiento de liberación a la burguesía y los terratenientes, que propiciaron a su vez la intervención de EEUU en la guerra. A pesar de todo, la lucha de Martí dejó una larga tradición revolucionaria en Cuba, basada en el antiimperialismo y la apelación a las masas a luchar, que entroncará con el Movimiento 26 de Julio que funda Fidel en 1955.

La represión indiscriminada del ejército colonial no logró frenar la creciente ira de la población contra la dominación española y efectivamente, los norteamericanos deciden intervenir en Cuba aprovechando la formidable ocasión, con la excusa de la defensa de la independencia de la Isla. En poco tiempo los norteamericanos hicieron entrar en razón a los militares españoles y el 10 de diciembre de 1898, con el tratado de París, tomaron posesión del país.

El gobierno de los Estados Unidos consideró a Cuba como un protectorado y rehusó reconocer y compartir el poder con los representantes de los insurgentes nombrando directamente a los administradores de la Isla.

En 1901 el senado norteamericano votó la enmienda Platt, que se insertó como apéndice a la primera Constitución Cubana en la Asamblea Constituyente, compuesta por los mejores exponentes de la burguesía liberal de La Habana, dejando en evidencia el carácter sumiso y conservador de esta clase social. Uno de los artículos de la enmienda Platt, señala que: "(...) el gobierno de Cuba acepta que los Estados Unidos puedan ejercitar el derecho de intervención con el fin de conservar la independencia cubana y el mantenimiento de un gobierno adecuado a la protección de la vida humana, de la propiedad y las libertades individuales (...)".

Con esta enmienda EEUU ratificaba su absoluto dominio sobre Cuba que duraría varias décadas. Es verdad que en 1902 los marines regresaron a casa y que Cuba se convirtió, formalmente, en una república independiente, pero siguieron influyendo poderosamente en la política de la Isla y en el ámbito económico los norteamericanos mantuvieron, e incluso incrementaron, su dominio. Si en 1895 las inversiones norteamericanas fueron de 50 millones de dólares, el año de la independencia, 1902, éstas ascendieron a 100 millones de dólares y la United Fruit Company adquirió 7.500 hectáreas de tierra al precio de 50 centavos de dólar por hectárea.

En 1909 el 34% del azúcar producido en el país provenía de plantaciones propiedad de los Estados Unidos, el 35% de plantaciones de propiedad europea y sólo el 31% de propiedad cubana, las cuales pagaban hipotecas a bancos norteamericanos. Las empresas multinacionales controlaban enormes territorios. En el campo, toda la actividad económica giraba entorno a las grandes plantaciones, de las que dependía la gran mayoría de los campesinos. Los pequeños propietarios estaban también condicionados por ese dominio aplastante.

EL SURGIMIENTO DE LA CLASE OBRERA Y SUS ORGANIZACIONES

Los presidentes que se sucedieron en aquellos primeros años de "libertad" -entre tentativas de golpes de Estado, de intervenciones militares norteamericanas y fraudes electorales- eran, en general, poco más que simples títeres del Tío Sam. El período que va desde la Primera Guerra Mundial a los años 20, fue también una época de expansión económica, por la cual Cuba se convirtió en el primer productor mundial de azúcar.

Paralelamente se desarrollaron las primeras huelgas de masas, sobre todo en el sector del tabaco, que llevaron en 1920 a la formación de la Federación Obrera de La Habana, el primer sindicato obrero.

En 1921 se desató una nueva crisis, determinada fundamentalmente por la caída del precio del azúcar de 22,6 a 3,7 centavos la libra.

Los gobernantes a duras penas pudieron contener el descontento social y las protestas se sucedían una tras otra. En febrero de 1924 se fundó el Sindicato de Ferroviarios, que poco después organizó una huelga de tres semanas. Las universidades estaban en constante agitación.

El año 1925 comenzó con una gran oleada de huelgas, entre ellas la más importante fue la de los obreros textiles, sofocada a balazos. El mismo año se funda la Confederación Nacional de Trabajadores, que agrupa a los sindicatos de diversos sectores.

En agosto de 1925 se forma el Partido Comunista Cubano (PCC) por iniciativa de algunas decenas de obreros cubanos, estudiantes universitarios y un grupo de obreros emigrados. El partido nacía en un momento favorable para el crecimiento de una fuerza revolucionaria de masas en el país, pero también en medio del proceso de degeneración burocrática de la Internacional Comunista, que significó una ruptura total con las tradiciones bolcheviques que llevaron al triunfo de la Revolución Rusa en octubre de 1917. Se depuró la Internacional Comunista de todo dirigente poco dispuesto a arrodillarse ante Stalin, mientras la línea política oscilaba entre la colaboración de clases con la "burguesía progresista" en los países coloniales y el sectarismo más disparatado en los países capitalistas avanzados.

El año 1925 también fue el del fin de los gobiernos "democráticos" en Cuba. Dos años antes, el presidente Zayas había sido puesto bajo la tutela de una comisión norteamericana presidida por el general Crowder, que en el fondo detentaba el poder real. Dicha mafia apoyaría la candidatura del general Gerardo Machado para presidente. Este último será el prototipo de los futuros dictadores latinoamericanos, mezclando grandes dosis de demagogia con la más brutal represión contra los opositores. Muchos dirigentes comunistas son asesinados sistemáticamente, como fue el caso del fundador y dirigente del Partido Comunista y de los sindicatos cubanos Julio Antonio Mella, asesinado en Ciudad de México en 1929.

La crisis de 1929 golpeó duramente a Cuba. La producción de azúcar se mantenía en sus niveles más altos mientras que el precio llegaba al mínimo histórico de 0, 71 centavos la libra. Esto determinó un notable incremento de la lucha.

En 1930 una huelga general en el Occidente de la Isla hizo tambalear el régimen de Machado. El 19 de abril 50.000 personas se manifestaron en La Habana contra la dictadura. El año siguiente los comunistas lograron hacerse con el control de la Central Nacional Obrera Cubana (CNOC), antes dirigida por los anarcosindicalistas.

LA REVOLUCIÓN DE 1933

En la víspera del estallido revolucionario de 1933 existían en Cuba todas las condiciones para una reedición de un octubre ruso de 1917, es decir, para la toma de poder por parte del proletariado cubano, aliado con los campesinos y otras clases oprimidas.

El país vivía un estado de enorme atraso combinado con algunos aspectos de la más moderna economía capitalista. Los norteamericanos habían construido una eficiente red de transportes, mientras la mayor parte de los trabajadores del campo eran asalariados, por ende no había un número muy significativo de campesinos pequeños propietarios. El 57% de los cubanos vivía en la ciudad.

La Habana era una de las metrópolis más importantes de Centroamérica y las Antillas. El 16,4% de la población económicamente activa estaba constituida por obreros, un porcentaje superior al de Rusia en 1917. Además habría que añadir un 37% de los trabajadores del sector terciario.

La clase obrera era la única que, frente a la ineptitud de la burguesía nacional, podía liberar la Isla del dominio del imperialismo y de su subdesarrollo. Para salir del atraso en el que se había enquistado el desarrollo social y económico de Cuba era necesario proceder al derrocamiento de la burguesía, a la nacionalización de la economía y a su gestión por medio de un plan centralizado de producción que respondiese a los intereses de la inmensa mayoría de la población. Realmente, la única clase que tenía la fuerza potencial y podía asumir tal programa de forma consciente, era la clase obrera.

El papel que durante muchos años jugó la dirección del PCC es fundamental para entender las peculiaridades del proceso revolucionario cubano. Paradójicamente, el partido no tuvo un papel determinante en la revolución de 1959. Tampoco en la situación revolucionaria de los años 30 el partido planteó la perspectiva de una revolución de carácter socialista en el país. La razón que explica este hecho no reside en su debilidad, de hecho el PCC era uno de los partidos comunistas más fuertes de América Latina. En los años 40 contaba con 80.000 militantes sobre una población de seis millones, una cifra nada desdeñable si tenemos en cuenta que el Partido Bolchevique, en febrero de 1917 sólo contaba con 8.000 sobre una población de más de cien millones.

Pero, ¿cuál era la política de la dirección de PCC en 1933? Como todos los demás grupos dirigentes de los partidos comunistas de América Latina, formados bajo las directrices estalinistas, confiaban en una alianza con una imaginaria "burguesía nacional antiimperialista" y en "una revolución democrática, liberal y nacionalista" (S. Tutino, L'Ottobre cubano, pág. 65).

En la primavera de 1933 estalla una gran huelga general impulsada por la CNOC. La posición de Machado se hacía cada vez más insostenible y la posibilidad de una intervención norteamericana se reforzaba. En esta coyuntura la postura de la dirección del PCC no fue reforzar una línea de independencia de clase con el fin de liderar una alternativa socialista frente a Machado. Por el contrario basándose en el argumento del mal menor, Cesar Vilar, comunista y secretario general de la CNOC, acordó un pacto con el dictador por el que puso fin a la huelga. El objetivo declarado fue evitar la intervención de los EEUU.

En agosto estalló la huelga en el sector del transporte. Tras una semana, nuevamente, Vilar intenta frenar el movimiento con un acuerdo, pero la huelga no se suspendía. Machado intentó emplear al ejército pero los militares rehusaron intervenir.

En la parte oriental los trabajadores formaron sóviets1 en algunos ingenios azucareros. La escalada de movilizaciones había alcanzado un punto culminante y la población se lanzó masivamente a la calle reclamando el fin de la dictadura. Finalmente Machado fue destituido.

En su lugar entró un gobierno filo-americano, con Carlos Manuel Céspedes al frente, pero el movimiento, a pesar de la caída de Machado, no se detuvo. Un grupo de suboficiales, con el apoyo de los estudiantes y de algunas capas de la pequeña burguesía radical derribaron al gobierno de Céspedes y colocaron en el poder a una junta de cinco personas presidida por Grau San Martí, profesor universitario y viejo opositor de Machado. El líder de los militares era el sargento Fulgencio Batista.

La dirección del PCC, sintiendo que otros personajes y formaciones políticas se estaban aprovechando del proceso revolucionario que se había abierto, da un improvisado giro de 180 grados a su política. Pero ya era demasiado tarde para evitar desperdiciar una ocasión de oro. Intentan remediar toda la política oportunista anterior lanzando la consigna de "todo el poder a los sóviets", sin ninguna preparación previa y cuando el movimiento estaba ya en reflujo. Además, el partido había gastado mucho de su prestigio a causa de su posicionamiento hacia Machado, no sólo entre la pequeña burguesía, también entre la clase obrera. Esa situación facilitó la represión del ejército contra la militancia comunista, que pagó con su sangre los errores políticos de su dirección.

EL PCC Y LA POLÍTICA DE FRENTE POPULAR

Batista y los militares maniobraron para controlar la situación. Para enero de 1934 se deshicieron del gobierno de Grau sustituyéndolo por hombres más manejables. Empezaba así el primer paso de Batista hacia el poder.

Producto de la derrota de la revolución, el movimiento obrero y campesino tardaría algún tiempo en recuperarse. De manera paralela se inicia un período favorable en la economía, lo cual le permite al gobierno hacer algunas concesiones, como la jornada de 8 horas. De cualquier modo en 1935 cerca del 25% de la población era aún analfabeta y en un porcentaje similar estaba desocupada.

El PCC, en la clandestinidad, trata de reflexionar sobre sus errores pasados. Sin embargo, la línea aprobada en el VII Congreso de la Internacional Comunista (1935), que supuso un nuevo viraje político de 180 grados y la confirmación de los frentes populares, terminó por anular al PCC como organización revolucionaria. El frente popular es una política que implica la búsqueda de alianzas a toda costa con partidos y personalidades de la burguesía "antifascista" o progresista, verdaderos o (casi siempre) supuestos. En la táctica del frente popular las organizaciones de la clase obrera renuncian al programa de lucha contra el capitalismo y a sus métodos naturales de combate (fortalecimiento de los consejos obreros, toma de empresas bajo control obrero, formación de milicias independientes del Estado burgués, etc.) en aras de su alianza con la supuesta burguesía antifascista, que en la práctica no aporta nada a la lucha contra el fascismo. Esa orientación no tiene nada que ver con una política de frente único entre las diferentes organizaciones de la clase obrera contra el enemigo fascista y la diferencia es cualitativa.

La política de frente popular, que entre otras cosas llevó a la ruina a la Revolución Española de 1936-39, fue aplicada celosamente también en Cuba. En diciembre de 1936, Blas Roca, secretario general del partido escribía: "La misma burguesía nacional, entrando en contradicción con el capitalismo que la sofoca, acumula energías revolucionarias que no se deben dejar perder (...) Todos los estratos de nuestra población desde el proletariado a la burguesía nacional pueden y deben formar un amplio frente popular contra el opresor extranjero" (S. Tutino, op. cit., pág. 148).

La invitación a formar la alianza se orientó hacia Grau y su Partido Revolucionario Auténtico (de carácter burgués), el cual sin embargo, no aceptó la alianza.

BATISTA Y EL PCC

De 1937 en adelante Batista, aconsejado por el entonces presidente de EEUU Rooselvelt, concede una cierta apertura democrática e impulsa un mayor control del Estado sobre la economía, especialmente la producción de azúcar y tabaco. Repentinamente, el PCC, que definía a Batista como un "traidor a la nación y siervo del imperialismo" efectúa otro giro de 180 grados. "Batista había comenzado a no ser el principal exponente de la reacción" afirmaba Blas Roca en julio de 1938 y continuaba: "El estallido revolucionario que en septiembre de 1933 lo indujo a revelarse contra el poder no ha cesado de ejercitar una presión sobre él" (citado en Guerrilleros al poder, de K. S. Karol, 1970, pág. 83)

El gobierno de Batista recibió la etiqueta de "democrático" por parte de Rooselvelt y en esa coyuntura la burocracia estalinista no quería entorpecer sus relaciones económicas y políticas con el mandatario norteamericano. Ahora los principales enemigos de Cuba eran los fascistas pero no Batista (¡!). Como muestra de agradecimiento el PCC fue legalizado en 1938. Cuando en noviembre del 1939 se llevaron acabo las elecciones para la Asamblea Constituyente, se confrontaron dos coaliciones: Batista y los comunistas por un lado y los Auténticos de Grau y el ABC de la otra. Ganaron estos últimos y el PC obtuvo el 10% de los votos aproximadamente. El año siguiente Batista se hace elegir presidente de una manera no muy limpia y para 1942 dos comunistas, Juan Marinello y Carlos Rafael Rodríguez, entraron al gobierno.

En ese período el PCC cambia de nombre, pasándose a llamar Partido Socialista Popular, y figuraba entre los partidos más a la derecha de la Internacional Comunista. El II Congreso del PSP consideró oportuno saludar al presidente Batista con estas palabras: "(...) Deseamos reiterar que puede contar con nuestro respeto, afecto y estima por sus principios de gobernante democrático y progresista" (S. Tutino, op. cit., pág. 171). La crítica al imperialismo estadounidense pertenecía al pasado y, sosteniendo la inutilidad de las nacionalizaciones de las propiedades extranjeras, se proponía "la colaboración en un programa de economía expansiva que aceptaría pagar intereses razonables para las inversiones extranjeras, principalmente inglesas y norteamericanas" (S. Tutino, op. cit., pág 179). Los sindicatos, en 80% de los cuales los comunistas habían conquistado una posición dirigente, publicaron un folleto con el título "La colaboración entre los empresarios y los obreros". Efectuando un posterior viraje político los dirigentes del PSP ofrecieron su colaboración al nuevo presidente Grau San Martín, para después ser desechados y pasar a la oposición en 1946. La sucesión de giros, vacilaciones y traiciones por parte de los dirigentes que se suponían "herederos de las tradiciones de Octubre" en Cuba, constituye un caso paradigmático del desastre que el estalinismo provocó en el conjunto del movimiento revolucionario de América Latina.

Un partido que tenía una influencia decisiva en el movimiento obrero cubano y cuya dirección, en nombre del comunismo y de las tradiciones revolucionarias de Octubre, practicaba la más despreciable política menchevique y de colaboración de clases no podía menos que dejar su impronta en la política cubana.

Con esa trayectoria nos podemos imaginar lo difícil que era para los trabajadores y los campesinos cubanos de la época, hacerse una idea de las auténticas ideas del comunismo y de la táctica bolchevique. Las ideas de Marx y de Lenin estaban sepultadas bajo toneladas de tremendas aberraciones. Para toda una generación de jóvenes que entraron en política bajo el signo de la lucha antiimperialista, los zigzagues del PCC cuanto menos causaban indiferencia, cuando no abierto rechazo. Para muchos, los comunistas eran demasiado "flojos" con el imperialismo americano y para otros, aunque la noción del comunismo y de la Revolución de Octubre podían ejercer un poderoso atractivo, conocer su auténtico desarrollo y asimilar sus valiosas lecciones era una tarea casi imposible.

JULIO ANTONIO MELLA

Es muy interesante contrastar la política de la dirección del PCC descrita más arriba con la que propugnaba su secretario general Julio Antonio Mella. Su asesinato en México, en 1929, truncó la posibilidad de que el partido adoptase una política genuinamente leninista, claramente contrapuesta a la política estalinista de alianza entre las clases. Citamos algunos párrafos de sus escritos que se comentan por sí mismos:

 "(...) en su lucha contra el imperialismo -el ladrón extranjero- las burguesías -los ladrones nacionales- se unen al proletariado, buena carne de cañón. Pero acaban por comprender que es mejor hacer alianza con el imperialismo que al fin y al cabo persigue un interés semejante. De progresistas se convierten en reaccionarios. Las concesiones que hacían al proletariado para tenerlo a su lado las traicionan cuando éste, en su avance, se convierte en un peligro tanto para el ladrón extranjero como para el nacional" (de La lucha revolucionaria contra el imperialismo. ¿Qué es el ARPA?).

 "Los revolucionarios de la América que aspiran a derrocar las tiranías de sus respectivos países, no pueden desconocer esta verdad; los que aparenten desconocerla es porque su ignorancia, o su mala fe, les impide ver la clara realidad. No se puede vivir con los principios de 1789; a pesar de la mente retardataria de algunos, la humanidad ha progresado y al hacer las revoluciones en este siglo hay que contar con un nuevo factor: las ideas socialistas en general, que con un matiz u otro, se arraigan en todos los rincones del globo" (de Imperialismo, tirana, sóviet).

 "La causa del proletariado es la causa nacional. Él es la única fuerza capaz de luchar con probabilidades de triunfo por los ideales de libertad en la época actual. Cuando él se levanta airado como nuevo Espartaco en los campos y en las ciudades, él se levanta a luchar por los ideales todos del pueblo. Él quiere destruir al capital extranjero que es el enemigo de la nación. Él anhela establecer un régimen de hombres del pueblo, servido por un ejército del pueblo, porque comprende que es la única garantía de la justicia social (...) Sabe que la riqueza en manos de unos cuantos es causa de abusos y miserias, por eso la pretende socializar (...)" (de Los nuevos libertadores).

 "Los comunistas ayudarán, han ayudado hasta ahora -México, Nicaragua, etc- a los movimientos nacionales de emancipación aunque tengan una base burguesa-democrática. Nadie niega esta necesidad, a condición de que sean verdaderamente emancipadores y revolucionarios. Pero he aquí lo que continúa aconsejando Lenin al Segundo Congreso de la Internacional: ‘La Internacional debe apoyar los movimientos nacionales de liberación /.../ en los países atrasados y en las colonias, solamente bajo la condición de que los elementos de los futuros partidos proletarios, comunistas no sólo de nombre, se agrupen y se eduquen en la conciencia de sus propias tareas disímiles, tareas de lucha contra los movimientos democrático-burgueses dentro de sus naciones. La I.C. debe marchar en alianza temporal con la democracia burguesa de las colonias y de los países atrasados, pero sin fusionarse con ella y salvaguardando expresamente la independencia del movimiento proletario, aún en lo más rudimentario" (de La lucha revolucionaria contra el imperialismo. ¿Qué es el ARPA?).

Mella reconocía la existencia de dos nacionalismos: el burgués y el revolucionario. "El primero desea una nación para vivir su casta parasitariamente del resto de la sociedad y de los mendrugos del capital sajón; el último desea una nación libre para acabar con los parásitos del interior y los invasores imperialistas, reconociendo que el principal ciudadano en toda la sociedad es aquel que contribuye a elevar con su trabajo diario, sin explotar a sus semejantes" (de Imperialismo, tirana, sóviet).

INESTABILIDAD POLÍTICA Y MISERIA SOCIAL

Entre 1939 y 1945 se había duplicado el PIB nacional, pero la burguesía cubana era incapaz de elaborar un plan de desarrollo que liberase la economía cubana de la dependencia de la caña de azúcar, que representaba el 80% de las exportaciones. De este modo toda la economía estaba condicionada a las fluctuaciones internacionales del precio de este producto en el mercado mundial.

Después de la Segunda Guerra Mundial, Cuba afrontaría una nueva crisis. Las luchas políticas y la inestabilidad económica minaban gravemente la "democracia" cubana. Por otro lado, el gangsterismo estaba al orden del día, financiado directamente desde la presidencia de la República, que enviaba 18.000 dólares al mes a los grupos de acción, bajo la forma de "asignaciones particulares". En 1947, denunciando la corrupción del gobierno de Grau, el senador Chibás y otros destacados miembros del ala más nacionalista de la burguesía, fundaron el Partido del Pueblo Cubano, llamado más conocido como Partido Ortodoxo, al que se adhiere el joven universitario Fidel Castro.

Algunos años antes de la revolución, Cuba era sin duda un paraíso para los ricos turistas americanos, pero también era un infierno para la mayoría de la población, a pesar de ser considerada una de las naciones con mayor bienestar en América Latina.

Entre 1950 y 1954 el ingreso medio per cápita en el estado más pobre de los Estados Unidos, Mississipi, era de 829 dólares, mientras en Cuba era de sólo 312 dólares, esto es 6 dólares a la semana. Un cuarto de la población era analfabeta y el porcentaje de niños que estudiaban era más bajo que en los años 20. En 1954 el 15% de las casas de la ciudad y sólo el 1% de las del campo tenían baño.

Al mismo tiempo, en La Habana circulaban más Cadillac que en cualquier otra ciudad del mundo. Menos de 30.000 propietarios poseían el 70% de los terrenos agrícolas, mientras que el 78,5% de los campesinos ocupaban sólo el 15% del total.

Los terrenos cultivados directamente por sus propietarios no sumaban ni el 33% de la superficie total. El latifundismo era aún más claro en el cultivo de caña, donde 22 grandes propietarios poseían el 70% de las tierras cultivables.

 "... La existencia de un fuerte núcleo de propietarios agrícolas confirma la fuerza de penetración del capitalismo en el campo cubano. (...)El proletariado agrícola cubano estaba totalmente desplazado de la tierra; este estaba muy propenso a exigir la propiedad de la tierra" (M. Gutelmon, La política agraria de la Revolución Cubana 1959-1968, págs. 20 a 23). Los habitantes de Cuba sumaban en aquellos años un poco más de seis millones. En 1957 los asalariados agrícolas eran 975.000, de los cuales al menos un tercio no trabajaban más de 100 días al año.

El historiador Hugh Tomas habla de "cuatrocientas mil familias del proletariado urbano" en los años 50. Según estos datos el porcentaje de la clase obrera urbana representaba un 20% de la población económicamente activa. Si se añaden los proletarios agrícolas, los empleados estatales, etc. la mayoría de la población trabajadora cubana estaba constituida por asalariados, buena parte de ellos organizados sindicalmente. Con ese peso en la sociedad la clase obrera cubana estaba en condiciones de disputar a la burguesía el poder, de jugar un papel protagonista en el proceso de destrucción del capitalismo, arrastrando tras de sí a los campesinos pobres y parte de las clases medias arruinadas. Pero como vimos anteriormente, el PCC no iba a jugar el papel que jugaron los bolcheviques en 1917 con una correlación social mucho más desfavorable.

EL GOLPE DE ESTADO DE BATISTA Y EL ASALTO AL CUARTEL DE MONCADA

Se acercaban las elecciones de 1952, que con toda probabilidad le darían el triunfo a los ortodoxos, aliados en aquel momento con los comunistas. La situación se escapaba de las manos al imperialismo norteamericano, por lo que en marzo de este año, sin titubeos, apoyó el golpe de Estado de Batista.

La oposición al golpe era muy fuerte entre estudiantes e intelectuales. El 26 de julio de 1953 un grupo de aproximadamente 120 jóvenes agrupados en torno a Fidel asaltan el cuartel de Moncada, en Santiago de Cuba, con el fin de desencadenar un movimiento social que propiciase el fin de la dictadura. Aunque acabó en la muerte y el fusilamiento de la mayoría de sus participantes y en el encarcelamiento de los supervivientes (entre ellos Fidel y su hermano Raúl), el asalto tuvo un enorme papel propagandístico y la figura de Fidel pasó a ser muy conocida. La fuerte campaña internacional por la liberación de los encarcelados de Moncada, unido a la necesidad del régimen de dar una imagen de normalidad, propicia su liberación dos años después, tras la que se exilia a México y funda el Movimiento 26 de Julio. En 1956 rompe definitivamente con el Partido Ortodoxo.

La proclama que habría sido leída por los insurrectos una vez tomada la estación de radio, si no hubiese fracasado el plan, recitaba así: "La Revolución declara su firme intención de poner a Cuba sobre el plano del bienestar y la prosperidad económica (...). La revolución declara el estricto respeto a los trabajadores y la instauración de la total y definitiva justicia social, fundada sobre el progreso económico e industrial bajo un plan nacional bien ideado y sincronizado (...) La revolución reconoce y se basa sobre el ideario de Martí (...) y adopta el programa revolucionario de la Joven Cuba, de los radicales ABC y del PPC [Los ortodoxos] (...) La revolución declara el absoluto respeto por la constitución dada al pueblo en 1940 (...) En nombre de los mártires, en nombre de los sacros derechos de la patria (...)" (H. Tomas, Storia di Cuba, 1973, Pág. 625).

La exigida Constitución de 1940 estaba llena de hermosas palabras pero nada más. El mismo Hugh Thomas escribe en su libro, analizando el programa de Moncada:

 "Todas estas medidas eran muy poco radicales y de por sí no habrían satisfecho la exigencia de una independencia internacional de Cuba; no se hablaba de nacionalización de la industria del azúcar, una medida que habría estado ciertamente justificada dada la singular estructura de tal industria y del hecho de que la nación depende de ella en enorme medida, y que en el programa, por ejemplo, de los laboristas ingleses, habría estado en los primeros lugares" (H. Thomas, op. cit; pág 628).

Este programa, confirmado posteriormente en el famoso discurso "La historia me absolverá" hecho por Fidel Castro durante el proceso, si bien revelaba muy claramente una voluntad de lucha por reformas profundas, no estaba incluida la necesidad de la lucha por la transformación socialista de la sociedad.

El ideal de Fidel estaba profundamente inspirado en Martí, el de un desarrollo próspero, socialmente justo e independiente de Cuba, pero sin que ello conllevase la ruptura con el capitalismo ni implicase una política de independencia de clase. Sin embargo, la historia nunca se repite exactamente del mismo modo. En la época de Martí la clase obrera apenas podía jugar un papel político independiente. Medio siglo después una clase obrera ya tenía un peso decisivo en la sociedad y eso tendría implicaciones en el futuro desarrollo del proceso revolucionario cubano. La Revolución Cubana fue una clara confirmación de la teoría de la revolución permanente. Como escribió el dirigente revolucionario ruso León Trotsky en La revolución permanente en relación a las revoluciones en los países de desarrollo burguesa retrasado "la solución íntegra y efectiva de sus fines democráticos y de su emancipación nacional tan sólo puede concebirse por medio de la dictadura del proletariado (...)" (León Trotsky, La revolución permanente).

1. Sóviet. El rasgo más esencial del sóviet es que es un órgano de lucha y de participación de la clase obrera que constituye un elemento de poder que desafía al poder del Estado burgués. Aunque surja de una lucha parcial, amplía sus funciones a tareas de organización social en un determinado barrio, fábrica, ciudad, etc.

 

III. La guerrilla al poder

En noviembre de 1954 Batista se hizo reelegir presidente. Mientras tanto el movimiento obrero cubano se reanimaba. En diciembre de 1955 estalló una huelga de medio millón de trabajadores de los ingenios azucareros. Tal fue la envergadura del movimiento que Batista, ante el peligro de que la zafra quedara paralizada, cedió a las exigencias de los trabajadores.

En el exilio mexicano Fidel concentra toda su atención en agrupar a los que protagonizarían el inicio del movimiento guerrillero en Cuba, entre ellos al argentino Ernesto Guevara, el Che. En septiembre de 1956, Fidel firma -por el Movimiento 26 de Julio- con José Echevarría -por el Directorio Revolucionario1 -el Pacto de México, por el cual ambas organizaciones ofrecen al pueblo cubano su "liberación antes de 1956", mediante una insurrección seguida por una huelga general.

El 25 de noviembre de 1956, 82 personas, en la mítica embarcación Granma, parten de la ciudad mexicana de Veracruz y llegan a la costa cubana el 2 de diciembre. Tras el desembarco, varios encuentros con la policía prácticamente disuelven el grupo y sólo sobreviven 12. Por si eso fuera poco, los planes coordinados con el movimiento insurgente en el interior de la Isla, que debía dar respaldo al desembarco, como la rebelión de Santiago, fracasaron. Igual que en el asalto al cuartel de Moncada, Fidel creía que podría, con una acción espectacular, desencadenar un movimiento más amplio, pero no fue así. Algunas semanas después, en Sierra Maestra, se reagrupan y forman el primer núcleo guerrillero, entre los que se encontraban Fidel, el Che, Camilo Cienfuegos y Raúl Castro.

Si hay algo que no faltaba a esos hombres era valentía. Un acontecimiento político que probablemente marcó a los dirigentes guerrilleros fue la experiencia de Arbenz en Guatemala, un general progresista que intentó una reforma agraria en un país que en la práctica era propiedad de la multinacional norteamericana United Fruit Company. Che estaba en Guatemala cuando el derrocamiento de Arbenz en 1954, y probablemente esa fuera su primera experiencia política seria. Indignado, no comprendía como la oficialidad del régimen legalmente constituido no repartía armas al pueblo para defenderse de las columnas golpistas que se estaban organizando bajo los auspicios de EEUU y con la colaboración de dictaduras como la de Somoza en Nicaragua. A pesar de que se había apuntado a una milicia para defender al gobierno, esa nunca entró en acción.

Una de las obsesiones de los guerrilleros cubanos es que a ellos no les podía pasar lo mismo que a Arbenz. Querían una democracia de verdad, una auténtica democracia burguesa en la que ni la propia burguesía creía ni estaba realmente interesada en propiciar y consolidar.

Pero la disyuntiva no era "democracia" o "dictadura", era revolución socialista o la perpetuación del dominio de una minoría de privilegiados basado en la represión. Una de las peculiaridades más sobresalientes de la Revolución Cubana fue que sus dirigentes llegasen a tomar el poder sin la perspectiva de abolir el sistema capitalista y luego reorientasen la dirección del proceso antes de que la contrarrevolución pudiese reagruparse y asestar un golpe mortal a la revolución.

El propio Che, que estaba situado claramente a la izquierda del movimiento revolucionario, cuando le preguntaron, cinco años después de la revolución, si en Sierra Maestra había previsto que la Revolución Cubana tomaría una dirección tan radical, contesta: "Lo sentía intuitivamente. Desde luego no se podía prever el rumbo que tomaría la revolución ni la violencia de su desarrollo. Tampoco era previsible la formulación marxista-leninista... Teníamos una idea más o menos vaga de resolver los problemas que veíamos claramente y que afectaban a los campesinos que luchaban con nosotros y los problemas que veíamos en la vida de los obreros" (Hugh Thomas, Historia contemporánea de Cuba, Ed. Grijalbo, pág. 233).

EN LA SIERRA

Los guerrilleros, que se asentaron inicialmente en Oriente, la zona más pobre y con tradición de lucha campesina, estaban enfrentados a un régimen aparentemente fuerte pero en realidad completamente corroído y putrefacto. Batista no tenía ningún tipo de apoyo social y sólo se mantenía por la represión y la inercia política.

El más que accidentado viaje y desembarco del Granma y el fracaso de los planes insurreccionales en las ciudades hacían que la perspectiva de una victoria inmediata se disipara.

Tras la batalla de El Uvero, que había sido el primer encuentro ganado por los rebeldes en el que tuvieron bajas serias, la guerrilla se centró durante el mes de junio de 1957 en un plan de recuperación. Durante un tiempo no hubo combates en la sierra, pero fue un período de intensas maniobras políticas, que dio lugar al Pacto de la Sierra, firmado el 12 de julio.

Según el historiador Hugh Thomas, "Hasta entonces, desde que había llegado a la sierra, Fidel Castro había evitado dar su nombre a ningún programa. (...) Pero al haber provocado la expectación entre la clase media profesional ese silencio doctrinal no se podría prolongar. A primeros de julio [de 1957] Raúl Chibás2 y Felipe Pazos, el dirigente titular ortodoxo y el economista más distinguido de Cuba, se dirigieron a la sierra. Chibás dice que fue a la sierra para demostrar una prueba de confianza en la madurez de la lucha armada. El 12 de junio, después de unos días de discusión, surgió un manifiesto general, firmado por Fidel Castro, Chibás y Pazos. Fidel Castro había escrito la mayor parte. Hacía un llamamiento a todos los cubanos para que formaran un frente cívico revolucionario para ‘acabar con el régimen de fuerza, la violación de los derechos individuales, y los infames crímenes de la policía'; el único modo de asegurar la paz de Cuba era celebrar elecciones libres y tener un gobierno democrático; el manifiesto insistía en que los rebeldes estaban luchando por el hermoso ideal de una Cuba libre, democrática y justa. Se formulaba una petición a Estados Unidos: que se suspendiesen los envíos de armas a Cuba durante la guerra civil; y también se rechazaba toda intervención o mediación extranjera. Se consideraría inaceptable la sustitución de Batista por una junta militar. En vez de eso, habría un presidente provisional imparcial y no político, y un gobierno provisional que celebraría elecciones en el año siguiente a la toma de poder; las elecciones se celebrarían según la Constitución de 1940 y el código electoral de 1943". En cuanto al programa económico y social, siguiendo con las observaciones del mismo historiador: "Entre otras cosas exigía la supresión del juego y de la corrupción; la reforma agraria, que llevase a la distribución de las tierras no cultivadas entre los trabajadores que no tenían tierra; el incremento de la industrialización, y la conversión de los granjeros arrendatarios y colonos en propietarios. Los propietarios existentes recibirían compensaciones. No se mencionaba la nacionalización de las empresas de servicios públicos, ni la colectivización de la tierra ni, por supuesto, de la industria" (Ibíd., págs. 148 y 149).

Las negociaciones con miembros de la oposición burguesa coincidieron con la llegada del Che del frente de guerra y supuso para él un jarrón de agua fría. "El Che se mostró prudente en los comentarios anotados en su diario el 17 de julio, pero era evidente que le desagradaba comprobar la influencia que Chibás y Pazos tenían sobre Fidel. Según él, el Manifiesto llevaba el sello indeleble de esos políticos "centristas", la especie que despertaba su mayor desdén y desconfianza" (Jon Lee Anderson, Che Guevara, una vida revolucionaria, pág. 246). Más adelante, a pesar de su disgusto, el mismo Che justificaba el Pacto de la Sierra, pero es interesante leer atentamente su argumentación: "No nos satisfacía el compromiso, pero era necesario; en aquel momento era algo progresivo. No podía durar más allá del momento en que significara una detención en el desarrollo revolucionario... sabíamos que era un programa mínimo, un programa que limitaba nuestro esfuerzo, pero... sabíamos que no era posible realizar nuestra voluntad desde Sierra Maestra y que, durante un largo período, teníamos que contar con toda una serie de ‘amigos' que trataban de utilizar nuestra fuerza militar y la gran confianza que el pueblo tenía ya en Fidel Castro para sus propios propósitos macabros, y... para mantener el dominio del imperialismo en Cuba, a través de la burguesía importada, tan estrechamente vinculada a sus amos norteamericanos... Para nosotros, esta declaración fue sólo un pequeño alto en el camino, teníamos que continuar nuestra tarea fundamental de derrotar el enemigo en el campo de batalla" (el énfasis es nuestro). La caracterización que el Che hace de las intenciones que tenía la burguesía antibatistiana es brillante, porque deja en evidencia que era la burguesía la que realmente necesitaba la autoridad política de los revolucionarios para sus propios fines y no al revés. ¿Y cuáles eran sus fines? Cambiar algo para que todo, en esencia, siguiera igual, y en todo momento, incluso en los primeros meses después de que la guerrilla tomara el poder, su único papel fue el de poner límites al proceso revolucionario, es decir tratar de detenerlo.

En realidad, el bagaje político que tanto del Che como Fidel se llevan a la sierra, en relación a la política de alianzas, es un sentimiento de desconfianza hacia los desprestigiados políticos burgueses, pero no estaba basada en la convicción de que la clase obrera pudiera ser el motor central del derribe de la dictadura, ni en la perspectiva del socialismo. Sin embargo, la debilidad de la burguesía era tal y las presiones que desató el proceso revolucionario por abajo fueron tan gigantescas, que de poco le sirvió a la burguesía agarrarse al clavo ardiente de los pactos. Fidel y Che, después de la revolución, subsanaron el error rompiendo la alianza con la burguesía (o la "sombra" de la burguesía), un error que en la gran mayoría de los procesos revolucionarios ha tenido consecuencias fatales.

LA ACTITUD DEL IMPERIALISMO AMERICANO

Hacia mediados de 1957 había una división entre los diferentes organismos del imperialismo norteamericano. Los sectores ligados al ejército, por ejemplo, seguían defendiendo a Batista sin pensar en las consecuencias que tendría prolongar un régimen exclusivamente basado en la represión. Otro sector, como el representado por el nuevo embajador Smith, hacía gestos de descontento con Batista y veían la necesidad de ir tanteando el terreno para pensar en un sustituto. No tenía ningún inconveniente en tantear al propio M26-J, el grupo que era el candidato más serio, para jugar un papel clave a la caída de Batista.

En una carta a Fidel, del 11 de julio de 1957, Frank País3 expresa su preocupación por el carácter de los contactos que el M-26J estaba teniendo con la embajada de EEUU: "Estoy harto de tantas ideas y venidas y conversaciones con la embajada y creo que nos convendría estrechar las filas un poco más, sin perder el contacto con ellos, pero sin darles tanta importancia como ahora; sé que están maniobrando, pero no veo con claridad cuáles son sus verdaderos fines" (Jon L. Anderson, op. cit.). Según el mismo libro, "el vicecónsul era Robert Wiecha, en realidad un agente de la CIA. El ‘otro hombre' sigue siendo un misterio, pero podía ser el jefe de la CIA en La Habana o su segundo, William Williamson; ambos según Earl Smith, eran ‘pro Castro". Posteriormente la CIA modificó esa política.

En septiembre 1957 se produce un motín naval en Cienfuegos, con conexiones con el Movimiento 26 de Julio, revelando el malestar que la situación provocaba incluso en sectores de la oficialidad. En realidad era un plan que afectaba a todos los cuarteles de Cuba, pero estuvo mal preparado y sólo triunfó en Santiago, pudiendo resistir una semana.

En la sierra, la política de asesinatos del gobierno y la convicción de que los guerrilleros iban a persistir en su lucha contra la dictadura inclinaba a los campesinos hacia la guerrilla.

En el exilio se firma el denominado Pacto de Miami (10 de noviembre de 1957) con la participación de todos los partidos de la oposición burguesa y algunos individuos que se arrogan una dudosa representación en nombre del Movimiento 26 de Julio. El pacto dio lugar a una fantasmagórica Junta de Liberación Nacional. Pero los acontecimientos en Cuba siguen su propia dinámica. El Che exige a Fidel una denuncia pública de ese Pacto y amenaza con dimitir. En diciembre el Ejército Rebelde infringe una derrota importante al ejército de Batista y Fidel Castro, el 14 del mismo mes, publica una carta con una crítica pública al pacto, denunciando que el acuerdo alcanzado en Miami no se oponía explícitamente a la formación de una junta militar ni a una intervención extranjera. El Pacto de Miami -que era una maniobra para desplazar al movimiento guerrillero a un segundo plano en la lucha contra Batista- se desmorona rápidamente, lo que da una idea de la tremenda debilidad y falta de autoridad de la oposición burguesa a Batista.

LA FARSA ELECTORAL DE BATISTA

A finales del año 1957, un año antes del derrocamiento de Batista, el Ejército Rebelde de Fidel sólo de disponía de 300 hombres.

El año 1957, a pesar de las tensiones políticas, fue un año especialmente bueno económicamente. El azúcar había producido unos ingresos de 680 millones de dólares, 200 millones más que en 1956, y más que ningún año desde 1952. Las nuevas inversiones de capital extranjero alcanzaban un total de 200 millones de dólares. A pesar de temores de que el asunto se le escapara de las manos a Batista, el representante del gobierno de EEUU para los asuntos del Caribe, Wieland, tenía motivos para decir a un periodista: "Sé que muchos consideran a Batista como a un hijo de perra... pero lo primero son los intereses americanos... por lo menos es nuestro hijo de perra, no hace el juego a los comunistas" (Hugh Thomas, Historia de Cuba Contemporánea, pág. 167).

El plan de Batista para dar salida a la situación era organizar unas elecciones amañadas y aunque él no podría presentarse, sí se podría reservar un papel clave en el ejército. Una farsa descarada. Así describía la situación Hugh Tomas "...la lucha parecía un combate único, entre Batista y Castro. Los auténticos como Grau, Prío y Varona; los ortodoxos como Ochoa, Agramante, Bisté y Márquez Sterling; Saladrigas o Martínez Sáenz, los antiguos líderes del ABC, todos quedaron fuera de juego. Los políticos de los partidos más antiguos, como los liberales (el primer partido de los primeros días de la República), que habían ayudado a Batista en todo, al final se vieron perdidos. Lo mismo ocurrió con muchos políticos que habían servido a Cuba y a sí mismos, durante los 25 años anteriores (...). En resumen, a lo largo de años, Batista había completado lo que habían iniciado: la corrupción, el gansterismo, el paro masivo y el estancamiento económico. El pueblo cubano había perdido completamente la fe en los hombres que le habían estado gobernando, pero, como es un pueblo de gran vitalidad, no se resignaba a una vida meramente vegetal, y guardaba en su alma un potencial enorme de fe y esperanza, que después movilizó Castro" (Hugh Thomas, Cuba: la lucha por la libertad, 1762-1970, págs. 1343-1344 del Tomo 3 -La República Socialista-, Ediciones Grijalbo, 1973). Es difícil no ver un cierto paralelismo con la aguda crisis de autoridad que tienen los partidos burgueses hoy en muchos países de Latinoamérica, después de años de privatizaciones, empobrecimiento y saqueo de la riqueza nacional.

El 1 de marzo de 1958 los obispos lanzan una propuesta de paz consistente en la formación de un gobierno provisional y el abandono de la lucha armada, que correctamente no fue aceptado por los dirigentes guerrilleros.

FRACASO DE LA ‘OPERACIÓN VERANO' DE LA DICTADURA

Fidel Castro había anunciado una huelga general, pero sin concretar fecha. No contaba con el apoyo del grueso de los sindicatos, ni con el de los comunistas, el único grupo de la oposición con una influencia real en el movimiento obrero organizado. A pesar de que los comunistas querían participar en los comités de huelga fueron rechazados en varias ocasiones, hasta que finalmente el 28 de marzo Fidel Castro escribe para que se acepte la entrada, pero en La Habana consideran que era ya muy tarde. El hecho es que la organización de la huelga "quedó en manos de los comités de acción del 26 de Julio, sin ningún contacto verdadero con el mundo del trabajo" (Hugh Tomas, Historia Contemporánea de Cuba, pág. 175).

K. S. Farol, en Guerrilleros al poder, apunta lo siguiente: "Ellos [los guerrilleros] concibieron la huelga del 9 de abril de 1958 como una serie de acciones armadas, en varios puntos de la ciudad, a una hora determinada con pocas personas; 2.000 hombres armados pasaron en efecto a la acción a las 11 de la mañana mientras la radio anunciaba que la huelga había empezado e invitaba a todos a dejar el trabajo. La acción de masas era vista como un apoyo, nada más" (K. S. Karol, op. cit., pág. 141).

La huelga resultó un fracaso, pero tuvo enormes efectos en la situación: en relación a las tensiones entre el llano y la sierra, dentro del Movimiento 26 de Julio, se reafirmó hegemonía de la sierra, es decir de Fidel y de los dirigentes guerrilleros frente a los que desarrollaban el trabajo fundamentalmente en las ciudades. Políticamente significó una reafirmación de la autoridad de los sectores más decididos y radicales del Movimiento 26 de Julio. Por otro lado el fracaso de la huelga es interpretado por Batista como una señal de apoyo a su gobierno y se anima a lanzar una ambiciosa ofensiva militar contra la guerrilla. Pero fue una apreciación falsa y la "operación verano" que se lanzó en Sierra Maestra acabó en una derrota, con consecuencias definitivas para la dictadura de Batista.

 "Las consecuencias de este revés fueron extraordinarias. El Alto Mando de Batista, que ahora era una banda desmoralizada de oficiales corrompidos, crueles y perezosos, sin experiencia de combate, empezó a tener miedo de ser totalmente eliminado por un enemigo cuyo número y paradero no sabían con exactitud..." (H. Thomas, op. cit., pág. 183). En realidad, militarmente los guerrilleros constituían una fuerza mucho más pequeña, pero "las fuerzas de Batista no podían avanzar un solo metro sin que al cabo de unos minutos llegara alguien, corriendo y sudoroso, para decírselo a Castro". Las deserciones eran cada vez más frecuentes, incluso en el mando. En julio de 1958, la retirada de Sierra Maestra era total. Fue una desbandada tan desorganizada que los guerrilleros pudieron encontrar el código de lenguaje cifrado del enemigo y dar órdenes para despistar incluso a la fuerza aérea.

El 20 de julio se cristaliza el Pacto de Caracas, firmado en Venezuela entre el Movimiento 26 de Julio y todos los partidos de la oposición, a excepción del PSP, que seguían siendo rechazados (aunque por entonces ya había una aproximación del sector más a la izquierda del Movimiento 26 de Julio con los comunistas para cubrir el frente obrero, vista la incapacidad de los dirigentes más liberales del llano para llegar a los trabajadores) y los dos partidos que se habían prestado a participar en la farsa electoral sin ningún futuro que había organizado Batista. El pacto exigía "una estrategia común para derrotar a la dictadura por medio de la insurrección armada", un breve gobierno provisional "que conducirá... al procedimiento plenamente constitucional y democrático; ...un plan para garantizar el castigo a los culpables... el derecho de los trabajadores, el cumplimiento de los compromisos internacionales... y el progreso económico y político del pueblo cubano". "El distinguido abogado Miró Cardona fue nombrado coordinador del Frente [de organizaciones que formaban el pacto], y Castro fue nombrado comandante en jefe de las fuerzas de la revolución. El juez Urrutia fue designado ‘Presidente de Cuba en armas" (H. Thomas, op. cit., pág. 188).

EL PAPEL DE LA CLASE OBRERA EN LOS MOMENTOS DECISIVOS

La situación de la dictadura era insostenible y el propio imperialismo apostó por una "junta cívico militar", rechazando el plan de Batista de entregar la presidencia, en febrero de 1959, al presidente Rivero Agüero, basándose en la farsa electoral que organizó en noviembre y en la que no participó ni el 30% del censo.

La toma de Santa Clara por parte de las fuerzas comandadas por el Che anuncia el inevitable desmoronamiento de régimen de Batista.

En la guerra contra Fidel Castro el ejército no sufrió más de 300 muertos, pero ya en 1958 era imposible reclutar gente para el ejército, al mismo tiempo diversos oficiales se estaban pasando del lado de los rebeldes. El derrumbe del ejército y la no intervención de los Estados Unidos eran una advertencia para Batista de que sus horas ya estaban contadas. El 31 de diciembre, frente al avance de la guerrilla en todo el país, el dictador dejó Cuba -en plena fiesta de fin de año- para refugiarse en Santo Domingo.

Frente a la maniobra de los militares para instaurar un gobierno batistiano sin Batista, Fidel llamó a la huelga general. Esta vez sí es un éxito y es secundada masivamente. La acción de la clase obrera fue entonces contundente y fundamental. "La semana de la huelga general constituye en la Ciudad Capital el elemento decisivo de la situación impidiendo a cualquiera llenar el vacío de poder (...). El Ejército Rebelde no es suficientemente numeroso como para infligir solo, sin este potente movimiento de huelga, el golpe de gracia a las viejas estructuras políticas" (K. S. Karol, op, cit., pág. 156).

La clase obrera entra con toda su fuerza en la escena política, pero a diferencia de la Revolución 1917 no jugaría el papel central que siempre defendieron Lenin y los bolcheviques y que conformaría la base de la democracia obrera y la estructura soviética en los primeros años de la revolución.

1. Organización de origen estudiantil que participó, en menor medida que el 26 de Julio, en el movimiento insurgente.

2. No confundir con su hermano Eduardo Chibás, que se suicidó en agosto de 1951 y que fue fundador del Partido Ortodoxo.

3. Frank País fue uno de los principales líderes del Movimiento 26 de Julio. Tenía la arriesgadísima tarea de organizar el movimiento de resistencia en las ciudades. Fue asesinado por la policía batistiana el 30 de junio de 1957, desencadenando una masiva huelga general de protesta en Santiago de Cuba y en las principales ciudades de Oriente.

 

IV. El capitalismo es derrotado

EXPECTATIVAS DE CAMBIO

La disolución del aparato represivo de Batista, es decir, del aparato burgués, no condujo automáticamente a un sistema de economía planificada ni a la proclamación, por parte de los dirigentes del Ejército Rebelde, de una Cuba socialista. No existía un plan premeditado, consciente, de poner fin al capitalismo en la Isla. No obstante, la victoria insurgente desató unas presiones sociales (tanto por parte de la clase obrera y del campesinado como por parte de la burguesía y el imperialismo) que empujaban constantemente a los dirigentes del Ejército Rebelde a tomar una decisión en un sentido u otro.

En sí misma, la victoria de la guerrilla incrementó aún más las simpatías con las que ya contaba antes de la caída del odiado Batista. Ahora, por fin, se podían hacer realidad las expectativas de mejoras sociales contenidas durante tanto tiempo.

La presión y las luchas por mejoras salariales se hicieron notar inmediatamente. "... En el interior de Cuba, 6.000 empleados de la Cuban Electric Company se declararon en huelga de brazos caídos para conseguir un aumento salarial del 20%, mientras 600 obreros que habían sido despedidos por la compañía en 1957-1958 iniciaron una huelga de hambre en un punto del palacio presidencial pidiendo que los readmitieran. También hicieron huelga los obreros ferroviarios que se habían quedado sin trabajo y los de una fábrica de papel cercana a La Habana, que había cerrado. Tres mil trabajadores de la construcción se fueron de la Bahía de Moa. Los empleados de los restaurantes amenazaron con ir a la huelga si no volvían a abrir los casinos. Veintiún molinos de azúcar sufrieron retrasos en la recolección por culpa de exigencias salariales. La revolución había despertado esperanzas: ¿cómo iba a satisfacerlas?" (Hugh Thomas, Cuba: la lucha por la libertad, Pág. 1.534). Ahí estaba el meollo de una cuestión que aún estaba por resolver.

GOBIERNO URRUTIA

Cuando pacta la rendición de Santiago, Fidel toma juramento al magistrado Manuel Urrutia, que se convertiría en el primer presidente después de la revolución. Como describe Paco Ignacio Taibo II en su libro El Che, era "un gobierno en el que domina la oposición burguesa, con incrustaciones del 26 de Julio y del que están ausentes las dos fuerzas aliadas al 26 de Julio: el PSP y el Directorio". H. Thomas, en la obra citada, comenta: "Las medidas de Urrutia, sin embargo, se limitaron a proponer la liquidación del juego y de los burdeles". En realidad el gobierno de Urrutia estaba suspendido en el aire. El poder real estaba en manos de la guerrilla ya que el Estado burgués se había desintegrado completamente. Fue un gobierno efímero, que sucumbió rápidamente a las tensiones de clase que desató el proceso revolucionario.

No es hasta el mes de marzo cuando se toman las primeras medidas concretas para paliar la mala situación del pueblo. Se redujeron los alquileres de los pisos drásticamente; "los propietarios de solares vacíos habrían de vender al recién creado Instituto de Ahorro Nacional y de la Vivienda (INAV) o a cualquiera que quisiera comprar y construir una casa" (H. Thomas, op. cit.); redujo las tarifas telefónicas por medio de una intervención -aún no nacionalización- de la compañía telefónica; se pusieron limitaciones para la importación de 200 productos de lujo; se trató de limitar la evasión de impuestos; se declaró la confiscación de todas las propiedades de Batista y de todos sus ministros a partir de 1952 así como de todos los oficiales de las fuerzas armadas que habían participado en la guerra civil.

Sin embargo, todas estas medidas, aunque tenían un carácter progresista, no se concebían como parte de un plan más a medio plazo para derrocar al capitalismo1. Más bien tenían un gran parecido con medidas que en su momento tomaron gobiernos nacionalistas tipo Perón en Argentina o Nasser en Egipto.

A pesar de todo, las tensiones sociales iban en aumento y eso tenía su reflejo en el gobierno y en las relaciones de EEUU con Cuba. El imperialismo norteamericano, por entonces, igual que antes de la caída de Batista, estaba dividido. Aunque finalmente predominó la hostilidad hacia la revolución cubana, factor muy importante en su radicalización hacia la izquierda, el embajador de EEUU en Cuba por entonces, Bonsal, tenía la firme convicción de que Fidel no era comunista, y se enfrentó duramente a los diplomáticos y militares que pedían "acción".

Cuando Castro viaja a EEUU, en abril de 1959, causó una excelente impresión a los medios y a un sector de la propia burguesía. Sin embargo en el gobierno de Einsenhower y Nixon, estaban completamente obsesionados por la supuesta presencia de comunistas en el gobierno, hecho absolutamente falso. El mismo Castro no tuvo inconveniente en decir públicamente que él no era comunista. En sus planes en aquel momento estaba la petición de créditos al Banco Mundial o al Import-Export Bank.

POLARIZACIÓN CRECIENTE

Al margen de los planes diseñados por arriba la dinámica por abajo era de enfrentamientos cada vez mayores. La reducción de alquileres y la obligación de vender los solares vacíos, distaban mucho de ser medidas comunistas, pero para los especuladores perjudicados con ellas, completamente histéricos, nada podía quitarles la idea de que los pasos dados por el gobierno no eran producto de oscuras maniobras de marxistas, visibles o invisibles.

A pesar de todas las limitaciones de las medidas que se habían tomado, entre las subidas de sueldo que se habían conseguido a partir de enero y las medidas relacionadas con los alquileres tomadas en marzo, la renta nacional había sido seria y visiblemente modificada. Según Hugh Thomas "los salarios reales habían aumentado quizás en más de un 15% y en consecuencia habían disminuido los ingresos de los rentistas y de los empresarios" (H. Thomas, Cuba: lucha por la libertad, pág. 1546).

El 17 de mayo de 1959 se promulga la Ley de Reforma Agraria. En realidad era una reforma tímida, menos radical que muchas reformas llevadas a cabo en su momento en los países capitalistas desarrollados y que la propia reforma agraria en EEUU. Sin embargo, sirvió como elemento de agitación contra el "comunismo" por parte de la reacción interna y del imperialismo, que cada vez gritaba más alto. Como señala Hugh Thomas, si algunos comentaristas norteamericanos hubiesen observado más de cerca lo que estaba pasando en Cuba en ese momento, verían que las tensiones entre Fidel y el PSP estaban atravesando por una fase muy crítica. En sus declaraciones públicas, Fidel siempre intentaba distanciarse de la etiqueta de comunista que los estadounidenses le intentaban colgar. Por parte de la dirección del PSP nada más lejos de sus intenciones que empujar el proceso revolucionario hacia la izquierda, aunque ya a aquella altura apoyasen a Fidel. El 21 de mayo, en una entrevista televisada, Fidel explicó que su objetivo era una revolución distinta a la del capitalismo y del comunismo, que sería tan autóctona como la música cubana y al ser humanista, no sería ni de derechas ni de izquierdas, sino "un paso adelante". El 22 de mayo volvió a hacer una comparecencia televisiva en la que afirmó que en la Revolución Cubana, no había lugar para extremistas (H. Thomas, op. cit., págs. 1.562-3). Todas los intentos por no "provocar" a los imperialistas fueron en vano. Hiciera lo que hiciera Fidel, la administración norteamericana tomó la decisión de sabotear y aplastar la revolución, algo similar a los que estamos viendo ahora en la revolución venezolana.

Fidel, que contaba con un amplísimo apoyo popular, trataba de que la situación social y política no se polarizase, pero eso era inevitable. Las fuerzas latentes de la contrarrevolución, que partían de una situación de extrema debilidad, empezaron a reagruparse. La Asociación Nacional de Ganaderos de Cuba declaró firmemente que el límite máximo de 3.333 acres para la propiedad privada no permitía que los negocios fueran rentables. Los terratenientes empezaron a comprar espacios en las emisoras de radio privadas para atacar la ley, y organizaban reuniones; se supo que la Asociación había decidido destinar medio millón de dólares para sobornar a los periódicos para que criticaran la Reforma Agraria.

La campaña contra la Reforma Agraria, promovida también por el imperialismo, fue uno de los catalizadores que animaron a los sectores burgueses del gobierno a abandonar el mismo. En la práctica los burgueses liberales del gobierno no tenían fuerza para intervenir de forma decisiva en el proceso. Debían su autoridad política a su relación con Fidel, que era su vínculo con la revolución y con el movimiento guerrillero que lo propició. Autónomamente no podían hacer nada.

Las tensiones políticas acabaron en un enfrentamiento público de Fidel con Urrutia, el presidente de la república, que dimitió el 17 de julio del 1959. Esa crisis no puso en peligro el proceso revolucionario, pero era muy sintomática de las contradicciones de clase que iba a sufrir un proyecto que "no era ni de izquierdas ni de derechas". En realidad Fidel y los dirigentes guerrilleros basaban su fuerza en un enorme respaldo popular, en el ejército revolucionario y en el Instituto de la Reforma Agraria.

En septiembre el gobierno creó impuestos sobre las importaciones y artículos de lujo e introdujo restricciones en la política de cambio de divisas. Seguían siendo medidas circunscritas al capitalismo, "correcciones" destinadas a paliar los problemas típicos de un país con una economía muy vulnerable. No se había producido aún ningún cambio cualitativo en las relaciones sociales de producción capitalistas.

Por aquella época la visita de Kruschev a EEUU había renovado los aires de moderación que nunca le faltó a la dirección del PSP. Fiel a la política estalinista de "coexistencia pacífica" que practicaba la URSS, Blas Roca, el secretario general del PSP, predicaba la moderación y señalaba los peligros del "izquierdismo" teniendo en cuenta la dependencia que tenía Cuba de la situación internacional y de las importaciones (H. Thomas, op. cit., pág. 1591). Como en la Revolución Portuguesa de 1974, 15 años después, los dirigentes "comunistas" no hacían más que ir la zaga de los militares izquierdistas que, efectivamente giraron a la izquierda, pero a pesar y no gracias a los dirigentes del partido.

Mientras tanto se sucedían las provocaciones de la reacción en Miami, enviando aviones a sobrevolar Cuba, y seguían las tensiones internas, como la dimisión del gobernador militar de Camagüey en octubre, en protesta por las "infiltraciones comunistas". Debido al ambiente de total crispación, aunque Castro seguía defendiendo que él no era comunista, cualquier otro que hiciese una declaración anticomunista se estaba alineando, en la práctica, con el imperialismo y con la oposición burguesa, y el horno no estaba para bollos. El margen para una política que tratara de reconciliar los intereses de clase cada vez más enfrentados era más y más estrecho.

Los miembros liberales en el gobierno eran cada vez menos. El Che, tras la salida de la burguesía liberal del gobierno, asumió la presidencia del Banco Nacional, además de la responsabilidad de la sección de Desarrollo Industrial del INRA. El que un dirigente tan identificado con la izquierda, que abiertamente se proclamaba marxista, asumiese esa responsabilidad, causó "pánico financiero".

A finales del año 1959, el embajador Bonsal, otrora firme defensor del entendimiento con la Revolución Cubana, llegó a la conclusión de que "no podíamos esperar ningún tipo de entendimiento con Castro". En realidad, la hostilidad creciente del imperialismo empujó aún más la revolución hacia la izquierda. En Guatemala, aunque la base de apoyo de la reacción era débil como en Cuba, el golpe contra Arbenz triunfó y ese hecho representó una seria advertencia a los dirigentes guerrilleros.

LAS NACIONALIZACIONES, CLAVES PARA EL AVANCE DE LA REVOLUCIÓN

A finales de 1959, "para las masas cubanas, Castro todavía representaba no sólo una esperanza, sino un logro. Las cooperativas agrícolas eran novedades emocionantes. Se estaba distribuyendo algo de tierra. La reducción de los alquileres y de las tarifas de teléfono y electricidad había aumentado el poder adquisitivo, y de momento, la inflación subsiguiente no había afectado a los salarios. Los aranceles contra las importaciones de EEUU y las dificultades para viajar habían afectado a los ricos, no a los pobres. El paro rural no había cambiado mucho, pero evidentemente la educación y los servicios médicos gratuitos estaban ahora al alcance de todos, reduciendo los gastos básicos para los que menos podían afrontarlos" (H. Thomas, op. cit., pág. 1610).

El 8 de enero de 1960, el INRA se apoderó de otras 29.000 hectáreas de propiedades norteamericanas, lo que suscitó nuevas protestas de Bonsal, el embajador de EEUU en La Habana. Sin embargo el gobierno no se inmutó y procedió, como era habitual, a compensar a los propietarios con bonos a cobrar en 20 años, recibiendo el 3,5% de interés (H. Thomas, op. cit., pág. 1612).

A pesar de todo la política de EEUU seguía envuelta en un mar de contradicciones. Un sector de la administración republicana de Eisenhower temía que una actitud excesivamente agresiva hacia Cuba produjera una ruptura de ese país tradicionalmente aliado a EEUU. No querían llegar a las elecciones, en noviembre de 1960, apareciendo como responsables de otro caso parecido al que se produjo en Egipto en 1956, año en el que Nasser nacionalizó el Canal de Suez. Pero por otro lado, el vicepresidente Nixon y la CIA tenían una actitud mucho más compulsiva, veían comunismo por todas partes, y ya a finales de 1959 estaba en marcha un plan militar para derrocar a Fidel Castro. La experiencia del derrocamiento de Arbenz en Guatemala no sólo estaba presente en la mente de los dirigentes de la Revolución Cubana, también era la "solución fácil" que estaba en la mente de la CIA, aunque luego resultó ser una acción desastrosa para EEUU como luego veremos.

Realmente, por más "influencia comunista" que un sector, a la postre determinante, del imperialismo americano veía en la situación cubana, lo cierto es que la actitud de la URSS no fue la de alimentar en la Isla la ruptura con el capitalismo. Eso parece evidente incluso para historiadores como Hugh Thomas que no veía que el gobierno soviético "estuviera entusiasmado con la idea de que los partidos comunistas se hicieran con el poder en el nuevo mundo". "Evidentemente si ocurría esto, los Estados Unidos se sentirían molestos, lo cual, probablemente sería un obstáculo para la consecución de un modus vivendi con la Unión Soviética, y eso entonces parecía un objetivo político importante. Stalin tuvo un problema parecido con España en 1936-1939: si en España se hubiera implantado un nuevo Estado comunista, el acercamiento a Inglaterra y Francia, que por entonces era el principal objetivo de su diplomacia, se habría hecho más difícil". Efectivamente, la Revolución Española fue deliberadamente traicionada por los intereses de la burocracia rusa representada por Stalin, y en el caso cubano, la burocracia del Kremlin no jugó ningún papel de alentar el movimiento revolucionario. Sus aspiraciones estaban representadas por la política confusa y oportunista de la dirección del PSP, de la que hemos hablado extensamente.

Para los dirigentes de la URSS, el internacionalismo terminaba allí donde empezaban lo que ellos consideraban sus "intereses" estratégicos, es decir, la política de "coexistencia pacífica" diseñada tras los acuerdos de Yalta (1945) y la división del mundo en esferas de influencia2.

Los acuerdos comerciales a los que llegó Cuba con la URSS a principios de 1960 no tenían un sentido político sustancialmente distinto a las íntimas relaciones comerciales que la URSS había establecido con Egipto, sin que ello significara que los estalinistas estuviesen defendiendo una revolución socialista en el país árabe. Como también recuerda Hugh Tomas, Cuba había vendido azúcar a la URSS en el pasado -más de un millón de toneladas entre 1955 y 1958, es decir, en plena dictadura de Batista.

Dicho todo lo anterior, es obvio que existía una tensión muy fuerte entre EEUU y la URSS, en la medida que representaban sistemas socioeconómicos contrapuestos, irreconciliables. Pero el eje central de la política exterior soviética era mantener el status quo y, en todo caso, mantener la tensión mediante "golpes de efecto" que no pusiesen en peligro lo fundamental: la tranquilidad y la estabilidad de la burocracia.

Esa es la opinión del historiador Hugh Thomas: "... un acuerdo comercial con la URSS, e incluso un acuerdo militar, no significaba necesariamente la aceptación de una ideología marxista o marxista-leninista, con todas las consecuencias internas y externas que esto implicaba. La URSS tal vez hubiera preferido un Castro neutral que un Castro comprometido. Si finalmente se comprometió, es algo que, en todo caso, no se puede atribuir únicamente a la URSS -quizá no se le pueda atribuir en absoluto- y quizás principalmente a Castro, más que a los comunistas cubanos" (H. Thomas, op. cit., pág. 1621).

Más adelante: "La Revolución Cubana no había sido planeada por la URSS. La rapidez de los acontecimientos había cogido al gobierno soviético por sorpresa. Quizá, como parecía indicar la carta de Kruschev, transmitida por medio de Alexayev, la URSS hubiera preferido una Cuba neutral a una Cuba aliada" (pág. 1.684). Por supuesto que la orientación que finalmente tomó la Revolución Cubana fue un factor de prestigio para la burocracia rusa, que se "apuntó un tanto" en pleno conflicto con la burocracia china, pero fue un proceso que apoyó como un hecho consumado.

Tanto es así que cuando el gobierno cubano ya se había lanzado a una política de nacionalizaciones, a mediados de 1960, Blas Roca, el secretario general del PSP, defendió que "la empresa privada que no es imperialista... todavía es necesaria" (Informe de Blas Roca, VIII Congreso Nacional del PSP, citado por H. Thomas en Cuba: la lucha por la libertad, pág. 1.653). Aníbal Escalante, quizás escenificando uno de los ejemplos prácticos más esperpénticos de la teoría estalinista de las dos etapas, insistió en el VIII Congreso del PSP, celebrado en verano de 1960 que la revolución tenía que tratar de mantener a la burguesía "dentro del campo revolucionario" (Ibíd., pág. 1.653). Obviamente, la realidad no se detuvo ante esas extrañas teorías, pero es importante remarcar que el paso cualitativo que diera la Revolución Cubana en 1960 no vino impulsado, en absoluto, por el papel que el estalinismo estaba jugando a través de la política exterior de la URSS o de la política del PSP en Cuba.

Cuando terminó la zafra de azúcar de 1960, el INRA se apoderó de casi todo el terreno azucarero perteneciente a los molinos, en estos terrenos se crearon un millar de cooperativas. En este embargo estaban incluidas las 111.000 hectáreas pertenecientes a la Cuban Atlantic, Cuban American y demás grandes compañías norteamericanas, y como era habitual fue compensado con los bonos pagaderos en 20 años. No se tocaron los molinos propiamente dichos, que podrían comprar la caña a las cooperativas en la recolección de 1961.

El 23 de mayo el gobierno avisa a las refinerías de petróleo de Cuba (Texaco, Royal Duch y Standard Oil) que les pediría que refinasen el petróleo ruso que llegaría como consecuencia del acuerdo comercial alcanzado en febrero. A mediados de junio, las compañías responden que no refinarían el petróleo soviético. El 28 de junio se aprueba el proyecto de ley que daba carta blanca a que Eisenhower redujera o suprimiera la cuota de azúcar cubano que importaba EEUU todos los años, y que absorbía la mitad aproximadamente de las exportaciones cubanas. El 6 de julio se hace efectiva la suspensión de compra de la parte del cupo que quedaba aún por cubrir. En respuesta el 9 de julio más de 600 compañías norteamericanas recibieron órdenes del gobierno cubano de presentar declaraciones juradas de las materias primas, reservas, archivos, etc, con que contaban, anticipando lo que sería una nacionalización completa de la propiedad norteamericana en la Isla.

Paralelamente la URRS anunció que se hacía cargo de la cuota azucarera no aceptada por EEUU. La rapidez con que la URSS asumió contratos con Cuba se dio en el contexto de la ruptura chino-soviética (en 1960 la URSS retira las ayudas a China, después de varios años de enfrentamientos), que abre una clara competencia por el prestigio internacional en los diferentes movimientos de la izquierda y de liberación nacional.

Entretanto EEUU aparta de Cuba a todos los diplomáticos y puestos de relevancia que habían apostado por la suavización de las tensiones con Cuba. EEUU está en plena campaña electoral y la cuestión cubana se convierte en uno de los puntos centrales. Kennedy, el candidato demócrata, defiende posturas aún más duras que Eisenhower (el presidente saliente) contra Cuba. Hay una especie de competencia entre demócratas y republicanos para ver quién es más contundente en la defensa de una política de "extirpación comunista". Kennedy acusa a Eisenhower de haber creado "la primera base del comunismo en el Caribe". Eisenhower, el 13 de octubre, reacciona con la suspensión de todas las relaciones económicas con Cuba. Kennedy califica estas medidas de tardías e insuficientes, abogando por una intervención militar.

En Cuba la respuesta fue rápida. Durante el fin de semana del 14 al 15 de octubre el INRA se apodera de 382 empresas privadas de Cuba, incluidos todos los bancos, todos los molinos de azúcar que quedaban, 18 destilerías. El día 25 del mismo mes, otra oleada de nacionalizaciones afecta a 166 empresas norteamericanas, incluyendo Westinghouse, Coca-Cola, etc.

LA INVASIÓN DE BAHÍA COCHINOS

Con la elección de Kennedy en noviembre de 1960, y la culminación de las nacionalizaciones, la invasión de EEUU era inminente. Esa perspectiva provocaría una movilización general de la población cubana.

La CIA, subestimando claramente las grandes reservas de apoyo que tenía la revolución, confiaba en que una invasión animaría a una movilización interna que derrocaría a Fidel. Según su cálculo, la contrarrevolución contaba con 2.500 militantes activos en el ejército, 20.000 partidarios en las ciudades y, tras ellos, una cuarta parte de la población cubana.

A pesar de todo, había voces en EEUU en contra de la invasión, por los peligros que entrañaba una implicación directa (se sabe cuando se empieza pero no cuándo acaba) y los efectos políticos que eso podía tener tanto en Cuba como en el resto de América Latina. Como dijo un senador "el régimen de Castro es una espina clavada en la carne..., no un puñal en el corazón". Otros se lamentaban de la impaciencia que se estaba teniendo con Cuba, que había que esperar... Pero las ideas que predominaron fueron las de "ahora o nunca" y las que pronosticaban una derrota tan rápida como la de Arbenz en Guatemala.

La invasión empezó a las primeras horas de la mañana del 15 de abril de 1961 con el vuelo de bombarderos americanos pintados con la bandera cubana para que pareciese una cosa interna. Pero pronto se demostró que los aviones eran realmente americanos y Kennedy, por el temor a las implicaciones que eso podía tener, suspendió el apoyo aéreo a la invasión. Según los peritos del gobierno cubano, las 1.500 personas que componían la brigada entrenada para la invasión, habían tenido en Cuba antes de la revolución 400.000 hectáreas de tierra, 10.000 casas, 70 fábricas, cinco minas, dos bancos y diez molinos de azúcar. Políticamente el espectro iba desde la ultraderecha más recalcitrante a sectores resentidos del Movimiento 26 de Julio que habían combatido con Castro, pero que no estaban de acuerdo con el rumbo izquierdista que había tomado la revolución.

El Ejército Rebelde era un instrumento insuficiente para soportar las presiones a las que estaba siendo sometida la Revolución Cubana. En medio de un creciente clima de hostilidad por parte de EEUU Fidel tuvo que basarse en la creación de milicias, que llegarían a integrar a 200.000 cubanos, hombres y mujeres que "después de su trabajo diario, se ponían el uniforme y cogían los fusiles durante unas ocho horas semanales, y vigilaban los edificios públicos y otras instalaciones de importancia para que no los atacasen los contrarrevolucionarios" (H. Thomas, op. cit., pág. 1688).

La invasión fue un fracaso completo y acabó por cimentar el poder y el apoyo popular de los dirigentes guerrilleros y poner el RIP definitivo al capitalismo en la Isla. Sintiendo que las conquistas de la revolución estaban en peligro por la invasión imperialista, se produjo una auténtica movilización popular para frenarla. Hubo una dura competencia entre las distintas milicias revolucionarias para ganarse el honor de ser los primeros en aplastar a la reacción. El pueblo, los 200.000 milicianos armados, comprendían muy bien que la victoria de los invasores significaría el fin: la vuelta de la servidumbre al terrateniente, al hambre, a una vida prácticamente animal, al asesinato y a las torturas de los esbirros de los poderosos. La catástrofe que sufrió el imperialismo fue completa: en dos días, de 1.400 participantes en la frustrada invasión, 1.200 fueron hechos prisioneros. Es en este contexto cuando, el 16 de abril, durante el entierro de las primeras víctimas de milicianos, Castro habla por primera vez de la "revolución socialista''. El Primero de Mayo de 1961 el carácter socialista de la Revolución Cubana es anunciado de forma masiva.

LA RUPTURA CON EL CAPITALISMO SE HACE DEFINITIVA

La cuestión política más importante a destacar en esa situación fue que la revolución tenía que avanzar para sobrevivir. Como señaló el Che en un discurso pronunciado en Argel a finales de 1963: "Los grandes terratenientes, muchos de ellos norteamericanos, sabotearon inmediatamente la ley de Reforma Agraria. Por lo tanto nos enfrentábamos a una elección que se presenta más de una vez en una situación revolucionaria: una situación en la que una vez embarcado, es difícil volver atrás. Pero todavía habría sido más peligroso retroceder porque eso habría supuesto la muerte de la Revolución... el rumbo más justo y más peligroso era el de seguir adelante... y lo que nosotros habíamos supuesto que sería una reforma agraria de tipo burgués se transformó en una lucha violenta..." (H. Thomas, op. cit., pág. 1571, citando Révolution, París, octubre de 1963).

El Che condensa en esa frase lecciones preciosas para entender el carácter de la Revolución Cubana y qué tuvo que hacer para sobrevivir. En realidad los dirigentes guerrilleros aspiraban a una revolución burguesa que les permitiese llevar a cabo medidas democráticas y de reforma agraria. Pero para los terratenientes y para el imperialismo, incluso las medidas más modestas de la revolución eran demasiado y lo eran tanto por lo que significaban en sí mismas, en la medida en que afectaban al poder y los privilegios de los imperialistas y sus aliados en la Isla, como por el efecto que tenían en las masas, al acentuar aún más su estado de efervescencia y radicalización.

El proceso revolucionario cubano también encierra otra lección clave para cualquier revolución hoy en América Latina: todas las aspiraciones a la soberanía nacional y a la independencia frente al imperialismo, sólo pueden ser satisfechas con una política resueltamente socialista que plantee el derrocamiento del capitalismo como primera tarea. No hay posibilidad de soberanía bajo el marco del capitalismo y del dominio aplastante del mercado mundial y los grandes monopolios imperialistas. Trazar una vía nacionalista de liberación respetando los límites del capitalismo ha sido, durante décadas, una fuente de fracasos estrepitosos para los movimientos revolucionarios en Latinoamérica. El ejemplo de Cuba es significativo: sólo se pudo hablar seriamente de soberanía nacional cuando la revolución expropió a la burguesía local, a la propiedad imperialista, a los terratenientes, y rompió definitivamente con el capitalismo. El inicio fue este, ni más ni menos. Garantizar las conquistas de la revolución y su extensión exige también, y esto es fundamental, del triunfo de la revolución socialista en Latinoamérica y en los países capitalistas avanzados. Ese es uno de los aspectos clave que abordaremos en los siguientes capítulos.

1. A menos de un año de tomar el poder Fidel declaró a la Asociación Nacional de Banqueros que deseaba su colaboración y añadió al corresponsal de US News and Word Report que no tenía la intención de nacionalizar ninguna industria (Hugh Thomas, Cuba: la lucha por la libertad, págs. 1.542-1.543).

2. Hay que señalar que la actitud de la burocracia estalinista de la URSS con la Revolución Cubana en sus primeros pasos, fue igual que la que mantuvo con otros movimientos de liberación nacional que se dieron en los países ex coloniales: la de intentar abortar cualquier política que pudiese significar una ruptura de ese "estatus quo". Eso fue lo que pasó en la India, cuando el movimiento de liberación nacional contra el imperialismo inglés en el que el Partido Comunista Indio jugaba un papel determinante, fue entregado a la burguesía nacional, "la burguesía democrática" en la jerga estalinista de la época. En ese momento la "revolución por etapas", el modelo estalinista que no era más que una reedición de las viejas ideas reformistas del menchevismo, significaba la subordinación de los partidos comunistas a la llamada "burguesía nacional", con la que era necesario conformar un bloque político para consolidar la "independencia nacional". De esta manera se abandonaba la lucha por el socialismo y en su lugar quedaba el frente único con la burguesía autóctona que en todos los casos no dudó en actuar consecuentemente en defensa de sus intereses de clase. Esta política antileninista tuvo consecuencias desastrosas allí donde se aplicó. En el caso de la India, la burguesía hindú, que encabezaba el Partido del Congreso y a la que el Partido Comunista Indio se ató de pies y manos, no dudó en apoyar la partición del país (entre India y Pakistán) alentada por el imperialismo británico y que dio lugar a matanzas y pogromos terribles entre la población más indefensa. La burguesía india demostró que era la enemiga jurada de los trabajadores y los oprimidos del país y de nada sirvió la política de pactos y acuerdos que impulso el PCI con ella.

Un caso similar ocurrió con Nasser en Egipto cuando este planteó reformas y una política de nacionalizaciones que amenazaba el poder de los imperialistas británicos y franceses en la zona. La burocracia moscovita nunca animó a Nasser a romper con el capitalismo, lo que hubiera tenido efectos revolucionarios en todo el mundo árabe. Es más, obstaculizó y frenó en lo que pudo la política nasserista en la medida que la consideraba contraria a la línea de "coexistencia pacífica".

La lista es larga, pero un ejemplo paradigmático de la auténtica actitud de los dirigentes del PCUS con los movimientos revolucionarios de los países ex coloniales, lo constituyen los enfrentamientos del Che con la burocracia soviética. Están ampliamente documentadas las críticas que el Che realizó a la política exterior de la URSS, a la que acusaba de conservadora y en muchos casos de escasamente revolucionaria. Era comprensible que la perspectiva internacionalista del Che jamás se reconciliase con los representantes del "socialismo en un solo país". Su actitud consecuente a favor del triunfo de la revolución internacional, le llevó a participar en otros movimientos guerrilleros fuera de Cuba, como en el caso del Congo de donde salió extraordinariamente frustrado por la actitud diletante y corrupta de los algunos líderes guerrilleros del país. A pesar de todo su opción de impulsar el foquismo guerrillero como desencadenante de la revolución -una teoría alejada del marxismo y que fracasó en la práctica pero que contestaba a las tendencias conservadoras de la burocracia soviética- le empujó a intentarlo de nuevo en Bolivia. En este país de grandes tradiciones revolucionarias del proletariado y que contaba con poderosas organizaciones obreras como la COB, la guerrilla no se consolidó. Sin embargo es muy elocuente el boicot de la dirección del Partido Comunista de Bolivia hacia el Che y su grupo guerrillero, boicot que se dio en todos los terrenos y que estaba alimentado por los intereses del Kremlin de acabar con las "aventuras revolucionarias del Che".

 

V. Cuba después de la revolución

La culminación de la Revolución Cubana en el establecimiento de un sistema de economía planificada sentó las bases para un desarrollo económico y unos avances sociales que serían impensables bajo el capitalismo. Incluso hoy, a pesar del bloqueo económico, comercial y financiero de EEUU y la caída de los regímenes del Este con los que Cuba tenía la gran mayoría de sus relaciones comerciales, es significativo el abismo que separa la situación de la sanidad, de la educación y de otras prestaciones sociales existentes en Cuba en comparación con los demás países capitalistas centroamericanos e incluso con los países capitalistas más desarrollados de América Latina.

La supresión del capitalismo en la Isla trajo enormes ventajas pero también nuevas contradicciones. Unas se derivan del hecho de que la economía predominante en el mundo sigue siendo capitalista y que la economía del país se amoldó a lo largo de muchas décadas antes de la revolución a una división mundial del trabajo por la cual Cuba tenía "asignado" el papel de producir azúcar. Otras contradicciones provienen del carácter específico que tiene una sociedad que rompe con el capitalismo, pero que aún no es socialista.

LA TRANSICIÓN AL SOCIALISMO. ALGUNAS CONSIDERACIONES TEÓRICAS

Una cuestión elemental de la teoría marxista es que el socialismo, entendido en el sentido de una etapa específica del desarrollo social de la humanidad, no sobreviene automáticamente como consecuencia de la supresión del capitalismo. Lo que sí es automático, repentino, o por decirlo de alguna manera, realizado en un solo acto, es el derrocamiento de la burguesía (es decir, quitarle el poder económico y político que le confiere el control del aparato estatal). En la Revolución Cubana, como hemos visto, la expropiación económica requirió otro acto, permitiendo así el establecimiento de una economía planificada y la supresión del capitalismo en la Isla. Pero por sí mismo, un sistema de economía planificada no es socialismo, es sólo la precondición para alcanzarlo.

Una diferencia fundamental entre una sociedad socialista y una sociedad en transición hacia el socialismo es que en esta última sí existe el peligro de restauración capitalista. Pese al derrocamiento de la burguesía aún persisten factores externos e internos que pueden llegar a frenar el proceso y hacerlo retroceder. Sólo comprendiendo la naturaleza específica de una sociedad de transición entre el capitalismo y el socialismo, con los peligros y las desviaciones que le acechan, se le podrá dar la importancia que le corresponde al papel consciente de la clase obrera en ese proceso y llegar a la consideración de que la democracia obrera es algo indispensable y no un "extra", una "opción", en función del "tipo" de socialismo que cada país "elija". La lucha por la extensión de la revolución en otros países, al igual que la democracia obrera, es otra de las líneas fundamentales que debe seguir una sociedad en transición si no quiere asfixiarse en los límites impuestos por el estado nacional.

LA INVIABILIDAD DEL SOCIALISMO EN UN SOLO PAÍS

En realidad, la idea de que es posible el socialismo "en un solo país", planteada por primera vez por Stalin, reflejando el carácter conservador y miope de la burocracia que representaba, es un total contrasentido y pisotea los principios más elementales de la teoría marxista. La teoría del socialismo en un solo país, que criticamos, no tiene nada que ver con la necesidad, obvia para cualquier revolucionario que merezca tal nombre, de defender las conquistas revolucionarias alcanzadas en un país, en dos o en veinticinco en que la clase obrera toma el poder. Si la clase obrera alcanza el poder en un país determinado los trabajadores tienen que luchar por mantenerlo a toda costa. Esa tarea de elemental supervivencia no contradice la idea de que no puede haber socialismo si la revolución no triunfa internacionalmente. En realidad, entender que el socialismo sólo es posible si es internacional es el fundamento mismo del internacionalismo proletario y las implicaciones que esa idea tiene en la práctica es que una revolución, que necesariamente empieza en un país, no puede detenerse en las fronteras nacionales.

En realidad la economía mundial es un cuerpo con vida propia, no es la simple suma de economías nacionales. La globalización es un fenómeno que acompaña al capitalismo desde que nació -como señala El Manifiesto Comunista- impulsado por el comercio mundial y la división internacional del trabajo. El problema para el desarrollo de la humanidad, y en particular en los países económicamente retrasados, no está en la globalización, o dicho en la terminología clásica del marxismo, en la internacionalización del proceso de producción, sino en el dominio que el imperialismo ejerce a través de él, que una cosa muy diferente. Desde un punto de vista revolucionario y marxista, el carácter internacional alcanzado por el desarrollo de las fuerzas productivas es el punto de partida para la construcción del socialismo, sienta las bases para que con una economía planificada mundialmente los avances de la humanidad puedan ser vertiginosos y por lo tanto es algo progresista. El verdadero obstáculo para el progreso social es la propiedad privada de los medios de producción y la camisa de fuerza del Estado nacional, que es una expresión material de los intereses nacionales de la burguesía.

Una de las cosas que Lenin y los bolcheviques tenían muy claras es que la tarea más urgente y necesaria para la propia supervivencia de la Revolución Rusa era la extensión de la revolución a otros países. Esa idea estaba arraigada no sólo en la dirección y en la militancia bolchevique sino en amplias capas del proletariado, que la asumieron como propia. Rusia era un país capitalista con enormes elementos de atraso económico y social y la extensión de la revolución a Alemania, entonces el país capitalista más desarrollado del mundo, permitiría una mayor rapidez en la mejora de las condiciones de existencia de las masas soviéticas. Este punto tenía implicaciones políticas importantes porque el desarrollo de la técnica y la reducción de las horas de trabajo era un elemento fundamental para mantener e impulsar la participación consciente de la clase obrera en las tareas de construcción del Estado socialista soviético.

El internacionalismo de Lenin no era abstracto sino concreto. Todas sus energías desde la capitulación de la II Internacional en agosto de 1914, se centraron en reunir las fuerzas necesarias para construir una nueva Internacional. La III Internacional, el Partido Mundial de la revolución socialista, fue la concreción del internacionalismo de los bolcheviques, su más ansiada creación y en la que se basaron para impulsar el derrocamiento del capitalismo mundial, la única forma de asegurar la victoria de Octubre y defender a la propia URSS. Lenin siempre atacó las ilusiones sobre la supuesta "construcción del socialismo en un solo país".

Existen innumerables textos al respecto que reflejan perfectamente su pensamiento. En uno de ellos señaló:

 "Ustedes saben bien hasta qué punto el capital es una fuerza internacional, hasta qué punto las fábricas, las empresas y los comercios capitalistas más importantes están vinculados entre sí en todo el mundo, y por consiguiente es imposible batir definitivamente al capitalismo en una sola parte.

 "Se trata de una fuerza internacional y para batirla definitivamente es necesaria la acción común de los obreros a escala internacional. Y desde que combatimos a los gobiernos republicanos burgueses en Rusia en 1917, desde que conquistamos el poder de los sóviets en noviembre de 1917, nunca dejamos de señalar que la tarea esencial, la condición fundamental de nuestra victoria residía en la extensión de la revolución cuando menos en algunos países avanzados" (V. I. Lenin, Discurso en el VII Congreso de los Sóviets de Rusia).

EL ESTADO Y EL PERÍODO DE TRANSICIÓN

En una sociedad en transición, que aún no es socialista, que en cierta medida aún arrastra determinados rasgos de su reciente pasado capitalista, es fundamental prestar atención a las características que debe tener el nuevo Estado obrero.

Marx y Lenin era perfectamente conscientes de que el socialismo necesitaba de un período de transición, en el que la clase obrera organizada como clase dominante necesita todavía ejercer su coacción sobre las antiguas clases poseedoras, la burguesía y los terratenientes. Pero esa dictadura del proletariado, o dicho en términos más actuales, la democracia obrera, no constituía un Estado a la vieja usanza. En realidad se trataba de un estado en proceso de extinción, pues en la medida que las clases fueran desapareciendo, que no fuera necesaria la represión y se hubiera acabado con la resistencia de los capitalistas, el Estado como tal se iría disolviendo. Los marxistas no comprendemos el socialismo como un proceso donde el Estado se refuerza, sino por el contrario, como una fase de transición donde el Estado, en este caso un Estado obrero, también va perdiendo sus funciones y se disuelve.

En El Estado y la Revolución, Lenin estableció las condiciones para un régimen de democracia obrera sana, que debía llevar adelante la transición del capitalismo al socialismo:

1) Todo el poder a los sóviets, esto es, a los consejos obreros, de soldados y campesinos.

2) Todos los funcionarios serán electos y revocables en cualquier momento y no recibirán un salario mayor al de un obrero cualificado.

3) Todos los cargos en la administración serán rotativos. En palabras de Lenin, "también una cocinera puede ser primer ministro"

4) Ningún ejército permanente, sino su sustitución por una milicia obrera.

EL SURGIMIENTO DE LA BUROCRACIA EN LA URSS

Los acontecimientos posteriores a la revolución de octubre no se desarrollaron como tenían previsto los bolcheviques. La oleada revolucionaria que se desató en Europa y que afectó a numerosos países no se culminó con éxito. En Alemania la revolución fracasó por la traición de la socialdemocracia que actuó como el principal sostén del régimen capitalista. El asesinato de los mejores líderes del proletariado alemán, Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht fue un duro golpe para las jóvenes fuerzas del comunismo en Alemania y del conjunto de la Internacional. Durante un largo período la revolución rusa quedó aislada, mientras en el interior de la URSS se producía un profundo proceso de agotamiento de la clase obrera. La revolución había sido una gran devoradora de energías, a la que siguió la guerra civil y la intervención de 21 ejércitos extranjeros. Una gran parte de los mejores cuadros comunistas, miles en realidad, perecieron en los campos de batalla. En todo ese contexto el Estado soviético tuvo que basarse en una economía de guerra que impuso condiciones de vida aún más duras que las que existían bajo el zarismo.

El reflujo del "orgullo plebeyo", parafraseando a Trotsky, que había sido el sostén de todo el proceso revolucionario y de la defensa de la revolución, aflojó el control que la clase obrera ejercía, con su actividad y su participación, sobre el aparato del Estado. En este contexto las capas más pasivas de la sociedad, los funcionarios y la gran cantidad de mandos militares que se habían quedado sin una función muy clara que hacer terminada la guerra, fueron adquiriendo más independencia y conciencia de su papel privilegiado.

El último combate de Lenin al final de su vida, fue precisamente contra este fenómeno de creciente burocratización del Estado. Como Marx había señalado hace tiempo, en medio de la miseria, de la necesidad y la lucha por la supervivencia cotidiana, era inevitable que "toda la vieja basura" empezase a subir a flote. En esas condiciones objetivas era extremadamente precipitado hablar de socialismo, algo que Lenin tenía muy presente cuando advertía a sus camaradas de los peligros que amenazaban al joven Estado obrero soviético: "Se dice que era necesario un aparato del Estado", señala Lenin en su artículo Más vale poco y bueno, "¿De dónde proviene esa convicción? ¿Acaso no fue del mismo aparato ruso que, como señalé en otro capítulo de mi diario, tomamos del zarismo y ungimos ligeramente con aceite soviético? Sin duda esa medida debería haberse retrasado hasta que hubiéramos podido garantizar un aparato propio. Pero ahora debemos admitir, conscientemente, lo contrario: El aparato del Estado que denominamos nuestro nos es todavía, de hecho, bastante ajeno, es una mezcolanza burguesa y zarista y durante los últimos cinco años no ha habido ninguna posibilidad de librarse de ella por que no hemos contado con la ayuda de otros países y por que la mayoría del tiempo hemos estado ‘ocupados' en compromisos militares y luchando contra el hambre".

La muerte de Lenin, con toda la autoridad política y moral que tenía, aceleró la degeneración de la democracia obrera en Rusia en un Estado burocrático. Aun así, las tradiciones bolcheviques de participación de la clase obrera rusa no habían desaparecido y podían emerger en cualquier momento. De ahí que, para su consolidación definitiva, la burocracia tuviese que eliminar físicamente cualquier referente que recordase y pusiese en entredicho su papel en la sociedad, porque en realidad, la existencia de una casta burocrática privilegiada no era un ingrediente necesario sino un obstáculo en una sociedad de transición al socialismo.

En los primeros tiempos de la revolución Lenin tenía muy claro que la escasez de técnicos requería la utilización inteligente del personal cualificado, y que no era posible establecer una igualdad salarial estricta. Incluso Trotsky, que tuvo que levantar el Ejército Rojo prácticamente de la nada, utilizó los conocimientos de los mandos militares del antiguo ejército zarista para fines revolucionarios. Pero en todo caso, a las diferencias salariales se establecía un límite razonable y lo más importante, las decisiones políticas no dependían de ese sector que tenía condiciones relativamente más cómodas que los trabajadores normales, en los que descansaban, realmente, las tareas de control.

Una vez la burocracia adquirió conciencia de sus privilegios y eliminó la democracia obrera del partido, de los sóviets y del propio proceso productivo (sustituyendo el control obrero por la gestión burocrática), el peligro de una involución social fue aún mayor. Los burócratas, que con su papel asfixiante y parasitario neutralizaron totalmente los avances de la economía planificada, acabaron por decidir que precisamente, lo que sobraba, no eran ellos, sino la economía planificada y trataron de conservar sus privilegios convirtiéndose ellos mismos en capitalistas, con el consiguiente drama social y político que vive Rusia hoy día.

DIFERENCIAS ENTRE LA REVOLUCIÓN RUSA Y LA REVOLUCIÓN CUBANA

En el caso de Cuba, por las peculiaridades que tuvo su proceso revolucionario, explicado en el capítulo anterior, la clase obrera nunca llegó a jugar un papel central en el proceso revolucionario y el Estado cubano. Mientras en Rusia, los sóviets constituían el embrión del Estado obrero ya antes de la revolución, y era a través de ellos como la clase obrera participaba y avanzaba en su conciencia -unido al papel determinante de la política defendida por los bolcheviques- el elemento de contrapoder en Cuba lo ejerció la guerrilla, introduciendo, necesariamente, enormes distorsiones desde el primer momento.

Como vimos, la huelga general de La Habana, en los primeros días de enero de 1959, fue fundamental para desmantelar el plan de formación de un gobierno militar "provisional" que apartara a la guerrilla del poder y diese continuidad a un régimen batistiano sin Batista. Pero, con todo lo decisivo que fue la intervención de la clase obrera en el éxito de la revolución, no jugó el papel de dirección política del movimiento revolucionario, tal como concibió Lenin y ocurrió en la Revolución Rusa. Es difícil que los dirigentes del Movimiento del 26 de Julio tuviesen una visión leninista del papel que debía jugar la clase obrera en la lucha por el socialismo cuando ni siquiera era ese el objetivo que tenían en un primer momento y las ideas del socialismo estaban tergiversadas por la lamentable orientación del PSP.

Por supuesto que la revolución despertó a la clase obrera a la vida política y a la participación. La autoridad moral y política que tenían Fidel y el Che era impresionante y las masas cubanas realmente vivieron el proceso revolucionario. El entusiasmo revolucionario incluso se manifestó con más claridad después de la victoria de la guerrilla y en todo el proceso de enfrentamiento con el imperialismo que desembocó en las nacionalizaciones y la derrota de la invasión imperialista. Es incuestionable la tremenda base de apoyo social que tenía el régimen instaurado por los guerrilleros. Pero todo eso por sí mismo, no significaba que en Cuba existiese un régimen de democracia obrera como en los primeros años de la Revolución Rusa, un régimen que fue producto directo del papel que jugó la clase obrera en el período anterior al derrocamiento del capitalismo.

En 1959, el régimen existente en la URSS ya no tenía nada que ver con el que existía en vida de Lenin, de 1917 a 1924. En ese año, ya hacía tiempo que la III Intencional -que había sido una de las contribuciones políticas más importantes de la Revolución Rusa y de Lenin al socialismo mundial, - estaba disuelta por Stalin. Al fin y al cabo ¿qué sentido tenía si era posible alcanzar el socialismo "en un solo país"?

Si algo pudo transmitir a la Revolución Cubana la burocracia rusa no fueron las tradiciones bolcheviques, sino las deformaciones burocráticas que condujeron a la destrucción del último vestigio de la Revolución Rusa, la economía planificada.

Para los bolcheviques el partido era un instrumento de organización e intervención fundamental. Sin el partido bolchevique incluso el papel de los sóviets, los órganos de participación democrática de los trabajadores durante el período de doble poder y de los primeros años de auténtica democracia soviética, hubiese sido distinto. Además, el partido era un marco de debate permanente y democrático. El debate, e incluso las discrepancias, nunca fueron sinónimo de desorganización, esa era la gran virtud del centralismo democrático.

En contraste con la trayectoria y el papel del Partido Bolchevique, la dirección del PSP jugó un lamentable papel. El nuevo Partido Comunista Cubano no se funda hasta siete años después de la revolución y hasta 1976, según la propia historiografía oficial, no se crean los órganos de Poder Popular. En Rusia, antes del derrocamiento del capitalismo, ya existían los sóviets, que eran organismos de poder obrero, y que constituyeron luego la base del nuevo Estado. De alguna manera, la Revolución Cubana pagó un precio por su audacia, por un hecho realmente peculiar: el capitalismo fue abolido en la Isla sin que la clase obrera jugase un papel de dirección y sin que al frente del proceso revolucionario existiese un partido de tipo bolchevique, sino un movimiento de carácter democrático revolucionario, basado fundamentalmente en el campesinado pobre. A pesar del carácter incuestionablemente progresista que tuvo la Revolución Cubana, su propio desarrollo peculiar favoreció que se cristalizase una burocracia mucho más rápidamente que en Rusia.

LA IMPORTANCIA DE LA DEMOCRACIA OBRERA

No se trata de alimentar polémicas estériles, pero este punto tiene una enorme trascendencia práctica para el futuro de la Revolución Cubana. En el capitalismo la necesidad de acumular beneficios por parte de los capitalistas es lo que mueve a la economía y lo que moldea la superestructura política. En una economía planificada la tarea de dar impulso al funcionamiento del sistema corresponde a la fuerza de la clase obrera, que debe gozar de absoluta democracia para gestionar, administrar y controlar cada instante del proceso productivo y del funcionamiento del aparato estatal. En caso contrario el sistema será sofocado por la ineficiencia y el despilfarro que antes o después lo llevará al colapso, como sucedió en la URSS y en el Este de Europa.

En realidad, la importancia del control democrático de la clase obrera es fácil de entender. Bajo el capitalismo, es el propio mecanismo de la oferta y la demanda, inherente a la economía de mercado, el que regula el peso que tienen que tener las distintas ramas productivas, el que ejerce un control sobre la calidad de los productos, etc. Eso no evita, obviamente, las crisis de sobreproducción, ni la explotación, ni la desigualdad creciente y ni siquiera la mala calidad de ciertas mercancías. Pero es el mecanismo que existe y a su manera funciona. Cuando se suprime el mercado, un factor orgánicamente ligado al capitalismo, hay que sustituirlo por algo, y ese algo, es la participación democrática de los trabajadores en la toma de decisiones a todos los niveles de la economía y de la política. Las tareas de control y decisión bajo una economía planificada necesitan de una amplia participación democrática de la clase obrera. Eso no es algo optativo, como si en cada país se pudiese elegir un "modelo" de socialismo. Nunca las tareas de planificación pueden basarse exclusivamente en una minoría especializada.

En 1966 K. S. Karol visitó una de las más grandes fábricas de níquel en la Isla. Reproducimos algunas líneas de su interesante relato:

 "(...) Pasamos después a la oficina del sindicato para discutir sobre las relaciones de trabajo. ¿Había alguna forma de gestión o de control obrero? Sorpresa y embarazo: una industria nacionalizada es de por sí socialista y funciona de acuerdo con el pueblo, sin necesidad de estos organismos. Pasamos a los salarios, cuya variedad nos pareció enorme: un ingeniero ganaba 1.700 pesos (el equivalente a 1.700 dólares), mientras los obreros medios ganaban 100 dólares. (...) ¿Los trabajadores impulsan reivindicaciones salariales o de otra naturaleza? ¿Cómo? Claro que no. Los trabajadores saben que trabajan para el pueblo y así son felices. ¿Y cuál es la tarea del sindicato? Entusiasmar a las masas para que trabajen mejor y contribuyan al progreso de la revolución" (K. S. Karol, op. cit., págs. 291-292).

En Rusia los bolcheviques establecieron que ningún ingeniero u otro profesional podía ganar más de cuatro veces el salario de un obrero calificado y si eran miembros del partido ni siquiera podían gozar de este privilegio.

Lenin condujo una encarnizada batalla en el X Congreso del partido en 1920 para que los sindicatos no se convirtieran en un simple aparato estatal, sino que pudiesen apoyar a los trabajadores en contra de las posibles irregularidades que el aparato estatal pudiese cometer en aquel delicado momento de transición.

De cualquier modo, a pesar de todas las distorsiones debidas a la ausencia del control obrero, los efectos beneficiosos de la economía planificada eran evidentes. De 1958 a 1968 el número de hospitales pasó de 44 a 221; el número de camas se dobló. Lo mismo sucedió para el número de escuelas primarias y niños en ellas. Los pasos hacía la eliminación del analfabetismo eran impresionantes.

Por otro lado, el respaldo social con el que contaba el gobierno era incuestionable. El ambiente revolucionario era palpable. Cuando el gobierno llamó a las armas a la población contra el intento contrarrevolucionario en Bahía de Cochinos, 200.000 personas respondieron al llamamiento. Un pueblo entero estaba armado para responder a la invasión imperialista. Existía una gran voluntad de participación, pero las masas no tenían un cauce por el que pudieran ejercer un control sobre el aparato estatal esa misma revolución que habían apoyado decididamente.

Los Comités de Defensa de la Revolución, aunque caracterizados como los órganos de organización de las masas, no decidían en realidad cuestiones fundamentales, salvo algunos aspectos más bien ligados con la organización de la vida en los barrios, y la movilización de la población a participar en los llamamientos a manifestaciones y otras acciones realizadas por la dirección del PCC.

En la mitad de los años setenta fueron creadas instituciones locales, los Órganos del Poder Popular (OPP). Su función era la de dirigir programas de inversión local de modo de alcanzar los objetivos señalados por el plan general. Pero el poder de decisión económica seguía concentrado en unos cuantos ministerios. La elección directa regía sólo para los OPP, pero bajo el control del partido y bajo las candidaturas de éste.

LA CUESTIÓN DEL PARTIDO ÚNICO

Otro aspecto extraordinariamente polémico es la creencia de que un Estado Obrero excluye la existencia de partidos políticos y tiene que ser a la fuerza un régimen de partido único. En realidad esto no es más que una distorsión introducida por el estalinismo cuando consolidó su poder a finales de los años veinte y principios de los treinta en la URSS. Con el triunfo de la Revolución de Octubre Lenin y los bolcheviques en ningún caso prohibieron la existencia de otras formaciones políticas. Tan sólo se prohibieron las Centurias Negras (fascistas). De hecho el primer gobierno soviético fue una coalición entre los bolcheviques y los eseristas de izquierda. En el seno del partido bolchevique, también existía la máxima libertad de discusión hasta el punto de que se llegaron a organizar fracciones cuando las discrepancias alcanzaban aspectos tácticos de importancia. Este fue el caso de los llamados "Comunistas de izquierda" encabezados por Bujarin y Preobazhenski que defendían la guerra revolucionaria contra Alemania en el período de la firma de la paz de Brest Litovsk. Lenin combatió duramente sus puntos de vista pero nunca se le ocurrió exigir su expulsión del partido. De hecho la formación de plataformas políticas era algo natural en los períodos congresuales o cuando los debates afectaban a cuestiones serias. La cohesión ideológica del partido, que era evidente y una cualidad a resaltar, fue el producto no de la imposición, no del ordeno y mando burocrático, sino de la autoridad política que la dirección se ganó a lo largo de años, donde la explicación paciente, el ejemplo, el sacrificio, y la crítica compañera, fueron sus métodos más destacados.

La situación en la que se tuvo que desarrollar la Revolución Rusa fue extremadamente hostil. La oposición burguesa pronto se levantó en armas contra el poder obrero. Lo mismo hicieron otras tendencias denominadas "socialistas", como los eseristas o una fracción de los mencheviques. En esas condiciones, cuando las fuerzas de la contrarrevolución imperialista se aliaron con la contrarrevolución interna, que aspiraba a la restauración del viejo orden capitalista, los bolcheviques procedieron a ilegalizar a aquellas formaciones que se levantaron en armas contra el Estado obrero. Era una medida defensiva y justificada, no hacerlo hubiera significado ofrecer una palanca a la burguesía zarista y a los imperialistas para destruir más fácilmente el poder soviético. En la X Conferencia bolchevique, en plena guerra civil y con el levantamiento armado de Kronstadt, los delegados bolcheviques votaron a favor de prohibir temporalmente, subrayamos lo de temporal, las plataformas políticas dentro del partido. La exigencia de centralización y máxima disciplina en la acción se justificaban por el momento crítico que atravesaba la revolución.

Como hemos explicado anteriormente, la combinación de toda una serie de derrotas revolucionarias en Europa, la catástrofe económica que asolaba la URSS, la desmovilización del Ejército Rojo, el cansancio, el hambre, el exterminio de una parte considerable de cuadros comunistas creó las condiciones para el surgimiento de una casta de funcionarios que, apoyándose en medidas adoptadas en momentos de excepcionalidad, acabaron con la democracia obrera en el seno del partido y de las instituciones soviéticas. El partido único, no significaba que sólo existiera la expresión política del proletariado revolucionario. En realidad el Partido Bolchevique, que era esa expresión, fue purgado físicamente con el exterminio de cientos de miles de cuadros obreros comunistas y del Komsomol que se oponían al rumbo adoptado por Stalin. El "Partido único" fue la consecuencia del dominio de la burocracia en todas las esferas de la sociedad.

Lamentablemente el ejemplo que tenía delante Fidel y los dirigentes de la revolución no fue el del Partido Bolchevique, sino el del PCUS estalinizado. El nuevo Partido Comunista Cubano fundado en 1965, celebró su primer congreso diez años después. En este tiempo todos los hombres encargados de la dirección eran nombrados por Fidel o por sus más cercanos colaboradores. En treinta y cinco años de vida del partido se han celebrado apenas cuatro congresos. La comparación con el Partido Bolchevique de los primeros años de la revolución no puede ser más clara: aun durante la guerra civil los bolcheviques celebraron congresos anuales.

Los únicos que tienen justificados temores a un debate genuino y compañero entre revolucionarios sólo pueden ser aquellos cuyo papel político y social pueda quedar cuestionado, hecho que indudablemente ocurriría en una genuina democracia obrera. Pero eso no es malo para el socialismo, es malo para aquellos que temen perder su prestigio o sus privilegios. Por supuesto que no estamos hablando de la farsa democrática que el imperialismo defiende, dando facilidades legales para que los contrarrevolucionarios actúen en la Isla. Estamos hablando de democracia obrera, es decir, total libertad de expresión y de organización para todos los que defiendan la revolución y su carácter socialista y control real de todos los cargos públicos del Estado por parte de la clase obrera. No, eso no sería malo para el socialismo, pero sería muy malo para todos los que albergan la esperanza de poder conservar su posición social privilegiada en una Cuba capitalista. En realidad, el partido único, como sinónimo de única línea posible, de ausencia de un ambiente de discusión genuinamente democrático es el mejor caldo de cultivo para la contrarrevolución capitalista. El caso de China es evidente. El partido único no está guiando al pueblo chino al socialismo sino a la restauración capitalista.

Como marxistas estamos convencidos que la máxima democracia obrera en Cuba también significaría la máxima libertad de crítica y de expresión por parte del pueblo cubano. Lógicamente esto no excluiría a todas aquellas tendencias socialistas que defendiesen las conquistas de la Revolución Cubana pero que podrían tener puntos de vista diferentes sobre la estrategia y los métodos a seguir, y su derecho a agruparse políticamente. Esto en ningún caso debería minar la fuerza del Partido Comunista si éste sigue un rumbo genuinamente marxista. El debate y la confrontación de ideas es inseparable del método marxista e inevitable también en el proceso de transición al socialismo.

Es obvio que la Revolución Cubana tiene todo el derecho a defenderse del imperialismo y la contrarrevolución. Toda la campaña cínica de la burguesía mundial, apelando a la falta de libertades en Cuba no es más que un ejercicio de hipocresía repugnante. Los mismos que apoyaron dictaduras sangrientas en Cuba, Chile, Argentina, Pakistán, Indonesia; los que respaldaron la dictadura de Franco por cerca de cuarenta años, los que siempre han recurrido a la fuerza más despiadada para defender sus intereses provocando guerras imperialistas como las de Vietnam, Afganistán o Iraq donde cientos de miles de hombres y mujeres inocentes han sido asesinados; los mismos que mantienen un bloqueo criminal contra el pueblo cubano no tienen ninguna autoridad moral para criticar a Cuba. Como marxistas rechazamos estas "condenas" de la burguesía occidental, y les decimos claramente que ellos siempre han sido los primeros en destruir la libertad de expresión y de organización del pueblo cuando han visto peligrar sus intereses de clase. ¿Qué es acaso la campaña de ataques a los derechos democráticos puesta en marcha por la administración Bush y otros gobiernos occidentales, tomado como excusa la "lucha contra el terrorismo"? Estos señores y sus amigos "intelectuales" no pueden confundir a la clase obrera mundial en su apoyo a la Revolución Cubana.

En la cuestión de la democracia hay que ser concretos. Desde un punto de vista marxista sólo hay dos tipos de democracia posibles: la democracia burguesa y la democracia obrera. En la democracia burguesa se contempla el derecho a opinar, siempre y cuando el derecho a decidir esté reservado a la banca y a las grandes corporaciones empresariales. Defender ese tipo de democracia en Cuba es estar, abiertamente, en el campo de la contrarrevolución. En realidad sería una de las formas que podría adoptar, aunque no la más probable, la contrarrevolución capitalista en Cuba. La democracia obrera afecta lo que para la democracia burguesa es intocable: los intereses derivados de la propiedad privada de los medios de producción. La democracia obrera es en realidad la única democracia auténtica, en la que la mayoría de la sociedad puede decidir sobre todos los aspectos fundamentales que rigen la vida de una nación.

En las condiciones de hostigamiento brutal por parte del imperialismo en la que se encuentra Cuba es evidente que los elementos de coerción por parte del Estado obrero son necesarios. No vivimos en un mundo de hadas. Pero esa coerción se tiene que ejercer contra los elementos contrarrevolucionarios de dentro y de fuera del país y en realidad sería mucho más eficaz si se combinase con una genuina democracia obrera. No pedimos libertad para los saboteadores de la revolución, para los agentes que infiltra el imperialismo. Eso es elemental. ¿Pero realmente el peligro de contrarrevolución se acota a ese tipo de elementos? En nuestra opinión no. En el conglomerado de fuerzas conservadoras que ponen en peligro las conquistas de la revolución se encuentran también aquellos sectores que se apropian de parte de la riqueza nacional por su papel privilegiado en la sociedad, que en realidad no juegan ningún papel social en el proceso productivo, y que en un momento determinado podrían decidir ligar su futuro a la reinstauración del capitalismo. También para esos sectores la democracia obrera, que pondría al desnudo sus privilegios ilegales y legales, representa un peligro mortal.

LA DEFENSA CONSECUENTE DEL INTERNACIONALISMO

Sería de cualquier forma incorrecto afirmar que el gobierno cubano seguía al pie de la letra las directivas y el ejemplo de la URSS sin ninguna cuestión que lo distinguiese de la burocracia del Kremlin. La necesidad de defenderse de las fuerzas contrarrevolucionarias tanto en el interior como en el exterior del país forzaron a desarrollar en los primeros años una política exterior más bien radical. La segunda declaración de La Habana es el principal testimonio de ello, con su llamamiento a la revolución en América Latina y las denuncias de las políticas conciliadoras de los diversos partidos comunistas del continente. Esto era producto de la revolución y sobre todo en el primer período de la presión de las masas.

Los llamamientos revolucionarios de Guevara y Fidel, sobre todo en los años sesenta y setenta, provocaron el entusiasmo de muchos jóvenes y trabajadores en el mundo entero. Los dos eran y aún son considerados como un punto de referencia para la juventud rebelde, particularmente si los comparamos con las figuras grises de la burocracia rusa como Breznev, Chernenko o Gorbachov. También es cierto que el gobierno cubano apoyó con armas, soldados y recursos económicos la heroica lucha de los campesinos y trabajadores de Angola y Mozambique contra las fuerzas contrarrevolucionarias de los sudafricanos y los imperialistas. Estas acciones contrastan obviamente con las actitudes conservadoras de la burocracia rusa en los procesos revolucionarios de los países ex coloniales.

No obstante, después de algunas divergencias en los primeros años, Cuba acercaba su política exterior a la de los demás países del llamado "socialismo real"1. La prueba de la práctica ha demostrado que toda la política exterior de la burocracia rusa y china, cuyo objetivo era mantener el "status quo" en sus relaciones con las potencias capitalistas, en realidad no sirvió para contener la contrarrevolución capitalista. Todo lo contrario, al asfixiar cualquier intento de instauración de un sistema de democracia obrera u obstaculizar la revolución socialista en los países capitalistas, la burocracia aceleró el proceso de restauración capitalista.

De toda la experiencia anterior se desprende la necesidad de una política internacional basada en los intereses de la revolución socialista y en la lucha irreconciliable contra el capital. Esta es la única bandera que puede servir al futuro de la revolución en Cuba y a sus conquistas históricas, ni la diplomacia, ni los acuerdos temporales con tal o cual país, ni las concesiones al capital privado, por muy necesarias que sean, peden sustituir la lucha revolucionaria por el socialismo de la juventud y la clase obrera mundial.

En ese sentido, ha sido siempre una grave deficiencia que la dirección del Partido Comunista Cubano no se haya pronunciado por una Federación Socialista al menos para América Latina. En el primer congreso del PCC en 1975, Fidel Castro declaró que "América Latina no está lista para cambios globales que puedan llevar, como a Cuba, a transformaciones socialistas, aunque no son imposibles en algunos países del continente" (J. Hebel, op. cit., pág. 215).

Una posibilidad concreta se desarrolló cuatro años después con la revolución en Nicaragua, incluso también en El Salvador, donde la guerrilla del FMLN estuvo muy cercana a tomar el poder. Sin embargo, Fidel Castro y los líderes del PCC estimularon a los dirigentes sandinistas a no seguir el ejemplo cubano. Hablando en Nicaragua el 11 de enero de 1985 Fidel afirmó:

 "Ayer hemos tenido la oportunidad de escuchar el discurso del compañero Daniel Ortega y debo congratularme con él. Era serio y responsable. Ha explicado los objetivos del Frente Sandinista en cada sector -por la economía mixta, el pluralismo político y también una ley sobre las inversiones exteriores-. (...) Sé que hay un espacio de vuestra concepción para una economía mixta. Podéis tener una economía capitalista. Lo que indudablemente no tendréis es un gobierno al servicio de los capitalistas".

Los acontecimientos posteriores han desmentido tristemente las previsiones de Fidel. La falta de una orientación enérgica hacia la economía planificada y la expropiación de los capitalistas nativos y de la propiedad imperialista, unida al aislamiento de la Revolución Nicaragüense llevaron a la victoria electoral de la reacción encabezada por Violeta Chamorro en 1990, la cual pudo vencer, entre otras cosas, basándose en el descontento y la desilusión provocada por diez años de "economía mixta" combinada con la agresión militar y económica de los Estados Unidos y la contra.

LOS GIROS EN LA POLÍTICA INTERNA

Después de un período en el que se llegaron a nacionalizar hasta los pequeños negocios, hecho absolutamente innecesario en una economía socialista, hacia la mitad de los años 70 tiene lugar un nuevo cambio en la política económica. Se establecieron incentivos para la producción, sobre todo agrícola. Se instituyeron los "mercados libres campesinos", donde los pequeños propietarios podían vender sus excedentes.

Se permitió a los directores de las fábricas conceder incentivos materiales, comúnmente más altos que los salarios. Todo bajo la insignia de la autonomía de las empresas, pero en la medida que las empresas no estaban bajo el control de los trabajadores, la autonomía significaba la autonomía de los administradores.

Las diferencias entre los salarios aumentaron y "el igualitarismo pequeñoburgués" fue entonces condenado. Mientras que el salario medio de un trabajador fabril estatal era de entre 80 y 100 pesos, el de un empleado de nivel medio era de entre 2.000 y 3.000 pesos y el de un ministro llegaba a los 6.000 pesos (J. Habel, Cuba fra la continuità e la rottura, Erre emme ediz. 1994, pág. 87).

Durante estos años de reforma aumentaron también los casos de indisciplina en el lugar de trabajo, claro síntoma de la indiferencia de los trabajadores ante los citados premios de producción que acrecentaban las diferencias salariales en cada una de las empresas. Los procesos por indisciplina en el trabajo pasaron de 9.988 en 1979 a 25.672 en 1985. Dichos procesos implicaban todo tipo de "delitos" tales como acuerdos secretos entre administradores y representantes de los trabajadores para establecer niveles de salario, ritmos y condiciones de trabajo (Trabajadores, revista sindical cubana, 06-07-86).

LA RECTIFICACIÓN DE 1986

Durante la primera mitad de los años ochenta Cuba vivió una nueva y grave crisis económica. Resultaba cada vez más difícil alcanzar las tasas de crecimiento económico del 4% como sucedía a principios de la revolución. La deuda externa había crecido un 11% en 1985 alcanzando los 6.500 millones de dólares, los precios del níquel y el azúcar estaban cayendo en el mercado mundial. El gobierno cubano admitía una tasa de desempleo del 6% en 1987, cuando en 1981 representaba sólo el 3,4%.

Había llegado el momento de lanzar un "proceso de rectificación de las tendencias negativas". Los representantes de las reformas económicas de los años precedentes fueron criticados y alejados de puestos de responsabilidad. Se prohibieron muchas actividades privadas consideradas poco antes como legales, tales como los mercados libres de campesinos. Se criticó el endeudamiento externo e incluso se llegó a hablar de la promoción de una moratoria en los pagos de los intereses del mismo.

En julio de 1986, en la décima sesión de la Asamblea Nacional, Fidel denunció: "Hemos creado una clase de nuevos ricos", refiriéndose a que un pequeño comerciante en La Habana podía ganar hasta 20 veces más que un cardiólogo. Se mostraron casos de enriquecimiento personal de algunos dirigentes verdaderamente escandalosos. En 1986 Manuel Sánchez Pérez, viceministro encargado de la compra de equipo técnico del extranjero desertó llevándose consigo medio millón de dólares.

El círculo dirigente encabezado por Fidel Castro temía seriamente que los sectores que habían acrecentado enormemente su poder económico pudiesen convertirse en una amenaza real para el régimen. Entonces se redujo fuertemente la autonomía de los administradores para establecer un control más firme por parte del aparato del Partido Comunista.

Se exhortaba al desarrollo de la industria apelando al espíritu de sacrificio de los trabajadores, a la conciencia revolucionaría y al trabajo voluntario. La consigna de moda era "el mejor al timón". Pero uno de los problemas era que el "mejor" no era seleccionado por los trabajadores sino por la dirección de la empresa.

Se desencadenó una campaña contra los "tecnócratas y nuevos capitalistas" (lo que contrastaba evidentemente con la propaganda del partido que afirmaba el triunfo del socialismo existía desde hacía treinta años). Se lanzaron llamamientos al igualitarismo, desempolvando algunos discursos del Che, pero era un igualitarismo que tendía a la constante disminución de los salarios y buscaba esconder las medidas de austeridad.

La caída de la URSS y de los regímenes del Este de Europa, en la década de los 90 tuvo un efecto brutal en Cuba abriendo el período más crítico de la revolución desde 1959.

1. El gobierno cubano aprobó sin reservas la invasión soviética en Checoslovaquia "para impedir un mal mayor" ya que "Checoslovaquia estaba camino hacia el capitalismo". Su discurso respetaba plenamente la política de Moscú y del Pacto de Varsovia. En los años siguientes la línea "pro Moscú" de Fidel Castro fue firme en todos los acontecimientos significativos.

La dirección del PCC guardó también el silencio más absoluto cuando en mayo de 1968 millones de trabajadores ocuparon las fábricas en Francia desafiando el poder de la burguesía. A pesar de la gran simpatía que por la Revolución Cubana mostraron los jóvenes y los trabajadores franceses, la dirección del PCC apoyó incondicionalmente la línea del PCF, que en ningún caso defendió una resuelta política socialista para tomar el poder cuando las condiciones eran más que favorables. Se trataba de la estrategia de "coexistencia pacífica" que hemos comentado y que para la burocracia soviética, que influía de forma determinante en la política de los Partidos Comunistas de todo el mundo, era sagrada. Desestabilizar el "status quo" con una revolución socialista en Francia era lo último que impulsaría la burocracia de Moscú.

En el mismo año estalló la protesta estudiantil en México. Uno de los elementos que hicieron explotar al movimiento estudiantil mexicano fue la represión que sufrieron los estudiantes en la manifestación celebrada el 26 de julio de 1968, en conmemoración del asalto al cuartel de Moncada en Cuba. El 2 de octubre cientos de estudiantes cayeron asesinados en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco, sin embargo, el 19 de ese mismo mes los atletas cubanos saludaban al presidente de México en la ceremonia inaugural de las olimpiadas. La razón para ello tenía más que ver con intereses diplomáticos que con una postura de estímulo a la revolución socialista mexicana: México era el único país latinoamericano que mantenía relaciones comerciales con Cuba.

Por supuesto que un Estado obrero necesita una diplomacia que le permita sacar la mayor ventaja posible de sus relaciones con los demás países. Sería de un dogmatismo estéril y suicida negar el derecho de un Estado obrero incluso a llegar a determinados acuerdos, comerciales por ejemplo, con otros países capitalistas. El punto fundamental a tener en cuenta en esa cuestión es que jamás la política exterior de un Estado obrero puede entrar en contradicción con la lucha por la revolución mundial, ningún acuerdo puede ser a costa de sacrificar la extensión de la revolución a otros países.

En 1989 la burocracia china masacró a los jóvenes de la plaza de Tiananmen que cantaban la internacional y defendían un socialismo sin corrupción ni privilegios. Fidel declaró que: "la protesta de los estudiantes era un problema interno de los chinos". "Las imágenes no han llegado aquí (...) Conocemos sin embargo la versión de los chinos y no tenemos motivo para dudar de sus explicaciones" (G. Mina, Fidel, pág. 165). La situación actual pone en evidencia los verdaderos impulsores de la contrarrevolución capitalista es la propia dirección del PCCh.

 

 

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